Un exilio muy suyo

Contrabandos, flora y exilios dieron origen a la poesía cubana, esa isla que se repite. La de la poesía digo. Repetida no por falta de originalidad de los poetas, sino por la materia que han tenido delante, redundante y cacofónica. 

Espejo de paciencia, la “Oda a la piña”, el “Himno del desterrado”, “El laúd del desterrado”, Versos sencillos, “Nieve”: catauros de contrabandos, vegetales y exilios. Dioses tutelares de aquella poesía inicial fueron los exiliados Heredia o Martí. O Casal, contrabandista de chinerías y climas ajenos. 

Teniendo en cuenta tal tradición, Lejos de casa (Cristal de agua, 2018), poemario de Gleyvis Coro Montanet, no trabaja con materia especialmente original. 

Si algo distingue a Lejos de casa en la isla actual de la poesía cubana no es el tema sino el tono y la concentración. Apenas se deja distraer Gleyvis de los dos o tres temas que la obseden. Si acaso se permite el alivio del humor o la rima para caerle “con esa fuerza más” a su personal tragedia, su exilio íntimo. 

Como todos los buenos poetas, o los filósofos, o los fundadores de mundos nuevos, la preocupación primordial de Gleyvis es dar a las cosas el nombre que mejor les acomode. Exilio le llama a su tragedia. No viaje, trashumancia, cosmopolitismo, diáspora. Exilio. 

“Lo nombra mal quien lo nombra diferente. Exilio es una palabra muy suya. Como un poema bucólico es muy suyo, aunque sea bucólico”. 

Y aquí vale comentar un par de tópicos más o menos recientes. El del exilio cubano, por ejemplo. El exilio como un paso “a mejor vida”, como una suerte de paraíso en el que la vida debe resultar obligatoriamente mejor. Una superstición a la que contribuye que en contraste con el país abandonado nada puede ser peor. Pero “no prospera de golpe quien se va”, advierte la poeta para a seguidas devolverle al acto de exiliarse, de desprenderse del país natal, su original sentido trágico. Como el de Heredia o el de Martí, su exilio vuelve a doler. Es trágico porque, sin ahorrarnos una sola de sus angustias, la poeta no da señales de arrepentimiento. El exilio es tragedia no por las angustias que produce sino por ser estas fatales e inevitables. 

Dadas las circunstancias que va reconstruyendo Gleyvis en su libro quedamos convencidos de que su fuga no fue irreflexiva sino todo lo contrario: fue un acto cuidadosamente meditado antes y después de realizado. Pero la libertad que ahora estrena no le permite olvidar lo antinatural que es sacudirse de golpe y para siempre el paisaje y los seres que nos acompañan desde que nacimos. Ni la hace olvidar que la fuga febril de su inhabitable paisaje natal (“Hermanos, por amor, escapen del país. Nuestros abrevaderos son escoria radiactiva”) es, a la vez que victoria momentánea, cierto modo de muerte. 

¿Dije que para Gleyvis el exilio era inevitable, fatal? Me desdigo. En medio de esa fatalidad, la de elegir destierro tras comprobar que no hay vida normal ni dicha posible en la isla, (sobre todo si se escoge llamar las cosas por su nombre, “llamar cernícalo al cernícalo”) Gleyvis nos recuerda, insidiosa, que alguna vez tuvimos la oportunidad de salvarnos. 

“Ay, si hubiésemos hecho un pacto:/ juntarnos en un solo sitio,/ en el mismo punto cruz de todos los mapas,/ hoy seríamos todavía una nación”. 

Es esa visión de la oportunidad que habría hecho innecesaria la huida, la que le da al exilio de Gleyvis su carácter profundamente trágico, la que acerca a esos desterrados al mismo tiempo desesperados y esperanzados que la precedieron. A un Heredia o a un Martí. A los poetas que pensaban que nuestra redención pasaba por soluciones colectivas, radicales, que el exilio era     —sin importar su duración— estado transitorio y no destino más o menos definitivo. Pero al optimismo de los desterrados decimonónicos Gleyvis le enfrenta su desesperanza radical. Al coraje de enumerar lo perdido se añade el de reconocerlo como irrecuperable.  

El exilio, esa solución personal ha sido —nos recuerda Gleyvis a los exiliados satisfechos de serlo— un acto colectivo de cobardía. Cobardía con la que no pretende ahorrarle la culpa a tiranos que nombra del modo que considera más adecuado: faraones. Fueron esos “faraones sucesivos […] los que impusieron el éxodo”. Los que “amurallaron las lenguas, la facilidad de palabras, el arte de impugnar, por lo que hubo que disgregarse en ciclos y en masa”. Faraones a los que no les ahorra nombres ni apellidos como mismo ellos no nos han ahorrado humillaciones y desastres. Y dice evocando versos famosos de Eliseo Diego: 

“La forma en que mi abuelo lo decía:/ Aquello o esto fue cuando Batista;/ el énfasis verbal que le ponía/ al sustantivo infame de Batista,/ me inclinaba a pensar que él prefería/ diez millones de veces a Batista/ que a Fidel Castro Ruz”. 

No es Eliseo el único de nuestros poetas mayores que invoca. A varios de ellos los menciona no para injerirse modosamente en la tradición sino para encararlos. Recordarles lo mucho de engaño, de ilusionismo autocomplaciente, que tenían sus edificios poéticos. A Virgilio Piñera le reconoce que “La isla en peso” es “la pieza más febril que escribió cubano alguno” pero al mismo tiempo le critica que sea un “discurso equivocado” porque “la cárcel mayor era el exilio, que estar fuera de Cuba es lo que mata”. 

A Lezama le explica que “un drama político-legal y miserable,/ destrozó paradigma y panorama,/ al punto que nacer, allí, Lezama,/ no es ya una fiesta innombrable”. Y si se reclama hija de Martí es para recordar la genética maldición en que ha derivado su insistencia en que fuéramos Nación:

“Hijos del prócer Martí son todos en igual y en desigual medida, desde la proa hasta la popa del inclinado barco que hace de nación. Herederos de su culpa —que fue mucha— de sus vicios y su eventual desgracia, también abundante”. 

Martí sigue siendo el recordatorio omnipresente de lo que somos y —sobre todo— de lo que no somos. Ni cuando la poeta viaja por los pueblos de Hezpaña (la rabia contra su des-tierra la lleva a destrozar su ortografía), esos sitios con una temporalidad tan ajena a casi todo, es posible sustraerse al fantasma de la isla. 

“Si el guía habla de Maimónides, pensamos en Martí y en los enormes lomos de sus Obras Completas. Si el guía habla de un orador potente, de un poeta o patriota, pensamos otra vez en Martí”. 

Pero no se engaña la poeta: recordamos a Martí menos por lo que nos dejó que por lo que no consiguió darnos. Por todo lo que el recuerdo de sus palabras y hechos nos impide olvidar. “Pensamos con recurrencia en Martí porque nuestra historia es breve y ha sido defraudada” dice la poeta. 

Gleyvis sabe, no obstante, que para que su exilio sea verosímil no basta con invocar las coartadas colectivas. Que para que esos dolores sean suyos, (y nuestros), tiene que mostrarnos sus cicatrices más íntimas. Y las muestras. Se fue porque “me prohibieran amar y ser amada, escrupulosamente, por una chica emblemática”. Y, por si no estábamos atendiendo, lo repite en otro sitio. Se fue por no poder “amar a mi chica allí. Eso, tan simple, que ni lo puedo decir con superior cadencia: amar a mi chica”. 

Que otros hablen de fusilados, de los devorados por tiburones mientras escapaban de la isla. Para Gleyvis el acto más imperdonable cometido por eso que llaman Revolución fue prescindir del talento de una cantante, la Lupe. No es frivolidad decir que lo que “no se le puede permitir a ninguna revolución ni a nada siquiera paralelo a una revolución” es “hacer lo que le hizo la revolución a La Yiyiyi” porque en ese desprecio por la cantante se cifra el origen de todas sus crueldades pasadas, presentes, futuras: un profundo desprecio por todo lo que de hermoso y único puede haber en un ser humano. 

Esa apuesta de la poeta por hacer íntimos los dolores patrios la lleva a reconocer que “una tarde, en la estación de Atocha,/ lejos de Cuba y su tapujo,/ pensé lanzarme a la nariz de un tren moderno,/ a ver si me pulverizaba”. Y si no lo hizo fue por “el brutal deseo de no morirme lejos de casa”.  

En nombre de esa intimidad herida recorre varias de las humillaciones típicas del desterrado entre las que está, en primer lugar, no poderle llamar “casa” a ningún otro sitio como se lo recordó una casera desalmada en invierno: 

“Después de haberme chupado/ hasta la miaja de los huesos,/ con el alquiler de un cuarto, tipo cueva,/ aquella vieja me echó a la calle/ debajo de una nevada”. 

O esa otra humillación, tan particular a la cubana condición, de tener que aguantar que el extranjero más ignorante venga a explicarte tu propio país: “Yo que soy y he estado donde tú no, estudio y temo tus deducciones”. 

En el exilio —si es un exilio real y no ese refugio acolchado de amigos que nos vamos inventando— no se vive, solo se pernocta, como diría otro exiliado, el poeta Jorge Valls. 

El exilio será un lugar donde “los únicos sitios fundamentales para mí son el correo postal y la mesita del teléfono”. 

El exilio será fatal para el poeta no por falta de comodidades o de motivos de inspiración. El exilio —nos dice Gleyvis— es el tiempo en esteroides, un sitio donde el olvido siempre llegará más rápido que en casa. (Y uno empieza a sospechar que si Martí regresó a Cuba en la forma en que lo hizo fue para impedir que lo olvidáramos). 

Para evitarse ilusiones la poeta se mira en el espejo de un poeta cubano muerto en su exilio español: “Que nada quede de Baquero aquí,/ me grita que esta Hezpaña dislocada/ también demolerá lo que escribí”.  

Poeta al fin, parece que Gleyvis exagera. Que se duele por el mero vicio del lirismo. Asumimos que en el siglo de los videochats y la comunicación súbita la mera palabra exilio debería ser desdramatizada. Pero como dije antes, el tono y la concentración de Lejos de casa no permite huidas tan fáciles. La poeta viene a recoger todo el dolor esquivado a golpe de carros del año y barbacoas dominicales. 

Como en Cartas desde Rusia de Emilio García Montiel, Naufragio y sedición en la isla de Juana de Jorge Salcedo o en Palabras a la tribu de Néstor Díaz de Villegas, Gleyvis se echa el país encima de sus hombros de poeta. Viene a recordarnos que un exilio que no tenga como meta el regreso, por imposible y metafísico que parezca, ha renunciado a serlo. 

Todavía “hay una zona de mí/ que regresaría hoy mismo/ a vivir allá perpetuamente” confiesa Gleyvis con una convicción que me falta. Entonces despliega su utopía mínima: la de un país en que “una avería de mediana condición no tarde un siglo en ser reparada”. 

Una utopía tan personal como sus angustias. El proyecto de “levantar una tienda de carne en mi país. Una tienda pobre, de carne de segunda”. 

Una utopía que por vulgar que parezca no disimula su vocación trascendente cuando a través de ella el espíritu se hace, literalmente, carne. “¿Por qué o para qué lo haría? Por Cuba. Para que la gente vuelva”.

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Tráiler del libro Lejos de casa, de Gleyvis Coro (Cristal de agua, 2018):

 

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