Neurótica, puntillosa, rimosa

Con motivo del año que llevamos de Covid-19, Hypermedia Magazine ha despachado las siguientes preguntas a un amplio grupo de escritores cubanos:

1) ¿La pandemia ha modificado sus hábitos y/o métodos de escritura? ¿De qué modo?

2) ¿Han variado este año sus hábitos de lectura? ¿Ha leído más? ¿Ha leído menos?

3) ¿Cuáles han sido las lecturas (títulos, autores, plataformas) más reveladoras durante esta pandemia?

4) ¿La nueva situación global le ha inspirado algún proyecto literario?

5) Cuéntenos cómo es actualmente un día en su vida de escritor(a).

Compartimos con nuestros lectores los mensajes que retornan a nuestro buzón.




Leo lo mismo. Siempre ha sido el caso; el día que solo leo periódicos me siento culpable y aflora un vacío incómodo.

Mi nueva obsesión literaria es Fleur Jaeggy.

He releído a Marguerite Duras, buscando emociones extraviadas, y las he reencontrado.

Desde antes, estoy peinando la Eneida; apunto las imágenes que me gustan para trabajarlas (reescribo la reescritura de Virgilio).

Etc.

En un (mi) escritorio siempre ocurren simultaneidades.

De rigor en el día a día son las paradas en InCubadora, Hypermedia Magazine, Rialta Magazine, El Estornudo y Diario de Cuba; el estar al día con los colegas del patio o regados por el mundo, me arropa en un sentido de pertenencia, seguramente ilusorio.

Creo que mi escritura se ha vuelto más neurótica, puntillosa, rimosa. Octosílabos, décimas y endecasílabos son cantaletas mentales maniáticas que pueden desvelar a cualquiera. Y una tiene el hábito de interpretar la realidad desde la creación. Y es que la búsqueda de la rima le va a la neurosis exaltada por la contingencia (risas).



Rosie Inguanzo.


Voy en pos de la forma, de la música y el contrapunteo (de la rima).

La rima es la prima de la risa espasmódica y el asma (¿notaste la rima interna?).

Soy una criatura reflexiva y tengo el procesador ralentizado.

Por lo que llevo un diario.

Tomo nota, reúno apuntes, alimento proyectos.

Responderé la última pregunta con un chorro de palabras:

La ciudad vacía ha sido un placer recurrente en estos tiempos nefastos.
Las calles vacías.
Los parques vacíos.
Los mercados con horario reducido.
Por unos meses, el lujo de una ciudad no turística.
Su cara de silencios.

Silencio en demasié, preciosísimo, más aún cuando el asunto se torna peludo.

No estoy de ánimos para atender a quienes se manifiestan por todo; aquellos que reaccionan en las redes ante todas las efemérides, los cumpleaños, el acontecer —el ingente respaldo a políticas cuestionables: cuánta proclama, cuánta indolencia, cuánta certidumbre.

Cultivo un desdén educado por las criaturas sonorizadas.

Compungida, contemplo el devenir con mirada entomóloga.

Y es que sale la farsa al destapar la caja de grillos:

el pataleo victimario
el discurso ideologizante —es que todo, todo, me sabe a control
la bulla insulsa
peor aún, ante los asuntos realmente importantes como la vida en común o el destino de una nación
el instinto ordena salir huyendo
desde un radio de conocimiento limitado
me repliego
espabilo las neuronas
(algo bueno me dejó la academia)
y escapo por la puerta del fondo
me salgo de los raíles
y corro a mis cuadernos
a mis apegos y referentes
pongo los tiestos en orden
constato el fracaso
—la soledad a veces se parece a la derrota—
sumo palabreos
me recojo en el pensamiento (¿puede existir algo más privado?)
y esgrimo un credo asido con alfileres:
yo escucho y no hago caso, ni me adhiero a la ideología políticamente correcta, a los desmanes de la cultura de la cancelación, al globalismo-catastrofista ni a otros nombrecitos peores
yo no entro por el aro
ni salto cuando me lo ordenan
sé que formarse un criterio toma tiempo
(al menos para mí, que solo tomo consejo a mi marido y al jardinero)
yo, que acaricio como piedras en el bolsillo los pocos credos con los que no transo y me caben en los dedos de una mano
yo, radical solo en el fondo
por fuera me amoldo
yo, eso sí
favorezco la singularidad
lo útil
lo honesto
la hechura
y lo bello
los pequeños deleites tan privados como la rotación de las sábanas de hilo.

Lo cierto es que aunque hemos caído como embestidos por el rayo de la pandemia, hay resultantes bendecidos.

Lo que ha vuelto casi sin querer: el vacío de las calles, la tranquilidad en la caminata nocturna.

Llegar a un estacionamiento vacío (aquí en el video hace unos meses estaba de cumpleaños). Reservar en un restaurante y disfrutar lo mínimo: la blancura del mantel bien planchado, la disposición del bar, nuestra mesa de caoba pulida sumergida en luz ámbar, distanciada de los otros comensales, sustraídos de sus asuntos y ruidos —debido, claro, al distanciamiento físico.

Luego listo algunos parabienes que nos trae la contingencia:

la timidez en la proximidad
el cruce de miradas (ver solo una parte del rostro)
el respeto (o acaso la prudencia profiláctica, que parece educación aun cuando no lo es)
el servicio acomodaticio
la higiene extrema (para los que siempre hemos practicado medidas de higiene y protocolos de limpieza, las exigencias actuales son el estado de gracia)
se nos ha exacerbado el hedonismo
de anotar: trotamos por lugares más hermosos.

De manera que no echo de menos el Coral Gables sobrepoblado ni el gentío mal iluminado y con peor música de fondo. No añoro la ciudad desbordada e incongruente ni el barullo. Comprendo que muchos se ganan la vida en estos negocios mal dispuestos. Pero también, muchos añoramos lo otro —rentable si se hace bien. Ojalá lo comprendieran así el alcalde y los políticos que han degradado la ciudad en los últimos años.

Todo lo esnob que quieran, pero son placeres minúsculos e importantísimos los que apunto arriba. Ojalá no duren poco. Ojalá, por las mejores razones, caiga derrotado el mal gusto.

Ojalá existiera una vacuna contra ese mal.

Y otra vacuna contra el descalabro urbano.




Alejandro Aguilar

Ningún día se parece al otro

Alejandro Aguilar

Además de la poesía, que ha vuelto a ganar peso en lo que escribo, trabajo en esa novela que sigue siendo una indagación sobre lo que somos, qué hacemos por aquí y qué pasará cuando llegue la hora de cerrar esta historia. Ese momento que de alguna manera debe ser una consecuencia de lo que hemos vivido.





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