Sergio García Zamora: la poesía entre el símbolo y su ausencia

I

No puedo sino escribirlo, Sergio: 

La poesía siempre me ha resultado un cuerpo honrado al que abrazarme en tiempos de vacío, de ausencia de mí misma, de cielo empedrado y gris, de carestía. Confieso que soy lectora voraz, pero el libro poético, la antología, las obras completas de los trascendentales habitantes de la imago, es algo a lo que solo (y es muchas veces este solo) me aguanto con fuerza cuando me precipito en caída libre o me desplazo ya a ras de suelo. La poesía es mi punto de apoyo, mi equilibrio; un bastón, momento de espera de la fuerza vital que me prepare para romper la gravedad y ponerme en vertical.

Claro, cuando reservo la poesía para acariciarme heridas que nunca sanan, como alimento, como espacio y como cómplice, busco siempre mi anagnórisis y mi catarsis en el poema, y solo me vale, al decir de los griegos, cierto aretépoético: una fila de libros, de versos apilados, encuadernados y colocados como píldoras que siempre han de estar a la mano, ahora y cada vez más, cuando ya se vaticina el medio siglo. Son autorías recurrentes que rara vez se amplían, no por hábito o adicción, sino porque sé que contienen mi placebo. 

Pero quizás, a los casi cincuenta, ocurren estos descubrimientos reservados. En menos de seis meses he puesto un tramo más en esa balda: dos mundos, dos nombres, dos nuevas razones para aferrarme. Dos poetas separados por el tiempo, por los espacios, por los momentos. El viejo joven y el joven viejo que, con la asiduidad de cada hora, componen profundos mundos donde liberan sus demonios, que son los que ahora devoran los míos. 

Sergio, tus versos y tu libro Resurrección del cisne, me han devuelto, una vez más, como antes lo hicieron otros, a la trepidante agonía que para mí es signo de que aún habito en la esperanza.


II

Cuando por fin decidí pasar la mirada sobre Resurrección del cisne, del poeta cubano Sergio García Zamora, libro ganador del Premio Internacional Rubén Darío, agradecí no haberlo “tomado a la fuerza”. Siempre digo que suelo incubar los libros nuevos: un periodo pequeño donde los observo, los huelo, no los abro; en un acto de acercamiento hasta romper su intimidad. Además, como expliqué, leer poesía es para mí acto de recogimiento y restauración personal, emocional, psíquica.

En este caso particular, la lectura tuvo que esperar más de lo habitual. Me apremiaba una buena columna de otros libros para estudio y valoración, a fin de escribir unos ensayos, preparar unas videoconferencias y otras acciones profesionales. Finalmente, y como me suele suceder, después de largas jornadas de lectura y escritura, se apoderó de mí una especie de oquedad existencial, un derrumbe de emociones y una demoledora fatiga intelectual. Entonces decidí enfrentarme al poemario de Sergio García Zamora; con miedo, lo reconozco, pero tentada por la resurrección que proponía y por la recomendación de un amigo, buen lector y gran degustador de buena poesía.

Y no pude parar de leer. Pero no era una lectura que avanzara con ansiedad, sino una lectura detenida una y otra vez en el mismo poema, para pasar al siguiente y repetir, de forma inconsciente, el mismo ritual. Parecía como si mis grietas necesitaran cada idea de cada poema para escocer, para doler y cauterizarse. 

Hacía tiempo, mucho tiempo, que no tenía en mis manos un libro nuevo, un autor nuevo que me hiciera sentir lo que yo llamo una epifanía. Sentí la tristeza más profunda mezclada con una sensación de ascenso, de liberación: evidencias de que a partir de entonces yo no sería la misma, y que ese libro pasaría a formar parte, más que de mi cabecera, de mis textos nómadas: esos sin los cuales no suelo desplazarme si el viaje implica más de quince días y cambios de los que mueven mi suelo.

Resurrección del cisne, me atrevería a asegurar, es uno de los más completos, complejos y logrados ejercicios poéticos de la literatura cubana de los últimos veinte años. Y también, ¿por qué no decirlo?, un hito muy importante de la poesía hispanoamericana actual.

Cada poema de este libro, que está dividido en cinco cuadernos, me llevó a realizar anotaciones: desde expresiones de reconocimiento a calificaciones con signos de exclamación. Nunca una duda. Cada línea se desgranaba sin darte tiempo a una pregunta. La respuesta estaba diluida en todo el poema. Cada poema era un eslabón independiente; en un gran trabajo escritural, Sergio García Zamora lograba culminar con ellos una especie de secuencia fílmica. 

Para mí, si hay un arte que tiene una marcada filiación con la poesía, es el cine. Un arte que tiene lenguaje y gramática independientes de la obra escrita de la que parte: el guion. Y ese lenguaje cinematográfico se asienta sobre las mismas bases que el lenguaje poético. Es un trabajo de orfebre, pleno de metáforas, de símbolos, de elipsis; tiempo fílmico que no se aviene al tiempo real, donde cada plano articula con el siguiente para narrar una pequeña historia dentro del argumento general.

Sergio logra narrar una historia completa alrededor del tema de cada poema. Crea una trama que tiene puntos de inflexión, clímax y resolución del conflicto. Y al mismo tiempo es fiel al tema de cada cuaderno, escritos siguiendo el mismo procedimiento y culminando con un tema común a todo el libro y la vivencia metapoética del autor, quien, como un narrador omnisciente, dialoga con los personajes y dialoga contigo, en una especie de ubicuidad. 

Da la sensación de que en cierto momento Sergio vira la cara hacia ti, te habla y te propone formar parte del juego poético.


III

El primer cuaderno de Resurrección del cisne, homónimo del título del libro, hace un recorrido por las filias poéticas del autor y prologa el momento poético en que se encuentra. Un momento de compenetración con lo simbólico y con la búsqueda del inatrapable verso conciliador, con lo cual ya Sergio se presenta ante nosotros con la madurez poética que deriva de saber que es justamente la eterna búsqueda de ese ideal, el motor de impulso de una carrera consolidada. 

Ese ímpetu de progresión y ese logro de un lugar estable, aunque agónico, para mí quedan evidenciados en la figura del ave; figura afín a una serie de escritores nombrados por el poeta, y otros que identificamos por la especie nombrada: caso del albatros en el poema “Manera de mirar a Wallace Stevens”: “(…) ni qué decir un albatros: esos pájaros son para borrachos y opiómanos”.

Una clara alusión a Baudelaire, cuyo poema II de Las flores del mal se titula justamente “El albatros”. La alusión al opio remarca esta referencia. Sergio dedica también dos poemas al cuervo de Poe, fuerte influencia de Baudelaire, quien fue además el traductor de Poe a la lengua francesa. A nivel conceptual, Sergio no hace una lista de influencias, sino que se concentra en escritores relacionados entre sí, priorizando esa conversación a lo largo del libro y ofreciendo una solidez que solo deviene de aquello que es síntesis perfecta y, al mismo tiempo, emanación de confluencias múltiples.

Todos los poemas de este primer cuaderno se refieren a distintos autores que representan aristas emocionales, estados, decisiones que conforman la historia personal de Sergio como escritor. Y sobre todo (y esto se mantiene a lo largo de todo el libro) representan temas morales estereotipados; temas como el suicidio, la muerte prematura, la consagración literaria, la locura, la ideología, la sordidez, el fracaso como cruz de ceniza de los malditos poetas o los poetas malditos. 

Este cuaderno, que yo calificaría de introductorio, cierra con “La usura”, un poema formal y conceptualmente perfecto donde leemos: 

“Ezra Pound, partidario de Mussolini, acusado de alta traición, te dice: ‘Con usura no tiene el hombre casa de buena piedraʼ (…) Ezra Pound, viejo zorro, ojalá te pudras en el manicomio, acusado de inhumano con tus poemas llenos de humanidad”.

Hay aquí una declaración de principios, una marcada gestualidad de Sergio García Zamora en el ámbito de una confesión, donde se posesiona sin ambages; temerario gesto, si tenemos en cuenta que a Ezra Pound, extraordinario poeta, se le ha juzgado más por su filiación ideológica que por la inmortalidad de su obra. Sergio no está anclado al evento, disintiendo de la oscuridad de un momento; el poeta comprende que lo eventual es un pequeño incidente repetido hasta el fin de los tiempos. Aquí Sergio, para mí, se separa definitivamente de la prédica para convertirse en nigromante de altos vuelos.

En el segundo cuaderno, “Las cárceles y las manos”somos voyeurs de privilegio en una transformación del autor. Si quisiéramos resumir puerilmente los poemas de este cuaderno, diríamos: habla de la libertad. Sin embargo, en esa especie de punto de inflexión del libro, el poeta habla más del cautiverio y del desasosiego interno del escritor, que se niega la paz en busca de una tiranía mesiánica consigo mismo. El acto de escribir fuera del éxtasis, acurrucado en la oscura madrugada que precede cada buen verso. Habla de los místicos, los autores que recibieron a Dios y cuyas cárceles, además de monasterios reales, eran la discusión con su propia alma poética asumida como el acto soberbio de no callar: 

“Siempre reprochaba en mi fuero interno al carmelita: Quien vive en tal éxtasis, no tiene derecho a confesarlo. Para mi paz hubiera arriesgado la soberbia de escribir”.

Sergio habla de San Juan de la Cruz, y de Fray Servando Teresa de Mier, fraile dominico que fue acusado de herejía y blasfemia ante el Santo Oficio, a quien nombra “El alucinado”, título del poema que le describe:

“Fray Servando Teresa de Mier, preso en el fuerte de San Juan de Ulúa, estalla en risa. Su risa franquea los muros, burla los fosos y sube al cielo. Uno de los carceleros, tembloroso, se persigna”.

En “Calabozo” redondea el concepto de prisión poética; crea incluso, con buenos versos, los barrotes. Y convida a un grupo de escritores, grandes reos de prisiones frías, o reos de la escritura:

“Francisco de Quevedo, fray Luis de León, fray Servando Teresa de Mier, Federico García Lorca, José Martí, Gérard de Nerval, Paul Verlaine, Guillaume Apollinaire, Albertine Sarrazin, Oscar Wilde, Honoré de Balzac, Miguel Hernández, César Vallejo, Ezra Pound, Ossip Mandelstam… Tantos y tantos. Vamos a necesitar una isla para mantener encerrados a todos, pensé”.

Todos y cada uno denostados y vilipendiados, vidas y obras condenadas al ostracismo. Le siguen, cómo no, dos poemas dedicados a Oscar Wilde y Anna Ajmátova. Sergio se identifica. Sabe de ser transparente, sabe de omisiones, sabe de silencios críticos, sabe cuál es la peor prisión de los poetas: no escuchar pronunciar sus versos más que por la propia voz entre los barrotes, que convierten en celda la cabeza. 

Sergio sabe del exilio interior, y de ser profeta en tierra ajena. Su conversión a místico herético. Y sabe que todo eso es también parte del precio, rasguño y herida con que han de pagar los elegidos. Dedica un canto a otra prisionera más allá de los barrotes; prisionera del momento, de la historia, del pecado: Sor Juana Inés de la Cruz. 

El cuidadoso trabajo del concepto en este segundo cuaderno es realmente magistral. Inicia en una cárcel cualquiera, con la imagen de las manos de un preso puestas por fuera de los barrotes (hablando de ese resquicio de libertad que siempre tiene lugar, aun en las celdas más horribles); luego, en medio de la masa informe de manos gigantes pintadas por Guayasamín, se intercala una imagen desconcertante en “Arte de vida”; poema que dice, recordando aquellas manos primeras: 

“Lo más difícil de domesticar son las manos, dicen los maestros del fingimiento. Teatrales deben ser, pero no demasiado teatrales. Lo más difícil es escribir, digo yo, sobre las manos de Víctor Jara”.

Imagen única, que nos prepara ya para el tercer cuaderno, donde Sergio García Zamora continúa el viaje iniciático hacia la grandeza.

En “Un hombre con un dolor”, el tercer cuaderno, Sergio entra en una dimensión diferente. Se centra en los aspectos de su vulnerabilidad, de su dolor, que si bien otros asumen como pose, él comprende que solo puede hacerlo visible, y a la vez camuflarlo, en lo que escribe. Toca el tema de lo superficial, del juicio abstracto, y de la desvalorización de esa postura que él asume. 

Aquí Sergio trata de ser más visual, y dentro de esas filiaciones o símbolos a los que recurre a lo largo del libro, le toca el turno a los pintores. Pero primero, abre este cuaderno con el poema “Cumpleaños de César Vallejo”. Por el carácter comprometido de su vida y su obra, el escritor peruano es la representación del artista como recipiendario del dolor humano. En un juego infantil, Sergio busca, primero, participar del mundo poético que ha legado Vallejo a muchos poetas latinoamericanos, y segundo, precisar sus inicios desde el punzante ardor de la nostalgia:

“César Vallejo estaba lleno de dolor como una piñata mexicana. Era el cumpleaños doloroso del Hombre, los poetas eran los niños invitados a la fiesta y los niños siempre quieren llevarse un dolor a casa. Las personas mayores velaban que cada poeta agarrara su dolor sin disputarse el dolor ajeno. A mí que todavía soy un niño, me tocó en suerte el dolor de la nostalgia”.

Otro poema dedicado a otra figura del dolor, Frida Kahlo, nos revela cómo ante el dolor provocado por el arrinconamiento social y los gestores de la creación, la respuesta del artista se reduce a escapar y no embestir, a dejarse herir en la esencia de la obra. Con silencios oportunos, el poema parte de un cuadro muy singular de Frida: 

“Cruza el ciervo que eres, alcanzado por nueve flechas. Ni poético ni místico ni profético. Sin la mirada doliente, el ciervo cruza. Su dolor es anterior a los rieles, anterior a los tranvías, anterior al metal perforador de cuerpos, anterior a las salas de operaciones quirúrgicas”.

Un dolor ancestral, el dolor de crear sobre su dolor, anterior a la laceración física: 

“Acaso pudiera devolver sus nueve puntas por sus nueve flechas. Herida por herida y dolor por dolor. Pero su herida es anterior al hombre, su dolor es anterior al hombre. (…). Sin la mirada doliente, cruza el ciervo. Nadie. Solo Frida”.

Después de dedicar poemas al tema de lo superficial, usando a Botero y sus gordos para expresar la ausencia de una forma física en un mundo donde todos son iguales y la gordura no es un mal, Sergio habla de su identidad escondida, oponiendo su deseo a verse como un cuadro de Magritte, donde la ausencia de rostro y la igualdad del vestuario cosifica la masa humana. Habla también con Godot sobre la larga espera de ser reconocido a través de su obra, espera que dedica a la disciplina. 

A continuación viene un poema extraño, “El camionero y yo”, donde el poeta desacredita la fatuidad del juicio a través de un camionero que escucha poemas de Charles Bukowski en la radio. El realismo sucio de una vivencia descarnada convierte al camionero en un lector gustoso, ante la expresión de asombro del alter ego de Sergio, que cruza la duda hasta el final de la escucha: 

“Después pusieron música y el camionero se colocó sus gafas. Estos programas de radio, gruñó, nunca sirven para nada. La primera vez que escuché un poema, un poema de Charles Bukowski, fue mientras viajaba a casa. Un camionero nos puede engañar”.

En “La educación tardía”, cuarto cuaderno del poemario, Sergio centra su acción en esa ambivalencia propia de muchos creadores que no vienen de una familia de creadores y que sin embargo logran forjarse su propio destino. Aquí, en muchos poemas, esa “familia” también se extiende a la acción castrante de la enseñanza. Toca el tema de la incomprensión social, que empieza va desde el desvío familiar de la vocación, hasta la educación artística, señuelo de la sociedad para aplastar cualquier gesto de creatividad disidente, cualquier gesto de emancipación creadora. Y nos habla de la moral y la trascendencia de un artista, del sinsentido que como ruido blanco capta el censor.

Habla, en resumen, de los incomprendidos, que son todos aquellos creadores que van por delante de su tiempo. Yo diría que Sergio García Zamora siente el peso de todos ellos más el suyo propio. Nos va desgranando todo esto a través de insignes desconsolados: Marcel Proust, Remedios Varo, Leonora Carrington, Max Ernest, Marinetti, Caravaggio, los fauvistas con Valaminck a la cabeza, Louis Amstrong, los niños prodigios de la música en un especial encuentro en el cielo: 

“Como Dios también fue un niño prodigio les concedió el privilegio. Entonces los genios declararon lo indecible: jamás se escucharía su música en el paraíso si Dios no les devolvía la infancia que nunca tuvieron”.

Entramos así en el quinto y último cuaderno de Resurrección del cisne: “Las jaurías de la muerte”. El tema de este último cuaderno es la muerte. Pero no la muerte como un proceso de desaparición física, sino algo más trascendente: una muerte en cada creación, silenciosa, tranquila; la muerte como motor de la creación y de la humanización primera, el verbo. La muerte es aquí, para Sergio, consustancial a la creación: muerte de ideas, muerte de estilos, muerte de discurso, muerte del tema, muerte de la vida. La resurrección de lo muerto en la obra. Así lo expresa en “Caballos de Vladimir Visotski”:

“Hubo un tiempo en que nuestra vida parecía depender de estas cosas. Sobre el rescate como sobre la resurrección de los caballos poco o nada se sabe, pero quien logre azuzarlos con vigor en la página, siempre los tendrá de vuelta”.

Habla de la muerte metafórica, como creadora de cosas nuevas, como cambio, como precursora del alma de los nuevos tiempos, sin parricidio artístico:

“Desde su estreno integral en el Teatro Marinski, cuando Petipa e Ivanov alcanzaron la perfección, nadie hubiese esperado un milagro. Algo nuevo se debe hacer, aunque sea siempre la misma función”.

Esto lo dice en “Inicio y cierre de temporada” refiriéndose al estreno de El lago de los cisnes. El cisne, animal emblema en la resurrección que propone, como un gesto de mirar al gran pasado poniendo énfasis en extraer un gran presente. 

En “Eternidad para Vaslav Nijinski”, Sergio hace un canto a la universalidad del arte y el reconocimiento de los artífices del pasado glorioso (aunque doloroso para sus protagonistas). Presenta con fuerza una idea de la reverencia desde un acto iconoclasta de realidad y mejora, de superación de lo que ya, en su perfección, es casi insuperable. Pero es esa la condición del artista, que Sergio García Zamora va desgranando en todo el poemario con la llamada a los grandes héroes artísticos del pasado, al tiempo que levanta con ellos esta obra de extraordinaria calidad poética desde el aquí y el ahora, superando cualquier apego al regionalismo y a la circunstancia.

Y continúa en “Memoria de Isadora Duncan” cerrando esta idea en un bello epitafio:

“Sin embargo, ¿qué puede la Muerte contra Isadora Duncan? ¿Qué puede la Muerte contra una mujer cuando esa mujer es la danza de la vida?”.


IV

Es para mí un hecho, tras revisar este libro desde el placer de la lectura y la anuencia de esbozar un resumen de su significado, que Sergio García Zamora es un acontecimiento poético muy aislado en el discurso poético cubano actual, y una gran celebración para las letras hispanoamericanas. No solo por su monumental coherencia creativa, evidente en Resurrección del cisne, sino porque es un poeta totalmente maduro, limpio de las intempestivas variaciones temáticas locales (ancladas, al menos en el espacio poético al menos, a lo que Virgilio Piñera llamó la maldita circunstancia del agua por todas partes, y todo lo emergente, efímero y coyuntural que de ello se deriva).

Sin evadirse en la poesía, y tocando aspectos de su realidad cotidiana, Sergio es capaz de hacerse oír en cualquier espacio. No evita lo incisivo, lo crítico, la crudeza de la de la vida, pero es capaz de elevarse sobre sus circunstancias y leer, desde la altura de lo universal, los problemas y conflictos del hombre que es, el hombre de su época y de su lugar. No busca la facilidad, y se esfuerza por establecer el diálogo con el lector en clave humanista, desafiliándose de lo contingente. Esa es una de las cualidades que más me asombra de este libro: justo en la ausencia, en la oquedad, en lo vacío, comprendemos ese instante vital que es Sergio García Zamora. 

Da la impresión, de que el poeta se mira en espejo que ha dejado caer y, en los fragmentos, su imagen distorsionada nos conduce por intrincados laberintos emocionales. Pero ese reflejo no es solo su imagen. En un acto de desprendida generosidad, Sergio compone sus poemas ofreciéndonos trozos continuos que nos permiten vernos reflejados.

Resurrección del cisne es una obra de exquisita factura, tanto formal como conceptual. No quiero hacer valoración filológica alguna; creo que la poesía que despierta las emociones en pos de un análisis de tu existencia y del fluir de la vida, ya es de por sí buena poesía, independientemente de cualquier sentencia crítica de corte académico.

En un mundo permeado de emergencias, de egoísmo, de gritos, de recurrencias a lo escatológico y a lo sucio del lenguaje para sobresalir un poco del rebaño, Sergio García Zamora nos desgarra la piel desde un auténtico silencio reflexivo. No busca imponerse, no quiere rechinar o resplandecer encegueciéndonos. Busca, y así lo siento, el espacio más tranquilo y perturbado de nuestra alma para, como un discípulo hacendoso, convidarnos a la ausencia y a la sombra.




Un acercamiento crítico al Miami Daddy - Xalbador García

Un acercamiento crítico al Miami Daddy

Xalbador García

Miami Daddy es una ciudad con alma latina y chichis de silicona. Miami Daddy es la ciudad artificio. Miami Daddy es la imagen Univisión y Telemundo de una realidad más compleja, pero no tan chic ni tan cuqui. Miami Daddy es la zona de Miami donde la superficialidad es el fondo. En Miami Daddy, el reguetón es el himno nacional.


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