Porque los tanques son tanques, y lo demás son cisternas*

Con motivo del año que llevamos de Covid-19, Hypermedia Magazine ha despachado las siguientes preguntas a un amplio grupo de escritores cubanos:

1) ¿La pandemia ha modificado sus hábitos y/o métodos de escritura? ¿De qué modo?

2) ¿Han variado este año sus hábitos de lectura? ¿Ha leído más? ¿Ha leído menos?

3) ¿Cuáles han sido las lecturas (títulos, autores, plataformas) más reveladoras durante esta pandemia?

4) ¿La nueva situación global le ha inspirado algún proyecto literario?

5) Cuéntenos cómo es actualmente un día en su vida de escritor(a).

Compartimos con nuestros lectores los mensajes que retornan a nuestro buzón.




1.

Yo no tengo ni hábito ni método de escritura. La pandemia no me ha hecho ninguna mella ahí. No me sale muy bien lo de levantarme a escribir, por ejemplo. Puedo pasarme un mes sin escribir. Dos meses, tal vez.

En noviembre terminé de entregar un libro inédito. Es el libro por el que menos nos hemos fajado Jamila Medina y yo. Aunque yo escriba un solo párrafo, Jamila siempre es mi editora. Cada vez que Jamila dijo que había que cambiar algo en ese libro, le dije que sí.

Hay un fragmento de un poema en ese libro inédito que habla de mi desencajada manía de dar teclazos. Como si repitiera todo esto que he dicho hasta ahora:

“Yo no tengo un régimen sólido de escritura: yo no acostumbro a levantarme a las 8:00 de la mañana para escribir y ensalzar el oficio, yo no conozco días de hinchar páginas escritas en Times New Roman 12 hasta las 4:00 de la tarde o más”.

El poema se llama Yo soy el que es. Habla de un período de tiempo muy concreto en Miami, donde la escritura brillaba por su ausencia. Lo que lees ahí se acerca bastante a mi ritual, sin horario, para dar play ante una página en blanco. Yo dudo que, aun conectado mucho con las ganas de escribir, con el darle vueltas en la cabeza a un libro de poemas, pueda yo mantener el hábito de mi vecino:

Hoy sonó la alarma en el reloj del celular de mi vecino.

Mi vecino desayunando muy rápido, porque remoloneó bastante en la cama.

El trabajo de mi vecino queda a unas siete cuadras de su casa. Marca una tarjeta y se sienta entre 59 escritores que dan teclazos en sus máquinas de quinta.

—Felices —dicen los 60 escritores.


2 y 3.

Lo que más he leído en la pandemia han sido subtítulos de series, millones de mensajes por WhatsApp, y los textos que acompañan a mis sitios preferidos en Instagram. También he releído algunos libros. No he releído ni un solo libro que no me haya gustado mucho. Y todos han sido libros cortos. Te menciono dos que puedo tocar ahora mismo estirando la mano. Están aún en esta misma mesa. Suicidio de Édouard Levé y Arpegio de Nara Mansur.

A Levé lo conocí por Abel Arcos. Abel primero me regaló Autorretrato, y luego me regaló Suicidio. “Para Larry, por su futuro suicidio. AA”, me escribió en la primera página del segundo regalo.

Esa novela es un tiro de gracia. Un fusil en la cabeza. Es el repaso por la vida del autor en boca de un amigo. Tú sabes que el amigo es el autor y que a la vez eres tú mismo camuflado en la mirada del amigo. Cuando cierras el libro y esperas un rato, viene lo que realmente es. 

La concreta:

Levé, que le entrega la novela a su editor y que después se deja caer por el cuello.

―Ven, vamos a ahorcarnos. Vamos a escribir un biopic a cuatro manos.

Nara me escribe en la tercera página: “Querido Larry, por la amistad, (…)”,(y siguen otras palabras bonitas y me pinta una flor y un pomo de Lanvin). Arpegio es un libro al que lo atraviesa un tumor. O como te hace repetir Nara: tu(a)mor. El amor de otro biopic. De cientos de artículos “El” haciendo garabatos en el recuerdo. El de la madre muerta y la hija y la hija de la hija de la muerta. Ese cuasi trabalenguas de roles donde queda grabado “Elle est l’amour”.

También he tenido a mano otros libros que no me he vuelto a leer completos. He abierto páginas al azar. Sobre todo de los libros de poesía. Pero eso lo hago también sin pandemia. Todo el mundo lo hace, creo. Casi todos los de poesía que he vuelto a abrir, han sido también libros cortos. En los que no son de poesía, casi siempre he ido a páginas específicas, y han sido menos cortos.

Recuerdo:

  • Papyrus, de Osdany Morales
  • Cuadernos de Voronezh, de Mandelstam
  • Los años de Orígenes, de Lorenzo García Vega
  • Rock, mi religión, de Dan Graham
  • Una antología de Wislawa Szymborska
  • El Funámbulo,de Jean Genet
  • Óbitos,de Pedro Marqués de Armas
  • La Maestranza,de Oscar Cruz.


Larry J. González, por Evelyn Sosa.


4.

Empecé a escribir un libro de mi pandemia. Una especie de diario de mi encierro. Cada poema tenía encima el día en que empezaba a escribirlo. No escribí ningún poema en días seguidos, ni en dos, ni en tres, ni en cuatro días. Tampoco llegaron ni a diez poemas los que escribí. Escribía solo cuando me venía en ganas. Después, aquello me pareció una total chealdá. Creo que van a proliferar demasiado los libritos con olor a pandemia. Borré todo. Menos el primer poema. Le sentí ese aliento de desgano. Como que realmente no iba a escribir nada desde un inicio. Ahora lo leí en alta voz. Como si fuera un poema que me tomara en serio:

7 de abril

Bien que podrías, tú, haber empezado el 17 de marzo ―me digo.
A escribir este libro ―me digo.
Llevas 15 días ahí. Solo. Más.
¿Y no te pasa por la cabeza escribir este libro? ―me digo.
¿Cuánta de esa gente habrá empezado lo que yo a las 13:40 p.m.?
Escribir un libro ―me digo.
Pones incluso la fecha como si fuera el título,
crees que esto no es un diario, así como un diario reseco,
si no más bien un libro de poemas reseco,
pero que para ti es un diario al fin y al cabo ―me digo.
Ahora son exactamente las 13:55 p.m., estamos tú y yo en la zona de El Carmelo, desde aquí no se ve ninguna posta, desde aquí quiere decir desde un balcón años cincuenta, donde se ve la torre famosa de una iglesia de la zona de El Carmelo, donde es mejor entrar y poner ya aquí mismo el primer punto ―me digo.
Sin decir casi nada.


5.

Te cuento el día de hoy, hasta donde va.

Me levanté con el despertador del celular a las 11 a.m.

Yo soy epiléptico. Tomo una pastilla a las 11 a.m. y otra a las 11 p.m. Esa pastilla está en falta por la pandemia. No la fabrican en Cuba. En la caja dice “Hecha en…”, no recuerdo bien dónde. Antes de que cerraran aeropuertos y todo se volviera un caos, yo me aseguré pastillas para casi un año. Cuando eso, iba a montarme en un avión. Siempre que me monto en un avión me llevo un cargamento exagerado de esas pastillas. No sé bien por qué. Cerraron aeropuerto y no viajé. Ahora las pastillas casi se me están acabando. Debo ir a ver a mi neuróloga, para ver qué nueva pastilla me dará. Pensar todas las mañanas en eso me lleva unos minutos. Aunque no quiera pensar en eso.

Abrí WhatsApp.

Vi dos veces un video de Chocolate MC que me mandó Susana desde Madrid.

Desayuné un pan con tortilla. Queso de Camagüey. Jugo de frutabomba. El queso es un queso blanco al que me hecho muy fan. No sé esta vez cómo pudo brincar de provincia en provincia. Fue un regalo de mi vecina Giselle, que vive en la otra cuadra. A veces comemos juntos. El queso se lo trajeron ayer.

Ahora me senté al frente de la laptop. Veo que dejé minimizada Pieces of a woman. Acabé esa película como a la 3:00 a.m. Había leído a tantas mujeres horrorizadas con la película… No habían podido terminar de verla. No se podían sacar una escena de la cabeza. La película les quitó el sueño.

Cuando Pieces of a woman se acabó, me pareció casi un mojoncito. Y sí, el Oscar será para Vanessa Kirby, obvio. Pero yo no estoy hablando de eso.

Después veremos cómo sigue el día.

Tal vez, una siesta. Me levanté con sueño.

Más tarde quiero empezar a ver Pretend It’s a City, con la cínica Fran Lebowitz. Gracias a Joanna Montero que pudo bajar los subtítulos.

Ahora voy a mandar todo esto por WhatsApp.




* Chocolate MC.




Daína Chaviano

Ocultarme frente a un enemigo invisible

Daína Chaviano

Estoy explorando el universo de las distopías. Nunca me ha atraído mucho ese registro literario, que suele ser bastante deprimente, pero los últimos meses han sido demasiado sombríos. Así es que no me ha quedado más remedio que enfrentarme a la realidad e intentar deconstruirla a la luz de mi propia naturaleza que se empeña en ser optimista.





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