Ángel Pérez: “¿Es más interesante la crítica o la película?”

Ávido siempre de ver cine, series, documentales y cuanto audiovisual localice o le recomienden, Ángel Pérez (San Germán, Holguín, 1991) es, en estos momentos, uno de los críticos cubanos más insaciables y lúcidos de su generación. 

Lector voraz, se siente cómodo con la teoría de las artes y los estudios culturales. Si bien se concentra en el audiovisual y la literatura, su proceder es abarcador e interdisciplinario. Es un admirador de Rufo Caballero, a quien ha estudiado, aunque el rigor crítico le ha permitido apartarse a tiempo de la excesiva influencia que este intelectual ha ejercido en muchos otros.

En una primera impresión, que tiende a ser engañosa, algunos lo han considerado abrumador y presumido. Por fortuna estamos ante una voz que empieza a interesar no solo a los especialistas del séptimo arte. En Hypermedia Magazine hoy conversamos con él.

¿Qué se requiere para escribir bien, o dignamente, de cine?

Esa no es una pregunta para mí, pero intentaré decir algo. Quizás de lo que más se escriba —en cuanto a “productos culturales”— sea de cine. Ahora que la tecnología informacional lo permite, la gente “escribe” y pone a circular sus opiniones sobre cualquier audiovisual que consume, sobre las películas, sobre las series, etcétera… 

En Facebook se discute hasta de las películas que no se han visto aún. En lo personal, esa democracia de la opinión me parece perfecta. Democracia que sabemos no es tal democracia, en el sentido más socorrido del término. Pero en sentido utilitarista, digamos, lo es, y, por lo tanto, es bienvenida. 

Ahora, es necesario aprender a discernir. Sobre todo, porque cuando se leen esos criterios que circulan “democráticamente”, se advierte de inmediato la ingenuidad con que las personas caen víctimas de las ideologías; lo que provoca que el foco con el que se lee un filme promedio de Hollywood sea el mismo con el que se lee una película de Bergman en reposición. 

¿Qué quiero decir con esto? Sabemos que los parámetros de legitimación son históricamente modelados, circunstanciales y responden a acuerdos simbólicos muy específicos. No existe ninguna trascendentalidad en ellos. De cualquier modo, me preocupa que estemos perdiendo —hasta donde mis lecturas me permiten hacer balance— la capacidad de entender los textos culturales como actos de comunicación; la autonomía de la estética, la suficiencia del valor estético, nunca es vacío. Yo creo que esa fue la ganancia fundamental de los teóricos de la recepción. Y nosotros nos olvidamos de ese punto con una ligereza que asusta.

Pero volvamos a tu pregunta. Como te insinuaba antes, esa es una interrogante para David Bordwell, Christian Metz, Roland Barthes, Umberto Eco, Susan Sontag…, quienes además de pensar con brillantez, han meditado teóricamente la escritura crítica sobre la imagen y el audiovisual. Y por supuesto, estoy dando por sentado que, cuando hablas de escribir de cine, te refieres a cualquier tipo de escritura. Derrida a un lado, bien puedes referirte a la crítica —práctica que no hemos terminado de comprender del todo—, a la historiografía, a la teoría —de la que estamos totalmente distantes— y otras tantas modalidades posibles de entre las que circulan en el llano cubano.

Para escribir lo que tú llamas “bien o dignamente” sobre cine, lo primero es saber escribir. Pero pongámonos un poco serios. Reverenciemos el rigor, que es algo que falta muchísimo. Hablemos entonces de quienes se ocupan “profesionalmente” de escribir sobre cine. Se necesita estudiar constantemente. Estar actualizado en materia de pensamiento —en la medida de lo posible— es fundamental. 

Estudiar no te hace infalible, puedes equivocarte. Pero al menos garantiza que te muevas con un mínimo de rigor en el terreno en que te posicionas. Desde luego, es imprescindible también ver mucho cine —entrenar la mirada—, conocer las formas en que se manipula, utiliza, instrumenta y opera el lenguaje cinematográfico. Ver todo el cine posible, conocer su historia. A todo esto, súmese el oficio de la escritura. 

Después que decides escribir y publicar, entablas una suerte de compromiso intelectual con el que se debe ser consecuente. Yo creo que hace falta compromiso, que siempre es político: saber qué quieres decir, por qué quieres decirlo; saber qué defiendes, en definitiva. 

José Ángel Pérez Velázquez, mi hermano, me insiste en la idea de que —estas son palabras suyas— “el intelectual debe realizar un comprometimiento consciente, no ese de manifestar su mundo por inercia, sino el de ejercer su acción en el mundo de manera dirigida y objetiva. Si no se puede asumir intencionalidad en el texto, no por ello el autor ha de renunciar a ella”.

Creo en eso. Ya no estamos hablando de gente que escribe, de esos tenemos de sobra. Esto me parece esencial, y lo digo convencido de que no existen los esencialismos. 

Para cerrar: en realidad, no sé qué coño hace falta para escribir “bien o dignamente” de cine. Nada y todo. Si escribir bien es hacerlo con estilo, o lo que se entienda por tal, con profundidad en las ideas, con rigor en la argumentación del criterio, si eso es escribir bien…, estamos jodidos. 

En serio: yo creo que tenemos quienes escriben muy bien sobre cine. También tenemos quienes escriben “suficientemente” mal.

¿El crítico de cine es un escritor?

Siempre que escriba, será un escritor. Aquellos que ejercen la crítica por otros medios, como la televisión o la radio, o en espacios públicos, son críticos también, pero no son escritores. 

Ironías a un lado, después de los estructuralismos y sus post —después de eso que se denominó posmodernidad, y que hizo tanto daño al pensamiento como bien trajo a los escenarios culturales—, me sorprende que todavía continuemos preguntándonos si la crítica —siempre que la cerquemos dentro de un constructo genérico con códigos y fundamentos propios— es una forma literaria. 

Fíjate: no he dicho, esta vez, escritura, porque cuando me preguntas si el crítico es un escritor, supongo que te refieres a que si la crítica es literatura. No malinterpretemos. Supongo que estamos de acuerdo en que el que escribe prospectos no es un escritor.

La crítica es crítica o es literatura en dependencia de la estructura en que está inscrita. Y los límites “estructurales” de nuestro mundo son cada vez más resbaladizos. No importa si la crítica de cine, o de lo que sea, es un arte o no. Esa es una discusión ociosa para mí. 

Lo que importa —al menos lo que me importa a mí, insisto—, es que la crítica procure ideas de valor, que esté bien argumentada, y por supuesto, que aspire a artificios “literarios” en la medida en que ello garantice la eficacia del acto comunicativo. A una crítica lo que yo le exijo es pensamiento, agudeza, análisis. Nada de esto quiere decir que la crítica no pueda ser literatura.

¿Qué creo, concretamente? Creo que depende. Depende de cómo se mire. Guillermo Cabrera Infante quería hacer crítica de cine y le salía literatura. Porque en él pesa mucho el artificio estético, o más específicamente, el estilo. Pero no es ni una cosa ni la otra. Ni sus críticas son estrictamente críticas de cine, ni son gran literatura. Pero tienen cierta gracia. Y también buenas ideas. 

De todos modos, esa pregunta te la podría responder mejor Oscar Wilde. Él tiene un texto excelente titulado “El crítico como artista”. Ahí se pueden encontrar argumentos notables sobre por qué el crítico es un escritor, como tú dices. También se puede echar un ojo al clásico “Crítica y verdad”, de Roland Barthes. 

Para no dar más vueltas sobre lo mismo, termino con estas palabras de David Bordwell, que me convencen: 

“La crítica no es ni una ciencia ni un arte, pero se parece a ambos. Al igual que estos, depende de las capacidades cognitivas; requiere imaginación y conocimiento; y se basa en actividades de resolución de problemas autorizadas por las instituciones. A mi juicio, la crítica debe considerarse como un arte práctico, algo así como tejer colchas o hacer muebles. Puesto que su principal producto es un fragmento de lenguaje, también es un arte retórico”.

Graham Greene, quien fue en un momento de su vida crítico de cine, expresó que una de las tareas más difíciles de un crítico es la de orientar sus elogios o su condena en la dirección adecuada. ¿Qué opinas tú?

No conozco el texto donde Graham Greene dice tal cosa; me gustaría leerlo. Yo creo, como T. S. Eliot, que las frases y citas fuera de contexto son una especie de terrorismo: se pueden leer en cualquier sentido. Pero entiendo lo que me preguntas: un punto en el que los críticos e intelectuales cubanos, todos aquellos que ejercen su opinión en la res publica, deberían pensar con mayor detenimiento.

Un ejemplo: ¿Qué entiende la gente por cine independiente cubano? ¿Qué postura se asume frente a este “fenómeno”? Eso es algo que me parece no está claro, que no hemos pensado con reposo. Demasiadas cosas se dan por sentadas. Pienso que los críticos deberíamos ocuparnos de que los “cines independientes” obtengan garantías legales para la producción y distribución, y una presencia real en los circuitos de exhibición; pero también debemos ocuparnos de que aspiren a una postura creativa verdaderamente independiente. Para mí ese es un problema inmediato para la crítica. 

Tengo un amigo que siempre me dice que de lo único que no es independiente el cine es del dinero: este es posiblemente la mayor preocupación de los cineastas independientes. Sobre todo, porque no existe una estructura legal que soporte el proceso. 

Necesitamos todo tipo de cine, eso está claro, desde El regreso hasta Los perros de Amundsen. Pero nuestra crítica debería preguntarse cuál es el cine al que se aspira. Me aburre el miserabilismo de algunas películas, como me molesta enormemente la sobreideologización de otras. En Alejandro Alonso o cierto Quintela —por poner dos ejemplos visibles—, tenemos ideas notables y voluntad de inventiva fílmica, creatividad. Pero en otras muchas películas independientes hay un patetismo crítico, un criticismo vacío y complaciente —repara en este último adjetivo— que da vergüenza.

Con respecto a Graham Greene: creo que estoy de acuerdo. Uno de los problemas de nuestra crítica es que parece no estar convencida de la dirección hacia la que apunta; o peor, al creer que está apuntando en una dirección, lo está haciendo hacia otra.

¿Hoy la crítica es diferente no solo por las películas, sino porque los modos de interactuar con ellas son otros?

Para ser sincero, creo que estás hablando de cualquier país menos de Cuba. Tengo la sensación —puedo estar cometiendo un error— que la gente aquí no interactúa con la crítica. Al menos lo hace de forma bastante accidentada. Con la que se ejerce por televisión quizás. Pero ahí mismo se acabó el asunto. Puedes sumar los comentarios aparecidos en eso que insistimos en llamar periódicos. 

No existen en Cuba plataformas, estructuras que garanticen el funcionamiento de la crítica. Y ciertamente hacen falta, más ahora que el consumo se ha disparado con esa maravilla que es el Paquete Semanal (lo digo sin ironía). Pero también este último es un regulador del gusto. 

Te maravillarías al escuchar la crítica que practican los “paqueteros” en los sitios en que las personas copian películas. Esos ambientes tienen su propia estructura de recepción, con vectores de consumo clarísimos. Si en algo falló el primer ICAIC —donde teníamos mentes tan brillantes y con ambiciones tan grandes como Alfredo Guevara, Tomás Gutiérrez Alea, Julio García Espinosa; cineastas de altura como Guillén Landrián o Sara Gómez— fue en su aspiración de conseguir un “nuevo” espectador.

Más allá de esa zona inmaculada que conserva su condición de cine, en el actual panorama juegan un rol protagónico —tanto para las dinámicas de recepción como para la estética— la circulación de propuestas audiovisuales en YouTube, las producciones de Netflix, las escrituras seriadas para la televisión, la difusión de creaciones domésticas y las realizaciones independientes, entre otras tantas contingencias. Todo ello está desplazando los límites de lo cinematográfico e influyendo en las expectativas de recepción del cubano. 

El ejercicio del crítico tiene que ser concebido como análisis e interpretación de esa cultura audiovisual en general, sin limitarse al hecho fílmico puntual, sino insertándolo en el plano mayor de las transformaciones de esta época. La crítica tiene que ganar espacios en los que defender la pluralidad de opciones expresivas y repasar el contexto discursivo a fin de comprender el plasma ideológico en que se mueven las películas, tanto como el modo que se influyen.


Gertrudis Rivalta: Soy una persona ingobernable

Gertrudis Rivalta: “Soy una persona ingobernable”

Sandra Abd’Allah-Alvarez Ramírez

“Yo no fui una desconocida en los 90, pero parece que la lucha contra el olvido es otro de los caballos de batalla que debo cabalgar. Yo no voy a olvidarme de Cuba. ¿Quién es el dueño de la nacionalidad de una persona? ¿Cuáles son los beneficios del chantaje de excluirte?”.


¿Te parece precipitado opinar sobre una propuesta cinematográfica al salir del cine o al terminar de apreciarla en tu casa?

Uno opina sobre la película incluso antes de verla. Ese es el ritmo a que se mueve nuestra contemporaneidad. Y contra eso no hay quien pueda. 

Otra cosa es cuando decides hacer pública tu opinión, cuando decides colocar tus ideas en la esfera pública. Yo cambio de criterio sobre una película innumerables veces. Porque piensas más en ella, agregas nuevos puntos de vistas, tomas en cuenta los criterios de personas que te hacen ver aspectos que no habías valorado… Asimismo, hay películas que, de entrada, sabes que son prescindibles por completo, que no valen nada, que no tienen ideas que proponer; en resumen, que son malas. 

Este es un asunto muy complejo, la verdad. Sangre cubana,con su hechura maltrecha, me parecía una genialidad porque tenía cosas que proponer. ¿Qué me proponen la tercera o cuarta parte de una película de la Marvel? 

Me fui del tema. En fin, todo es más complejo que eso.

En tu caso, ¿cuándo el cinéfilo apasionado le cede su espacio al crítico dispuesto? ¿O es que ambos conviven, en tensa unión?

Creo que hay un montaje raro. El crítico que soy depende mucho del cinéfilo que he sido, y viceversa. O sea, llegué a la crítica como cinéfilo y mis gustos cinéfilos han variado notablemente con el aprendizaje experimentado como crítico. Yo lo disfruto todo. Claro que la naturaleza de la fruición cambia. 

En ocasiones hay que estar dispuestos a anular el perfil crítico cuando te enfrentas a una película o a una serie. A mí me encantan las películas de superhéroes, pero si te soy sincero, me aburre la fórmula una y otra vez, una y otra vez… Además, me molesta lo terrible que son ideológicamente. Claro, quiero pensar que otra cosa será cuando una Lucrecia Martel tenga la oportunidad de dirigir a un superhéroe. 

Sucede también que, en ocasiones, el gusto o el aferramiento a una idea no te deja avanzar en el análisis de un filme. Uno se convence de algo y es incapaz de salir de ahí. Eso sí me parece peligroso… Ah, no soy un cinéfilo apasionado.

¿Te ha sucedido alguna vez que la solidez al hablar o escribir puede no acreditar, en absoluto, la vivacidad de tu pensamiento? ¿Cómo manejas esto?

¿“Vivacidad de tu pensamiento”? ¡Madre mía! 

Jamás estoy convencido de haber argumentado con el rigor necesario mis opiniones. Me esfuerzo por argumentar mis criterios, procuro poner ideas sólidas en los textos, pero no sé si siempre lo logro. No busco convencer a nadie. Trato de compartir opiniones con un mínimo de inteligencia. 

¿Cómo lo manejo? Estudio lo más que puedo e intento pensar mejor todos los días… Aunque no sé qué significa eso exactamente.

¿Qué has hecho en una crítica de cine que luego consideraste no volver a hacer?

Veamos… En ciertas circunstancias me he visto obligado a atemperar el criterio; digamos que no he sido completamente honesto. Pero si tengo que argüir algo en mi defensa, diría que, así como la ética depende de las contingencias, también las opiniones sobre las películas. 

Valdría la pena aquí retomar el criterio de Graham Greene.

Por apuntar a la dirección que he creído correcta en su momento, no he escrito exactamente lo que opino —en términos de juicio estético, aclaro— sobre un filme determinado. La mayoría de las veces me he abstenido de opinar. Pero, en verdad, no he hecho nada de lo que me arrepienta.

¿Puede el crítico ser más interesante, por su escritura, que la propia película que analiza?

¡No me cabe la menor duda! Hay películas que son más de lo mismo, un esquema utilizado hasta la caricatura que, sin embargo, suscita análisis fascinantes. 

Igual te digo, llevamos algún tiempo necesitados de análisis y aproximaciones más contemporáneos, más agudos, que discutan temas y asuntos de relieve. Ya no es que las revistas y espacios destinados a pensar el cine sean insuficiente, en calidad y cantidad. Es también que la dinámica entre las instituciones destinadas a la gestión y producción de conocimiento sobre cine es pobrísima. 

Cuando una crítica te abre los ojos, te “hace buena” una película que considerabas mala, al cambiar tu perspectiva sobre ella…, ¿es más interesante la crítica o la película? 

Frente a la dispersión y diversidad de audiovisuales contemporáneos, ¿cómo haces para escoger, ver, analizar y escribir?

Cada vez escribo menos crítica. Lo hago cuando creo que tengo algo que decir más allá de si la película es mejor o peor, cinematográficamente hablando. Esto último me interesa bien poco. 

Luego, la cantidad de materiales no es un asunto que me preocupe en absoluto. Uso diferentes filtros: las opiniones de otros, reviso sitios web o revistas que considero valen la pena, escucho los criterios de amigos, consumo algo porque está sonando en ese momento y lo considero una responsabilidad, chequeo las entregas del Paquete y me quedo con cosas que me llaman la atención, sigo a ciertos realizadores… En fin, hay disímiles vías que se ocupan de filtrar lo que uno consume. 

Por supuesto, soy selectivo. Soy celoso con mi tiempo, sobre todo. En cuanto a analizar: estoy analizando cosas todo el tiempo.   

¿Qué significó para ti releer y estudiar a Rufo Caballero?

Llegué a Rufo accidentalmente. El problema es que en él encontré lo más cercano a lo que yo entendía como crítica de cine. Era un tipo con el que disentía en la valoración, pero que me convencía con sus argumentaciones. Rufo me hizo tomar consciencia de la importancia de la teoría del cine, la teoría literaria, la filosofía, etcétera… 

En la Universidad entré a trabajar con una profesora en un proyecto de investigación sobre la crítica y terminé escribiendo mi tesis de licenciatura sobre Rufo. Eso me obligó a leer sus libros y artículos con una perspectiva diferente y, en el proceso, descubrí varios Rufos. 

Me gusta la visión extendida que él tenía sobre los procesos culturales y la consecuencia de su mirada sobre el audiovisual. Disiento bastante de sus opiniones y en ocasiones juzgo duro el manierismo de su escritura, al menos la del primer Rufo. No me gusta para nada su apego a la posmodernidad. Pero admiro que se haya pertrechado de un aparataje teórico sólido, que sus textos evidencien inteligencia y conocimiento, que manejara con tanta soltura el lenguaje y que fuera tan agudo en sus interpretaciones. 

Lamento, por ejemplo, que no haya escrito un libro sobre el cine cubano; un trabajo de sistematización como hizo con el cine negro y con el cine latinoamericano. 

Rufo aún continúa siendo un paradigma, en cuanto a la argucia de sus textos y la vastedad de sus análisis. Leerlo, por aceptación o por negación, me ayudó a perfilar el tipo de analista quería ser. Me permitió, porque lo estudié enfocado en un objetivo específico, una aproximación analítica a la crítica de cine, lo cual me ayudó a perfilar mi propia perspectiva. 

Además de Rufo Caballero, ¿quiénes han sido tus referentes principales?

He tenido varias influencias. La mayoría de las veces leo con un fin preciso, o sea, estudio temas que creo debo conocer y que deben nutrir mi visión de la cultura; aunque también termino leyendo cosas por carambola. 

Me interesa profesionalmente la literatura; ese es un campo que también me ocupa tiempo. Sobre todo la poesía, que como lector quizás sea lo que más me estimula, porque me reta y me permite especular. 

Pero estoy dando vueltas: he leído a muchísimos teóricos de cine, desde Jean Mitry hasta Christian Metz, desde Gilles Deleuze hasta Fredric Jamenson; o sea, a quienes se han dedicado a la comprensión del cine como lenguaje y a quienes lo han enfocado como texto cultural. 

Me fascinan Slavoj Žižek, Umberto Eco y David Bordwell… Te pongo aquí solo aquellos que, al menos tangencialmente, abordan el cine. Pero la lista podría ser interminable. Cada vez que caigo en la cuenta de la altura del pensamiento de ellos, quiero comerme el mundo. Después descubro que no puedo, y sigo en paz conmigo mismo.


“Pensarán que me volví complaciente, pero ahora duermo mejor”

Joel del Río: “Pensarán que me volví complaciente…”

Daniel Céspedes

Conversamos con Joel del Río, uno de los críticos de cine más seguidos en Cuba por sus colaboraciones tanto en Juventud Rebelde como en revistas especializadas, así como por sus comentarios en programas televisivos como el Noticiero Cultural y en disímiles emisoras de radio.


¿Y quién es el teórico que más te gusta?

No tengo preferencia por ninguno. Siempre me enamoro del que estoy leyendo. En la respuesta anterior te dije algunos nombres que me vinieron a la mente de inmediato, supongo que por algo será.

Tu película foránea preferida.

Lo lamento, pero no tengo películas foráneas preferidas. Me gustan muchísimas películas, películas que vuelvo a ver, y cineastas a los que vuelvo. Pero película preferida no tengo.

¿Y entre las cubanas?

Memorias del subdesarrollo me parece la mayor de nuestras películas. Esa es mi preferida por muchas razones, pero no vamos a extendernos. Puedo decir, brevemente, que la inventiva de su lenguaje y la asimilación de su discurso me hacen reflexionar, cada vez que la veo, sobre temas que me obsesionan. 

Es impresionante la lucidez con que Titón —y no pienso lo mismo de la novela de Edmundo Desnoes— logró meditar sobre asuntos que han ocupado al pensamiento cubano por siglos: qué proyecto de sociedad nos permitirá superar las consecuencias culturales del subdesarrollo y cómo afrontar los conflictos de identidad que se han generado en la Isla. 

Por razones parecidas me encanta el cine de Julio García Espinosa, un tipo que entendió pronto la dimensión de la cultura popular e intentó materializarla en el lenguaje cinematográfico. 

Un documental cubano que siempre vuelves a ver…

Ninguno en específico. Veo una y otra vez los de Nicolás Guillén Landrián y Sara Gómez. Landrián estaba a la cabeza de la vanguardia fílmica en el mundo. ¡Por Dios, qué cineasta! Ese es un asunto en el que no se ha reparado del todo en Cuba; preocupada la gente por temas menos trascendentes… Al menos estos dos me parecen un par de genios. 

¿Y un documental extranjero?

¡Out por regla! Me interesan muchos documentales extranjeros, hay documentalistas que me resultan extraordinarios. Pero ningún material puntual. 

Tu actriz favorita.

Nunca he tenido una. Debe ser que soy aburridísimo. Detesto todo ese asunto del star system y demás. Por supuesto que me quedo con la lengua afuera cuando veo una actuación encojonada, y admiro a un montón de actrices por su histrionismo, su organicidad y su capacidad para transmitir emociones y caracterizar a los personajes. Pero nada de preferencias. 

Me gustan las actuaciones más que las actrices puntuales. El fetichismo de Cabrera Infante revela interesantes connotaciones psicoanalíticas.   

Tu actor.

Tampoco. Me pasa lo mismo que con las actrices.

Tu frase preferida de una película.

Mejor pasemos para la próxima pregunta.

Un título realmente malo para un filme.

Sobran los malos títulos. Soy un admirador de los títulos en su condición de texto, son un índice que no puedo pasar por alto. Pero eso de la efectividad o calidad del título, mejor que cada quien lo decida: es un asunto bastante personal. Mi opinión al respecto no es relevante. 

¿Qué crees de los videoclips?

Ahí tienes un ejemplo de cuando el análisis podría ser más fascinante que el producto. Como género, es extraordinario. Su capacidad simuladora, su naturaleza inter-código, su dinamismo, su condición de pastiche… 

El videoclip es un género sumamente revelador de nuestra contemporaneidad. Cuando pienso en esto es que extraño a Rufo Caballero. ¿Dónde están los análisis sobre la televisión y el videoclip cubanos?

¿Y los tráileres? 

Otra estrategia comercial efectiva. Unos mejores que otros, si hablamos de realización; unos más ingeniosos y efectivos, otros menos.

¿Ventajas y desventajas de ver series?

Ese no es un asunto de ventajas o desventajas. Las series son productos audiovisuales tan legítimos como las listas de películas que se estrenan en Cannes, Venencia, Berlín o San Sebastián anualmente. Y ahora que las pantallas de televisión han crecido, como género concebido para este medio, las series han ganado muchísimo en términos expresivos. De ahí que la gente exclame ingenuamente “¡Ño, eso es cine!”. 

Por otro lado, el formato narrativo de la serie tiene innumerables ventajas; posibilita relatos más abiertos, ramificados, capaces de asumir argumentos centrados en temas medulares que ocupan al pensamiento contemporáneo. En relación con el lenguaje audiovisual y el contenido conceptual, las series están a la vanguardia ahora mismo.

También, como todo producto que cae en las redes del mercado, se hace suficiente basura. Ahí los críticos tenemos que ayudar a discernir. Este es un tema complejo. Si la serie la hace un genio como David Lynch, sale una obra maestra como Twin Peaks. De todas formas no perdamos de perspectiva que estamos hablando de televisión. Eso tiene sus implicaciones. 

¿Qué representa el cine para Ángel Pérez?

La respuesta sería patética o metatrancosa, así que pasemos a la próxima.

¿Cuáles son los anhelos de Ángel Pérez como crítico de cine?

Soy un tipo ambicioso. Mis anhelos son altos: llegar a pensar algo mínimamente valioso, al menos, sobre el cine y la literatura cubanos. Y si eso puede contribuir a que la gente sea mejor de alguna manera, habré superado con creces mis aspiraciones. Yo no soy precisamente alguien que escribe con swing.  

¿Algún libro de cine en mente? ¿Me adelantas algo? ¿Tema, título, un fragmento?

Tengo varios libros en mente. De algunos he escrito hasta el índice. Se me ocurren muchísimos; algunas ideas perviven, otras no… Tengo alguno a medio hacer y otro esperando ser publicado. 

No adelanto nada, porque lo que no he escrito no sé si lo llegaré a escribir algún día. Así que prefiero no actuar de mala fe.




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