De cuando el crítico se excita escribiendo una reseña de poesía

En un primer nivel básico, de pura perspectiva visual, se encuentran la ranura, la hendija, la hendidura. El ojo y el cuerpo van allí, se aposentan allí, separados (y al mismo tiempo involucrados en lo que sucede) de un acontecer misterioso”.

“Los poemas lustran y fijan, en su mayoría, el contacto terrible y bello con lo impreciso, o acaso con lo que se esconde para que después se revele”.

“Él atraviesa las estaciones del cuerpo, los ciclos del intercambio sensual con los otros, a sabiendas de que al final algo (¿el alma?) podría salvarse”.

“Cuadros que se alejan y se acercan. El muchacho de los sauces, por ejemplo, es una metáfora clásica, o de sabor clásico; podemos verla en libros muy antiguos, en los albores de la poesía occidental, pero también podemos oler al muchacho, sentir la presencia de su languidez, la ligereza de su andar y el peso casi inclemente de su mirada”.

“Por las ranuras del mundo el poeta atisba y alcanza a ser un voyeur del espíritu; cuece su curiosidad, o su hambre de saber, como si fuera imperioso practicar una inquisición desolada, inflexible (por despierta), sin letargos anestésicos, de modo que el resultado se aproxime siquiera a una certeza viva; me refiero a un amor casi dolido, que crece en su propia estupefacción, en su extrañeza, pero que fertiliza lo real de acuerdo con la idea que él tiene de lo real”.

“[El poeta] fija entonces los ojos allí, largamente, hasta arrancar algunos secretos; el objeto se reblandece, se lubrica, acepta la entrada de la metáfora como en una posesión muy intensa”.

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Texto perteneciente al libro Retrato de crítico con espejo roto (Hypermedia, 2018).

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