Un león de Dios

Bajo este título, podría afirmarse que estoy obsesionado con la fauna y el misticismo, con un símil entre el mundo humano y el reino animal… Pero no es una reflexión caprichosa; lleva claros motivadores, más algunos efectos del insomnio. 

Se me antoja un paralelismo entre el reino animal, salvaje, con sus reglas propias, y el modo cívico en la convivencia humana de hoy.  

Y en todo esto aparece y me estremece sobremanera la figura de Ariel.

Y me llaman los amigos a una consideración sobre la represión, sobre los sucesos que acontecen, las detenciones constantes, las luchas que se activan y dan esperanza silenciosa a una nación oprimida y amordazada. 

Y pienso, entre lo embelesado y lo poético, en la última vez que rugió una voz. Rugió, sí, así como lo hace un león valiente. Uno que se siente dueño de su imperio, que es su isla y su palabra, y su bella hermana, y su deseo, que pareciera infinito, de liberación.

Ariel, de los Urquiola, un biólogo y un ecologista, un protector del medio ambiente, un defensor de la fauna nacional…, que lo ha mostrado y demostrado en su granja ecológica en las montañas de Pinar del Río, en el amor imperecedero a la tierra que le humedece y le salpica las manos…, y que lo ha revalidado cada vez que le han matado o le han herido un animal, solo por dañarlo a él. 

Pero Ariel es también un luchador. Desencadena actos valientes por el civismo libertario que tanto le falta a Cuba. También lo ha manifestado exponiendo su propio cuerpo al martirologio del hambre en la protesta pacífica. Lo hizo antes, y lo hizo ahora para hablar por las voces apagadas por la represión y por el miedo.

Protestó en Ginebra, ante un organismo del que se espera que resguarde y dé amparo al desvalido, al abusado, al oprimido en esta selva que es el mundo de hoy.  

Buscó, con su huelga de hambre, ser escuchado, y ganó. 

Ariel habló. Cierto que habló. Y bien que lo hizo. Pero las hienas, en manada, sabotearon cada instante de los noventa segundos que le fueron concedidos; usaron tácticas desnudas de pudor, con tecnicismos toscos; insistieron frenéticas en obstaculizar la presentación. 

¿Y quiénes fueron esas hienas que se abalanzaron sobre el león? Fueron los representantes de las naciones más despóticas y represoras de la tierra, aquellas que se aferran al poder, aquellas que castigan a sus ciudadanos cuando hablan libremente. Fueron Cuba, Venezuela, China y Corea del Norte, fue Eritrea… Y en su favor, al socorro del león, solo Australia acudió.    

Viendo y escuchando aquella sesión, comprendiendo su tristísimo papel, el bochorno invadió mi pensamiento. ¿Qué comisión supranacional para proteger y promover los Derechos Humanos acoge en su seno a lo peor de entre los déspotas? Es como designar a los zorros para custodiar el gallinero.  

El árbitro vice presidencial apenas hacía uso de sus potestades; permitía una y otra vez la interrupción y el sabotaje de las delegaciones hostiles a Ariel, todo sonaba a colusión. A tretas. Al circo estéril de una representación envilecida. 

El pueblo de Cuba está solo, o al menos bastante solo. Las organizaciones internacionales, cuya labor podría ser sembrar la paz y la esperanza, practican la corrupción ética, la complicidad política y los favores de salón. Han devenido una burocracia aristocrática, cargada de formas y maneras, pero muy vacías en el fundamento de su misión. 

Ariel habló. Y lo consiguió con su propia estrategia y una convicción muy suya. Arriesgaría su vida y su salud para hablar ante el Concierto de las Naciones. 

Habló en su nombre y en el de Omara, su hermana, denunciando todo aquello que ha vivido y ha sufrido, las muchas malas prácticas en contra de su familia, la larga tiranía del gobierno cubano para con el pueblo de Cuba. A través de su palabra firme y pujante, y un colosal sacrificio huelguístico, muchos en la Isla quedaron aquel día representados.

Incontables personas ansiosas de libertad esperaron sus palabras certeras, dirigidas también al representante del poder cubano; palabras transparentes en su sentir y su experiencia. Miles y miles no durmieron esa noche para escuchar su voz, esperanzados de que el mundo se enterarse (si es que no lo sabe) de que en la isla de Cuba hay sufrimiento, y hay pena.

Allí habló Ariel, el Urquiola, el león de Dios. Porque así lo dictamina su nombre, cuyo fundamento etimológico, según las antiguas tradiciones judeo-cristianas, es un ángel fuerte, llamado “león de Dios”. Nunca un nombre fue mejor llevado. 

Y estuvo a la altura, grande se comportó. Como un valiente en el valle sombrío de las hienas, y en solitario ante la mesa de los poderosos, enfrentó y resistió con templanza los embates de los déspotas, que actuaron en manada con las peores mañas, confabulados, representando a naciones secuestradas que no admiten el derecho a la libertad del individuo, a la palabra honesta y al discrepante. 

Nuestro Ariel, por que ya es nuestro, no se rindió. Su gesto quedará vivo en el repaso de los tiempos, en la memoria de los luchadores y defensores de la libertad, un ejemplo de serena constancia, y honorable firmeza. 

Hoy, Ariel, tus hermanos suman miles. Y todos te agradecen. 




Iván Hernández Carrillo - La COVID-19 y Cuba

La COVID-19 y Cuba

Iván Hernández Carrillo

Con la llegada de la pandemia a Cuba se han acrecentado las desigualdades sociales, generando irritación y falta de confianza en el gobierno. A partir de este clima de tensiones, los riesgos de que ocurran disturbios crecen inexorablemente.


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