Leopoldo Ávila: la doctrina sin cuerpo y sin rostro

¿Quién es Leopoldo Ávila? O, más bien, ¿quién era, quién fue, Leopoldo Ávila? El principal sospechoso, Luis Pavón, murió hace algunos años; el otro, José Antonio Portuondo, lleva más de dos décadas muerto.

Aunque la reseña de El sueño eterno que el terrible seudónimo publicó en enero de 1969 apunta en dirección a Portuondo, que era un gran conocedor del policial norteamericano[1], habría que considerar dos puntos en contra de la hipótesis de su autoría. Primero, Portuondo no era demasiado confrontacional. La diferencia entre las dos ediciones de su Bosquejo histórico de las letras cubanas es reveladora al respecto: la primera, de 1960, culmina con una crítica explícita de Lunes de Revolución, cuyo grupo es tachado de francotirador, iconoclasta e individualista[2]. En la segunda, publicada en 1962, esta crítica ya no se encuentra: desaparecido Lunes…, Portuondo decidió no insistir en la polémica entre los marxistas ortodoxos de Hoy y los “rebeldes” de Revolución[3].

El otro punto es la vinculación personal de Portuondo con dos de los escritores anatematizados por Leopoldo Ávila: Virgilio Piñera y Lino Novás Calvo. La serie de artículos que a fines de 1968 aterrorizó a los escritores cubanos no comienza con “Las respuestas de Caín” (3 de noviembre de 1968), el primero de los recopilados por Lourdes Casal en su libro sobre el caso Padilla[4], sino con una demoledora reseña de Dos viejos pánicos publicada la semana anterior. Justo una obra de Piñera, quien en su primera lectura pública de poesía había sido presentado por Portuondo, cuando ambos eran compañeros de clase en la Facultad de Filosofía y Letras, en el lejano año de 1938[5].

Mucho más estrecha fue la relación con Novás Calvo, que fue cercano amigo de Portuondo hasta que partió al exilio en 1960[6]. Pues bien, Ávila se refiere directamente a él como “gusano” en uno de sus artículos (“Levantarle aquí monumentos a un gusano como Lino Novás Calvo […] sería peregrino”), y, sin mencionarlo, lo alude en otro cuando critica la tendencia a copiar los modelos norteamericanos que tendrían algunos narradores cubanos.

Portuondo, desde luego, pudo haber aprovechado el seudonimato para despotricar a sus anchas contra su viejo amigo exiliado y aquel conocido suyo que a pesar de su inicial adhesión a la Revolución no terminaba de ser auténticamente revolucionario. Pudo haber retomado el espíritu polémico de la primera edición del Bosquejo histórico, al ver que a fines de los sesenta aquellas actitudes vanguardistas asociadas a Ciclón y Lunes de Revolución parecían extenderse por el campo literario cubano. Pero parece que no, que Ávila era Pavón. Si no es que fue más de una persona.

En todo caso, la identidad del seudónimo no es tan importante como su sentido. Para 1968, cuando apareció su firma en las páginas de Verde Olivo, el uso de seudónimos no era muy común en Cuba. En Revolución hubo algunos, y en la propiarevista de las FAR, en 1959, Ernesto Guevara publicó artículos con el seudónimo de “El francotirador”, pero esa práctica había ido cayendo en desuso a lo largo de la década. ¿Por qué Verde Olivo la resucitó entonces?

No se trata, desde luego, de la necesidad de escamotearse para evitar riesgos, como le ocurrió a Cabrera Infante (según él) durante la dictadura de Batista[7]. Leopoldo Ávila es el poder mismo; es por eso que nadie replicó a sus vitriólicos ataques en ninguna de las revistas del país. Si el origen de “Caín” estaba relacionado con la censura (un cuento de Cabrera Infante que contenía malas palabras), este otro seudónimo que es Leopoldo Ávila representa algo muy distinto: eso, inseparable de la adopción oficial del marxismo-leninismo, que se dio en llamar “política cultural”.

La censura tradicional, localizada en la figura más o menos institucionalizada del censor, es propiamente conservadora (una defensa de la moral y las buenas costumbres, de la tradición en última instancia); en Verde Olivo lo que predomina es, en cambio, el mandato de “desenvolvimiento revolucionario” que decía Stalin. El señalamiento de que “Ni siquiera una ráfaga del mundo nuevo entra en el mundo viejo de Piñera” resume las objeciones de Leopoldo Ávila a la obra de teatro de Piñera.

Ávila no quiere ser un autor entre otros, no quiere ni siquiera representar a las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Como el Lenin de “Sobre el significado del materialismo militante” (1922) (“surgen a cada paso las escuelas y las escuelitas, las tendencias y subtendencias filosóficas reaccionarias”), a los cenáculos, los grupos, las corrientes y las modas “extravagantes”, contrapone no otra escuela ni otra tendencia o corporación, sino el pueblo mismo:

“Estos artículos han despertado diferentes reacciones, dentro y fuera de nuestro país. En lo que se refiere a nuestro pueblo, la adhesión es completa. En realidad no hemos dicho nada nuevo: lo que escribimos, desde hace rato lo dice el pueblo cada vez que abre una obra del tipo de las que hemos combatido”, afirma en “El pueblo es el forjador, defensor y sostén de la cultura”. En este artículo, el único que fue reproducido en otras revistas y periódicos del país, ya no se dicen nombres: es el pueblo, anónimo, contra su acechante enemigo, que dentro de poco será bautizado como “diversionismo ideológico”.

No estamos ya, evidentemente, en el espacio “burgués” de confrontación de argumentos entre sujetos. Es siempre un individuo (Cabrera Infante, Padilla, Arrufat, etc.) contra una voz colectiva. Habla el pueblo. ¿Y cómo no coincidir con Él? ¿Cómo intentar refutarlo?

Leopoldo Ávila resulta, desde este ángulo, otro síntoma de esa tendencia a borrar la autoría que caracterizó al dogmatismo de aquellos años; recordemos, por ejemplo, las notas de contraportada de las ediciones cubanas de libros extranjeros, donde la consabida lectura marxista de la literatura moderna, esa que Leopoldo Ávila expresó en su forma más burda, aparecía no como ya una interpretación, sino como un dato, una evidencia cuya objetividad trascendía toda posición subjetiva. O las palabras y pasajes en negrita a lo largo de los tres tomos de la Selección de textos de Marx, Engels y Lenin (Editorial de Ciencias Sociales, 1973), cuyo señalamiento no aparece atribuido a nadie, pues la “Nota introductoria” de ese libro aparece firmada por la “Dirección Política de las FAR”. Todo aquello era la Verdad, no la opinión de ningún autor.

Se conocen bastante los primeros artículos de Leopoldo Ávila: la reseña de Dos viejos pánicos, que hace diez años reproduje en la primera entrega del Archivo de la Revolución en La Habana Elegante, y los artículos recogidos en el mencionado libro de Lourdes Casal. Ahora rescatamos otros que han permanecido olvidados: uno anterior, la reseña de Condenados de Condado, que hasta donde sabemos es el primer escrito firmado por Leopoldo Ávila, y otros posteriores, que muestran la otra cara del temible reseñista, la alternativa que él contraponía a “contrarrevolucionarios, extravagantes y reblandecidos”.

Y no nos extraña que su ideal literario fuera Pablo de la Torriente Brau, pues la revolución del 59, que se vio a sí misma, en la conocida expresión de Raúl Roa, como un “retorno a la alborada”, siempre buscó en la generación del treinta fundamentos, precursores y modelos.

Pero así como no nos sorprende, no dejamos de advertir la paradoja, porque si aquellos héroes de la lucha contra Machado (por pesados que nos puedan parecer después de años de adoctrinamiento en libros de texto y matutinos escolares) son figuras románticas, legendarias, Ávila representa todo lo contrario: el comunismo sin el heroísmo de Mella, de Villena, de Pablo de la Torriente; el comunismo sin gracia y sin estilo.

Si la época de “preconquista”[8] (para decirlo con palabras de Arenas) produjo aquellas vidas ejemplares, que encarnaron una cierta forma de santidad laica en un siglo de profunda crisis de la fe religiosa, el comunismo en el poder, ese que “despliega su medioevo”, lo representa mejor que nadie Leopoldo Ávila: la doctrina sin cuerpo y sin rostro.

Si Guevara, ese otro célebre colaborador de Verde Olivo (que además de fundar la revista, publicó allí sus Pasajes de la guerra revolucionaria), encarna aún el “fuego de la semilla en el surco”, Ávila, el oscuro encargado de la sección “Libros y autores”, anuncia la puesta del sol revolucionario: la Cuba gris de los años setenta.


* Introducción del libro Todos somos uno. Los artículos de Leopoldo Ávila (Editorial Casa Vacía, 2021).




Notas:
[1] José Antonio Portuondo, “En torno a la novela detectivesca”, ensayo escrito en 1946 y posteriormente recogido en Astrolabio, Arte y Literatura, La Habana, 1973.
[2] Lunes… “refleja en sus páginas la explicable confusión de algunos jóvenes en el estreno de su plena libertad de expresión, empeñados unos en hacer de fórmulas surrealistas o abstraccionistas —simples caminos de evasión de vieja raigambre reaccionaria— imposibles instrumentos estéticos del nuevo espíritu revolucionario; enfrascados otros en minúsculas disputas literarias sin trascendencia ninguna”. (José Antonio Portuondo, Bosquejo histórico de las letras cubanas, Ministerio de Educación, Dirección General de Cultura, La Habana, 1960, p. 70).
[3] Sin dejar de señalar su “violencia anárquica” y su insistencia “en la faena destructiva y acerbamente crítica, antes que en la constructiva y organizadora”, Portuondo reconoció que la revista dirigida por Cabrera Infante constituía “la publicación más representativa del período inicial de la Revolución en el terreno estético”. Es evidente que el hecho de haberse escrito este capítulo después del cierre de Lunes…, dando por superada aquella etapa de comprensibles tropiezos y desorientaciones, explica el cambio en el tono de Portuondo, quien afirma en su conclusión: “Los integrantes de las diversas generaciones literarias que coexisten en la isla, superadas todas sus discrepancias ideológicas o estéticas, unen sus esfuerzos en la tarea común de crear una nueva expresión literaria en la patria renacida […]”. (Bosquejo histórico de las letras cubanas, segunda edición aumentada, Editora del Ministerio de Educación, 1962, pp. 76, 79).
[4] Lourdes Casal, El caso Padilla. Literatura y revolución en Cuba. Documentos, Nueva Atlántida, Nueva York, 1971.
[5] José Antonio Portuondo, “El toro de Falaris. El poeta en su universo, aprisionado” (palabras en la presentación del poeta Virgilio Piñera, leídas el 27 de septiembre de 1938), en Lyceum, La Habana, septiembre-diciembre, 1938.
[6] Las cartas de Novás Calvo a Portuondo pueden leerse en Cuestiones privadas. Correspondencia a José Antonio Portuondo, selección y notas de Cira Romero y Marcia Castillo, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2002. Y en Laberinto de fuego. Epistolario de Lino Novás Calvo, recopilación y notas de Cira Romero, Ediciones La Memoria, La Habana, 2008. El ensayo de Portuondo sobre Novás, “Lino Novás Calvo y el cuento hispanoamericano” (Cuadernos americanos, México, septiembre-octubre, 1947), fue excluido de todas las recopilaciones de ensayos de Portuondo que se publicaron en Cuba, hasta que la propia Cira Romero lo recogió hace algunos años en José Antonio Portuondo, Ensayos sobre literatura cubana, Letras Cubanas, 2011.
[7] “Lo que este libro debe al censor”, en Tres Tristes Tigres, Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1990.
[8] “El comunismo ha empezado por donde la iglesia termina. En un principio, no teniendo el poder, desarrolla una “sutil, delicada y amplia” labor humanista. Es la época de la “preconquista”. Época en que se ensalzan las grandes ideas e incluso las grandes obras de arte, época de “holgura filosófica” y comprensión hacia los débiles, o los pobres, o los condenados de la tierra. ¡Ah, cómo se respeta entonces al héroe víctima del enemigo; cómo se respetan (se justifican, incluso) las debilidades, los defectos, de los futuros prosélitos —los futuros esclavos que por esos mismos defectos que los instigaron a la rebeldía y a la lucha serán luego los más terriblemente sometidos, pus entonces entraran a la categoría de traidores! Una vez en el poder, el comunismo tiende a ser menos tolerante que cualquier sistema anterior”. (“Hágase también usted un hombre nuevo” (escrito firmado en 1969), en Necesidad de libertad, Universal, Miami, 2001, p.178).




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