“En la vida literaria de este país siempre habrá una guerra, un enemigo”

Uno ha creído a veces, en medio de un camino sin orillas, que nada habría después.
Juan Rulfo.

Emerio Medina apareció de una forma inesperada en el concierto de la literatura cubana. A principios de los años 2000, entre las montañas azules de Mayarí, decidió ponerse a escribir. Tenía 36 años y vivía en Valle 2, a varios kilómetros del poblado principal. Nadie esperó que triunfara; muchos dudaron de su cordura. 

Escribió a mano sus primeros libros, a veces a la luz de un candil, completamente solo. Envió a su familia con los parientes. No podría mantenerles, vaticinó. Se alimentaba con lo que encontraba, cigarro y mucho alcohol. 

¿Qué lo llevó a tomar esa decisión? Aún es un misterio que evade o alimenta diciendo que la culpa es de Juan Rulfo. Se encontraron en el puente de Chavaleta y el mexicano lo increpó: si no escribía, se volvería loco. 

En poco menos de quince años, Emerio Medina ha publicado dieciocho libros. Tres de los cuales merecieron los premios más importantes que se concede a un narrador en Cuba: los premios de cuento Julio Cortázar (2009), Casa de las Américas (2010) y Alejo Carpentier (2016), por Los días del juego, La bota sobre el toro muerto y La línea en la mitad del vaso,respectivamente.  

Sin querer, engendró el mito del que no está conforme. Es imposible llegar hasta él sin fascinación, sin verle como un Tarzán de las letras. Su físico y su forma de hablar reproducen el modo de los guajiros orientales, pero no se considera como tal. Renuncia a toda marca. Es muy difícil calarlo. En esta conversación para Hypermedia Magazine, es él quien empieza:

“Todo el mundo cree que soy un guajiro de mierda que vive en el monte con vacas y caballos. Nadie entiende que, aunque viví en el campo durante casi toda mi vida, no tengo nada que ver con él. Paradójicamente, en cuarenta y tantos años no aprendí las labores…”.

¿Entonces exageran? ¿No vives en el monte?

Bueno, sí, viví en el monte hasta hace muy poco. Pero mi contacto con el mundo era más bien a través de los libros. Leer fue la ventana que encontré para alejarme incluso de las cosas familiares. No tuve nada que ver con el mundo de mis hermanos, de mis tíos, de mis abuelos… Del campo, conservo solo lo que se puede conservar: el olor de la hierba, de las reses… 

Y las manos.

Son manos de campesino, si lo quieres ver así. O de mecánico. Soy hijo de un obrero industrial. Pero mi mundo no es ese. Mi mundo es griego. Desde los seis o siete años caminaba con Homero. En aquel momento no supe defenderlo.

¿Por qué?

El entorno era adverso; mi familia no era del tipo de familias de la cultura. Mi papá murió y tuve que irme a Rusia a estudiar Ingeniería. Fue una barrera que tuve que saltar. 

El primer yuma que me pagó en La Habana

El primer yuma que me pagó en La Habana

Yaíma Guilarte Hernández

Nelson González se fue de su país cuando los venezolanos aún no emigraban en hordas, como ahora. Desde Miami, recuerda a Cuba como fuente de energía e inspiración.

¿Cómo llegas al mundo clásico, cuando el mundo que te rodeaba era soviético

En quinto grado había un libro de historia antigua que era como entrar a otro mundo sin pagar un peso. Eso me quitó de los ojos cualquier mierda soviética, latinoamericana… Lo que vi fue Egipto, Grecia, Mesopotamia… Por ahí era donde quería andar. 

Cuando empezaste a escribir, ¿imaginabas el éxito que tendrías? 

He tenido visibilidad. ¿De qué éxito hablas?

¿Te parece poco un Carpentier, un Casa de las Américas…?

Los premios no me los planteé. Esas son cosas de juventud. A los treinta y seis ya no se sueña con eso. Se convierte más bien en un oficio. 

En los tiempos actuales, éxito es otra cosa. Éxito es lo de Padura, que tiene miles de lectores en el mundo. Supongamos que yo llegue. Bien. Supongamos que no llegue nunca. También.  

Empecé a escribir tarde, sin escuela, sin orientación, sin confort, sin grupo, sin esas cosas con las que la gente se rodea. Lejos de La Habana, lejos de Holguín, lejos de Mayarí. Hice una apuesta a ciegas. 

¿Y cuándo te sentiste más seguro?

Un Premio de la Ciudad, de cuento, en 2007, me dio bastante ánimo. Luego, al año siguiente, otro premio en narrativa infantil me avisó que podía proponerme más cosas: en ambos géneros, ser premiado era una forma expedita para publicar mis libros. Así ocurrió después con el premio Cortázar, el Oriente, el Casa de las Américas, el Carpentier… Y no sé qué más llegue. Ojalá más cosas.

¿Qué escritores te han influenciado?

La literatura me entró con Juan Rulfo, Carpentier, Tolstói, Mark Twain… Homero ya estaba. Fueron ellos los que me dijeron: “las cosas se hacen así”. Me parecía que con los cuentos de El llano en llamas era suficiente. Estaba equivocado. Cuando choqué con Pedro Páramo descubrí que había más cosas que decir. Lo usé como modelo para armarme novelas en la cabeza. 

La historia de Rulfo sucede en el campo, pero no tiene nada que ver con campesinos. Habla del conflicto humano. Gente que huye aplastada por las circunstancias. 

En Cuba ya no quedan guajiros. En todo el país la cultura es totalmente homogénea. Se han ido eliminando las diferencias. Por supuesto, hay mucha gente empeñada en hacerte creer que no.

Agregar placer al placer del cine

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Daniel Céspedes

Una entrevista con el crítico Dean Luis Reyes.

¿Lees a tus contemporáneos?

Lo mejor es no leerlos. No ser partícipes del secreto del otro que convive contigo, contaminarte con su mirada. Eso estorba en la creación propia. Primero debes ser muy fiel a ti mismo y, luego, a contemporáneos que valgan la pena.

Con algunos siento una empatía que funciona a nivel de la creación. Me ocurre con Alberto Guerra, por ejemplo, a quien me gustaría conocer personalmente. Alberto Garrido y Ángel Santiesteban tienen una cuentística que me interesa. Y Ena Lucía Portela es una novelista que respeto mucho.

¿A quién no leerías?

Esa pregunta es un poco dura… Onelio Jorge Cardoso nunca me dijo nada. No me gusta. Tiene un tratamiento de los temas campesinos que responde a tradición casi bufa. Prefiero a Félix Pita Rodríguez, mucho mejor cuentista. Pero bueno, por circunstancias de la vida y de la historia, Pita no entró al Parnaso y Onelio sí. 

En Los fantasmas de hierro abordasel tema del cierre de un central azucarero.Hay acercamientos a este asunto desde el cine; Maylan Álvarez lo hace desde el testimonio La callada molienda (2013). Sin embargo, tu novela es prácticamente desconocida…

Lo malo es lo que ocurre. Porque cuando cierras un central dejando a su suerte a cinco mil personas, de las cuales tres mil trabajaban en él o tenían que ver directamente con él, la economía de un pueblo se va al carajo y se alterara el curso natural de las cosas.

Mi novela fue publicada en 2014 por Letras Cubanas y se agotó. Recientemente, leí a determinada persona que, en un artículo del año pasado, hablaba de que en Cuba no se han escrito novelas sobre centrales cerrados

¿En qué medio fue publicado ese artículo? 

Fue un medio de prensa nacional. Pero, claro, era una opinión local.

Tu literatura para niños y jóvenes tiene mucho de campo también. 

Mi literatura para niños y jóvenes tiene ese componente cuando lo lleva. No tiene nada que ver con los campesinos. Nunca he escrito historias de campesinos; no las conozco.

La novela para adolescentes también es muy dolorosa. Supone dinamitar tu propio mundo. Es realmente a eso a lo que me quiero dedicar. Pero la novela para adultos me ha ido apartando de la producción para adolescentes. Tenía desdibujados al menos seis títulos. 

¿Cómo haces para que no se te transfieran los personajes, como al Escribidor de Vargas Llosa?

Tengo habilidad para eso. 

¿Aspiras al éxito comercial?

Aspiro al éxito. El éxito comercial es un éxito con apellido. Mi literatura a veces triunfa de manera inmediata y eso me da la posibilidad de viajar, de ser conocido. Perfecto. Eso es una parte del éxito. El que considero éxito total es que, cuando pase el tiempo, un lector cualquiera, de cualquier parte del mundo, se asome a un estante y busque un libro de Emerio Medina. Y lo lea. 

Como escritor, ¿qué cosas te atormentan?

Lo primero que me duele es la incomprensión, el ninguneo… Vas por la vida pensando en la literatura, en el país. De pronto, una persona que decide destinos no te tiene en cuenta. Porque trata de favorecer a unos amigos, a determinadas causas. Entonces te excluyen a ti, que estás haciendo algo que está un poco en la avanzada. 

Me duele el desconocimiento ex profeso: como si no existieras. Por eso he tratado de ser un lobo solitario, y de que mi familia no participe de esa soledad. Por suerte, en Mayarí tengo protección de Cultura, y eso me permite sobrevivir.

Ese apoyo estatal que recibes, ¿condiciona tu escritura? Digamos, cualquier inquietud social que…

Soy muy libre a la hora de escribir, nada que ver con opiniones de directores ni de directivos. En mi mundo literario mando yo. 

En mis inicios, más de una persona intentó condicionarme, como diciéndome: “por aquí van las cosas”. Pero no, nunca lo permití.

¿Cómo te sientes al haber superado a tus enemigos?

En la vida literaria de este país siempre habrá una guerra, un enemigo. Alguien que pensó mal de ti, que te hizo una zancadilla. A mí me lo han hecho, a veces, de una manera muy gráfica y muy cruel.

¿Dónde guardas los “trofeos”?

Si te digo te miento. No son tantos en realidad. Alguno tengo por ahí. Quizás lo encuentre, pero no te aseguro nada. 

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