Gramática del repudio

“El poder solo es realidad donde palabra y acto no se han separado, donde las palabras no están vacías y los hechos no son brutales, donde las palabras no se emplean para velar intenciones sino para descubrir realidades, y los actos no se usan para violar y destruir sino para establecer relaciones y crear nuevas realidades”.
Hanna Arendt, La condición humana.


No consigo ver videos de “actos de repudio” sin sentir rabia por estar ante un “pueblo” que usa la violencia fanática para deslegitimar a un individuo. La reacción se sitúa ante la “desestabilización” que encarna, por ejemplo, un joven con un cartel en el Parque Central.

Aquello que moviliza a los que acuden a los “actos de repudio” son las expresiones de un odio sistemático injustificable. La experiencia histórica y política nos advierte del comportamiento impune del “pueblo revolucionario”. No hay espontaneidad, sino represalia, juicio bochornoso y castigo.

El comportamiento desenfrenado del pueblo en los “actos de repudio” no es exclusivo de las imágenes de la Cuba actual: hace pocos días vi la documentación de una manifestación de cubanos en Miami en la que se operaba con igual virtuosismo cederista. Hablaríamos entonces de un furor cuya verdad es la dialéctica o didáctica del terror.

La difamación es una de las estratagemas de la procacidad operante en los medios de difusión masiva y las redes sociales; una política de la enemistad que, en el territorio nacional, proviene de una respuesta moral a favor o en contra de los monopolios de la decisión política. El repudio se presenta como forma de represalia a favor de una “soberanía”. Las expresiones verbales de odio se maquillan de “pueblo enardecido”; lo siniestro de los predicadores es la posición de poder que presumen: ellos no parecen desequilibrar el orden público.

A pesar de la rabia, intento aproximarme al fenómeno. La aproximación tendría otros matices si buscara orígenes en la historia universal, o si escarbara en la historia del país, especialmente en la década del ochenta. Por ahora, estas son solo unas ideas en torno a los hechos, documentados de manera alternativa en los videos que circulan en redes sociales.

El 27 de noviembre participamos en una manifestación pacífica signada por la coincidencia de “singularidades que actúan concertadamente en la esfera pública” (Paolo Virno). En esa comunidad percibí una forma no instrumentalizada de participación política, una “multitud” marcada por la osadía y la necesidad de diálogo.

En su introducción a Gramática de las multitudes, Paolo Virno nos da las claves para una diferenciación conceptual de la multitud y el pueblo desde la filosofía política. De la multitud: el carácter plural; del pueblo: la definición de unidad estatal.

La multitud fue vigilia de luz en el Malecón y lectura de poesía en la Avenida de Paula, mientras los huelguistas del Movimiento San Isidro (MSI) se encontraban acuartelados en Damas 955. El desalojo, la noche del 26 de noviembre, confería razón a la solidaridad de ciudadanos: artistas e intelectuales, principalmente.

Ahora recuerdo al hombre del pulóver naranja a las puertas del MINCULT: a la pregunta “¿Quién eres?”, respondió con un rotundo “Yo soy el pueblo”, lo cual revelaba el nivel de cinismo de aquel infiltrado entre los participantes autónomos del 27N. El hombre se te acercaba pidiendo un papelito y poniéndote el celular en la cara. Él, y los setecientos fantasmas que aguardaban en Paseo, personas sin rostro, al acecho, eran también el vago tamiz de un pueblo.

Por estos días, pasé de la esperanza de un diálogo a la frustración. Me habitaba el miedo; a mi alrededor preponderaba el desembarazarse, el silencio en defensa propia o la negación. La comunidad internacional de cubanos vislumbraba mucho más, se unían, y también el miedo o el desasosiego se convertían en una fuerza para muchos cubanos aquí.

Trato de reordenar el aliento vivo y las angustias que producen estos días. El MSI y algunos de los participantes del 27N continúan bajo vigilancia policial, privados de sus derechos fundamentales. Es decir, hay un estado primitivo de turbación al que se superpone la narrativa de los medios nacionales acerca de presiones del gobierno de Estados Unidos y la evidencia de un hostigamiento que coarta la libertad de los protagonistas de estos hechos en la isla, personas queridas y admiradas por mí.

En lo personal, ni quiero intervención estadounidense ni aplaudo ningún tipo de violencia militar y patriarcal. Advierto un vaho capitalista y neoliberal en toda posibilidad de futuro, tanto que es inevitable no asquearme cuando alguien declara que la única solución es que vengan los americanos, y no asustarme cuando la respuesta a todos los problemas de este país se resuelve con el esquema del imperio.

El bloqueo económico es real: que cese, pero que también cesen las transmisiones del bloqueo de Parque Jurásico nacional, por favor.

Ayer una amiga me contó su diálogo con el chofer de una guagua. Él decía que había que cuidarse de los terroristas que rompían cristales de las tiendas; ella le preguntó su opinión sobre las tiendas en MLC; su pregunta no cuestionaba un asunto de seguridad nacional, pero cuando mi amiga se bajó en su parada, el hombre le gritó: “Si no te gusta, vete pa’ San Isidro”.

Guiada por esta escena, como zona temporalmente autónoma, el MSI se convierte en un agenciamiento externo al territorio del chofer, un ciudadano que crea una interpretación burda de La República de Platón. Para el conductor, la pregunta ingenua de mi amiga indicaba que ella debía ser desterrada, que había cruzado los límites, por lo que su cuestionamiento le afiliaba al San Isidro símbolo.

Puede pasar como un suceso simple; pero representa muy bien cuáles son los niveles sensibles y civiles en los que, a golpe de ignorancia, se suceden algunos debates políticos en este país. Encuentro ahí la contradicción y la confusión sistémica, la imbricación de muchas tramas y verdades individuales; veo también la sospecha y la ubicación de ese San Isidro anárquico en el imaginario popular .

El trabajador público está pendiente de la saga televisiva que le presenta a los aliados y a quienes integran el grupo heterogéneo del MSI. Mi amiga no ve otra posibilidad de actuación que no sea una conversación casual, y así, entre la ficción televisiva, el temor y la cautela, se aprecia lo esencial: estamos atrofiados, sin recursos para hablar de libertad, sin idea sobre cómo llevar debates democráticos y plurales, listos para enjuiciar y denostar a quien no piensa como nosotros. Asfixiados.

Este es el año de la asfixia sostenida a nivel mundial. Después del atentado terrorista en Viena, un amigo me dijo: “Siéntate y baja la cabeza, respira diez minutos”.

Yo también escuché a unos bicitaxistas hablar de San Isidro. Escuché decir que había que estar muy loco o muy cuerdo para poner tanto en riesgo.

También me tropecé con unos padres que acompañaron a su hija a las puertas del MINCULT; para ellos, el país cambió para siempre después de esa noche. Padres que defienden el socialismo, trabajadores honrados, todo eso. Padres que comprenden que la barbarie le gana a la falta de pensamiento.

Soy una privilegiada. Yo no tengo idea de lo que es la política como profesión, esa que (según Max Weber, para decirlo mal y rápido) pone a la justicia en primer lugar dejando en peligro “la salud de la propia alma”; esa que sucede en un equilibrio entre la ética de la convicción y de la responsabilidad.

Si el pueblo sabe qué quiere defender, y su disposición puede concertarse en un “acto de repudio”, ¿por qué se solidariza con el joven que camina en el bulevar de San Rafael con un cartel que dice “#freeDenis”? ¿Por qué no le gritan “¡Escoria!”? ¿Por qué se escucha a un hombre en la multitud que dice: “Él tiene razón”? ¿Son otra especie de “pueblo”?

Llegan con banderas de la Federación de Mujeres Cubanas a la puerta de Iliana Hernández. Algunas, las más jóvenes, le dan la espalda a la propiedad privada. Hay un árbitro que pide que no se acerquen a la casa. Y una se pregunta, mirando ese gesto ilegítimo, cuál sería el título para esa sátira cubanísima que ha ido in crescendo:

“Aquí, casual, vinimos en caravana a hacer esta manifestación porque nos inspiramos en el NTV”.

Una las mira y ve las contorsiones, la carnavalización, advierte un poco más allá de esa primera capa de repetición y frenesí. No son los desvaríos del loco que comprende la ilogicidad de su circunstancia: es una exhibición de servilismo ante el poder.

No quiero hablar del alma. ¿El alma más atrofiada es la que encuentra en el odio un tipo de redención? ¿Cómo se atrofia un alma?

Cada cual tiene derecho a defender su verdad, obviamente. Si fue coherente la tángana en el Parque Trillo, pues celebren aquello en lo que creen. Ahora bien, también nos corresponde ese derecho a las generaciones de cubanos que estuvimos a las puertas del MINCULT y, para no quedarnos con el sondeo romántico o en una comparación débil, si un espacio tiene protección institucional para gestarse y validarse, mientras que el otro se ve rodeado por policías, digamos que está clarísimo quiénes tienen legitimidad, legalidad, y proporcionalidad estatal.

El 27N fue un suceso sin precedentes, una “revolución de los aplausos” traducida en energía contagiosa; un acto de fe histórico, que reposaba en un deseo compartido de comunidad.

Me viene a la mente esa apostilla que le sirve a cualquier definición ínsita: “La lengua es de todos y de nadie”; otra tentativa: “Cuba es de todos y de nadie”. Entonces, ¿si hablamos de “todos” nos referimos a marcos en los perfiles de Facebook ? ¿Si hablamos de “nadie” nos referimos a una expectación contingente que se cuestiona qué comerá esa noche?

Nadie tiene derecho a tirarle piedras a una casa ni a gritarle “¡Perra!” a Tania Bruguera; nadie tiene derecho a ciberacosar a una activista feminista o a la hija del funcionario de una institución cubana; absolutamente nadie tiene derecho a publicitar las intimidades de otro como pruebas para el descrédito, ni a amenazar a un comunista, a una contrarrevolucionaria, etc.; nadie, y menos un Estado, puede expulsarte o silenciarte por disentir (no en vano La República sentaba las bases de un programa político totalitario).

Si la heterogeneidad aísla el odio, no admitiré nunca la violencia como forma de revancha o principio. Ahora bien, no sé cómo se equilibran la radicalidad y la reacción, cómo se distancian el odio a las personas o el odio a las ideas e ideologías.

La irracionalidad de los actos de repudio se alimenta de la violencia evidente, de la vacuidad y la impunidad; asume la práctica política como una caja de herramientas invisible donde cualquier disparate es válido en nombre de la “reafirmación revolucionaria”. Esta última, una definición cada vez más abstracta. Hay en su producción muchas posibilidades: desde la fatiga y el lugar común musical, hasta los golpes y la histeria colectiva.

Cuidado con tus privilegios, me digo, basta ya de pasar por alto las violencias naturalizadas, basta de observar de soslayo las violencias (in)visibles. Aquel que se ha pronunciado en contra de estas prácticas, o deconstruye su participación en estas acciones en décadas pasadas, conoce de sobra el dolor que sobreviene al testigo, al cuerpo, al aire y a la tierra.

Quedarán documentados los performances toscos, que en la superfluidad de su producción amenazan al que no elige ser “unidad estatal”. Es ilegítima cualquier unicidad producida por la presencia de fuerzas represivas de un “pueblo” que no representa más que el privilegio del asentimiento y que pervierte toda razón, por tratarse de fuerzas anticonstitucionales.

Suscribo, entonces, las palabras que la investigadora y feminista Ailynn Torres Santana compartiera en su muro de Facebook. De algún modo, la condena a los “actos de repudio” en este país debería edificarse sobre lo justo:

“Si una persona es repudiable por lo que piensa o hace, ese repudio no puede manifestarse a través del odio. Si una persona infringe la ley y ello la hace repudiable por lo que piensa o hace, ese repudio no puede manifestarse a través del odio. Si una persona infringe la ley y ello la hace repudiable, son los tribunales de justicia quienes deben juzgarla. Si un grupo de personas hace un ‘acto de repudio’ por su propia cuenta, el poder público institucionalizado debe evitar e interrumpir ese gesto. Si es parte del poder público institucionalizado quien lo orquesta, la ciudadanía y las otras instituciones debemos denunciarlo. Los canales de la política tienen que ser otros, para bien de la justicia, de todas, de todos, de Cuba”.




Martica Minipunto

Ensayo sobre la tupición (rítmica poética tupida)

Martica Minipunto

hagamos un excelso viaje destupidor / borbotones de héroes antisísmicos / borbotones de perros rabiosos / lo infecto corre como espuma / han servido una mesa con morcilla / para frenar la manifestación / sirven nuestras carnes / y diarreas sirven / hagamos de estas detenciones algo memorable


Sin comentarios aún

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.