El primer yuma que me pagó en La Habana

Se fue de su país cuando los venezolanos aún no emigraban en hordas, como ahora. Se fue a absorber, amar y recorrer mundo. Vivió unos años en Europa y luego ancló en una islita antillana, tampoco demasiado lejos de su raíz. 

Nelson González (Maracaibo, 1979) es artista. Así, sin etiquetas o patronímicos. Solo artista. Reside en Aruba, aunque no se sabría exactamente dónde atraparlo. Ahora bojea Miami por primera vez. Hace mucho quería visitar la ciudad, pero le daba soberbia la posibilidad de que algún gringo le negara la visa. Venció su orgullo de enfant terrible y aplicó. Después de todo, los gringos no son tan malos como los pintan.

“¿Qué te parece Miami hasta ahora?”, le pregunto.

“Una carretera con casas y centros comerciales”.

No le avergüenza admitir que se aprovecha de sus coyunturas geográficas con fines artísticos. Si ahora el drama venezolano está en el boom y los coleccionistas compran las obras de los sufridos creadores de ese país, Nelson González encaja. Otras veces, la situación requiere ser caribeño, y ahí está él: clavando el estereotipo. ¿Lo que se necesita es representar a Europa? Pues él también pertenece al Caribe holandés, y se siente tan europeo como cualquier Amsterdamer.

Su charla conmigo inicia casi como una declaración de principios: 

“Voy a empezar a sacrificar la profundidad de mi trabajo y producir para vender. Tengo que pensar en el futuro de mis hijos. El punto de giro ha sido cumplir 39 años. Además, me han dado ganas de comprar un yate”.

“Qué nombres tan originales tienen tus niños, me gustan”, le dije como si ese detalle viniera a cuento. “Cuando tenga una nena le voy a poner Amber”.

Él soltó unas carcajadas:

“No hagas eso. Amber es nombre de puta”.

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Daniel Céspedes

Una entrevista con el crítico Dean Luis Reyes.

Ha estado investigando una comunidad hermafrodita en Santo Domingo. Últimamente le interesa el concepto de extranjería dentro del propio cuerpo. “Muy de moda ahora con Miss España”, le digo. Cuando finalice la visita miamense, pretende viajar a República Dominicana para profundizar en su proyecto inacabado. Y de ahí a Seúl. Luego, ya verá adónde lo lanza su vida de nómada.

Nelson lleva el pelo y la barba de color azul. Me parecen naturales, sin tintes, como esos personajes del realismo mágico a los que no nos queda más remedio que creerles su cola de cerdito o que se vuelvan cada vez más amarillos. Otras cosas suyas no me convencen de plano. Exagera historias detectivescas de contrabando de arte en Cuba, de agentes con camisas a cuadros acechándolo en su puerta. Monta un personaje y yo, a veces, pretendo seguirle la corriente.

“¿No viste el documental donde revelan por donde salían del país las obras robadas del Museo de Bellas Artes?”, me pregunta.

“¿Las que sacaron de las arcas hace unos años y nadie se dio cuenta?”.

“Esas mismas. Yo sé la ruta. Muy embarcaditas en botes, desde las casas de los pinchos de la Cultura, y directico para aquí, para Miami… ¡A vender en galerías!”.

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Conocí a Nelson González en La Habana, hace casi cuatro años. Yo estudiaba Periodismo y me habían asignado cubrir la 12 edición de la Bienal. Recibí un mensaje de texto: “¿Puedes venir a entrevistar un invitado?”. Tecleé que sí con mis últimos nueve centavos de saldo. Pedí botellaa todo lo largo del Malecón y correteé por los adoquines de La Catedral. 

Llegué tarde a la cita.

Ahí estaban él y su ego de creador incomprendido. Disfrutó desmenuzando mis preguntas insulsas y generalistas del tipo: “¿Qué nos trae para esta Bienal?”. Yo desconocía quién era ese gordito en short y sombrero, no pude prepararme para interpelarlo y apenas tenía ideas sobre el evento. En esas circunstancias, el artista se lució soltando referencias encumbradas.

“¿Sabes quién es Alejandro Jodorowsky?”. 

Respondí que no.

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El regreso que estabas esperando. En exclusiva. La entrevista definitiva al escritor Orlando Luis Pardo Lazo.

“¡Mira eso! Periodista y no conoce a Jodorowsky…”.

Sus pedanterías, en lugar de disminuirme, resultaron una clase magistral. Anoté en un cuadernito todos los términos raros, los nombres, para luego googlearlos con calma en la primera oportunidad en que pudiese conectarme a internet (en la Cuba de 2015 no era tarea fácil siquiera olfatear a Google).

Y ahora, a punto ya de asomarse otra Bienal en la capital cubana, aquí estamos él y yo, a 90 millas, en un Starbucks de Miami, recordando lo mucho que demoré en llegar a esa primera cita. 

Esta vez fue él quien apareció más tarde de lo acordado. Venía con las manos embarradas de pintura por estar dando pinceladas todo el día en un estudio de Little Haiti. “Perdona. Tuve que atender a unos turistas que entraban a comprar”, se excusó. Nosotros, los de entonces, seguimos siendo los mismos.

“Ahora estudio Contabilidad”, le comenté.

Esbozó una cara de asco inmejorable.

“Es práctico. Todos los negocios necesitan contadores”, me defendí.

“Tú tienes más cojones que eso. ¿No estas escribiendo?”.

“Ay, Nelson, hace dos años que vivo aquí y apenas si leo…”.

Entonces soltó algo muy venezolano: “Échale bolas”. Y prosiguió a enumerar un par de amigos que viven solo de “crear contenidos”, y son “libres”.

Una entrevista a Alexander Otaola

Alexander Otaola: “A mí lo que me gusta es que me ataquen”

Siro Cuartel

Es probable que esta sea la única entrevista seria que yo haga en mi vida. Comienzo por las fotos. El carismático comunicador Alexander Otaola modela. Se queja por no sé qué cosa, dice: “Hay que joderse y
modelar y todo contigo, Siro. Tú no eres fácil”.

Nelson González no imagina cuánto me acercó a la libertad desde que lo conocí. En medio del comunismo tropical en el que me formé académicamente, yo escribía de gratis, por pura pasión, para revistas online. Colaboraba con proyectos cuya única remuneración era la banda ancha a internet. Participaba en campañas solo para socializar con los contactos culturales de la élite. Hasta ese 2015 en que conocí a Nelson, quien como buen capitalista me enseñó que mi trabajo se cotiza. Él fue quien primero me pagó por el placer de crear.

Siempre le ha encantado el papel de “yuma” en La Habana. En aquella 12 Bienal se montó un teatro en pleno Parque Trillo y jugó a hacerse pasar por cubano. Contrató a actores de Casa de Cultura, a emigrados, y a alguna que otra cara bonita del cine. Armó un escenario folclórico en el corazón de la marginalidad centrohabanera. Involucró a productores, camarógrafos, curadores y, también, a aquella periodistucha informal que no conocía a Jodorowsky. De aquello resultó un simulacro en el que yo entrevistaba a todo el equipo mientras rastreaba la obra de este venezolano-arubeño-holandés en su paso por la Bienal.

“¿No serías de esos incautos que van a Cuba y pierden miles de dólares en nombre de la santería?”, le pregunto mientras sus cenizas caían en la pegatina de No Fumar adosada a la mesita de Starbucks.

“¡Por favor! Tampoco soy un pendejo. ¿Sabes cuánto costó recibir mis guerreros en Guanabacoa? ¡25 dólares!”.

Me avergüenza que su falsa cubanía parezca exceder la mía. Porque el tipo conoce de brujería, paleros y sincretismos. Guarda secretos de la jerarquía del Instituto Superior de Arte y del Instituto Cubano del Libro. Se ha estudiado hasta el movimientode rap underground en la Isla. Por saber, sabe hasta quien finge la disidencia mientras en verdad trabaja para los Ministerios. 

“Cuando te conocí supuse que te quedaba poco tiempo en el país”, me dice.

“Pero eso ni yo lo imaginaba. Fue una decisión apresurada”.

Pone cara de quien posee verdades absolutas y afirma: 

“Yo lo sé todo”.

El fauno barba-azulado alquilaba un estudio en Habana Vieja; le gustaba pasar largas temporadas produciendo desde el contacto con la gente. Fue en ese apartamento a pocas cuadras del Capitolio donde Nelson me preguntó: 

“¿Cuánto pides por el trabajo?”.

Sin marco de referencia sobre cuánto se le cobra a un yuma por hacer periodismo, solté unas risitas mojigatas y le dije: “No sé. Lo que tú quieras”. 

Se burló de mi falsa reacción comedida y extendió un sobre blanco con mi primer pago en dólares.

“Escribe”, me dice ahora. “Vete a viajar el mundo. Múdate a Nueva York. Crea un blog. No dejes que la rutina de Miami te drene la creatividad”.

Sus consejos tienen casi un tono de orden. Me gusta fantasear que le hago caso y que la vida es cuestión de tomarse un café con un artista y seguir su manual de instrucciones.

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A Nelson González Cuba le inyecta una especie de energía. Es allí donde encuentra la cúspide de su inspiración. El lugar del que todos se marchan. La periodista (que ya leyó a Jodorowsky) es otra de las tantas que se fueron. Una de los más de 56,000 cubanos que en 2016 entraron a Estados Unidos antes de que se anulara la importancia de tener los pies secos. Nelson González siempre regresa a la ciudad prohibida. Y quiere comprarse un yate. Todos tenemos algún tipo de yate rondándonos el imaginario.

“Yo lo sé todo”, ha dicho el artista.

Sabe que La Habana tiene mucho mar, pero no es lugar para yates.


Nelson González (Maracaibo, Venezuela, 1979). Radicado en Aruba desde 2003, su trabajo incluye pintura, grabado, instalación, performance y documentación audiovisual. Es coordinador de Art Rap Fundation y Asistente de Curaduría en la Fundación Encuentro de la Bienal Aruba. Actualmente trabaja en el proyecto Entre dos aguas, auspiciado por el Mondriaan Found y Art Connection Fundation. Como parte de este estudio, realiza tours por Estados Unidos, República Dominicana, Haití, Holanda y Corea del Sur mientras desarrolla una nueva serie de su producción artística.


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“¿Es santiaguero? Todo parece indicar que sí, aunque los policías de Plaza de Marte lo señalen como turista y a esta entrevistadora como jinetera”.

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