Abuso de abandono

Veo repetirse la escena del tranvía que parte de la estación: soy una colegiala y estoy enamorada, sé muy bien que a quien le digo adiós, no volverá. 

Veo alejarse el paisaje de Sussex, como si fuera una joven y cronista Virginia Woolf, como si la pesca de ballenas simbolizara un empujoncito hacia el naufragio. 

Veo el atolladero y la desesperación del Maleconazo, donde la despedida no es una posibilidad, donde la huida parece ser, paradójicamente, la libertad en altamar. 

Me quedo con la sensación del desastre, de la muerte inútil y ¿accidental? que deja un personaje en La despedida

Son pensamientos constantes que no hablan de desdicha, sino de ficciones para no permanecer demasiado tiempo en mí.


La montaña

“Ayer quise subir a la montaña, y el cuerpo dijo no”.[1]

A veces, como quien no quiere verse, me veo a mí misma decidiendo volver a Cuba y, aunque no me lo crean, la sensación es grata, es inmensamente feliz, aunque esa certeza en el 2021 me parezca irrepetible. 

Una amiga de mi prima me dice: “Pero si es verdad que tú has viajado, niña, ¿qué pinga tú haces aquí?”. 

En lo primero que pienso (con mi risita hipócrita) es en mi madre, así que dejo colgando la pregunta de la amiga de mi prima y voy hasta San Nicolás y Neptuno, donde todavía no han recogido el carnet y es probable que alcancemos a comprar algo de alimento. Mi mamá me ve y lo primero que suelta es: “Malú, si vas a hacer dieta, por lo menos tienes que comer proteína. No te vuelvas loca”. 

Mami, ¿cuál es la proteína del cuerpo? ¿Cuál es la proteína de la despedida? 

¿Por qué quise subir a la montaña y el cuerpo dijo no? ¿Cómo no enloquecer? 

¿Tú te imaginas un atardecer en Sussex en esta cola donde no alcanzaremos proteínas, pero sí desgastaremos nuestros cuerpos?

“La montaña tiene mil metros de altura. He decidido comérmela poco a poco. Es una montaña como todas las montañas”.[2]


Te digo adiós

Entre las muchas maneras de desprendernos: un “adiós”, un beso en el mentón, algo lo suficiente ruidoso como un portazo. 

El portazo es la única forma que hace sentido histórico en el teatro, una pequeña rebelión escrita por un dramaturgo noruego en su drama Casa de muñecas

La palabra “portazo” es la que me devuelve incesantemente a Nora. Nora Portazo sería el personaje/estruendo que despide una idea del mundo donde la mujer, servil y violentada, finalmente se rebela. 

Una despedida es una rebelión. Nora Portazo es rapera y escribe un manifiesto sobre lo ruidoso que ha de ser el grito de las mujeres. Nora Portazo es más fuerte y más valiente que yo.

Esta mezcolanza asociativa surge porque el otro día escribí en mi muro de Facebook “abuso de abandono”. Seguramente pensaba en Abuso de confianza, de Ángel Escobar. Pensaba en estos versos: 

Qué mueca así quedar con esta sombra
que me da por la cara cuando salgo
por esta puerta en que se abrilla el límite,
que me da por la espalda en cuanto entro
por esta puerta en que se anubla el círculo abierto
hasta no ser sino sólo este
golpe!

Oh, rostros que olvidé que me olvidaron.[3]



Golpetazos. Siempre están esos golpetazos taladrando la memoria imprecisa. De algún modo, una siempre está pensando en el abuso. “Supervivencia abusiva”, puede llamarse el capítulo de esta historia pública y privada de La Habana, 2021, donde los rostros muestran su parecido torturado, una semejanza única que ninguna mascarilla o nasobuco encubrirá

Quien no lo tiene todo listo para migrar, se está trazando un plan para salir huyendo. Alguien diría que es lo normal, por la crisis; que es natural, porque estamos malviviendo. Alguien diría que en la vida hay que despedirse muchas veces (suenan bien estas frases un poco cursis, un poco ciertas). Alguien diría que es irrelevante decir que las despedidas suceden, y no que las despedidas son un tránsito. 

Yo no tengo ningún plan para irme de Cuba, pero temo que soy demasiado joven para volverme loca.

De ese “estado mental” de fuga obligatoria, de epílogo altisonante titulado EXIT, es lo único que habla casi toda la gente aquí: 

—¿Cómo estás? 

—Loca por irme echando. 

—La pandemia no fue aquí nada más, no te creas, todo el mundo también anda mal…

—Sí, sí, pero no taaaaaaaan mal.


El Malecón, Nora Portazo y los despedidores anónimos cruzando la frontera americana

Traté de hacerme un plan mental para despedirme mejor. Incluso para despedirme hasta de mí, si hiciera falta. 

Pretendía que la despedida se compusiera de una distancia racional, de cierto orden, más aún al escribirla. La despedida tendría que tener su propia medida (del cuerpo y de las colinas y cerros y montañas y escenarios y alimentos proteicos). 

La despedida de los amantes juveniles y de las obras literarias. Irme a una funeraria a sentir el peso de una despedida natural; fijarme en la penuria simulada o real, distinguir el dolor y la ausencia acomodándose en los presentes. 

Lo antinatural es no despedirse, así como el antojo de alguien que escribe una despedida es creer que algo hay de tremebundo en representar la partida.

Ahora lo veo como una insurrección liminal: herencias, trozos, restos, hilos, alguna heridita bajo la barbilla, el cadáver de alguien amado, con los ojos hundidos que uniforman a casi todos los muertos. La ciudad que te expulsa y al mismo tiempo te encanta, un espacio desértico al que acceder para reiniciar. En los límites, casi siempre se consigue pensar.

La despedida siempre es un espacio intermedio. 

Las funerarias son un no-lugar, demasiado inservibles si de despedirse se trata.

He caminado por el Malecón fingiendo que ese sitio, un poco común y un poco cierto, me separa y asombra con sus tonos azulosos, con su paz o su retorcido oleaje. El tránsito persiste y el mar sigue ahí, medio anquilosado, medio condenatorio, medio mítico. El mismo mar de aquellas imágenes durísimas del Maleconazo. La aparente paz, aquel aviso vial que dice PARE… ¿Se puede ser más común?

Todo eso tendría que ser parte del plan personal de despedida, la aceptación de que: “Las flores del desierto hay que regalarlas con arena”.[4]

Cada flor tendría su aridez, su propia redención, su auténtica propiedad. Incluso los ramos que se le ponen al muerto sabrían ser regados con telarañas, moho de funeraria, sillones de suiza cojos, metal de expiración, metal de mortandad para las flores que después se abultarán hasta pudrirse definitivamente en el cementerio.

En mi plan mental habría una religión llamada “despedidores anónimos”. 

Despedirse anónimamente, con naturalidad. Despedirse como lo hicieron los amigos de mi prima, por ejemplo. 

Los despedidores anónimos pasaron veinte días sin comunicarse con ella y su esposo, hasta que una tarde de domingo hicieron una videollamada desde Estados Unidos, cada uno por separado, listos para contar dónde estaban y por qué nunca dieron un discurso de fin del cuento: 

“Ya llegamos, después les contamos bien los detalles, ahora estamos separados y enfermos de Covid, pero ¡cruzamos!, cruzamos desde México y fue una locura. Tienes que tener a alguien con dinero aquí para que no te viren para atrás, no podíamos decírselo antes, ahora sí. Estamos bien. No sabemos cómo estamos, pero estamos mejor”.

Subir a la montaña pero sin que nadie se entere. Eso. Un escalador en el anonimato. Nora Portazo y el despedidor anónimo cruzando la frontera americana.



¿De qué país se despide una?

Le escribí hace poco a mi amigo Carlos: “Yo quisiera que el país fuera esa madrugada en la que conversábamos en el patio de tu casa”. 

Y lo dije honestamente, porque la isla cabía allí: en la liviandad de una noche donde nos dábamos balance en los sillones de hierro, donde las plantas y la casa feliz de la madre de Carlos creaban un palacio en el cual recluirnos para fundarlo todo. 

Esa noche vi por primera vez una edición de Fuera del juego, el poemario de Heberto Padilla. Ahora que lo pienso, parece premonitorio: ni siquiera en ese momento de paz era posible separarnos de la censura, de lo que es un hábito en el país oficial: condenar, mutilar, apilar el deseo y meterle abuso. 

No es posible despedirnos del país patio, pero es sencillo despedirse del país oficial.

También hace poco, le dije a mi amigo Rogelio (que me envió una foto íntima y una serie de videos despechados que no entendí): “¿Tú estás bien?”. 

Pregunta tosca y ociosa, como si yo no tuviera su capacidad de imaginar y sentir el mundo inspirada, ilusionada; como si yo no creyera en esas azarosas coincidencias: enamorados, excéntricos, escritores de novelas y adictos a las poses. 

¿Despedirme de Rogelio? Nunca he podido. Ni siquiera en el aeropuerto, cuando él se iba para Alemania junto a Marquitos y me hizo una señal con la mano desde adentro y yo le dije adiós y salí caminando sola a coger un P12. Era feo caer en un P12 y era hermoso pensar que mi amigo escribiría una obra de teatro en otro continente.

También me alegró que me escribiera una amiga de la que hace años no tenía noticias: Eugenia. Solo su nombre restituye cierto equilibro, probablemente porque con ella quise quedarme en el país teatro. Eugenia y yo nunca nos despedimos: me regaló un disco de Chico Buarque y se fue. Era como si nuestra conversación hubiera estado en reposo, un reposo brevísimo de nueve años, hasta el momento de volvernos a enviar mensajes de voz por WhatsApp. 

Sería aventurado decir que una despedida vaga es también una manera de contrarrestar esa especulación constante de que algo termina o empieza en otro lugar. Será que entonces triunfa lo esencial y nos exhorta a no pensar demasiado en los porquéslos paraquélos cuántohicemal. Hicimos bien en probar que el tiempo es una ilusión metamorfoseada en infinitas formas de complicidad y confidencia que sobreviven a la distancia.

En el país teatro, lo de menos es el distanciamiento: lo único que cuenta es lo liminal.


Chispa de despedida

Vivir tan distantes, durante esta pandemia, no nos hizo más consecuentes con la cercanía del otro, sino que nos colocó ante la incertidumbre de no saber cuándo nos volveremos a encontrar.

Cuando converso con amigos, amigas, amigues, mujeres que han amado loca y frenéticamente, pintoras, escritores, directores de teatro, siempre caemos en el tema de las despedidas; es como una especie de sensación aprisionadora. A veces me hablan de sus encuentros amorosos y sus borracheras como si hablaran de algo que ya se ha abandonado: ven el pasado con el barniz de un éxtasis que ya no vuelve. 

Yo misma he construido ficciones maravillosas, me he creado pasadizos, algún parque confundiéndose en mi cabeza y volviéndose bello, eterno y especial. No es posible despedirnos de la memoria, pero nos encanta reescribirla, sobredimensionarla, quedarnos allí, introspectivos, errantes, reescribiendo las conversaciones, aproximándolas a un presente despedidor por antonomasia.

Cuando a la periodista Karla Pérez le prohibieron volver a Cuba, cuando la condenaron al destierro, sentí un pánico tremendo. Leí y conversé con muchas personas que sufrieron incidentes igual de violentos y criminales años atrás. No saber que te despides para siempre tendría el peso de una venida que siempre será impotencia; en este caso, se trata de un hecho que contiene una demostración mayor: el acto violatorio de los derechos humanos, el acto gigantesco de un Estado ante el individuo. 

Una vez dejé inconclusa una obra de teatro en la que cuatro personajes se reunían para despedirse. Era la clásica conversación de los amigos cercanos que brindan; dramaturgia compuesta de diálogos llenos de secretos y resentimientos.

No sé por qué terminé hablando del suicidio, y ahora que lo pienso tampoco tenía sentido una escena en la que los protagonistas jugaban a la mentira más grande del mundo y aprovechaban para vomitar bilis y ricuras sobre el pasado y el futuro. 

La más grande mentira era: “volveremos a estar juntos”. Una mentira que solo tenía lógica pronunciada en presente: el presente de un texto teatral, el país texto teatral, el país suicida. 

En aquel momento, la ridícula dramaturga que yo era, consideraba que la despedida tendría siempre algo de conclusivo. Era demasiado joven y me pesaba decir adiós, tener paciencia o dejar atrás la familiaridad. 

Pero lo cierto es que, al escribir en un post, sin darle mucha cabeza: “abuso de abandono”, yo seguía siendo la misma ridícula maniatada, la misma dramaturga naturalista, la misma clase de sentimental, demasiado apegada a una idea geográfica y bulímica del país.

Lo que más cuesta es despedirse de un amor, o de una forma de amor, pero hablar de eso sería irrespetar lo único que respetaré en mi vida: el amor de una mujer. Despedirse del amor no tiene sentido, parece cobardía, pero qué no parece cobardía en Cuba hoy, donde se ponen en una balanza la ideología, el oportunismo, el cinismo y la justicia, como si lo básico, que es esencialmente la vida, tuviera que suceder atravesando un camino de púas, sacando del agotamiento cotidiano las fuerzas para lidiar con una montaña de imposibles. 

Despedirse del amor es tan solo seguir la corriente de la época, cazar el fluido de este río donde todo pasa, coincide y pasa, y duele, duele demasiado, y ya se sabe que no dejará de doler abusivamente, porque proteína no hay.

“Pregúntome qué haré sobre la tierra con este cuerpo inútil y reacio. Y oigo decir al cuerpo todavía.

—¡Qué haré con esta chispa que se creía sol, con este soplo que se creía viento…?”.[5]




Notas:
[1] Dulce María Loynaz. Poesía. Ed. Letras Cubanas, La Habana, Cuba, 2011, p. 110.
[2] Virgilio Piñera. Cuentos completos. Ed. Letras Cubanas, La Habana, Cuba, 2011, p. 155.
[3] Ángel Escobar. Poesía Completa. Ediciones Unión, La Habana, Cuba, 2006, p. 214.
[4] Lima, Lezama. Diarios. Ediciones Unión, La Habana, Cuba, 2010, p. 97.
[5] Dulce María Loynaz. Ob. Cit., p. 110.




Clausewitz y yo

‘Clausewitz y yo’: letal

Martica Minipunto

Sentada en una habitación sin ventanas, leo una novela que dispone, desde la crueldad doméstica, la violencia primitiva de los sistemas afectivos y políticos. ‘Clausewitz y yo’, de Carlos A. Aguilera, suena como si existiera una banda punk astrohúngara que actualizara la obra de Edmund Burke.





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