Con perdón de Pinochet

Tan pronto como le dieron el Premio Nacional de Literatura en Chile, mientras en Bolivia un agente de la CIA cubano mataba al argentino Ernesto Guevara El Che, el poeta Pablo de Rokha se pegó un tiro en la boca. Pum.

Rokha era uno de los cuatro grandes chilenos, junto con la Mistral, el Neruda y el Huidobro. Y el parricida Parra que se ponga en la cola, por favor, que aquí no hay prisa para la anti-poesía: aunque, en realidad, el Nicolás chileno no tuvo que esperar casi nada, pues le dieron el premiecito también, tan pronto como Pablo de Rokha abrió su boca septuagenaria y se suicidó. Pum, pum.

En su “Canto del macho anciano”, de su libro Acero de invierno, escrito en 1961 a los 66 años, leemos a un Pablo de Rokha (que no se llamaba evangélicamente Pablo de Rokha sino jesuíticamente Carlos Ignacio Díaz Loyola) de palabrería patética hasta los tuétanos: un hombre hecho leña que nos habla desde la decadencia y acaso la depresión de su cuerpo humano, y desde la debacle de su biografía ya sin familiares, pues para entonces todos se le han muerto o se le van a morir muy pronto al pobre poeta.

“Sentado a la sombra inmortal de un sepulcro”, el chileno nos anuncia que ya “escarbo los últimos atardeceres” y “escucho el regimiento de esqueletos del gran crepúsculo”, “como quien arroja un libro de botellas tristes a la Mar-Océano” o “una enorme piedra de humo echando sin embargo espanto a los acantilados de la historia”. 

Para Rokha “ya todo es inútil”, pues “ha llegado la hora vestida de pánico en la cual todas las vidas carecen de sentido, carecen de destino”, y así él cae al cabo en la cuenta de que “un mito enorme, equivocado, rupestre, de rumiante, fue el existir”.

Rokha se da ya por un cadáver chileno, un varón sin patria al que para colmo hasta le “fallan las glándulas”: “Sabemos que podemos escalar todas las montañas de la literatura como en la juventud heroica, que nos aguanta el ánimo, el coraje suicida de los temerarios, y, sin embargo, yo, definitivamente viudo, definitivamente solo, definitivamente viejo”, como un “muerto andando” y “apuñalado de padecimientos, ejecutando la hazaña desesperada de sobrepujarme, el autorretrato de todo lo heroico de la sociedad” mientras “la naturaleza me abruma”. 

El macho anciano Pablo de Rokha declara entonces ser un “fuego rugiendo sueño de sombra hecho sombra, lo sombrío definitivo y un ataúd que anda llorando sombra sobre sombra”.

Sí, poeta, “es terrible el seguirse a sí mismo cuando lo hicimos todo, lo quisimos todo, lo pudimos todo y se nos quebraron las manos”. Por eso eres hermoso “infinitamente cansado, desengañado, errado, con la sensación categórica de haberme equivocado en lo ejecutado o desperdiciado o abandonado o atropellado al avatar del destino en la inutilidad de existir y su gran carrera despedazada”.

Por eso los cubanos comprendemos, también, el eclipse de ese verso travestido de verde oliva donde “comprendo y admiro a los líderes”, porque a esas alturas de la historia tú eras en verdad “el coordinador de la angustia del universo, el suicida que apostó su destino a la baraja de la expresionalidad y lo ganó perdiendo el derecho a perderlo”: eras “ya nada ahora más que un león herido y mordido de cóndores”, con tu tufo terminal oloroso “a lo chileno postpretérito o como ruinoso y relampagueante”.

Pero, coño, pobre poeta, por favor, lo cubano postpretérito o como ruinoso no tenía en 1961 tampoco nada de fértil ni de futuro. Lo cubano era ya un mojón de muerte en las andas de tu bien amada Revolución castrista, y un libro como Acero de invierno no tenía por qué complicarse el culo con cuestiones de cubanía continental.

Rokha, entérate a tiempo, acaso antes de suicidarte por segunda vez, que tu “gran espada roja con la cual escribir la revolución proletaria” no era sino la misma mierda de espada de todos los dictadores habidos y por haber en la historia de la humanidad. Entérate de una vez que no hay revolución que sea revolucionaria, excepto en la retórica ridícula de los poetas premiados. 

Y, por favor, sin que nadie se me ofenda hoy en Chile, pero “la estampa continental del Fidel Castro universal de Cuba”, sí, esa misma imagen “en la cual ya expresa Latinoamérica aquella combatividad indo-hispana de vértice”, compañeros y compañeras, ésa se la pueden meter versolibrísticamente los chilenos por el ojo tupamaru de sus mapudungunas nalgas.

Lo peor, Pablo, es esa “Oda a Cuba” tuya, risible Rokha, la “pequeña isla inmensa” como “un terrón de azúcar colosal, rodeado de pirañas y tiburones que babean la lengua de Shakespeare”, haciendo la, según tú, tan sacrosanta “Revolución Popular ʻacusadaʼ de comunismo”. Acusada no, coño: comunista sin comillas, en secreto primero y ya luego comunista a la cañona, cuando no le bastó a Fidel, que según tú es la “patria del alma americana”, con meternos la puntica de su fusil fálico y se decidió a clavarnos (a nosotros, los “nacifascistas con complejo de asesinato”, los “vampiros enfurecidos de Yanquilandia”, los “rufianes y caínes”, los “fariseos y anticristos”, los “ladrones y peleles”, en fin, los “gusanos acuartelados”: de corazón, ¡muchas gracias!) y reclavarnos de por vida a cal y castro con tus “ametralladoras cuadradas, democráticas” y con tu tonta “cohetería de la URSS” tendiendo “su pabellón de paz desde todo lo hondo de lo cósmico”.

Yo te diría hoy, papi, desde todo lo hondo de lo cómico, y por supuesto, también de lo conchatumadre, weón, ¡que te hubieras suicidado mejor antes de hacerte el poeta, po!

Ah, pero Pablo de Rokha no fue el primero ni sería el último de los chilenitos en someterse a la plaga poética del cantor de la revolución. Allá fueron todos, silviorrodríguicos, como mapuches que se matan, a babearse ante la barbarie benéfica del mayoral blanco continental de Santiago de La Habana. Échense esto, lectores del siglo XXI, porque nadie debe morirse sin antes haber leído este crimen de lesa chilenidad:

Mirábamos tu rostro como nuestra Cordillera.
Mirábamos tus pies como nuestro Mar Pacífico.
No había nadie entre nosotros.
Estabas tú, Fidel.

(“El reparto de la tierra”, Efraín Barquero)

Habla Fidel, y su palabra arrasa
con el pasado; hacia el futuro canta
toda la tierra, y el honor levanta
su puño redentor como una brasa.

(“Soneto a Fidel”, Juvencio Valle)

Por eso te juramos, Fidel, estrella fiel,
que ya vamos subiendo, subiendo, noche arriba.

(“Juramento a Fidel”, Gonzalo Rojas)

Fidel, Fidel, los pueblos te agradecen,
palabras en acción y hechos que cantan,
por eso desde lejos te he traído
una copa del vino de mi patria:
es la sangre de un pueblo subterráneo
que llega de la sombra a tu garganta.

(“A Fidel Castro”, Pablo Neruda)

Un huracán de abanicos de brazos agitando armas.
Y allá,
en la cúspide
crece un duro fruto:
FIDEL
se llama.

(“La cosecha”, Rodrigo Maturana)

Pero había un Hombre, había
un hombre en la Sierra, geológico, planetario, justo,
“Patria o Muerte, Patria o Muerte, Patria
o Muerte”, clamaba, gigantesco toro. Una
barba tenía,
una barba de macho navegado en tormentas.

(“Un bastión de piedra para Cuba”, Mahfud Massís)

A ti, Fidel, ante el que el yanqui tiembla,
tiritando sentado en sus cañones,
a ti, nuevo Sandino, se te entregan
aún antes de nacer los corazones.
A ti, Fidel, que desparramas fértiles
los pelos de tu barba por América,
cual ríos caudalosos renovando
en un nuevo torrente la epopeya.

(“Presente para Cuba”, Raúl Mellado)

Pablo de Rokha se quedó chiquito. Su ominosa “Oda a Cuba” ahora de pronto me resulta casi contrarrevolucionaria ante tanta abyección chilena. No me había dado cuenta hasta ahora, pero, puesto en su contexto, su “Oda a Cuba” casi me parece un poema a la transición democrática, vaya, al plebiscito cubano que nunca fue, y, de paso, una oda a la alegría que ya venía pero que por el camino alguien nos la despingó. Uh ah, Fidel no se va…

Te pido perdón, suicida de los sesenta. No fue culpa tuya, mi amor: fue culpa de la cultura, esa mala hembra histórica y dialéctica-materialista como conchatumadre, weona. Y te diría todavía un poquito más, acaso como impotable posdata: la poesía castrista chilena se merecía a un crítico literario castrense tipo Pinochet.

Pum, pum, pum.

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