¡Que siga la fiesta!

Una noche venía Luis Manuel Otero y dos amigas caminando por la Habana Vieja, buscando un lugar donde comprar cerveza. Yo experimentaba uno de los momentos más frustrantes de mi vida, de esos en que la desilusión y la impotencia dejan el cuerpo con la sensación de haber envejecido 10 años: esa misma tarde, la Seguridad del Estado había frustrado un encuentro en INSTAR con el artista Juan-Sí González.

De pronto pasamos por la esquina de un bar. Sale una muchacha, la camarera, y nos llama. Va hacia Luis Manuel, que andaba en ese momento haciendo el performance con el casco (Los niños nacen para ser felices, no para morir en derrumbes), saca el celular y le pide hacerse una foto. Le advierte que ni con los reguetoneros lo hace, pero que a él lo sigue en las redes, lo admira y lo apoya totalmente. 

Le tomamos la foto. La muchacha nos agradece. Hace todos los gestos posibles de aprobación. Y cuando ya va a entrar de regreso al bar le grita a Luisma: “¡Estamos conectados!”

Nosotros no paramos de reír. Eufóricos por la sorpresa de ver que sí, que en Cuba, donde todo parece estar muerto, puede haber alguien escuchando; que el arte puede cambiar la manera en que nos relacionamos, encontrar los puntos comunes, los dolores, las alegrías que nos unen como seres humanos, como sociedad. 

Esos minutos me devolvieron la fe y el entusiasmo por el arte que casi me arrebatan nueve años de academia y universidad.

Esa noche, terminamos conversando hasta las dos de la mañana. Ya Luisma esperaba el juicio, pero estaba allí sentado consolándome a mí. Hablamos de muchas cosas: irse, quedarse, la familia, cómo descubrimos el arte y por qué seguir haciéndolo, cómo combatir la desilusión, la vida, la muerte. 

Sobre todo, hablamos del miedo. Es tan fuerte el miedo, tan comprensible en nuestras circunstancias, que nos hace justificar lo que unos kilómetros más allá, fuera del territorio nacional, consideraríamos injustificable. Generación tras generación, el miedo ha definido este país. Lo ha vaciado, matando su fuerza vital. Ha reducido el placer de vivir al instinto más salvaje de supervivencia.

El poeta Rafael Almanza dice, parodiando a Lezama, que “nacer es aquí un exilio inevitable”. Rafael Almanza, sin embargo, se quedó. Padeciendo la represión y la estigmatización, ha logrado salvarse del aislamiento, la intolerancia y el resentimiento, que cuando no se dominan —y esto, además, lo ha sabido enseñar— otorgan capacidad a un poder ya demasiado fuerte, y absorben la capacidad propia de creer, de crear. 

Almanza concibe la vida como una fiesta, un estado perenne de búsqueda de la felicidad. Así también es Luis Manuel Otero. Estar a su lado es, definitivamente, una fiesta innombrable. Contra todo pronóstico, concibe la vida en Cuba como una fiesta; una fiesta quizás más terrenal, pero no menos esencial que la de Almanza (a la que, los menos cercanos a Dios, tenemos que incorporar algo de reparto como medida cautelar contra el insilio).

Luis Manuel tiene una sensibilidad demasiado humana. Es de las personas más solidarias y justas que conozco. Crea instintivamente, sin prejuicios, por una necesidad incontrolable de decir y compartir. Es capaz, como pocos, de trascender el miedo, nuestros miedos. Porque asumió que aun en un país donde esto se castiga, es la única manera de sentirse libre, de ser feliz. Y se ha lanzado a mostrarnos a todos los límites de nuestra felicidad.

Pienso en Juan-Sí, pienso en Luisma, una historia que se repite. 

Cuba es un bucle. Nacer aquí seguirá siendo un exilio inevitable. Hasta que no comencemos a responsabilizarnos por nuestra propia libertad, a hacer lo mínimo posible por recuperar el país que es nuestro por derecho: la fiesta que es nuestra por derecho. 

(La Habana)





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