La Generación Cero no funciona ni siquiera para nosotros

Estas son mis memorias de México. Mis falsas memorias de viaje. 

Se trata de unas memorias apócrifas, porque son en realidad las memorias de Cirenaica Moreira, que es mi mujer. Un conjunto de notas tomadas en Ciudad de México, a propósito de una travesía que transcurrió en los últimos siete días del 2019 y en los primeros siete días del 2020.

La voz de Cirenaica Moreira en vez de la mía; su manera de observar, sus asociaciones, y no las mías. ¿Redacto entonces lo que nunca hubiera deseado escribir?

La construcción anterior es ambigua. No deja claro de qué sujeto se trata.

Yo soy una mujer blanca, artista visual, a bordo de un vuelo de Interjet con un boleto en clase económica. Desde mi asiento junto a la ventanilla miro la nata suspendida sobre CDMX. Fino polvo y mierdillas que van contaminando, lenta y silenciosamente, el sistema respiratorio de millones de mexicanos y el de toda la población flotante que ha carenado en una ciudad sin límites. Una urbe que tiembla y se hunde lenta, pero no silenciosamente.

Cielo vespertino sin nubes. Mucho smog. 

La nariz del avión se va hundiendo en la nata y debajo se abre, en abanico, la ciudad. Es La Habana y el año 2000. O mejor: en la memoria de Cirenaica Moreira, siembro el fatídico instante en que dos periodistas de la revista El Caimán Barbudo se dan cita en La Cabaña con un grupo de narradores habaneros.

La artista no puede precisar la fecha exacta, pero da igual. Ese encuentro no pertenece al mapa de sus recuerdos. 

Era la Feria Internacional del Libro. Eran Leopoldo Luis, Rafael Grillo y una entrevista previamente concertada. Eran Orlando Luis Pardo LazoJorge Enrique LageAhmel Echevarría, Michel Encinosa, Raúl Flores Iriarte…, en los puntos suspensivos acontece una suerte de incertidumbre, una nata, puro smog. Pero Cirenaica Moreira, que a fin de cuentas no es escritora, insiste en recordar un evento del cual no fue testigo. 

Se trata de un día fatídico. 

El artículo en cuestión, titulado “Año 0. Los benditos se reúnen (El Caimán Barbudo, no. 339, marzo-abril, 2007), servirá para fijar una idea, una etiqueta, una suerte de canallada que llevará por nombre Generación Año Cero, o Generación Cero.

La tierra debió haberse detenido aquel día. 

Los periodistas cometieron el desliz de transcribir el contenido de la grabación. 

De haberse desechado el material, Cirenaica Moreira no estaría volando en Interjet con la cabeza puesta en un evento literario demasiado endogámico (la Feria Internacional del Libro / la idea de una etiqueta y un grupo). 

De haberse desechado el material, esta artista visual no estaría rememorando una conversación entre dos periodistas y un individuo ―Orlando Luis Pardo— capaz de formular expresiones como “newrrativa” o “camping literárido”. Tampoco recordaría las revistas literarias en formato digital asociadas a este grupúsculo, un puñado autores que no consiguen vender tan siquiera cinco decenas de libros.

Si los periodistas, Leopoldo Luis y Rafael Grillo, le hubieran dado candela al material, quizá no se habrían publicado luego las antologías prologadas por Orlando Luis. Un asunto de causa y efecto. La etiqueta grupal quizás habría estado ausente en las asociaciones establecidas por los críticos del camping literario cubano. 

En vez de una manada de narradores laxos que mal emplearon su tiempo en libros que sencillamente eran un mal laxante: el vacío. Lo que vendría detrás y no tiene nombre hubiera ocupado, como un gas, todo el espacio disponible.

Día fatídico aquel: dio pie a que, como una plaga, aparecieran también poetas y antologías de poemas. Poetas habaneros, del Centro y del Oriente, que de súbito eran poetas de la Generación Cero. 

Poetas y narradores de todo el país que, sin quererlo, o queriéndolo, se colgaban a la reducción de una idea y una etiqueta. Poetas que concebían a su cuenta y riesgo una antología, insertaban un prólogo crítico, y de paso se incluían en el libro y no pasaban por alto fijar la etiqueta generacional para destacar y darle esplendor a su delito o su deleite. 

Textos y libros reproduciéndose como el marabú.

No se trataba de una revolución, ni siquiera de una revuelta escrita en minúscula. Aunque tuviera un efecto jodido en la cabeza de quienes, con perplejidad o empingue, veían extenderse aquel marabú cual metástasis. 

Sí, era una enfermedad. 

Una literatura enferma. Que además hablaba de la propia enfermedad.

El cáncer se fue extendiendo. Revistas digitales, libros de cuentos, poemarios, falsas novelas… Sí, falsas novelas: otra idea recurrente mientras la aeronave de Interjet pierde altura con el hocico enfilado hacia la pista de aterrizaje.

Era una literatura sin atributos, a balón parado. ¿Intergénero? ¿Falsa literatura menor, según la jerga de aquellos sujetos, que para colmo propició títulos de maestría y doctorados académicos, la mayoría en EE.UU., más el pago de gastos de viaje a congresos y eventos? 

Ríos de tinta que se imponían el análisis de una boutade, de una enfermedad. Páginas impresas y páginas colgadas del palo mayor de webs académicas machihembrando lo elucubrado al interior de un pleonasmo, en un país que es un pleonasmo.

Al parecer no era más que una engañifa. Una estafa. En el timo cayeron un montón de incautos. No logro construir una descripción del flujo de caja donde se resuma el volumen de dinero que financió investigaciones, viajes, traducciones y antologías.

Hubo quien apostó por (re)publicar esos libros, por escribir notas en cubiertas diseñadas con mejor estilo o peor estío. Incluso llegó a decirse que, en aquella literatura, Cuba, lo cubano, o la cubanidad, estaba en “paro técnico”. 

En un ensayo bellacoso, bien bellacoso, se hablaba de una “descubanización”; halagando así a la Generación Cero, a lo que parecía ser su núcleo duro, o al tumor.

En aquel ensayo, lo que no constituía G0 era una literatura “infectada por el virus de lo cubano (entiéndase: por la iteración cansina de lo cubano en el mercado)”. Para su autor, la literatura cubana contemporánea padecía “los efectos de una invasiva patología viral, de una enfermedad sistémica (…). Pero con algunos escritores cubanos ya no se trata de una patología tradicional de la forma, sino de una escritura que se aprovecha indiscriminadamente del capital simbólico de lo cubano como tótem”.

Poco o nada se salvaba. Ni siquiera la obra de un narrador como Ernesto Peña, por ejemplo. Solo salía bien parada la G0.

El tiempo psicológico del aterrizaje se extiende y hay una artista visual que no consigue olvidar aquel fatídico día en La Cabaña. El “Día G0”. El día en que la etiqueta creada por Orlando Luis Pardo Lazo se fijaría en la memoria de un grupo de lectores. 

De manera progresiva, a más de tres o cuatro se les cortaría la leche. Los entiendo. Verborrea en revistas y libros. Que si genealogías, que si raicillas y bulbos, que si la política y lo político… 

¿Pajas, puras pajas? 

Apareció gente de muy mala entraña. Sin hacerse notar. Gentes que te iban calculando, que no te perdían pie ni pisada, que se quedaron con un rasgo de tu cara para luego bosquejar una caricatura infame en un futuro comentario. 

Gente ruin. Rastrera. Muy cobarde. 

¿Debo inocular tales adjetivos en unas memorias que no son mías? 

Cirenaica Moreira parece absorta en el paisaje que crece debajo mientras el piloto anuncia que muy pronto aterrizarán. Pero lo que ve no es CDMX, sino la falsa representación de una vista aérea de la periferia de La Habana. Vibran de súbito, en su cabeza de artista cubana, los términos Indigencia y Crítica, pero se desvanecen como mismo aparecieron.

Gente de muy mala leche. Mezquina. Miserable. Pueden sonreír cuando coinciden contigo en una acera; hasta pueden dispararte alguna lisonja. Tipos que, llegado el momento, parapetados tras un seudónimo, en el cajoncito de los comments al final de un artículo, soltarán perlas donde conectan datos, supuestos recuerdos transcritos al detalle, y más de una ofensa.

No hay de qué quejarse. 

Este no es país para lloricas.

En estas memorias apócrifas inoculo un trozo de un himno de combate de Tata Güines y sus Tatagüinitos: “Tápale la boca a ese perico que está llorando…”. Cirenaica Moreira, que no recuerda haberlo escuchado nunca, lo relaciona con un discurso de Fidel Castro donde el ex comandante se responsabiliza del desastre de la Zafra de los Diez Millones. 

¿Ex comandante? ¿Acaso es cierta la relación entre el Tata y el Fifo? ¿Entre el tema musical y el tema del discurso? ¿Existieron desastre y discurso? De súbito, otra palabra se cuela en su cabeza: falocastrocentrismo. 

Manipulo estas memorias apócrifas con una suerte de valoración, la señalización y nomenclatura de una debilidad, de un fallo, un error, una obsesión de la Generación Cero: el falocastrocentrismo. 

La Pinga y Fidel, un supuesto centro o eje. 

¿Una literatura de machos que necesita del Fifo para prosperar?

Alguien insertará esa observación en un comentario al final de una crítica sobre la Generación Cero. Se trata de un artículo escrito por Gilberto Padilla tras una larga y penosa enfermedad.

Lo de Gilberto Padilla no es cáncer. Solo dengue, pero en modo reload. Uno de sus peores efectos es, según Padilla, el aburrimiento. Que casi siempre es largo y penoso. Bajo el mosquitero, trató de mitigar el hastío con dos centenares de libros de la G0.

Fatídica decisión. Como la de Leopoldo Luis y Rafael Grillo. 

Puedes cortarle el paso al fuego con candela. Pero el aburrimiento no se puede amortiguar con el hastío. 

Gilberto Padilla, el Renacido. Lo aprecio. Mucho. Aunque los libros de la G0 casi lo consiguen, por suerte el dengue no lo fulminó. Padilla es el crítico que no deberías perderte. Aunque esté en modo reload, como el dengue. Es decir: bellacoso, bien bellacoso. 

La bellaquería de Gilberto Padilla parece pura enfermedad, pero no, es vigor, y es muy saludable para la cultura cubana. Gracias a Gilberto Padilla, han quedado en negro sobre blanco un par de consideraciones (definitivas y definitorias según algunos comentarios) sobre aquella etiqueta que nunca debió fijarse en la cabeza de una serie de lectores sin otra pretensión que aburrirse o deleitarse con los libros, los aburridos libros de la G0. 

Y también en la de aquellos lectores que, a pesar del repudio y la mala leche, han leído cuanto ha perpetrado el núcleo dizque duro de la G0, y el resto.

Falocastrocentrismo… ¿es certera tal observación? Falocastrocentrismo elimina de un plumazo a las escritoras G0, si es que en la Generación Cero hay escritoras, porque un falo no es un clítoris agrandado. 

Falocastrocentrismo equivale a marcar con el cursor todos los textos de Jamila Medina y Legna Rodríguez, por ejemplo, y todos los de Michel Encinosa y Raúl Flores Iriarte, más el 60 % de toda la obra de Jorge Enrique Lage… y luego presionar la tecla DELETE.

¿Orlando Luis Pardo y Ahmel Echevarría son falocastrocentristas? ¿Y eso qué significa?

Pero qué más da si se trata de un cáncer, de un mal día, de una mala entrevista que no debió aparecer nunca en El Caimán Barbudo. Cirenaica Moreira advierte, otra vez, un estallido de palabrejas que ella nunca hubiera pronunciado. Como si un mal Caín o un Orlando Luis Pardo escribiera con un clavo al rojo vivo palabras de su propio vocubalario. O esas palabrejas de Ahmel Echevarría.

“No me traigan la cabeza ni las manos de Gilberto Padilla”, “Padilla no tiene que parar”, escribiré yo en estas memorias apócrifas. Aunque el crítico chapee bajito y le dé con el cabo del hacha a los dos centenares de libros que la G0 ha perpetrado. 

A fin de cuentas, parece tener razón: mucho papel y mucha tinta para una literatura sin atributos, descubanizada, que se inventó tíos y abuelos a manera de genealogía. Una literatura escrita a balón parado nunca venderá mucho. 

Que se vayan con una latica al baño de El Sauce. 

Aunque tenga la compañía de buenas notas de contracubierta para camuflar debilidades, y esté machihembrada con ensayos e investigaciones de maestría y doctorado, una literatura sin atributos no venderá casi nada.

Pienso en Ernesto Peña, por ejemplo. Me alegra que no lo asocien con esta enfermedad. A fin de cuentas la Generación Cero, como modelo, ya no funciona ni siquiera para nosotros… Pero no puedo poner esta frase en unas falsas memorias de un viaje a México. Unas memorias apócrifas: la “documentación” de Cirenaica Moreira.

En el arte cubano contemporáneo no hay ninguna G0. Al arte cubano no puede importarle menos aquel día fatídico. Una artista visual cubana nunca podría decir: “La Generación Cero, como la Revolución, ya no funciona ni siquiera para nosotros”. 

Ahora, ¿cómo ubicar a Gilberto Padilla junto a Fidel Castro en el tiempo psicológico de un aterrizaje de una aeronave de Interjet? 

El rostro de Fidel. Una leve sonrisa, casi un guiño, y la barba moviéndose al compás de la boca que se atreve con esta perla: “El modelo cubano ya no funciona ni siquiera para nosotros” Se la soltó a Julia Sweig y Jeffrey Goldberg en una entrevista para The Atlantic. Y Goldberg no daba crédito a lo escuchado.

Era el momento oportuno para preguntarle a Fidel Castro sobre el sistema político y económico cubano, y la viabilidad de clonarlo en otro país. La respuesta no fue una frase cualquiera. Dicha a boca de jarro por el sujeto que personificó la Revolución, no quedaría a la vera del camino (“vera del camino”, vaya palabras). Por esa razón Goldberg tuvo que preguntarle a Julia Sweig cuál era el significado de lo dicho por el Fifo. Que, en ese instante, no estaba llorando.

Después de aquello, el Viejo de Fierro siguió haciendo lo suyo. Como la personificación de lo que ya sabemos. Siguió enfrascado en su batalla, dándole fuelle a algo que era más que una etiqueta… 

La Generación Cero no es una revolución. No es comparable a la Revolución. Aunque su efecto en algunos sujetos parece tener una tesitura similar. 

Igual me equivoco.

Pero, ¿se trató solo de una etiqueta? 

Ya lo dijo Roberto Bolaño, el chileno que escribió la mejor novela mexicana de su generación: Literatura + Enfermedad = Enfermedad. 

¿Equivale esto a pensar la opinión de Gilberto Padilla como un texto enfermo? 

Pongamos que es el resultado de un fatídico día: el “Día G0 (II)”, que dio pie a eso que ya sabemos. 

¿La magnitud del fracaso es equivalente a la magnitud de una apuesta? 

Sí, esto una construcción muy ambigua. Lo mismo puede hablar bien o mal de Fidel Castro, de Gilberto Padilla, de la Revolución, del dizque núcleo duro o tumor de la G0… Incluso de Tata Güines.

“La magnitud del fracaso es equivalente a la magnitud de una apuesta”, dice Cirenaica Moreira cuando el avión toca tierra. 

Desde la cabina el piloto les habla a los pasajeros en español e inglés. En un punto de la traducción echa mano del verbo “land”. Se produce la sacudida. La artista imagina una huella, otra más, en el negro manchón de los sucesivos neumáticos tras el brusco roce sobre el asfalto de la pista. 

“El avión landalizó…” 

No, ni muerto lo escribiría en los Apuntes desde Privada de Chimalistac. ¿O sí? 

Escribir esa palabreja sería darle el tiro de gracia al cadáver de la G0. Ese muerto vivo que casi pulverizó Padilla el Renacido bajo un mosquitero. 

Bueno, parafraseando a Jim Jarmusch: The Death Donʼt Die

Apuntes desde Privada de Chimalistac
Colonia Copilco el Bajo
CDMX
(I)




La Generación Cero y la mierda de los koalas

La Generación Cero y la mierda de los koalas

Gilberto Padilla Cárdenas

Seamos benévolos, porque que con la Generación Cero todo es literatura. Oye, ¡todo es literatura cubana!


3 Comentarios
  1. Padilla trató de mitigar el aburrimiento con dos centenares de libros de la G0
    No es mucho para Cuba? Tanta literatura dio la G0?
    Y bajo un mosquitero de hospital para controlar el dengue … NO me lo creo que lea tanto Padilla

    G0: una centena se refiere a 100 unidades

  2. Bonito epitafio, mi niño bueno. Ahora ya sólo falta el mío: un coda cero compuesto por el mejOr. Lo publicaremos en breve en Hypermedia. ¿Ves qué alivio se siente, hombre de bien, al teclear a la intemperie, una y otra vez, el pentagramaton patrio F-I-D-E-L? ¡Y parecía que Fidel iba a morir en el año de su nonagenario…! La Generación Cero fue ilusión. Y en los últimos 25 años, esa década doble decadente, te puedo asegurar que nunca hubo tanta en la Isla. Ilusión. Esa palabra no cabe en la azucarera de los epígonos padillistas. Ser felices en medio de la guerra, como lo soñó Jorge Alberto Aguiar Díaz.

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