Notas al alma: 35 aniversario de Naturpaz

Tratar de seguir la apertura de mi héroe Mijaíl Gorbachov durante el invierno de 1985 en La Habana me obligó a pagar cinco pesos por Novedades de Moscú a contrabando, un periódico que antes de la perestroika y la glásnost solo era usado como papel de baño. 

Los cubanos en busca de aperturas encontramos en las insólitas páginas de Novedades de Moscú y la revista Sputnik, una respuesta a nuestras ansias democráticas. La perestroika y la glásnost calentaban la esperanza mientras yo escribía los versos en mi primer libro de poemas, titulado Testamento.

El título macabro recreaba los temores que llenaban mis días de estudiante a los 21 años. En el invierno de 1985 descubrí, en la revista Correo de la Unesco, que la Unión Soviética y los Estados Unidos poseían misiles nucleares capaces de exterminar más de veinte veces el número de seres humanos en la Tierra. Leyendo ese Correo de la Unesco también me enteré de que Naciones Unidas había declarado el próximo año 1986, como “Año Internacional de la Paz”. 

Unos días después, con la imagen del planeta destrozado a cohetazos aún reminiscente en el celebro, escuché a Manolo Ortega leer en el Noticiero de las ocho un comunicado que condenaba “la guerra de las galaxias”. Un intento del expresidente norteamericano Ronald Reagan de llevar la carrera de armas nucleares al espacio, y acelerar aún más la carrera armamentista.

Sentado en el cuarto de mi difunta abuela Mercedes Rodríguez, en Calle Primera, Arroyo Naranjo, el comunicado me hizo saltar como un resorte y asustar a mi madre María Mercedes: comencé a gritarle al televisor y a Manolo Ortega en su imperturbada lejanía. Me apresuré a mi cuarto, arrebaté la vieja máquina de escribir Underwood de la modorra silenciosa de mi chifforobe, y le escribí de un tirón una carta de protesta a Ronald Reagan. 

Mi madre nunca creyó Manolo Ortega fuera un genuino comunista ni fidelista.

“Él debe estar fingiendo para sobrevivir, como el resto de nosotros”, me decía. “El pobre hombre ya no puede ni anunciar la cerveza Hatuey”. 

“Si está fingiendo, lo hace muy bien”, le respondía yo. 

Rubén Darío escribió que la juventud es un divino tesoro. Hoy, en mis cincuentas, deploro amargado que el tirano comunista Kim Jong-un celebre con fuegos artificiales las pruebas de sus bombas atómicas. La protesta vive taciturna dentro de mi pecho; en 1986, hubiera convocado a una protesta frente a la Embajada de la República Popular Democrática de Corea, en calle 17 No. 752, esquina a Paseo, Vedado, La Habana. 

El tesoro de los jóvenes cantado por Darío es la urgencia de los sueños, la impaciencia en salvar el futuro. La vida tocando las puertas del alma. La creencia en que una carta puede cambiar el mundo. La certeza de que los sueños pueden construir galaxias.

Leí la carta a los amigos del reparto: Manuel Cruz Duarte, Juan José López Díaz y Oscar González Guillarte. Ellos compartieron mi lógica irrevocable: salvar al planeta de una hecatombe nuclear es responsabilidad de todo ser humano. Deseaban firmar la carta. 

En los días siguientes el periódico Granma publicó el anuncio de que los cubanos serían autorizados a crear asociaciones, gracias a una nueva ley. Regresé a ver a mis amigos con la carta, y les mostré dos cambios: en vez de estar dirigida al presidente Ronald Reagan, tenía como destinatario el Congreso Norteamericano, y el pie de firma decía: “Agrupación de Ecologistas y Pacifistas Cubanos (Naturpaz)”. 

Los amigos del reparto me ayudaron a transportar, en una carretilla, una postura de caoba que nos regalaron en un vivero de árboles ubicado en las cercanías del Hospital Nacional “Enrique Cabrera”. El 9 de febrero de 1986 sembramos la caoba en el terreno frente a la Casa del Té, del Parque Lenin. Naturpaz nació con la lectura de la carta al árbol recién sembrado. 

La primera misión de la Naturpaz fue recoger firmas para la carta, y con la recogida de firmas la agrupación creció. Se efectuaron elecciones, se discutieron y aprobaron estatutos en la Biblioteca Nacional. La Agencia Nacional de Información (AIN) fue la primera organización noticiosa que recibió copia de los estatutos y, por cierto, fueron tan amables que nos hicieron 185 copias de los mismos. 

Me entrevisté con Marta Mena, en el Ministerio de Justicia; ella fue la primera funcionaria designada para tramitar la legalización en el Registro Nacional de Asociaciones en Cuba. Le entregué una copia de los estatutos; una lista con nombres y apellidos de 164 miembros, con dirección y número de carnet de identidad; y una solicitud oficial para legalizar la agrupación, designando a la Unión de Jóvenes Comunistas y a la Academia de Ciencias como órganos coordinadores de Naturpaz. Los órganos de coordinación era un requisito establecido por la Ley de Asociaciones No. 54/85, del 27 de diciembre de 1985. 

La señora Mena me recibió con una sonrisa de oreja a oreja: “Qué buena idea, muchacho”, comentó. “Esta va ser la primera asociación ecologista del país”. Pero cuando regresé en busca de una respuesta no me miraba a la cara, evadía mis preguntas, su sonrisa había desaparecido: “Va a tomar un tiempo, porque los reglamentos de la Ley tienen que ser aprobados por el Consejo de Estado”. 

Era evidente que la Seguridad del Estado, y no el Consejo de Estado, decidiría el futuro.

Según lo acordado en las elecciones en la Biblioteca Nacional, en los documentos que le entregué a la señora Mena aparecía mi nombre como presidente de Naturpaz, y el de la poeta, pintora y cantautora Ada Elba Pérez, como coordinadora nacional.

Ada Elba, quien me leyera sus poemas en la Casa del Té de la calle G, con sus ojos grandes y su voz de riachuelo. Ada Elba, que tejía arcoíris tristes y sonidos de sinsontes en las matas de guayabas de su Jarahueca natal…

Naturpaz creó un grupo de teatro infantil, con la idea de promover la protección y el respecto a los animales e incrementar la cultura de paz entre los niños cubanos. El grupo teatral “Alfredo Bhrem” debutó en los inicios de 1986 en la Casa de Cultura de Diez de Octubre, con una adaptación de un poema de Nicolás Guillén. Fue parte de una actividad cultural más amplia titulada “Un caldo por la paz”, bajo el lema “Una invitación a todos los hombres de buena voluntad a sentarse a la misma mesa”. 

Aquel primer “Caldo por la Paz” en Diez de Octubre fue una labor cultural comunitaria. Cada miembro del grupo aportó una malanga, un plátano, una papa, un ají… Se cocinó un caldo con lo aportado. Los trovadores, como Ada Elba, cantaron sus canciones; otros miembros de Naturpaz, como los poetas y actores Tony Sarriego y Manuel Oña, leyeron y actuaron un monólogo; una banda de rock interpretó varias canciones. Se debatieron formas de contribuir a la protección al medio ambiente y de frenar la carrera armamentista. Se distribuyeron copias de la carta al Congreso Norteamericano, y se recogieron más firmas. 

Invitamos a la Iglesia Católica Los Pasionistas de La Víbora, y al Buró Provincial de la Unión de Jóvenes Comunistas. Asistieron dos sacerdotes; la UJC no envió ningún representante. Al terminar la actividad, uno de los sacerdotes expresó el apoyo de la Iglesia con las siguientes palabras: “El amor a este grupo y a su mensaje es tan alto como las torres de nuestra Iglesia”.

En 1986, el Museo Nacional de Bellas Artes le abrió sus puertas a Naturpaz; allí se celebraron varias lecturas de poemas, se debatieron las últimas noticias eco-pacifistas y se recogieron más firmas para la carta del grupo al Congreso Norteamericano. En uno de esos encuentros, Ada Elba me presentó a Orlando Polo. Polo, que era un “perestroiko” y un personaje fascinante —el Granma publicó un artículo donde lo llamaban “el caminante por la paz”, porque intentaba llamar la atención sobre la paz mundial caminando toda Cuba en compañía de un perro—, se negó a firmar la carta de Naturpaz, argumentando que los cambios había que hacerlos dentro del Partido.

Ada Elba Pérez también me presentó a Pedro Luis Ferrer, quien atacó el derecho de Naturpaz a existir como una agrupación independiente. Me gustaría saber cuál es su opinión ahora, después de 35 años. 


La paz según Fidel 

El segundo “Caldo por la Paz” tuvo lugar en la Casa de Cultura de Alamar, donde se expuso y celebró la obra del escultor y poeta cubano Manuel Cruz Duarte, e invitamos a participar al Grupo Quijote. Los éxitos de estas actividades no hacían pensar que la existencia de Naturpaz supusiera un peligro para la seguridad del Estado cubano. 

¿Cómo iba a ser Naturpaz un peligro para el Estado, cuando yo había leído la carta al Congreso Norteamericano en una reunión en el Comité de Zonas de los CDR, en el reparto Rosario, donde la gente ovacionó y todos firmaron, incluyendo los cuadros del Partido Comunista? 

Los problemas empezaron con el arresto de Daniel Valdés, cuando recogía firmas en la calle. Se lo llevaron para la Unidad de Policía de Mantilla y le quitaron las firmas. En una reunión en el Patio del Morro, Daniel contó los pormenores de su arresto a todo el grupo, y se acordó pedir autorización a las autoridades para la recogida de firmas. 

Luego, la Seguridad del Estado comenzó a visitar las casas de los miembros de Naturpaz para intimidarlos y decir que yo era un loco, un diversionista ideológico y un agente de la CIA.

El actor y miembro de Naturpaz, Manuel Oña —conocido por su trabajo en películas como Chico y RitaLos dioses rotosMalas Temporadas—, me había preparado un magnifico guion para una velada cultural en la Casa del Joven Creador, en Habana Vieja. Una velada que jamás tuvo lugar, pues Roberto Robaina y Carlos Lage ya habían ordenado la destrucción del grupo.

Me personé en la sede del Departamento de la Seguridad del Estado, en Villa Marista, y pedí una entrevista. Deposité una copia de la carta encima del buró de mi entrevistador: 

“Ayer un coronel del Ejército firmó esta carta mientras hacía la cola para comer helado en el Coppelia. Yo soy comunista. Mi tío Mario Almagro Rodríguez es un mártir internacionalista, perdió su vida luchando en Angola. ¿Cuál es el problema?”, pregunté. 

El oficial no leyó la carta. Estiró la mano y apartó el paquete de más de tres mil firmas con una mezcla de repulsión e incredulidad: 

“Yo no leo documentos contrarrevolucionarios. Regresa con un cuño de una organización política, o de masas, y yo te firmo la carta”, me dijo mirándome a los ojos. 

En busca del apoyo de la UJC, me dirigí al Buro Nacional Ideológico. Allí me entrevisté con Raúl Castellanos Lage, primo hermano de Carlos Lage. Raúl Castellanos nos negó toda posibilidad de apoyo; dijo que en Cuba la política de paz era la AKM y la Zona de Defensa, y que el único autorizado para hablar de la paz era Fidel Castro Ruz

Volví al día siguiente con una larga carta que rechazaba su postura apocalíptica y esgrimía la importancia del diálogo y la tolerancia para resolver los conflictos, el uso de la cultura y la palabra como fuente de cambio. En dicha carta, le preguntaba si al ser nuestra única alternativa de política de paz la AK-47 y la Zona de Defensa, los jóvenes cubanos no estábamos haciendo un pacto con la muerte y no con la vida. 

Lástima que Roberto Robaina, Raúl Castellanos y su primo Carlos Lage, no tuvieran una bola de cristal para adivinar el futuro. Ni la agudeza mental para descifrar un axioma universal: cooperar con los verdugos de la libertad es ayudar a asesinar la libertad propia. Los tres fueron defenestrados por los Castro, años después.

Por su parte, Mirtha Arocha Martínez, presidenta del Movimiento por la Paz y la Soberanía de los Pueblos, también nos amenazó en 1986. Y a finales de ese mismo año, una reunión con el experto en Relaciones Internacionales del Partido Comunista de Cuba, Humberto Cueto, marcó el inicio del fin de la primera etapa de Naturpaz, y provocó que un movimiento ecologista y pacifista se transformara en ilegal y disidente. 

Como presidente de Naturpaz, yo había solicitado a la UJC una conferencia donde nos ilustraran en las “formas y medios de luchar por la paz” para obtener el famoso “cuño” exigido por el oficial en Villa Marista. La UJC escogió la hora y el lugar. En dicho encuentro, el señor Cueto no solo nos ratificó que en Cuba el único autorizado para hablar de paz era el compañero Fidel, y que la mejor estrategia era la AKM y la Zona de Defensa, sino que también me acusó de agente de la CIA y “divisionista ideológico” en frente de todos los miembros. 

La prueba más contundente para demostrar que yo era un agente de la CIA, era mi tendenciosa redacción del Artículo Tercero de los estatutos: “Naturpaz es una agrupación independiente, aunque tenga vínculos de coordinación con la UJC y la Academia de Ciencias de Cuba”. Cada vez que Cueto pronunciaba la palabra “independiente”, era como si un puñal caliente le estuviera atravesando el corazón. 

La prueba de que yo era “divisionista ideológico”, fue que había contactado a la Iglesia Católica Cubana: la presencia de los sacerdotes jesuitas de Los Pasionistas de la Víbora en el “Caldo por la Paz” en la Casa de Cultura de Diez de Octubre. 

Esta reunión tuvo lugar en una sala de conferencias dentro de la casona de F y 15, en el Vedado. Además de Humberto Cueto, por la UJC estaban Roberto Robaina, Ruperto Herrera, Oscar García y Alfredo Palomares, entre otros. En nuestro lado de la mesa estaban Ada Elba Pérez, Oscar González Guilarte, Manuel Cruz Duarte, Daniel Valdés, Juan José López Díaz, Tony Sarriego, Grisel Fernández, Antonio Zamora, quien escribe estas líneas y otros cuyos nombres escapan mi memoria. 

Cueto no solo desestimó la viabilidad de Naturpaz como asociación eco-pacifista en Cuba: criticó la ideología ecologista y pacifista a nivel mundial como una idea de locos, hippies y drogadictos. Yo me opuse a tales definiciones, en un debate vehemente. Todavía hoy, treinta y cinco años después, recuerdo que en los ojos de algunos de mis adversarios había una sombra de simpatía y entendimiento; pero el miedo fue más poderoso que la razón, la lógica o la verdad. 

Es el mismo miedo que aún hoy incapacita a lo mejor de la sociedad cubana para debatir con decoro los argumentos de la oposición y el exilio. El mismo miedo que en aquel debate en la sede de la UJC, en 1986, inmovilizó incluso a los miembros de mi propia agrupación. 

Recuerdo que cuando atacaron mi acercamiento a la Iglesia Católica, mi respuesta fue defenderme con ese Artículo Tercero de los estatutos que tanto odiaban. Les expliqué: Naturpaz es una asociación independiente, y como independiente, invitó a la UJC y a la Iglesia Católica a los “Caldos por La Paz”. 

“La Iglesia Católica cubana apoyó a Naturpaz. Ustedes no solo no asistieron, sino que hoy nos tildan de locos y drogadictos. Bertrand Russell y Albert Einstein fueron pacifistas: esos son los hombres que nos inspiran”, le dije a Cueto.

Acto seguido me preguntaron qué pensaba yo de Andréi Sájarov, científico y disidente soviético, y les respondí que en mi opinión era un hombre magnífico, que servía con su obra y sus ideas a la humanidad. Esto causó suspiros de reproche y consternación al otro lado de la mesa. 

“¿Qué opinas de los misiles nucleares soviéticos?”, me preguntó Cueto 

“Los misiles nucleares soviéticos, al igual que los norteamericanos, son injustificables y malos para la humanidad”, le respondí.

El funcionario del Partido informó a los presentes que los misiles nucleares soviéticos tenían una “filosofía política”, y que mi análisis era un peligro para la defensa de la paz por parte del bloque socialista:

“El problema de Leonel es su ingenua o intencionada respuesta romántica al problema filosófico detrás de los cohetes. Su alejamiento de la necesaria concepción dialéctica e histórica en el enfrentamiento ideológico al capitalismo. En particular al imperialismo norteamericano. Los cohetes nucleares soviéticos tienen que ser valorados como armas defensivas, porque defienden la paz y el socialismo mundial. Los cohetes nucleares norteamericanos deben ser valorados como armas ofensivas en su política imperialista mundial”. 

A esa altura del debate, Ada Elba Pérez me había mandado un papelito por debajo de la mesa. Decía: 

“Por favor no insistas, nuestra posición es insostenible”.

Era evidente: un puente invisible se había cruzado. Me guardé en el bolsillo el papelito de la adorable Ada Elba, me levanté y le dije al “compañero”, a voz de cuello: 

“El que está equivocado es usted, y el Partido Comunista. Los misiles no son un problema filosófico. Los misiles son un problema de vida o muerte. Las armas nucleares no tienen filosofías. Las armas nucleares no tienen ideologías. Los misiles nucleares norteamericanos y soviéticos no son un problema filosófico, son un problema para la supervivencia del planeta y su humanidad… Cueto, para hacer filosofía hay que estar vivo. La filosofía no vive en el abismo. Los grandes filósofos, desde Pitágoras, Platón y Aristóteles, hasta Hegel, Engels y Marx, tuvieron que nacer del vientre de una madre antes de hacer filosofía. Los misiles SS soviéticos son tan malos como los Pershings, los Tridents o los Mx para la humanidad, porque el día que salgan de sus silos se acabaron las filosofías. Las filosofías no pueden sobrevivir a un planeta muerto. Filosofar la existencia de las armas nucleares bajo cualquier pretexto es justificar y garantizar su eventual uso”.

En los primeros meses de 1987, en una reunión en casa de Antonio Sarriego, en el reparto Los Pinos, la Coordinadora Nacional Ada Elba Pérez pidió al ejecutivo cancelar todas las actividades de Naturpaz. Todos los miembros del grupo habían sido visitados y amenazados con funestas consecuencias laborales y penales. La UJC estaba circulando por todas las provincias un video que alertaba de nuevas “tendencias “divisionistas” y “maniobras imperialistas”. Naturpaz ocupaba la mayor parte de los ataques de ese video. El miedo triunfó sobre el amor a la paz y a la naturaleza.

Días después de la reunión de Los Pinos, en mi primera entrevista en Villa Marista ocurrió, el capitán Durán me confesó que ellos sabían de mis buenas intenciones, pero que “de buenas intenciones estaba empedrado el camino del infierno”: 

“Nosotros no podemos permitir un grupo independiente, tenga las intenciones que tenga”, me confirmó. “Te vamos a dejar continuar los estudios de Derecho, pero tienes que firmar este compromiso a suspender las actividades de Naturpaz”.

Firmé el documento con la idea de graduarme de abogado, reactivar Naturpaz y combatir el sistema desde dentro. El joven comunista había muerto. El disidente nació en Villa Marista y en F y 15, en la sede de la UJC. 

De una forma más académica, mantuve viva a Naturpaz el resto de mis años de estudiante. Los villanos de Villa se hicieron de la vista gorda en varias ocasiones, y me dejaron violar “el compromiso”. 

En 1989 impartí una conferencia en la sede de la Sociedad de Artistas y Artesanos de Cuba, en los bajos del teatro Mariana Grajales de la Víbora, con el título: “El internacionalismo proletario cubano y los conflictos regionales en África”. Allí afirmé públicamente que enviar tropas al continente africano fue un error político, con un costo humano, económico y ecológico injustificado. Por su parte, Juan José López Díaz, distinguido miembro de Naturpaz, impartió una ponencia sobre las técnicas fraudulentas que se usaron para promover la participación de la juventud cubana en la Guerra de Angola. 

Mi conferencia saldaba una deuda que tenía con mi querido tío materno Mario Almagro Rodríguez, y fue tan pequeña que sobró cake en un país donde el cake es un lujo. Quizás pasó inadvertida a los órganos de inteligencia, o me la dejaron pasar. 

Dos años después, en 1991, el exilio de Mengistu Haile Mariam en Zimbabue fue una validación histórica de mis argumentos en aquella conferencia. Mengistu, quien permanece acusado de genocidio en su país, fue condecorado por su admirador y amigo Fidel Castro Ruz con la orden José Martí, el mayor honor otorgado por la República de Cuba. Una de las mayores infamias cometidas por Fidel al legado y la memoria del Apóstol. Por supuesto, los genocidas se ayudan unos a otros y tratan de cubrir sus fetideces usurpando la herencia de los verdaderos hijos de la luz. 

Ese mismo año, 1991, fui detenido cuando traté de protestar frente a la sede de la Unesco en La Habana, por los daños ecológicos causados por Sadam Hussein al invadir Kuwait. El oficial que me arrestó, me dijo: “Entendemos tu frustración, pero no podemos permitir que te expreses de esa forma”. 


Naturpaz y Concilio Cubano

Después de graduarme en la Universidad de La Habana, Naturpaz cedió terreno al fervor con que ejercí el Derecho Penal como abogado agramontista. Un destello de luz al que brindé todo mi esfuerzo, inspirado por los colegas penalistas Dr. René de Jesús Gómez Manzano y Dr. Jesús Faisell Iglesias. 

A inicios de 1995, Naturpaz abre su segunda etapa con la Declaración del Río Almendares, en una conferencia que ofrecí en las orillas del río. La Declaración del Río Almendares ratificó la aspiración de Naturpaz de trabajar por el desarrollo sostenido del medio ambiente en Cuba, proteger los recursos naturales y promover una cultura ecológica integral con la base económica de la nación. Se insistió en la necesidad del respeto a las leyes ambientales, y se solicitó el saneamiento del río Almendares y la bahía de La Habana. Además, se instó al gobierno cubano a incrementar el presupuesto nacional en gastos de infraestructura en la preservación de las cuencas hidráulicas, acueductos, alcantarillados y reciclaje de aguas residuales. 

Al año siguiente, en el cuarto aniversario de la Declaración de Río, Naturpaz ofreció una conferencia-debate en La Habana, y una de las propuestas sobre cómo hallar recursos dentro del presupuesto nacional para los fines de la Declaración del Río Almendares, fue descontinuar el Servicio Militar, desmantelar el ejército, vender todo el armamento y convertir las instalaciones militares en fábricas con objetivos civiles. 

El 10 octubre de 1995 se publicó la convocatoria a Concilio Cubano en el periódico El Nuevo Herald de Miami. Naturpaz estuvo entre los primeros 150 firmantes y convocantes al evento. El 10 de febrero de 1996 fui electo como Delegado Nacional de Concilio Cubano, representando a Naturpaz, por voto directo y secreto del Consejo Coordinador Nacional.

El evento se proponía crear un consenso para una propuesta alternativa básica al Partido Comunista. El grupo gestor, los patrocinadores y promotores, firmaron una carta dirigida al Fidel Castro Ruz, en la que exigían que se le permitiera al pueblo cubano diferir pacíficamente de su doctrina política y económica en un evento público que tendría lugar en La Habana entre el 24 y el 27 de febrero de 1996. La convocatoria era abierta a todos los cubanos de la diáspora. El Nuevo Herald publicó una foto del grupo gestor de Concilio Cubano.

Gerardo Hernández Nordelo, director de una red de espías del gobierno cubano en los Estados Unidos, vio esa foto y reconoció de inmediato a su antiguo compañero de escuela y vecino de barrio. 

Yo soy de Rosario; Gerardo Hernández vivía en Alcázar. Los dos repartos están divididos por la Calzada de Bejucal. Gerardo y yo fuimos a la misma escuela primaria, Cesáreo Fernández Díaz, en el reparto Capri. También estuvimos juntos en la secundaria Máximo Gómez, de Arroyo Naranjo. Nos separamos en el preuniversitario: yo me fui al Cepero Bonilla; a Gerardo lo perdí de vista. La gente del barrio decía que era hijo de un “mayimbe”, parte de esa élite burguesa dentro de los comunistas del gobierno que practican el credo “algunos son más iguales que otros”.

Luego del preuniversitario, me crucé una vez con él en la Calzada de Bejucal. Me comentó que estudiaba Relaciones Internacionales en el Instituto Raúl Roa; yo le dije que estaba estudiando Derecho en La Universidad de La Habana. 

No supe más de Gerardo hasta el año 2000. Recibí una llamada del coordinador de refugiados en Lansing, Michigan, quien me avisaba que dos agentes del FBI querían entrevistarme. Reconocí su rostro. Estaba cambiado, la calvicie me hizo dudar por un instante, pero ese era mi vecino y compañero de escuela. Le dije al agente: “Yo conozco a ese hombre, ese es Gerardo”.

El FBI me permitió leer varias páginas de las comunicaciones entre Gerardo Hernández Nordelo, su grupo y su comando de la contrainteligencia en Cuba. En esas comunicaciones, Gerardo no trataba de proteger a Cuba de ataques terroristas, y mucho menos proteger a los Estados Unidos. En las páginas que leí, Gerardo conspiraba para derribar dos aviones en aguas internacionales en el Estrecho de la Florida, infiltrar una agrupación eco-pacifista y destruirla, y liquidar la amenaza de Concilio Cubano. 

Descubrir la conspiración del jefe de la Red Avispa para destruir Naturpaz, me reveló los reales motivos de la insólita respuesta del Ministerio de Justicia, en 1996, a nuestra solicitud de legalización interpuesta ante la funcionaria Marta Mena en 1986. El Ministerio de Justicia negaba la solicitud alegando que existía una asociación con similares fines. ¡Les tomó diez años fabricar una mentira!

Gerardo envió a sus superiores en Cuba el nombre de un joven poeta del reparto como el candidato perfecto para infiltrar a Naturpaz, porque yo era “un comemierda a quien le gustaba las poesías”. Explicó en sus mensajes que había visto mi foto en un periódico en Miami, y se ofreció para desarticular mi intento de unir a la oposición en Concilio Cubano. Habló muchas cosas más acerca de nuestra relación personal, incluso de una novia que ambos tuvimos en común.

El FBI también me mostró las comunicaciones donde felicitaban a Gerardo y le daban un ascenso por su “triunfo” en la destrucción de Concilio Cubano, el derribo de dos aviones civiles y el asesinato de Mario Manuel de la Peña, Carlos Costa, Pablo Morales y Armando Alejandre, cuando ya yo estaba preso. 

La perfidia de Gerardo y su red de infiltrados en contra del movimiento opositor cubano no violento, su trabajo para destruir Concilio Cubano, me helaron la sangre en las venas. Sus patrañas inspiradas para destruir al compañero de escuela, al vecino del barrio, me dejaron sin aliento. Gerardo me describía así a sus superiores: “sentado en la esquina de Calzada de Bejucal y Calle Primera, hablando mierda y leyendo poesías”. 

“Leyendo poesías”. No tratando de comprar dinamita, rifles y granadas. Gerardo me recordaba “leyendo poesías”. 

El FBI me pidió mi testimonio acerca de la naturaleza pacifista de Naturpaz, y del carácter civilista de Concilio Cubano, porque los Cinco ahora estaban diciendo que ellos espiaban a “terroristas.” Uno de los agentes me dijo: “Ahora te puedes vengar”.

No respondí de inmediato. Regresé a mi apartamento en Lansing y medité sobre la gravedad de participar en el juicio a Gerardo Hernández Nordelo. Mi vida no iba a ser la misma. Mi madre y gran parte de mi familia, mis mejores amigos, aún viven en Cuba. La venganza no jugó un papel en mi decisión. Gerardo me daba lástima, porque ambos de alguna manera éramos víctimas de la tóxica doctrina política de los Castro, basada en separar a los cubanos por estar a favor o en contra de ellos. 

Sin embargo, no participar en el juicio cementaría la falacia de que la Red Avispa luchaba contra el terrorismo. Como consecuencia, Armando Alejandre, Mario Manuel de la Peña, Pablo Morales y Carlos Costa serían considerados terroristas. Pensé en las familias de estos cuatro hombres. Concluí que mi deber era con la familia de los muertos, y no con la memoria del Gerardo de mi infancia. 

Mi participación en el juicio de los Cinco fue solamente para ratificar el carácter pacifista y democrático de Naturpaz y Concilio Cubano. Una agrupación y un evento que fueron largamente saboteados por Gerardo al frente de la Red Avispa.

He leído artículos de periodistas cubanos y extranjeros, y hasta de artistas de Hollywood, que repiten las mentiras de Gerardo Hernández Nordelo y sus cuatro bandidos, glorificando una ignominia. En los periódicos GranmaTrabajadoresJuventud Rebelde, me han acusado de terrorista. El periodista de Trabajadores Rafael Hojas Martínez, en un artículo publicado el 25 de enero de 2008, titulado “Los excluibles”, incluía mi nombre en una lista de “connotados criminales de origen cubano, que por más de cuatro de décadas han sembrado el luto y el dolor de las familias cubanas”. El periodista Lázaro Barredo Medina, en un artículo publicado el 22 de febrero de 2016 en la revista Bohemia, me llamaba con el mismo apodo usado por Gerardo Hernández Nordelo para describirme: “el prócer”. 

Reto a Gerardo Hernández Nordelo, a sus cómplices y a todos los periodistas cubanos, a que muestren al pueblo cubano las pruebas de que yo soy un terrorista. 

En aras de la verdad y la trasparencia, voy a ayudarlos: 

Pudieran comenzar investigando en la primera ciudad en que viví luego de mi arribo a los Estados Unidos. Investiguen mis actos terroristas en Lansing, capital de Michigan, donde residí desde el invierno de 1999 hasta el verano del 2005. Pudieran preguntarles a los miembros de La Logia Masónica Okemos 252 situada en 2175 Hamilton Rd, Okemos, MI 48864, donde obtuve el grado de Maestro Masón. 

Interroguen al Reverendo C. Peter Dougherty, en 1516 Jerome St. Lansing, MI 48912-2220, fundador del Michigan Peace Team, del cual fui miembro. Investiguen acerca de mi participación en la marcha en protesta por la batalla de Fallujah, evento que fue reportado en el periódico Lansing State Journal debido al enfrentamiento no-violento que sostuvimos con la policía. Quizás debieran preguntarles a algunos de los otros “terroristas” que compartieron esta foto frente al Capitolio en Lansing. No recuerdo el día exacto de esa mañana fría (la primera protesta en la que participé fue el 20 de marzo del 2003, y continúe hasta el verano de 2005). Yo soy el que sostiene el cartel que dice “Earth to Bush: No War”. 



Otra organización estadounidense a la que pertenezco es el Southern Poverty Law Center (SPLC), un centro fundado por el abogado Morris Dees cuya misión es ayudar a los pobres y a las minorías en sus demandas legales, y denunciar la actividad de los grupos promotores de odio, violencia y terrorismo doméstico en la sociedad norteamericana. Soy miembro del SPLC desde 2004, y recibí el honor de que mi nombre fuera cincelado en el Muro por la Tolerancia. 

También desde 2004, soy miembro de la American Civil Liberties Union, que se dedica a defender los derechos constitucionales de los ciudadanos norteamericanos, especialmente de grupos minoritarios como los homosexuales, lesbianas, transexuales, hispanos y negros. 

En 2015 fui miembro, como estudiante de Derecho, de la Sección de Derecho Ambiental y Recursos Naturales de la American Bar Association. 

En Michigan trabajé en la fábrica Trumark Inc. como operador de prensa, desde octubre de 1999 hasta el año 2001. Mi turno comenzaba a las once de la noche y terminaba a las siete de la mañana. Al terminar el trabajo llegaba a mi casa, me daba una ducha, llevaba a mi hijo a la señora cubana que lo cuidaba, y me iba a estudiar inglés a una escuela pública. Entre 2002 y 2004 trabajé como panadero en la Bake & Cake en Kalamazo Street, mientras estudiaba en el Colegio Comunitario de Lansing para obtener un título de Negocios con una especialidad en Derecho. También repartí periódicos y limpié baños. 

Terminé la mayoría de los créditos para mi diploma en 2005. En el verano de ese año me mudé con mi familia a La Florida. Trabajé cinco años en la fábrica de aviones Piper Inc. Recibí el diploma del Colegio Comunitario de Lansing en mayo de 2010, cuando logré terminar los créditos de Matemáticas en Indian River State College, Florida. Desde el año 2012 trabajo como Asistente Legal en la sección de delitos graves para Alan D. Hunt, Abogado Principal en la Oficina del Defensor Público en el Tribunal de Vero Beach.

Este es un resumen de mi vida como terrorista en los Estados Unidos. 


La pregunta

La Seguridad del Estado me ofreció trabajo como agente en dos ocasiones. La primera vez, en el momento más crítico de Concilio Cubano: a finales de enero de 1996. Me arrestaron dos agentes que se hacían llamar Lucas y Luis Mariano, me vendaron los ojos y me obligaron a doblar el torso hasta que mi cabeza casi tocara mis rodillas. 

Cuando me permitieron levantarme y me quitaron la venda de los ojos, estábamos frente a dos largas puertas que se abrieron desde dentro con un mecanismo eléctrico, revelando un gran patio, un garaje con varios Ladas y una bella mansión. Escuché que Luis Mariano decía en un walkietalkie

“Tengo la paloma. Repito. Tengo la paloma”.

“Coño, chico, ¿no pudieron nombrarme el halcón o el gavilán?”, dije en forma de burla, para disimular el miedo. 

Me llevaron a un salón donde me esperaba un oficial de la Inteligencia que se presentó como el coronel Felipe. Era un hombre blanco, extremadamente pálido, que usaba unos espejuelos con gruesos cristales color verde botella. Felipe decía responder directamente al Comandante en Jefe.

“Te queremos pedir disculpas por el error de algunos compañeros con Naturpaz; pero eso fue un error de los hombres, Leonel, no de la Revolución”, me dijo. “Los Norteamericanos están usando Concilio Cubano para atacar a la Revolución, y eso no vamos a permitirlo. Vengo a transmitirte órdenes superiores. Si estás dispuesto a renunciar a Concilio y a participar en un programa de televisión explicando que fue una idea creada por el gobierno norteamericano, nosotros vamos a permitir Naturpaz. La organización va a ser legal, y tú vas a ser conocido como un agente nuestro infiltrado en ese negocio de la disidencia. Nosotros somos un sistema; mientras tú duermes, tenemos ochocientas personas trabajando para destruir Concilio Cubano. Esa idea no tiene futuro, pero Leonel el revolucionario, el joven militante de la UJC, el sobrino de Mario Almagro Rodríguez, mártir internacionalista caído en Angola, sí tiene un futuro en Cuba… ¿Cuál de tus dos hijos quieres más, Concilio Cubano o Naturpaz?”, me preguntó Felipe mirándome a los ojos.

Le respondí:

“Los hijos se quieren por igual. Te agradezco las disculpas. Creo que es muy tarde para cambiar de rumbo. No voy a participar en ningún programa de televisión, porque yo tengo necesidad de mirarme en el espejo”. 


Juraguá

La segunda ocasión fue en la prisión de Ariza, Cienfuegos, donde los prisioneros se inyectaban petróleo para ser trasladados a la enfermería y comer mejor, donde la comida era tan mala que para comérsela había que tenerle asco a la vida. 

Una semana antes de la propuesta, el coronel Sobrepera de la Contrainteligencia Militar me sacó de la prisión con ropas civiles para darme un “regalo” por mi cumpleaños. Yo pensaba que iba a ser trasladado de vuelta a Villa Marista. Para mi sorpresa, me montaron en un carro japonés nuevo y me llevaron en una caravana a la Central Electronuclear de Juraguá.Allí, el Ingeniero Jefe del proyecto me dijo: 

“Sobrepera me ha informado que usted es un ecologista que se opone a la construcción de nuestra central electronuclear, y lo ha invitado para que yo lo camine, le muestre la planta y le demuestre que este es un proyecto seguro y necesario para Cuba”. 

Al finalizar el circo, le volví a repetir mi oposición a la construcción de la planta electronuclear. También les dije que era una pena que no hubieran invitado a la prensa y a la televisión nacional para documentar mi visita, en lo que podía ser considerado el primer diálogo entre el gobierno cubano y la oposición. Insté al coronel a abrir las puertas al debate público sobre la utilidad de la planta y sus riesgos. 

Sobrepera balbuceó:

“Pudiéramos invitar a los fotógrafos para que nos tiren una foto y tomen algunos videos de tu visita, y yo voy a tramitar tu solicitud al comando central. Deberíamos abrir una botella de vino para celebrar este inicio de diálogo, pero seguro no vas a tomar con nosotros por miedo a tus amigos de Miami”.

“Yo soy un opositor pacífico y tengo las manos limpias de sangre”, le dije. “Cuando me opongo a la construcción de esta planta electronuclear lo hago para ayudar a tus hijos, Sobrepera. Abre la botella y tira las fotos”.

Una semana después, el agente Pepín, quien decía ser parte del Grupo de Apoyo al Comandante en Jefe, me visitó en Ariza con una propuesta similar a la de Felipe. La rechacé diciéndole:

“Hay mucha suciedad que limpiar en Cuba, y Fidel es un jabón gastado. El país necesita nuevos líderes. Tú me caes bien Pepín, deberías postularte para la Asamblea Nacional. A lo mejor voto por ti”.

Pepín no pudo disimular su molestia.

“Fidel es la única persona en el mundo por la que yo me alejo de mis hijos y mi esposa. Estoy dispuesto a morirme por Fidel”, me dijo. “Piensa en tu familia. Piensa sobre todo en la salud y la seguridad de tu hija y tu familia”. 

Sentí una punzada helada en el estómago. Recordé uno de los momentos más terribles de mi encierro en Villa Marista, cuando el mayor Soroa me sacó de la tapiada para informarme que mi hija Leiris estaba muy grave en una cama de hospital, por haberse bebido accidentalmente una botella de salfumán. Mi familia me aclaró que fue un trágico accidente, pero la primera imagen que me vino a la cabeza… 

Pepín habló de futuros actos terroristas que iban a tener lugar en Cuba. Ese fue el único punto en que acepté colaborar.

“En caso de saber de un acto terrorista que va a ser cometido, te voy a llamar para informarte”, le dije. “Yo también estoy en contra del terrorismo”. 

A mi salida de prisión, Pepín me arrestó en Pogolotti, Marianao, para quitarme la segunda carta dirigida a Fidel Castro con la que insistíamos en la celebración de Concilio Cubano.

“Oye, yo creo que teníamos un acuerdo. Tú ibas a consultarme antes de hacer algo. Esa carta dirigida al comandante no está autorizada”.

“La carta no es un acto terrorista, es una acción opositora no violenta”, riposté. “Yo soy un opositor pacifico”.

“Es una pena que no aceptaras cooperar. Yo pensé que tú eras más inteligente. Hasta los americanos consultan con nosotros. Tú puedes llegar lejos si nos consultas, hay otros que consultan y les dejamos hacer algunas cosas. Es mejor un buen arreglo que una mala pelea. Te estoy protegiendo de algunos de mis compañeros, que quieren matarte”.

“El que por su gusto muere, la muerte le sabe a gloria”, le dije y le di una palmadita en la espalda. 

Detuvieron a mi esposa, la llevaron a 100 y Aldabó y la instruyeron de cargos —todos fabricados, sórdidos inventos— por asesinar a una anciana, vender narcóticos (cocaína) y falsificar avales. Pepín me dijo: “Presenta tu salida del país en la Oficina de Intereses, y la sacamos”. 

Luego me llevaron detenido a mí, y le dijeron a mi esposa:

“Carlos Alberto Montaner le envió a Leonel un poderoso explosivo en polvo para volar la torre de televisión de Santiago de Cuba. Tenemos el explosivo, y esto es 30 años o pena de muerte. Quizás se pueda evitar el juicio si presenta su salida en la Oficina de Intereses”.


El asesinato de un árbol

A partir de septiembre de 1998, Naturpaz emprendió una fuerte campaña en contra de la construcción del Aeropuerto Internacional de Cayo Coco, y exigió contabilidad pública del ritmo constructivo invasivo para los delicados ecosistemas de los cayos del archipiélago. El gobierno ignoró todas nuestras peticiones. 

El Aeropuerto Internacional de Cayo Coco no solo es una abominación ecológica: también es una aberración legal. El Artículo 27 de la Ley Forestal 85/98 aprobada por la Asamblea Nacional del Poder Popular, estableció un régimen especial para los bosques de los cayos, porque estos mantienen un hábitat favorable para la reproducción y el desarrollo de fauna silvestre endémica; La construcción del aeropuerto era imposible sin derribar parte de la riqueza arbórea de Cayo Coco. 

Además, el Artículo 27 de la Ley del Medio Ambiente 81/97 sobre la Evaluación del Impacto Ambiental, y el Artículo 28, establecieron que era obligatorio someter a la consideración del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente aquellas obras que se construyan en ecosistemas frágiles, o que alteren significativamente los ecosistemas, incluyendo aeropuertos.

Una investigación llevada a cabo por Naturpaz, descubrió que no existió evaluación de impacto ambiental. Miriam Arcia, especialista del Centro de Inspección y Control Ambiental del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente, me lo comunicó personalmente en 1999: lo que se había otorgado era una licencia para una investigación topográfica a favor del Instituto de Aeronáutica Civil Cubana. 

La ley establece la obligación de la Licencia Ambiental y la Evaluación de Impacto como procedimientos previos ineludibles para comenzar la construcción de un aeropuerto en Cuba. Naturpaz quiso leer ambos documentos, algo a lo que teníamos derecho según la propia asesora jurídica de Política Ambiental del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente. Pero en nuestra investigación en el Centro de Información, Gestión y Educación Ambiental, dirigido por el Doctor Jorge Mario García, y en el Centro de Inspección y Control Ambiental, dirigido por la Doctora Silvia Álvarez Rosell, no pudimos encontrar la información de la Evaluación de Impacto, pues no existía la Licencia Ambiental. 

El aeropuerto de Cayo Coco se construyó por obra y gracia de Fidel Castro, violando la Ley Forestal 85/98 y la Ley de Medio-Ambiente 81/97. En lacaya complicidad: el Presidente del Consejo de Estado, Ricardo Alarcón de Quesada; la Ministra de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente, Rosa Elena Simeón; y el Consejo de Gobierno del Tribunal Supremo de la República, que se negó a encausar criminalmente a los funcionarios que, violando la Constitución Cubana, se negaron a responder las peticiones de los ciudadanos cubanos representados en la demanda legal interpuesta por Naturpaz ante el Tribunal Supremo; demanda que solicitaba un proceso criminal para los mencionados funcionarios públicos: Fidel Castro, Ricardo Alarcón y Rosa Elena Simeón. 

Naturpaz también solicitó al Tribunal Supremo la suspensión de toda posible obra, estudio o proyecto que pretendiera construir un aeropuerto internacional en Cayo Coco, o en cualquier otro Cayo; la aplicación de una sanción monetaria a las compañías responsables de tales inversiones, para reparar los daños causados a la zona; y el congelamiento al desarrollo de construcciones. 

Cuando el Tribunal Supremo se negó a obedecer la ley cubana, Naturpaz convocó a todos los habaneros a una manifestación pública de protesta. La cita fue bajo la sombra de la caoba en el Parque Lenin. Habían transcurrido trece años y el árbol se erguía vigoroso, exhibiendo sus curujeyes y numerosos nidos.

La policía me arrestó a dos cuadras de mi casa, junto a otras cinco personas que me acompañaban, y fui conducido a 100 y Aldabó. El gobierno movilizó a los trabajadores del Parque Lenin para improvisar una fiesta en las cercanías de la caoba, mientras los agentes expulsaban del área y arrestaban a todos los activistas y periodistas. Al día siguiente, aplicaron un potente químico y mataron el árbol. 


Perpetuum mobile

Naturpaz sobrevivió a mi exilio. El reverendo Pedro Crespo Jiménez fue el primer presidente de la agrupación eco-pacifista en continuar su mensaje opositor. Entre los que ocuparon la presidencia del grupo, se destacaron Osmany García Ballart y Rolando Luis Ramírez Cabrera. 

Debido a las condiciones sui generis del totalitarismo cubano, donde no existe el derecho a ejercer un pacifismo independiente a la ideología oficialista, este activismo difiere de los tradicionales roles reservados a los grupos pacifistas y ecologistas en las democracias modernas. En un país donde no se puede protestar por una guerra o por una decisión gubernamental que pudiera afectar al medio ambiente, Naturpaz ha ajustado gran parte de su activismo para participar en el movimiento opositor en general, exigiendo el derecho a tener derechos y a construir una democracia inclusiva para todos los cubanos. 



Por 35 largos años, Naturpaz ha exigido un derecho elemental: el derecho a existir.

Las ideas justas y necesarias engendran luz en un perpetuum mobile. Fidel Castro y la Seguridad del Estado cubano creyeron que matando la caoba asesinarían la idea que sembró el árbol. Fracasaron. Naturpaz continuó y continuará. 




Daniel Díaz Mantilla

La opción más improbable

Daniel Díaz Mantilla

El garrote y la mordaza no son la salida, como no lo son una insurrección o una intervención extranjera que aquí casi nadie desea. De modo que se hace indispensable aprender a convivir, a construir consensos; y reservar palabras como “enemigo”, “mercenario” y “traidor” para quien de veras las merezca.





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