¡Fuckcentrismo! Raulito Bazuk, cocinero alfa

Coincidí con Raúl Hernández dos veces en el año 2016: el día que adoptó el nombre de Raulito Bazuk, y el día que su madre Alina y él nombraron su restaurante: Grados.

“Nuestra sociedad tiene una historia atípica y en la gastronomía cubana esto también es visible. Yo encuentro un paralelismo enorme entre la gastronomía cubana y el desarrollo o la involución de mi sociedad”. 

De estas ideas que le he escuchado a Bazuk en más de una ocasión, parte esta entrevista para Hypermedia Magazine. La comenzamos en febrero y la terminamos por estos días de cuarentena.

Pese al cierre de todos los restaurantes del país a causa de la pandemia, Bazuk es optimista y cree que “la restauración gastronómica privada seguirá sobreviviendo”.

¿Por qué Raulito Bazuk?

Mi nombre completo es Raúl Hernández González. El apellido Hernández obviamente por mi papá, que es uruguayo, tupamaro. Vino para Cuba muy joven; era intelectual y militar a la vez. Mi madre es del Cotorro, toda su familia es de allí; es profesora de Filosofía, por su culpa es que no paro de hablar. Los González somos habladores.

Una noche que salí con mi primo Augusto, simplemente decidí, por historias y cosas que pasaron esa noche, ponerme ese nombre. De hecho, fue la noche que nos vimos tú y yo en la Fábrica de Arte Cubano, donde trabajabas. Fue en el año 2016. A unos meses de abrir mi restaurante Grados, mi sueño. 

¿Cuáles fueron tus primeros acercamientos a la cocina?

En la década de 1990 mi madre sobrevivió haciendo cakes de helado. Emergían los paladares y ella hacía unos ricos cakes de helado con recetas de su abuela, mi bisabuela, Luisa Naranjo. Luisa era muy buena cocinera y esa tradición de cocina de casa se enraizó en la familia. 

Mi abuela tiene un paladar que se llama El Bacura, que aún funciona. Yo crecí allí, viéndolos trabajar. Viví aquello desde niño y me encantó ese mundo; pude tener una idea de cuán amplia es la comida cubana y de cómo funcionaba el mundo de la cocina.

Tuviste una adolescencia activa. Tú sí que implementaste aquello de “Estudio, trabajo y fusil”.

Estudié en el IPVCE Vladimir Ilich Lenin y escogí la carrera de Cibernética. Aprendí mucho, eso me ha ayudado hasta hoy, pero lo dejé porque entendí que no era lo mío. Después hice Contabilidad, en la Universidad de La Habana, por las noches, en el curso para trabajadores. Ya en esos momentos trabajaba de camarero en El Bacura y mi mamá me había dado el negocio de los bocaditos de helado.

Estaba conectado mucho más con la cocina y quería también estudiarla de manera profesional. Intenté estudiar aquí en Cuba, pero no encontré manera de pasar los cursos de cocina que se imparten. A los que conseguía entrar no me gustaban, porque para cocinar tú necesitas materia prima y condiciones, y esos cursos no las tenían. Además de la poca calidad.

Entonces surge la oportunidad de ir a ver a mi padre, que estaba en Uruguay. Yo soy enfermo a la selección de fútbol de Uruguay, me pinto el pelo de azul. Reuní el dinero y me fui a estudiar a un colegio de cocineros que se llama Gato Dumas. Una escuela argentina, privada, que tiene una sede en Montevideo. Allí, desde el 2009 hasta el 2012, hice una carrera que se llama Profesional en Arte culinario y gestión gastronómica. Es la carrera más larga que tienen en Gato Dumas. 

Me fue como le va a alguien que está conociendo un país. Uruguay es un país muy distinto a Cuba, pero la gente es muy parecida.

Cinco años fuera de Cuba, eras joven y acababas de terminar otra carrera. ¿Te pasó por la mente quedarte en Uruguay?

Nunca pensé en dejar Cuba. Mi idea era aprender en la escuela y venir para acá, porque siempre supe que Cuba se iba a poner buenísima. 

A finales del 2012 regresé. En ese año había una sensación de subida, de beneficios: había apertura, se podían comprar y vender casas, carros, cosas que antes no se podían hacer. También se crearon licencias para unos cuantos negocios. Se sentía un ambiente de flexibilidad. Había entusiasmo y ganas de hacer. Y por supuesto, yo quería hacer.

Mi familia me apoyó mucho cuando estuve en Uruguay; mi tía, mi abuela. Así que cuando regresé me incorporé al restaurante familiar. Un negocio complejo. Aún no tenía muy claro cómo funcionaba Cuba de verdad; tenía una visión muy ingenua. Con 20 años uno cree que sabe muchas cosas pero realmente no las sabe, al menos en mi caso, y hoy todavía tengo claro que no sé dónde estoy parado. Seguí aprendiendo en El Bacura y en otro proyecto que vino más tarde: el restaurant-cafetería DʼCamino.

¿Qué aprendiste al conocer y experimentar el mundo del restaurante en Cuba?

DʼCamino fue una gran experiencia. Yo no sabía cómo era La Habana, en Bacura estaba todo hecho. Pinchando en DʼCamino tuve que hacerlo todo, comprar, conseguir las cosas, armar el equipo de trabajo desde el principio, enseñar, dirigir, aprender… Sí, aprendí muchísimo.

Más que una escuela, fue un escenario ideal para estudiarme. Di lo mejor de mí. Ningún negocio es fácil de manejar y llevarlo adelante. Hay mucha competencia, y a pesar de la apertura el contexto no era muy bueno desde el punto de vista de la ley y de la organización económica. 

Cuba estaba aprendiendo con nosotros; somos una generación que está aprendiendo con los cambios al mismo tiempo que los cambios funcionan o fallan. Esta es la generación del “¿qué bolá con esta talla?”. Porque ya somos grandes, y te das cuenta de que en muchas cosas estamos perdidos, desfasados.

Lo que pasaba era que DʼCamino estaba muy lejos del camino en el que estoy ahora. Era una proyección (al menos era mi sensación general) un poco más orientada al negocio, a la idea del negocio de este mundo duro y cruel de los negociantes que no quieren contar nada ni les interesa generar ningún diálogo con respecto a nada que no sea lo que les dé dinero. Para ellos lo más importante es el dinero. 

Más que el diálogo, lo importante es lo que quiere escuchar la gente. Eso es lo más complejo de todo. Me di cuenta entonces que las “balas” hablan de lo que la gente quiere escuchar, y hay otras intenciones, otras tallas, que no hablan de lo que la gente quiere escuchar, que hablan de lo que yo no quiero. Yo quería alejarme de esa sensación, de ese morir fácil.

Ya tenía claro lo que no quería, eso siempre pasa, uno no siempre tiene lo que quiere, sino lo que puede, y uno va tomando decisiones, decantando, mirando… Pero también hace falta tener un enfoque pragmático de lo que quiere escuchar la gente, porque tampoco vas a ir por ahí hablando de lo que te dé la gana y nada más, porque corres el riesgo de que la gente no quiera escuchar tu historia. Ya sabes… Los grados de libertad son lo más importante.

Cuando salí de DʼCamino estaba agotado de la forma en que ellos enfocan el business y en la importancia que le dan al dinero. A lo mejor Cuba es el único país que te permite no vivir en ese estrés; sin embargo, ese estrés es a lo que nos queremos parecer. Aún estamos aprendiendo como sociedad.

¿Cómo cambió tu vida después de conocer a Toño y a José?

Toño y José son dos amigos de mi mamá con quienes tengo una relación muy cercana. Son los dueños del restaurante Atrio, que tiene dos Estrellas Michelin, y se me dio la oportunidad de ir a España con ellos. Yo fui más que nada por las Estrellas Michelin. Iba a lo que fuera, ya tú sabes: yo quería ir a limpiar el piso… En ese momento DʼCamino estaba cerrando para ampliarse.

Imagínate la experiencia. Fue una sorpresa encontrarme con todo lo demás, con lo importante: lo que implica un camino y una historia muy linda y muy compleja a la vez. Por ejemplo: cómo se construyó Atrio y qué representaba para ellos, y la enorme responsabilidad, seriedad, profesionalidad y consagración que implica la restauración gastronómica.

Fue lindo tener la oportunidad de estar ahí, un poco para oler todo aquello de un negocio exitoso con un camino recorrido. Llevarte todo ese aire, esas sensaciones… También fue un trabajo duro. Es un trabajo a un nivel altísimo, un nivel que todavía nosotros no tenemos.

Se crean amigos y espacios nuevos, algo que solo puedes vivir a través de la experiencia del viaje. Si yo fuera político y tuviera que llevar adelante un proyecto de ley que mejorara la existencia del pueblo cubano, pienso que crearía un tipo de derecho inalienable enfocado en que la gente viaje. Sí, obligaría a la gente a viajar. 

Por ejemplo, yo quitaría el Servicio Militar y le daría ese año a los jóvenes con el 75% o 50% de los gastos pagos para que fueran a diferentes programas alrededor del mundo y después, de manera obligatoria, regresaran. Hay que trabajar para eso.

Cuando regresé de España, DʼCamino había muerto para mí. Atrio me dio ciertas llaves para seguir una idea. De eso me doy cuenta hoy. Atrio me dio otro idioma, me enriqueció el lenguaje, me dio herramientas desde el punto de vista creativo y de cómo se organizan las personas, de cómo reaccionan en equipo y proyectos, y de cómo llevar mi business.

Decidí desarrollar algo individual. Estuve un año intentado asociarme, “revolisqueando”, volviéndome loco, intentando generar tallas con otros proyectos que no se me dieron. Fue un año de búsqueda y de reaccionar rápido. Fue un momento de cambio, ese año 2016 donde murió la esperanza de Obama. Se cancelaron las entregas de licencias de paladares. Por suerte la mía ya estaba pedida, la conseguí y demoré seis meses en abrir. 

Mi mamá tenía un negocio de alquiler y (ahí es cuando tú defines la dimensión de mi pura) lo dejó para darme la casa y realizar mi sueño. También influyó el apoyo que nos dieron José y Toño, sobre todo desde el punto de vista moral. Ellos me ayudaron a rediseñar la cocina. A Toño se le ocurrieron ideas espectaculares. Ya a esas alturas muchas cosas estaban más claras para mí.

¿Existe en Cuba algún restaurante que se acerque al nivel de Atrio?

Conociendo las necesidades y las escaseces de este país, creo que en cuanto a gestión algunos sí se acercan al nivel de Atrio. Lo veo sobre todo en el aprovechamiento del tiempo e ideas creativas para enfrentarse a los problemas que tienen muchos líderes de restaurantes cubanos. El ratio de los cubanos para resolver el entorno es altísimo. Imagínate cuánto podríamos hacer si las cosas se facilitaran, si hubiera menos restricciones y más apertura.

¿Cuándo abre oficialmente Grados?

La primera semana de agosto del año 2017. Mis primeros invitados fueron la familia: servimos tres mesas.

En unos meses, Grados cumplirá tres años. ¿Cómo recuerdas los primeros días y en qué aspectos te enfocaste para marcar una diferencia y a las vez ser rentable, atractivo y original en tus propuestas? 

Si bien la columna vertebral del menú no ha cambiado, yo he hecho muchísimos platos además del menú. Cuando abrí era muy caótico. Lo recuerdo como atropellado. La inspiración a mí me llega en los momentos de necesidad. En los momentos de vida o muerte. Por lo que fue muy creativo, pero caótico. Así los recuerdo. 

Realicé mis estudios de campo visitando otros restaurantes para conocer qué se hacía y cómo se hacía la restauración. Al terminar, estaba convencido de que quería (es la palabra que me gusta usar) “deconstructurar”, que no es más que deconstruir la estructura del ritual de ir a comer a un restaurante, desenfocarlo, desvirtuarlo, cambiarle la idea del por qué.

Y otro aspecto en el que me enfoqué fue el servicio. El servicio final tiene una exigencia porque no todo el público es igual, todos tienen necesidades específicas. Todos tienen una idea de cómo se hace un trago, y entonces está la libertad creativa o el límite de lo que está bien o mal hecho, y hasta dónde importa o no. 

Desde el punto de vista de un negocio, lo que de verdad importa es que todo el mundo se vaya contento del espacio. Pero hacia donde yo apunto es a que todo el mundo se vaya con un momento preciado para él en mi casa, y eso es lo que sucede en Grados. 

Grados es mi casa, no un negocio cualquiera. En mi casa yo trabajo a un ritmo diferente a como yo lo haría en otro lugar. Yo trato de que el negocio fluya y genere buen ambiente alrededor.

En estos espacios la gente viene a sentirse como quiere y yo no puedo cambiarle el estado de ánimo a nadie. Lo que trato de decirle a las personas es que se sientan sin estrés y relajadas y que me dejen el estrés a mí, que voy a hacer lo posible por crear un buen ambiente. Así es como hago, así es como yo lo intento hacer, porque necesito hacerlo bien. Esa es mi manera.

Algunos restaurantes le piden a un diseñador que diseñe un cartel para una fiesta o a un artista que le pinte algo para la carta menú. ¿Cómo es tu idea de colaboración con los artistas? ¿Mucho más profunda? 

Hay espacios que uno puede llenarlos o no, y una de las cosas que tiene el problema de la migración es que quedan muchos espacios vacíos. Espacios donde nos imaginamos una sociedad más linda, donde todos puedan lidiar con sus problemas individuales de la mejor manera posible; una sociedad donde haya trabajo, donde prime el carácter de trabajo de la gente, el carácter social de las personas, donde prime la responsabilidad por el otro, el sentido de pertenencia no por uno mismo sino por los demás. 

Ese espacio hay que llenarlo, y hay que llenarlo con lazos. Eso fue algo importantísimo para mí a la hora de decidirme y motivarme a estar aquí y no irme a trabajar a Uruguay o a Europa. Es una posición de resistencia.

Por ejemplo, cuando conocí a Julio Llópiz-Casal hicimos una buena relación porque nos comunicamos muchísimo a nivel extraverbal; antes de la inauguración de Grados ya habíamos hecho el proyecto de agua La cotorra y después hicimos el Shot Melancolía. Su idea de entender la realidad me pareció muy interesante.

Un amigo uruguayo y yo tenemos una idea de que las amistades funcionan porque ambas personas quieren algo del otro y necesitan algo del otro. Las amistades duraderas tienen la característica de que siempre hay algo que aprender de la otra persona y por eso no te aburres. Cuando se agota el interés en la otra persona, tú simplemente te alejas.

Yo creo en las colaboraciones. El arte, si bien no lo entiendo a niveles más profundos, sí sé que es una herramienta de comunicación muy poderosa, y yo tengo ciertas necesidades de comunicación. Creo que esa es una de las cosas que vine a hacer en el mundo: comunicar. El arte es una grandísima herramienta y yo intento generar un diálogo con eso, pues noto un poco de esa influencia en mi trabajo y en su evolución. 

La idea de desautomatizar los procesos la aplico en el servicio que doy en mi restaurante; la idea de fijarme más en la parte abstracta de las cosas, en lo abstracto del ritual y qué hay detrás del ritual: más allá de los pasos, qué está pensando la gente cuando sigue un ritual… Si están haciendo lo que tienen que hacer o se están dejando llevar por un protocolo, o si están esperando simplemente que termine, o si están disfrutando activamente de todo lo que implica ese ritual, de todas las emociones que se busca generar en ellos. Esa es una de las cosas que me gusta hacer.

¿Cuánto riesgo implica tener un restaurante de éxito en estos momentos en Cuba?

Mucho, pero hay que ser arriesgado. El coqueteo con el mercado negro, con las leyes gubernamentales, ese coqueteo infiel es un juego que todos estamos haciendo todo el tiempo, con mucha zozobra. Y más uno, que termina utilizando la comida como un medio de comunicación, y te quieres hacer el comunicador y el conector para ayudar aquí y allá. 

Por ejemplo, si te cogen con una langosta… Yo no vendo langosta, no me gusta, no me interesa cocinarla, ese es un riesgo que no estoy dispuesto a correr. Sin embargo, diría que más del 90% de los restaurantes en La Habana venden langosta sin permiso; los extranjeros vienen y piden comer langosta. No hay un marco legal para ello; no hay una ley que defina quiénes son los que la pueden pescar y comercializar. Y es perseguida, aunque hay cierta tolerancia por parte de las autoridades porque al final hay que dar un buen servicio.

Si quiere funcionar bien, un restaurante tiene que mover grandes cantidades de alimento, lo que a veces se complica cuando, por ejemplo, las autoridades te agarran con tres cajas de aceite, cada una con 12 botellas de un litro. Te llevan preso y te decomisan el aceite aunque tengas todos los papeles de la compra, aunque tengas todas las justificaciones y papeles en regla. Te acusan de acaparamiento. ¿Bajo qué ley? No me queda claro.

Son hechos muy comunes a los que uno se arriesga. Y no quiero ni imaginarme qué pueda pasar a raíz de una crisis como esta. Yo soy optimista, pero si las cosas se agravan, como parece que sucederá después de la pandemia, no quiero ni imaginarme qué pasará cuando tengas que conseguir 10 cartones de huevos para el restaurante. Porque puede que ya no te dejen pasar ciertas cosas y tengas que aguantar a inspectores o a policías. Por querer trabajar en el mundo de la gastronomía como es debido, uno puede complicarse la vida ante las autoridades.

Hay riesgos de diferente naturaleza, pero en comparación con años anteriores se sienten con menos peso. En general veo ventajas y posibilidades, porque hay más talento, más gente con ganas de quedarse aquí y de hacer un mercado posible. Por más malo que se ponga esto, yo voy a intentar trabajar. Y, más allá de esta crisis de la pandemia, si mañana esto cambia yo vuelvo a cambiar. Pero para eso es indispensable que el Estado cubano propicie una mayor apertura que permita hacer cosas, tanto a los restaurantes como a los proyectos de agricultura sostenible que ayudan al desarrollo de la restauración.

¿Qué y quiénes determinan hoy los restaurantes de mayor o menor calidad?

Los mejores restaurantes son fundamentalmente los que cumplen ciertos factores estéticos. Hay muchos restauradores haciendo las cosas bien y hay otros que considero lo están haciendo mal, pero tiene que haber de todo. Si la mayoría de los restauradores lo están haciendo bien, implica que la restauración gastronómica, en el nivel que sea, está llegando a las personas, y que la gente se está yendo contenta de los restaurantes. 

Los que determinan cuáles son los espacios de calidad son los influencers, los conocedores, los consumidores, la opinión pública. No tienen que ser expertos, pero tienen una herramienta importante: los medios.

Si vas a un concierto de Paul McCartney y te encuentras que el cantante tiene la voz en candela, te sientes defraudado. Así es con el negocio de la restauración gastronómica en Cuba. Hay espacios que, en su historia, llevan una garantía de calidad, y a los bussines les resulta muy complicado mantener lo que le piden, mantener el estándar. Y si la gente se pone a pedir más, porque la opinión está en que se tiene que pedir más, entonces es más.

Un halo de decadencia rodea a Cuba actualmente. Hay una crisis grande de alimentos. Yo soy positivo, creo que hoy en el mundo hay más comida y hay un consumo altísimo y complicadísimo. A los restaurantes que se especializan se les complica mucho más la cosa, porque la especialización requiere mucho tiempo. Tú quieres poner un detalle en la comida y eso requiere trabajo, no solamente para conformar ese elemento, sino para guardarlo, para que no se te rompa. 

Necesitas un trabajo de alto perfeccionamiento, de repetición, donde te exigen estándares altos, y para eso tienes que exigirle mucho a un trabajador y preparar a un equipo, porque si muta el mercado y muta lo que la gente quiere, tienes que mutar tú también y tienes que decirle a tu equipo que ahora hay que desaprender y aprender una cosa nueva. Eso requiere tiempo y trabajo. Esas personas necesitan sentirse dentro. Mientras más especialización quieras, mientras más lindo tú quieras que te quede, más caro va a salir, porque es más tiempo y más gente trabajando alrededor de lo que se realiza y se crea.

A medida que te haces más especial, te buscas un público que está buscando cosas especiales y que está dispuesto a pagar más por ellas. Y entras en ese fenómeno. Te das cuenta de que el mercado existe para que algunos clientes comiencen a exigirte.

Yo creo, por ejemplo, que las pizzas de 12 pesos están buenísimas. Lo que pasa es que siempre te las tiran con cierto bajón, la gente las está vendiendo con mala cara. Eso no tiene que ver con la pizza, sino con el halo de decadencia que rodea al país. Hay que cambiar la decadencia en el trato, y evolucionar en la experiencia, para que te vayas con algo que tenga un sentido. 

¿Cómo esa tipificación de tu espacio, en su relación con el arte y otros proyectos, han contribuido a la evolución y crecimiento de Raulito Bazuk?

Como te decía, para mí el arte es una herramienta poderosa de comunicación, y una forma de expresar ciertas cosas. La colaboración es una necesidad que tenemos, y para mí, desde mi espacio, significa estrechar lazos en cualquier variante que encuentres. A nosotros nos hace mucha falta estrechar lazos. 

He sido parte de varios proyectos: Jíbaro, Tercer Paraíso, Avecezartspace, entre otros, y me ha ido siempre de maravilla, con mucho gasto de energía, tratando de que todo camine bien y que sea una manera de divertirnos: no solo yo, sino todo mi equipo.

Colaborar también implica promover el espacio de aquel que colabora contigo, quien a su vez tiene una red de amigos, una idea de la vida, un mundo otro que no tiene que ver con el tuyo pero que siempre es interesante conocer. Por eso es importante hacer los lazos. Fuck al centrismo, fuckcentrismo. Para unir una punta con la otra, hay que pasar por ahí.

El fuckcentrismo implica que quizás haya una curva, y ya esto no es un plano sino un espacio. Si tú ves la izquierda y la derecha como un plano, solo tienes una dimensión donde moverte. A lo mejor esto tiene que cambiar de izquierda a derecha y pasar por otra dimensión, y encontrar una forma de comunicar y una forma de entender el mundo que te haga más libre. Y eso funciona a partir de las relaciones; las relaciones son las que dan sentido a la vida, por muy corta o torpes o enrarecidas o empingadas que sean. 

¿Cómo han ayudado estas colaboraciones al “cocinero alfa”?

Le ha venido muy mal, pésimo, jaja. Porque cuando tú trabajas así, te haces preguntas todo el tiempo. Yo me veo reflejado mucho en la gente. Trato de verme en las personas, y eso me hace estar muy pendiente de lo que pasa a mi alrededor. Y no tenemos mucho espacio en la mente como para prestarle atención a todo a la misma vez. 

Son pocos los elegidos que tienen esa habilidad de mantener una vida social activa y un enfoque de comunidad y de humanismo, y a la vez hacer un oficio como el de la cocina o cerrar un negocio como el de una boda o intentar terminar una película cuando te queda un plano muy bueno desde el punto de vista técnico. No es mi caso, no tengo esta habilidad: yo vivo en el mundo terrenal.

A veces pienso que lo que hago puede ser innovador, pero quizás soy conservador, y la innovación que trato de poner en mi trabajo responde a ese perro conservador que soy. A ese diálogo que tiene uno consigo mismo. Lo que sí he tratado es de empujar mis límites.

Desde el punto de vista de la cocina hemos hecho muchas cosas, pero sobre todo explorar ideas, que, como todos sabemos, pueden ser un arma de doble filo porque llevan tiempo de investigación, de prueba, de preparación, etcétera. Por ejemplo, una cosa que sucedió con la exposición Truco o trato era que teníamos que confeccionar para el cliente un menú de ocho pasos con los ingredientes que ibamos encontrando en el día; ese proyecto me llevó a preguntarme cuándo dejaba yo de pensar en lo ideal, para ponerme a hacerlo.

¿Proyectos para un futuro cercano?

Voy a realizar, con el artista Reynier Leyva Novo, un proyecto que tiene que ver con las últimas comidas de Carlos Manuel de Céspedes. Las experiencias que tuvo con las comidas en su viaje a España, y que aparecen en su Diario de campaña


En imagen de portada, Raulito Bazuk vistiendo una camisa que perteneció a Leandro Feal y la chaqueta a René Francisco, conseguidas en el Espacio Aglutinador. Imagen tomada de Facebook.


A continuación, los proyectos culturales realizados en el espacio artístico Salón de Protocolo, del restaurante Grados:
La cotorra y Shot melancolía. En colaboración con Julio Llópiz-Casal (2017).
Truco o trato. Exposición colectiva en colaboración con la curadora Solveig Font (2018). Artistas: Lester Álvarez, Alejandro Campins, Orestes Hernández y Julio Llópiz-Casal.
Food-food de larga duración. Raulito Bazuk y Julio Llópiz-Casal en Artista x Artista (2018).
La Matrix. Tributo a los 20 años del estreno de la película homónima (2019).
La Comuna. Exposición colectiva: Carmen Barrueco, Claudia Patricia, Julio Llópiz-Casal, Fernando Riveaux, Assoleta PV (2019).
-Creación del espacio de residencia Salón de Protocolo. En él han participado los artistas Julio Llópiz-Casal y Reynier Leyva Novo (2019).
-Colaboración con Forum Tercer paraíso (2019)
-Colaboración con el movimiento ConBAC.
-Colaboración con la artista canadiense Victoria Stanton en su perfomance Descanse y disfrute. Exposición A quien pueda interesar. Habana-Montreal. Encuentro de arte contemporáneo (2019).




Néstor Díaz de Villegas: “En Hollywood también hay un decreto 349” - Daniel Céspedes

Néstor Díaz de Villegas: “En Hollywood también hay un decreto 349”

Daniel Céspedes

Para matar a Robin Hood. Escritos de cine 2005-2015(Hypermedia, 2017), de Néstor Díaz de Villegas, es un libro bien conocido por algunos críticos cubanos, y que tal vez se encuentra en más bibliotecas personales por acá de las que sospechamos. Solo que sus dueños no lo revelan.


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