París no me importa ni pinga

París

París no es lo que memoricé del mapa de Rayuela cuando me excitaba enormemente la literatura. Me sacudo esas alusiones mentales a Víctor Hugo y aquellas escapadas del Rimbaud adolescente a la capital de Francia; sobre todo, del boleto que Paul Verlaine le enviara al joven sin saber que se estaba condenando a sí mismo. Me quito el París intocable y masturbatorio de una película inmemorable.

Estoy en París. Severo Sarduy me revela estampas, me sutura la ceja partida y me muestra el émbolo con figurines. Camino con Sarduy dando alaridos y somos nuestros únicos interlocutores en el teatrín de balcones que lucen estas calles.

Me agacho. Orino. Profanar una ciudad es necesario para que tu inmortalidad y la de ella puedan sopesar la “pureza” de la Unión Europea. Puro decadentismo estos desechos, materia interior, concentrado vitamínico que va a parar al mismo lugar en el que circulan las ratas. 

Reconozco casi todos los símbolos de la ciudad, y si la ciudad no quiere reconocerme, la debo marcar para que recupere la memoria. Mi huella, mi protesta silenciosa, es este orine concentrado que resulta de la excitación olvidada a los 19 años, aquella edad en la que me pregunté en un diario sexual: ¿por qué no fui yo una señorita del XIX que estudió pintura en París?

Más tarde, sola, delante de una pantalla, hablaré de París como si me adoptara, como si nuestra historia en común fuera limpia, pero el pudor no se desliza por mi clítoris como un merlot “en oferta” o una cerveza IPA; puedo hablar de esta ciudad y del ritual que me invento con la uretra y con esas voces literarias y amatorias que me dan la bienvenida.

No voy a seguir por ahí…

Al llegar a París sentí que el metro me acogía, que los rostros ajenos me miraban de soslayo y que todos los inmigrantes, los refugiados e indocumentados pisoteados por la Unión Europea y maldecidos por el mar y las fronteras, entendían que mi amor por la humanidad estaba embarrado por el repudio y la tristeza.

Pertenezco a la misma especie cruel y despiadada. Los hombres son la plaga de la naturaleza, aprendí en mi colonia de ideas moribundas y en las noticias sobre la extinción.

Es decir: bajándome del avión fui directo al metro, que estuvo detenido una hora. El estancamiento me dio tiempo para escribir la historia de cada pasajero: la historia natural de los mortales que nacimos con un mal karma y venimos a parar a las vías de un tren que se detiene sin razón aparente.

Para reflexionar sobre cómo los individuos escapamos de nuestra mortalidad y nuestra inclinación por la destrucción, me basta poner los pies en cualquier lugar y mirar a los ojos de alguien. Los oprimidos, los afligidos, los asesinados, los explotados y yo, que coincidimos en el metro de París, nos fundimos en idénticas ganas de mear, las historias que leo en sus ojos son el eco de una fundidera mortal.

No me dan la bienvenida los símbolos de una ciudad: me la dan sus bestias; yo también seré, momentáneamente, una tupición en la Unión Europea. 

Tengo los días contados y viajo con la ilusión de la excursión. Me da pánico que la policía venga por mí, que se me pierda el pasaporte, que no me dejen subirme a un vuelo, que me retengan en el aeropuerto: miedos que desconocen los privilegiados que gozan de tarjeta de crédito. Cuando una es la causa de una tupidera, la verdad es que nada te da la bienvenida.

Lo que poseen de ti las ciudades no es tu angustia; lo que una ciudad extranjera consume no es tu dinero o tus calorías o tu mandíbula exhausta por la abrumadora belleza: lo que prefiere chuparte es el cansancio, la quietud, el miedo y, en suma, lo que conservas vivo del deseo. 

Una vez que pierdes el deseo, el poder saca cuentas: es fácil pisotear a una insignificante y vandálica extranjera que no tiene dinero y que quiere expulsar su orine como acto simbólico de rebeldía.

He aquí que está todo dispuesto entre París y yo; soy un punto siguiendo rutas para no perderme en el metro, soy otra erotizada por las paredes, los balcones, la Torre Eiffel, el primer cuadro de Van Gogh… ¿Podría deslizar esa paulatina conmiseración por los símbolos y tener un romance con esta ciudad menos tieso o menos de blog turístico del tipo spam?

Me desgasto en la comprensión de la belleza; es cierto, mientras algunos duermen en la calle y otros luchan por sus derechos hasta la muerte, yo estaba cuestionándome, en el instante de disturbio público, por qué todo me parecía deslumbrante. 

Quizás porque una ha crecido también con ese control omnisciente que la felicidad ha empleado para aletargar la lucha: cambias una vida de desgaste por un instante de felicidad; cambias una vida sin dinero por un café de siete euros.

No soy la indicada para pasarle la lengua al suelo, ahogarme en el Sena, pedirle a alguien que me tome una foto, ser aplastada por cientos de chinos. No existo. La realidad es que soy un fantasma. Y todos los fantasmas son alegorías de la inmortalidad de una ciudad. 

París me habla. La Habana no necesita hablarme. Hoy será el último día que estar aquí me hace merecedora de algo: aullido de turista, eso, un líquido opaco en una ciudad luminosa. Soy un acontecimiento escurridizo que se lamenta demasiado por no poder cambiar las cosas y no merece el baluarte de “lo feliz”. 

El poder toma mi miedo por los mítines y me domestica. Es tarde, camino con la vejiga inflamada, París y La Habana me hacen infelices.

Por suerte mi novia piensa diferente, capta la belleza de la inmortalidad en los detalles. Transito entre el eufemismo de intentar masturbarme todo el tiempo y la ilusión inmaterial de pagar un bocado de comida. Es una suerte que ella me bese, y que insista en que ejercite el cuerpo con largas caminatas.

Han dicho que esta es la ciudad del amor, y debe ser verdad, porque nunca antes miré a Joanna y percibí que sus ojos decían algo que excede a las ciudades encumbradas y a las voces de mis muertos. Ha de ser algo específico de este lugar. Bordeando Notre Dame en un barco, aparecen esas esferas lujuriosas mirándolo todo y mirándome a través de una selfie

Sus ojos; por primera vez quiero estar en sus ojos para amar a través de sus ojos lo que esta ciudad quiere venderme como amor y lo que yo vengo aquí a exportar como orina neobarroca y enrojecida por un vino barato. Quiero legar con mis fluidos lo que me provoca este amor tercermundista que corre e instala en Montmarte el nombre mío y el de Joanna.

Mi novia y yo vamos a la exposición de Francis Bacon en el Centro Pompidou. La deformación y la angustia del mundo me son reveladas en cada lienzo. Joanna observa un tríptico, la puesta en escena de una habitación cualquiera de hotel que ahora semeja el final de una historia (si es que las historias tienen finales). Me quedo paralizada ante los amantes en el tercer acto de una tragedia; es el momento exacto en que Bacon me muerde el oído derecho. 

Me mata el modo en el que la exposición me habla. No dice nada de París, sino de la peste. Cada autorretrato contagia, conviviría perfectamente con las ratas, conservaría el furor de los chalecos amarillos que se meten al metro y de los gases lacrimógenos que nos echan en los ojos. 

La deformación de los autorretratos es semejante a la deformación del paisaje después de los gases lacrimógenos. Todo lo que me dice es furia, precipicios de un subconsciente atormentado.

Miro los cuadros de Bacon con los ojos manchados. Los ojos de Joanna están intactos, es el amor lo que la protege en este viaje imposible. Me permito ser feliz a través de ella, quizás sea eso el amor en París: huir de la peste en los ojos de alguien que no se puede enfermar.

Una vez escuché que si algún día te enfermas de conjuntivitis debes poner en tus ojos el orine de la mañana; si tienes hongos en los pies, debes orinar sobre ellos al despertar. Recordé esta medicina natural de la escatología en París, mirando la habitación enferma de Bacon. 

Nunca entendí la relación entre la inmortalidad de Bacon y lo incurable. 


París

Madame Arthur

Entramos al otro salón del cabaret; la bella Poli, nuestra amiga, nos ha traído al Madame Arthur y podremos disfrutar de dos espectáculos que están a la altura de la ciudad.

Entre la audiencia está sentada Orlan. Pueden googlearla, es ella, estoy segura de que es ella porque es inconfundible (alguien me dijo una vez que el secreto del arte es volverse inconfundible; no dijo auténtico, sino inconfundible). 

Orlan está sentada en la mejor mesa del local. Lo primero que hace es levantarse, subir al pequeño escenario del espectáculo que debe empezar a las 11 p.m., buscar algo…

Lo que intenta localizar Orlan es un un enchufe eléctrico. El celular de Orlan se descarga y se moja como los demás. Cuando finalmente encuentra dónde cargar su smartphone, se para ante el micrófono y nos saluda.

Yo me dije: quiero conocer a esta loca, quiero hacerle una reverencia.

Y el show, parisino, como el cabaret que uno ha imaginado toda la vida, es un lugar de fiebre y libertades sexuales. Pero yo no alcanzo a concentrarme en el espectáculo. Por dos razones.

Primero: no puedo dejar de mirar al más andrógino y joven del show, que me desprecia con su boca semiabierta y su estilo de ninfa. Al ninfa le toca la mejor parte, es el más joven, está lejos de la decadencia y debe haberse formado como bailarín clásico: danza como si despertara a una deidad profana que exige ser penetrada. Al ninfa le quiero decir cosas al oído.

Segundo: Orlan toma copas de vino y le susurra, en francés, diversas críticas sobre el espectáculo a la mujer que está sentada a su lado. A veces voltea, a veces también mira fijo al joven ninfa, y yo estoy ahí para hacerle un par de preguntas sobre su trabajo performático. En serio. Tengo que interrogar a este ícono del arte contemporáneo. 

Orlan se levanta y va al baño.

Yo voy detrás.

Estamos en la fila.

No me mira, al principio no me mira.

Voy vestida con un pijama; eso es lo suficiente llamativo como para que se percate de que estoy detrás suyo y que lequiero reverenciar con una preguntica diletante.

Orlan me mira.

My name is Martha, everybody calls me Martica Minipunto, I´m from Cuba, the caribbean island”.

Suena patético, sí. Suena patético ahora, en ese momento sonaba rítmico y espontáneo. No hay nada mejor que decir que una viene de Cuba para que la gente muestre cierto interés. Lo aprendí ayer mismo.

Orlan sonríe.

Es una mueca mecánica que le regala a todo el mundo. Me pasa su tarjeta. Me toca la cabeza. Entra al baño.

Me quedo sin ideas. Justo al fondo, recostado al piano, el ninfa y un marinero se besan. Menos mal que llevo popper en el bolsillo del abrigo, será el impulso exacto para asaltar a Orlan y para olvidar la traición del ninfa.

Inhalo. Inhalo otra vez. El corazón y la sangre tardan unas milésimas de segundo en activar otro estado, que llega, que dura lo justo: estoy lista para hacerle una pregunta a la Madame.

Orlan no sale. Al ninfa le gusta que el marinero sea un macho fucker duro. Pasan unos minutos, Orlan no sale. Se me va la taquicardia, el efecto libertario. No sale. Debo volver a mi lugar. 

Orlan no vuelve. No regresa a su silla. ¿Dónde está con sus cirugías? ¿Dónde está el símbolo de la maquiavélica idea de belleza que ha dignificado la Historia del Arte? ¿Dónde se metió Madame Orlan? 

Si yo quiero ser transhumana es por ti, Orlan

Si yo quiero tener otro rostro es por ti, Orlan. 

Me confundo entre la gente.

Orlan aparece más tarde en el salón de la discoteca. Música francófona. Bailes francófonos. Me mira sin disimulo. No es difícil contonearse llamativamente.

He dicho que voy vestida con un pijama y un abrigo mostaza. Es un pijama lindo, que está en el límite de la pobreza y el buen gusto. He dicho que Poli y Joanna son hermosas y que van mejor vestidas; me han preguntado varias veces si pretendo vaciar el popper en una noche, parece que esta mierda es adictiva y que durará lo que dura el show

Orlan sabe que yo sé quién es, y eso no es aburrido. Cuando se coquetea con la inmortalidad usando cirugías, cuando se experimenta con la propia carne para dar una respuesta a la gran pregunta sobre los límites de la belleza y el arte, una cubanita mal vestida y sin dinero en Madame Arthur puede ser una especie de intrigante materia para un estudio poético. 

Exagero, como siempre. Orlan me mira. Eso sí está pasando: me mira fijo. Claro que me mira.

Vamos al área de fumadores. Qué asco, Madame Arthur es ahora un antro de carcajadas y enamorados borrachos y turistas gritones que creen aprender de París con esta música ochentera, con esta cochambre afrancesada que, por otra parte, tiene más clase que cualquier hotel cinco estrellas cochino de esos que inauguran en La Habana. 

Orlan no me sigue con la vista. Orlan no está aquí. Aquí solo hay humo de cigarro y un vaso desechable, vulgar y antiparisino, que indica que mi cerveza ha terminado y que no voy a ser candidata para una residencia en el Palais de Tokyo o para una clase de arte contemporáneo con Orlan.

Yo aparento bailar, pero en realidad quiero formular una buena pregunta en inglés para Orlan, una pregunta definitoria. Abro la botella de popper, la droga gay, me meto un buche a pesar de que hace unos minutos leí en Internet que un joven había muerto por ingerirla. 

Joanna y Poli se alejan con el ninfa y el marinero. Me dejan ahí, lista para un show invisible en nombre de todas las putas excéntricas del arte contemporáneo capaces de rajarse la cara, coserse el himen o rajarse el vientre, todo por no tener que tropezarse nunca más con una mujer que usa pijama y consume drogas mediocres con resultados mediocres. 

Me confundo con los otros fumadores del local. Van a cerrar.


París

La Habana

Dice mi mamá que París es demasiado hermosa. Dice mi mamá que su sueño sería viajar a París. 

Una vez mandé un ensayo al concurso Víctor Hugo para ganarme el primer premio y llevar a mi mamá a París. Me gané una mención y dos libros. Creo que me gané un disco duro y una edición bilingüe de Las criadas, de Jean Genet. Quizás fue un diploma. El ensayo se titulaba “El poeta y el retrato decadente de París”.

Dice mi mamá que ella se acuerda de la obra que hicimos Rogelio Orizondo y yo. En El poeta azul, yo deseaba ir a París. Nosotros pretendíamos que en ese proceso Julián del Casal hablara a través de nuestro dolor, Gustave Moreau balbuceara a través de nuestro dolor, y sin darnos cuenta, el epistolario de Juana Borrero nos embrujó. 

Orizondo pensó que sería un performance sobre los diálogos a destiempo con un poeta y un maestro, sobre la imposibilidad de ir a París, sobre la enfermedad y el amor. En escena actuaban adolescentes violinistas y amantes, y estaba Miguel Alejandro Machado, el pintor. Rogelio sabía que en esa escena actuaba nuestro fracaso.

Leímos la correspondencia de Juana Borrero porque deseábamos hablar del fracaso teatral tan grande que guardábamos entre las piernas. Ese fracaso que la Borrero nos olió y nos puso a brillar en los ojos.

Después de El poeta azul, París está más cerca de mi idea de poesía que de mi idea de rebelión, como está más cerca de mi idea de amor fallido que de mi idea pueril de dedicarme a cualquier otra cosa, como Rimbaud. 

Joanna y yo no tuvimos tiempo de ir a la tumba de Cortázar o de visitar la Casa Museo de Gustave Moreau; pero nos enamoramos otra vez. 

París no te quiere. París no quiere a nadie. Dice mi mamá que nadie quiere a nadie, se acabó el querer. 

En París, una se aferra al urbanismo trascendental, la ilusión vanguardista y cosmopolita que podría ocupar, filosóficamente, el bandolín de los carruseles y los cafés. 

A mí no me importa París, no me importa ni pinga aferrarme a lo bello que no se puede negar de París. 

Me importa La Habana. Me importa Cuba. Me importa la vida de la gente en Cuba. Me importan mis muertos en Cuba

Me importa que en Cuba, cuando una guagua se detiene una hora, nos miramos a los ojos y no nos inventamos una historia, porque nos conocemos de sobra esa historia. 

Dice mi mamá que en Cuba la gente no quiere perder la ilusión, y que a ella no le gusta esa palabra porque no entiende si es algo concreto o algo abstracto.

Estoy triste. París también es triste y mi tristeza no es económica, sino patológica.

De donde vengo, la tristeza es un aneurisma: la felicidad bien podrían ser los sucesos de Cuatro Caminos o los fuegos artificiales o las lucecitas que venden para lanzar al aire en la Plaza Vieja. Al hablar con mi mamá, interpreto estos hechos como una ilusión vulnerable construida con migajas. 

La Habana no me quiere. Cuba no me quiere. Supongo que porque no tengo dignidad para merecerla y porque no he visto las luces que Italia pagó en la avenida Galiano.

Dice mi mamá que las luces están bonitas y que compró un merlot bien barato para fin de año. Le respondo que son baratijas, las luces son baratijas. 

Mi mamá cambia su criterio de súbito, es inconsecuente como cualquier madre: “Son desagradables, Malú”, me dice, “las lucecitas son desagradables”.

El siguiente texto lo pronunciaba yo en El poeta azul. Pude incluir un fragmento que enunciaba mientras comía y escupía remolacha, manchándome el kimono de sangre, pero prefiero este otro. Entonces no pensaba que, dos años después, visitaría París. 

La Habana no nos quiere, Rogelio. Qué claro estabas tú, cuando en tus dos días en París te compraste ropa en Zara y te dedicaste a escribirme una postal. 

La Habana necesita montarnos en una guagua, dejarnos ahí durante una hora y estar en silencio. 

Dice mi mamá que en La Habana hay cualquier cosa menos amor, y que todavía no están haciendo rebajas por fin de año. 

La Habana quiere estar en silencio, como los ojos de Joanna, las únicas luces que vi en París. 

Lo primero que hago en el Aeropuerto Internacional José Martí es orinarme en los pantalones.


La alondra y la rosa

—Ando despreciando a los que hablan mal de este proyecto—
 
Yo quiero ir a París
La boca hincada
Dentro del estómago
En la garganta           
Mi juventud, herida ya de muerte
La sangre humeando desde mi cabeza hasta mi sexo
Un barco zarpando
Dentro de mí
Moribundo
Podrido
La alondra viviendo junto al tigre
La rosa viviendo junto al cerdo
La mesa servida
Y el dinero para el viaje
Un viaje desde mis arterias hasta la capital
Bombeándose y ahogándose en el palacio hebreo
Se necesita toda la sangre para hacer este viaje
Quiero sentarme en la mesa con usted
Quiero morir delante de usted
Quiero que usted bañe mi cadáver de 30 años y borre los restos de sangre
Quiero que usted bañe mi cadáver de 18 años y borre los restos de sangre
Nadie le habló antes de mí
Nadie le habló antes de mi enfermedad
Polvo y moscas
Quiero sangrar eternamente delante de ustedes
Quiero sangrar en el palacio hebreo
Quiero sangrar en el Paseo del Prado
Quiero sangrar en La Habana Elegante
Quiero sangrar en Cuba
Quiero sangrar en Cayo Hueso
Quiero sangrar en París
Quiero sangrar en París
Quiero sangrar en París
Estoy enfermo
Estoy enferma
Quiero sangrar hasta morir 
Estoy muerto
Estoy muerta
Dentro de mí hay un Edén
Estoy hambriento
Estoy hambrienta
Y usted no quiere enviarme el retrato
No quiso enviarme el retrato
Por no oírme gemir, como ahora gimo,
Por no verme llorar, como ahora lloro.
¿Cuándo querrá el destino que yo pueda en mi camino reposar?
Yo quiero ir a París
En París no tendré un cuerpo miserable
Sin sexo
Sin alma
En París podré mirar a Cuba sin ver toda la sangre infecta de sus corales, de sus conchas, de sus caracoles
En París podré mirar a Cuba sin ver la podredumbre y los gusanos
En París podré amar a un pintor de lienzos inmortales que no conocerá a Cuba
Estoy podrido
Estoy podrida
Y la boca sangrante
Y el alma sangrante
¿Cuándo querrá el destino que yo pueda en mi camino reposar?
La alondra viviendo junto al tigre
La rosa viviendo junto al cerdo
Estoy enfermo
Estoy enferma
Nací en Cuba
Morí en Cuba
Nací y morí en mi eternal pobreza.




Mi abuelo combatiente y bocarriba

Mi abuelo combatiente y bocarriba

Martica Minipunto

¿Cómo se las arregla la gente en Cuba para dignificar un cuerpo que va depauperándose? ¿Cómo disponemos cómodamente el mundo para la enfermedad, el envejecimiento y la extinción? ¿Hubiera sido capaz de filmar a mi abuelo mientras se deterioraba?


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