La Cuba relicario: suspender el silencio

Comparto este texto de la Revista Común, sensato y claro, escrito por una cubana. Y un par de cosas más, que a esta altura probablemente no importen ya. Pero me eliminaron ayer de un grupo de chat de colegas solo por decir que “el caso es más complejo y deberíamos tener respeto por eso que livianamente llamamos ‘pueblo cubano’, porque parece que es menos caricaturesco de lo que pensamos”. 

Eso puse. No me avisaron y me sacaron. En ese grupo, claro, no hay ningún cubanx. Pero parece que fui un irrespetuoso de la Revolución (la que solo admite mayúsculas): la imaginada siempre de este lado. No me sorprende. 

Hace rato que Cuba ha pasado a ser la vía de expiación de las culpas latinoamericanas, el relicario de lo que en nosotros mismos fracasó. Así ha funcionado parte de la izquierda dogmática continental: en sus cabezas Cuba aparece como reliquia (sin acceso a la historia), mientras en sus vidas el habitus del capital es experiencia cotidiana.

¿No hay otra forma de actualizar el proceso revolucionario? ¿Un proceso vivo y plural que denuncia al poder cuando este exige ante todo la voluntad de obediencia? ¿No nos enseñaron que esa era la diferencia entre Marx y Weber en sus teorías del poder, con tanta pasión, varios de nuestros profesores que tuvieron que exiliarse para no perder la vida y que veían en Cuba una esperanza? Era una esperanza. Porque en Cuba la única obediencia admitida era a la coherencia ideológica y no a la voluntad de poder ni a las rapiñas de la clase. ¿Qué pasa ahora que parece haber un amplio sector cubano, desarmado y pacífico, que sale a decir “señores, esto ha perdido la coherencia”?

Revisemos. Escuchen. ¡Escuchen! ¿Se nos olvidaron las teorías del poder en mano? ¿Les alcanzó a esos protestantes la falsa conciencia que ya habíamos arrojado al bote de los conceptos dogmáticos porque “el pueblo nunca es estúpido”?

Los mismos que nos enseñaron a pensar que todo hecho está multideterminado y que ningún acontecimiento admite un solo relato, ahora, antes de ver, antes de detenerse a revisar el paso de la historia por la teoría, expelen como autómatas: “es el bloqueo”. Punto. La respuesta antecede a cualquier imaginación. Un bloqueo que existe y que es un oprobio. Un bloqueo que es la muestra clara de que la deshumanización y la violencia constantes provienen del corazón del liberalismo. La muestra patente de la rapiña del mundo occidental y de los avatares del imperio (que por supuesto es tangible y nos condena diariamente). Un bloqueo que debemos seguir denunciando sin cansancio. Todo esto es innegable.

Pero esa respuesta que repite “es el bloqueo”, cuando no admite contradicción ni fisura, es también una respuesta que condensa, semióticamente, el bloqueo a la imaginación. Porque a menos de que acordemos que esa gente pacífica y desarmada son títeres del imperio, cuatro gatos que salieron porque sí, decenas de zombis que por una falla en el sistema crecieron a la sombra de la Revolución y se tornaron súbitamente imperialistas abyectos, a menos que aceptemos eso y sobre todo, aceptemos que en ellos, sobre sus cuerpos, la represión es “cosita menor”, a menos que aceptemos eso (y ojalá no), deberíamos hacernos cargo de algunas cosas: de que el conflicto interno cubano existe y ha sido desoído sistemáticamente por muchos de nosotros desde hace años; de que la que escasez y la depauperización en Cuba son flagrantes; de que quienes salieron a las calles no son el “devenir gusano” de una parte de la fruta, sino una de las expresiones históricas de la misma Revolución que defendemos y decimos respetar, una parte que ahora parece tener “algo para decir”.

Un algo que sostiene la diferencia y nos exige el interrogante. Hacernos cargo de que si enseñamos que la vocación política nace de un “venimos a contradecir”, quizás haya algunas cosas que debamos escuchar; hacernos cargo de que el bloqueo ominoso no puede ya ser el argumento comodín para un sistema que se apoya en prácticas autoritarias bastante conocidas y clásicas, las mismas que hoy merecen, por razones inconfesables, el revés de rostro de gran parte de la lucidez intelectual latinoamericana de izquierda. 

¿El imperio está con las fauces abiertas esperando la caída de nuestro relicario? No tengo dudas. 

¿El bloqueo impide la política soberana de una nación? Sería absurdo negarlo. Pero los que tenemos el hábito tozudo de soñar por las noches, sabemos que la imagen onírica no perdura a fuerza de nuestro deseo: ella se escapa porque enfrente está el Otro, que no se deja capturar. Lo primero que exige Cuba es no ser ya la reliquia estampada en la captura de nuestros sueños recurrentes. El pueblo cubano lo merece y la (r)evolución también.

¿Qué quiere decir hoy “Hasta la Victoria Siempre”? Frase potente y como diría Cortázar, gastada a veces por la repetición sin esfuerzo, por el letargo sin trabajo. Su uso liviano me recuerda al cuento de Tanjain, “Hagan silencio”: “(…) en el horizonte estoy poniendo el optimismo y la ceguera, mientras a mi lado sucede todo aquello por lo cual juré morir para evitarlo y denunciarlo. Pero me callo, respiro. El horizonte ciega, se ve allá lejos y convoca. Es rojo como un atardecer promisorio. Allí hay algo y sonrío. Hay algo allá. Hagan silencio, avancen”.

Si la metáfora espacial en la pregunta “de qué lado estás” aún es decidora, yo, como persona, como maestro en una universidad pública, como sujeto político de un espectro de las izquierdas, como varón homosexual, quisiera ponerme del lado que exige no hacer silencio, no repetir las consignas letárgicas sin el trabajo de resignificarlas, escuchar las protestas populares, pero no solo las que tranquilizan el costado oneroso de la culpa, algo tan habitual entre nosotres. Interrogar siempre, siempre.

“Pan sin terror” era un voto de la Revolución, nos recordaba en estos días Julio César Guanche. Y también nos recordó que esa promesa se ha roto. No quiero callar ante la represión en ninguna de sus advocaciones técnicas, por más roja y con R mayúscula de machos con que se pondere. La represión no admite atenuantes. No para mí. El llanto de una madre por su hijo desaparecido, tampoco. No lo admite en México y tampoco en Cuba.

Ahí la tibieza es hipocresía y mirar para otro lado es imperdonable. En todo caso prefiero defender la actualización de esa promesa revolucionaria, con r minúscula, con r bajita de popular, como un deber sustantivo de la política: quisiera ocupar la imaginación solidaria en estos momentos, la que escucha y la que duda, más que sostener los anacronismos que tranquilizan y el silencio que redime.




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