Oídos que no juzgan

Cuando imaginas que tienes suficientes herramientas para enfrentar cualquier situación y sabes que cada momento tiene su proceso, sientes que no importa lo que llegue a la vida: lo enfrentas. 

Así comenzó esta cuarentena para mí, aislada, incluso antes de la alarma nacional, imaginando que sería un breve tiempo y que aprovecharía para disfrutar del hogar, de un buen libro o alguna serie de Netflix que apareciera en el Paquete Semanal

Pero mi seguridad duró poco, pues comprendí que la situación era más grave de lo que había imaginado y que mis seres queridos y yo estábamos en situación de vulnerabilidad.  

Sabía que el gobierno no diría toda la verdad, pero no existía otra forma de tener alguna referencia que no fuera cada día a las 9:00 a.m., con la información brindada por el epidemiólogo, Dr. Durán. Esto se convirtió en ritual, hasta que no fue prioridad. 

En algún momento tuve pensamientos pesimistas, y luché contra ellos. 

Entonces, me comenzó a inquietar la imposibilidad de realizar el trabajo que, como líder de una organización (Mesa de Diálogo de la Juventud Cubana), suelo desarrollar. Nuestras actividades dependen, por lo general, de los encuentros presenciales, de interactuar cara a cara con cada joven que no se identifica con las políticas del gobierno o que ha sido afectado por estas mismas políticas. 

En la Mesa de Diálogo para la Juventud Cubana estos jóvenes encuentran un espacio para canalizar cada una de sus frustraciones, de sus necesidades. Nosotros somos oídos que no juzgan, pero que incentivan al pensamiento y la conducta en consonancia con la defensa de los derechos más elementales.  

Tuvimos que reinventarnos, como lo estaba haciendo el resto del mundo. 

Internet, aún con nuestra baja conectividad y el costo excesivo, comenzó a ser la herramienta más eficaz para reunirnos, superarnos, polemizar sobre temas medulares de la sociedad cubana. 

Pensé, equívocamente, que durante este tiempo el gobierno y sus instituciones intentarían, al menos, cumplir con sus roles públicos, los que debieran ser y no son. Y ocurrió todo lo contrario. Hasta junio, ha habido 2 359 personas juzgadas y la represión contra activistas, artistas y periodistas independientes ha ido en aumento. No ha existido un día desde que comenzó la cuarentena en que no se hayan denunciado actos de hostigamiento. Y es cuando se empieza a ver la efectividad de habernos reinventado: las redes sociales se han convertido en el campo de batalla más inmediato. Es ahí donde trato, hoy, de ser consecuente con mis principios de defensora de los derechos humanos. 

Sé que pasará este tiempo, no para una “nueva normalidad”, que es una contradicción en sí misma, sino para una vida con otros matices y con cambios o modificaciones en nuestra manera de relacionarnos. 

Sé también que he aprendido. Algo de todo lo que hemos vivido me ha fortalecido, y no tengo dudas de que seguiré asumiendo la vida desde la labor que me corresponde como mujer, como joven y como cubana que aspira a un país en democracia, donde luchar por los derechos humanos sea incómodo, pero no un delito. 





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