Nelson Rodríguez

Yo quiero que el 2020 sea un año distinto. Espero estar al lado de una mujer que me acompañe, y filmar mucho. Filmar sin parar. Vivir en el set y no tener que escribir ninguno de estos textos

Este 2019 ha sido deprimente, y en ese estado me salen estas descargas. Pero los días que amanezco más animado no logro escribir una palabra. Y eso es lo que quiero: estar bien, viviendo, sin tener que hacer esto.

Para colmo de males, estos días ha estado lloviendo y todo ese gris me tumba. 

Acabo de regresar de Gibara y quizá por eso tengo a Humberto Solás muy presente. Sus canas, su camisita blanca, su fuerza. Estar en el festival que él creó, rodeado por sus familiares, me ha hecho pensar. Y como algo muy natural, si uno piensa en Humberto es imposible no sentir la presencia de Nelson. 

Recuerdo, hace años, en una clase de la escuela de cine, al editor Nelson Rodríguez comentando el documental que hizo Manuel Iglesias sobre ellos dos: Humberto y Nelson. Para los que no lo han visto, el documental en cuestión repasaba las películas que habían hecho juntos, a través de la mirada de ambos. Pero Humberto y Nelson no estaban en su mejor momento y eso se notaba, se podía respirar. 

El mismo Nelson Rodríguez, con el pasar de los años, podía ver lo diferente que estaba su ánimo. En la clase: tranquilo, sabio, alegre; mientras que en la película sus respuestas eran cortantes: estaba dolido. Y de eso hablamos en el aula, como algo normal, sin reservas. 

Tuve la oportunidad de compartir un rato con Nelson (yo no había tenido la suerte de los alumnos de edición, que sí lo tenían más tiempo para ellos). Es un hombre que creaba una magia a su alrededor. Flaco, con una tos terrible (en aquel momento fumaba), en sus movimientos y en su hablar había algo admirable. Ponía las manos sobre la mesa y terminaba las frases cerrando los ojos. Dejaba caer las palabras con fuerza y con una musicalidad bien sabrosa. Con sabiduría: como si hubiera pasado por mil batallas y de cada una de ellas hubiera salido victorioso. 

En aquella época ya yo conocía a Humberto, habíamos trabajado varias ideas juntos y un par de veces lo visité en su casa. Uno de esos días, Humberto me dijo algo sobre Nelson. No lo recuerdo ahora, pero era algo lindo. Y me llamó mucho la atención porque, lo poco que lo conocí, yo nunca vi a Humberto Solás hablando del pasado. Era un hombre que siempre miraba hacia adelante.  

Salvando las diferencias y sin entrar en ningún tipo de comparación tonta, yo y mi productora, con la que he hecho toda mi obra, también éramos pareja. Y eso me hace imaginarme un tipo de atmósfera que quizá las dos parejas compartimos… No es fácil ligar lo profesional con lo personal, pero cuando se logra y sale bien, sale muy bien. 

La filmografía que tiene Nelson Rodríguez compartida con Solás es una catedral. Entre las películas que editó, coescribió y codirigió, ya nos deja atrás a todos. Pero si esto fuera poco: Nelson, él solo, ha hecho otra filmografía envidiable. No voy a mencionar los títulos, porque el que no sepa esto es porque es de otro planeta.

No obstante, quiero hacer una pausa en Un día de noviembre

Hace algunos años escuché un cuento que no sé si sea verdad, pero que me marcó fuertemente: escuché decir a una de las vacas sagradas del ICAIC que en aquel momento de Un día de noviembre, Alfredo Guevara dijo que lo mejor era guardar la película, que Humberto no estaba en su mejor momento y que había que “ayudarlo”. 

No sé si sea verdad, repito, pero si es así, me parece algo horrible. Para mí la película es una joyita y me recuerda mucho a Antonioni. Ese cuento me hace imaginarme al director y a su compañero editor hablando, fumando, caminando de un lado al otro buscando soluciones. Solos contra todo un gran andamiaje. 

La gente que estuvo en el set de Amada, sin demeritar para nada al maestro Solás, habla mucho de Nelson. Hay gente que incluso le decía “la película de Nelson”… No sé, hay otra historia del cine cubano, una historia que es distinta, que se extraña.

Mi acercamiento, ahora, es desde lo personal. Le guardo mucho cariño a los dos. Hace un tiempo que Nelson Rodríguez está fuera de Cuba, y eso me causa una curiosidad tremenda. Pero, al mismo tiempo, no puedo estarlo jodiendo a cada rato. Es de los grandes que todavía están vivos: sabes que siguen ahí, pero tampoco puedes estar molestándolos mucho. 

Por eso he buscado ayuda en Marcelino. Si hay una persona que conoce a Nelson Rodríguez, ese es Marcelino. La vida es tan curiosa que cuando te parece que ya todo se acabó, siempre hay una sorpresa que está por llegar.

Marcelino está con Nelson desde hace 30 años. Nació en 1968, es de Santos Suárez y ha trabajado con los grandes. En los años 90 colaboró con Jim Sheridan, Terry George y Daniel Day Lewis, entre otros. A Marcelino le cuesta hablar de sí mismo: “tienes que entender que no hay nada más difícil que hablar de uno, a no ser que estés haciendo terapia psicológica”. Marcelino es Libra: calmado, reservado, pero muy cínico. No tiene los arranques de Nelson (que es Changó con Escorpión), pero como mismo dice Nelson: “Marcelino es lapidario”. 

Marcelino no cree mucho en eso de los horóscopos. Le gustan el cine y el teatro, pero lo que le apasiona son los deportes, el baloncesto en particular: sigue la NBA y su héroe fue Michael Jordan. Es muy buen cocinero, o al menos eso dicen sus cercanos. Aprendió a cocinar en España, cuando trabajaba en un restaurante en la calle Segovia de Madrid.

Son bien distintos, Nelson y Marcelino. Se conocieron en 1988 por medio de alguien que no recuerdan. Nelson pasaba por un momento no muy feliz de su vida y Marcelino andaba por el estilo. 

Me dice: “Estábamos en el mismo punto, aunque hubiésemos llegado por caminos diferentes. Ambos nos salvamos y nunca dejamos de ser quienes éramos. Conservamos y apoyamos nuestra propia personalidad porque nadie intentó ni intenta cambiar a nadie; creo que esa es la clave para quienes inician un proyecto de vida en común”.

Y ese ha sido el común denominador de estos dos seres que decidieron recorrer juntos el camino de la vida. 

Finalmente me decido y le escribo a Nelson, quiero hacerle una entrevista. Enseguida me responde y me dice que sí. Me pongo a escribir las preguntas y me doy cuenta que lo que realmente tengo ganas de decirle es: “Hermano, te quiero”. Pero la vida no es así. No es fácil escribirle a alguien y decirle de verdad “te quiero”. 

Lo gracioso de todo es que, sin yo contarle mucho de mi estado de ánimo, sus respuestas, a pesar de ser escuetas, me han dado tranquilidad… Una tranquilidad para pasar un par de semanas más sin tener que ponerme a escribir. Son un regalo. Un regalo bello. 

Acá la entrevista:

Nelson Rodríguez, ¿qué no le debe faltar a un cineasta?

Imaginación.

¿Qué haces cuando llega el desánimo?

Animarme.

¿El plan perfecto para una tarde de domingo?

Dormir la siesta.

¿La película tuya que más disfrutaste?

Lucía.

¿La película tuya que más sufriste?

Una con el chileno Patricio Guzmán, no recuerdo el título.

¿Tus padres?

Bella la mami y muy buena, de papá no me acuerdo, tenía diez años cuando murió.

¿Un recuerdo agradable de Cuba?

La bahía de Cienfuegos, donde nací.

¿Una esquina de La Habana?

El parque de Santos Suárez.

¿Un recuerdo feo de La Habana?

Ninguno.

¿La canción de tu vida? 

“Love is a many splendor thing”.

¿Un refrán?

No sé.

¿Una virgen o santo que te acompaña?

Changó.

¿Un ritual?

Ninguno.

¿Una actriz de toda la vida?

Bette Davis, la más grande.

¿Una película de toda la vida?

Noe Voyager, de 1942, con Bette Davis.

¿Cómo vives ahora alejado de la sala de montaje?

Viviendo.

¿Caminas, paseas? ¿Por dónde?

Cerca de la casa, donde hay muchos árboles.

¿Douglas Sirk? ¿Almodóvar?  

Los dos.

¿Lucrecia Martel? ¿Lisandro Alonso?

(…)

¿Un amigo muerto con el que te gustaría tomarte un café?

Humberto Solás.

¿Sigues fumando? ¿Cuántos al día?

Ningún cigarro, hace diez años no fumo.

¿Cómo ocupas tu día?

Pensando en cosas buenas.

¿Un consejo a los jóvenes cineastas?

Aprendan a vivir

¿Marcelino?

Marce es lo mejor de mi vida, 30 años together.

Y luego, acaba con esta frase: “Me cansé, chao”.


Carlos Lechuga, Planeta Cerquillo

Bajada

Carlos Lechuga

En algún momento, algo muy malo me va a pasar. Cuando empecé en esto del cine tenía una identificación con el otro, con el prójimo; quería desentrañar la realidad cubana. ¿Adónde se fue esa sensación?

2 Comments
  1. ESLINDA DE NOVIEMBRE

    Hay un mes en el mundo en que siempre veo una película cubana. No hay muchas películas cubanas que se puedan ver. Son tres o cuatro, diez a lo máximo. Y la veo en formato paleolítico, en VHS, el único que aún conserva los grises intermedios del film, sin esos artefactos en alto-contraste de la copia digital. El celuloide original creo que se pudrió, como medio archivo cinematográfico cubano: como medio archivo de cualquier cosa dentro de la islita del salitre, la sandunga y una soberana indolencia (amnesia para evitar toda reminiscencia que comprometa a la nueva retórica de la post-revolución).

    Es una peliculita cubana de los años setenta, por supuesto y, como tal, es una peliculita cubana censurada energúmenamente acaso sólo unas horas antes de su estreno. De hecho, el propio director la negó hasta sus últimas entrevistas, de manera que el ICAIC nunca tendrá que pedir públicamente perdón, pues en principio se trata de un caso estético —y no político— de duda autorial.

    El mes del mundo al que me refiero es obviamente noviembre (tampoco hay muchos meses para elegir, pues el insoportable sopor de Cuba hace que ningún film sea contemplable la mayor parte del año). Y la película es, por supuesto, una de Humberto Solás, el director cubano que debió ser nuestro mejor realizador, siendo el más sensible y sutil, el de más potencial humano y menos ímpetu panfletario —un tic institucional que casi hizo tonto a Titón, hasta que reaccionó en pleno umbral de la muerte—, pero un director abortado tan pronto como el Síndrome de las Megaproducciones históricas sedujo a Solás y lo sentenció. Mala compañía para el cine es la novelística cubana.

    Y el título de la peliculita huérfana es Un día de noviembre, cuya suavidad al nombrar tuvo que esperar décadas de línea dura desde que el filme estuvo editado acaso otro día de noviembre, pero de mil novecientos setenta y dos.

    Cuba, país sin estaciones, igual abrevia sus días en el actual mes once —antes noveno— del almanaque. El sol se pinta amable como nunca en el Caribe y el gris comienza a colorear los tintes chillones y chatos de nuestra realidad. La Isla luce un poquitín más nórdica, menos despótica y más primer parlamento del planeta plantado sobre una falla volcánica: Cubislandia, Habaneikjavík.

    A pesar de sus proyecciones póstumas muy de vez en cuando, técnicamente Un día de noviembre todavía espera por su premier oficial. Pero su no-estreno es su estatus ideal como arte intolerable, porque la protege del vulgo que vaga por nuestras salas de cine con ínfulas de Ciudadano Onán (con sus pingas de lumpen-proletariado experto en exprimirse el séptimo semen).

    Lucía, un nombre que arrastramos desde el síndrome de la vagina dentada de Lezama Lima (acaso porque toda aliteración es libidinosa), rebota en este filme de Solás mucho mejor que en sus tres Lucías de unos años atrás, a mediados de los sensacionales sesenta. Pero esta Lucía es la muchacha más linda del mundo —como le hubiera gustado decir a Reinaldo Arenas—, con musarañas de liberación de género en la cabeza, pero con casi nada que hacer o decir dentro del argumento. Y eso es lo mejor, porque los personajes del cine cubano siempre pecan de incontinencia castrista en sus parlamentos.

    Lucía, imitando a la actriz Eslinda Núñez que la encarna, sólo sabe reírse en Un día de noviembre. Se “supera” como mujer, supura scent of mujeridad, es el epítome y la apoteosis de la Hembra Nueva que ni siquiera llegó a considerar el machista-maoísta de Ernesto Guevara (el Ché). Lucía es linda. Y Eslinda flota, efímera, fuma, fútil, fornica, fauna, en una escena de sexo sin órganos sexuales que es fabulosa precisamente por haber sido pacata y perversamente picoteada por quién sabe cuál de nuestros Manostijeras censuratográficos.

    Para colmo, el actor protagónico tampoco actúa ni protagoniza nada ese día de noviembre de mil novecientos setenta y tanto dolor. De hecho, era un amateur: un hombre bello y sin éxito del que se enamoró el ojo intuitivo de Humberto Solás —todos sus ojos íntimos—, aunque después se arrepintiera con un mea culpa cobarde por los pasillos del ICAIC y el ICRT y acaso el MINCULT y el MININT y demás siglas sigilosas.

    Para mí, este extra anónimo hace uno de los papelazos más preciosos de la Revolución en 35 milímetros. Se comporta casi como un conductor que cancanea entre actores de verdad, presentándonos a una Cuba pre-proletaria que parece este-europea, mientras él espera su fin. Porque nuestro testigo que ama a Eslinda y al mes de noviembre se muere, por supuesto —toda dramaturgia es funérea—: se hiela, no come nada (slogan de los “muñequitos rusos” que todo niño cubano conoce en la punta con pecas de nuestras naricitas rinocenórdicas).

    El clima otoñal fotografiado por Solás desde 1972 no se repite así en Cuba, país estacionario. Vuelan, como bombitas de baño, los recuerdos bucólicos del clandestinaje bélico en contra de la dictadura anterior. Salpican una infancia de arenas, de bicicletas Niágara, de buses Leyland, sobre una banda sonora que mete un ruido risible, pues hay más bulla de barrio que diálogos de la diégesis. Y están los pinos, los pinos perdidos a la primera oportunidad. Alguien tendría que explicar la aversión de la Revolución comunista contra los pinos en tanto emblema de la libertad, aunque ya sabemos que ni siquiera los pinos son pinos en Cuba, sino casuísticamente casuarinas.

    Y en cada esquina de La Habana otra vez los ojos de Eslinda Núñez, casi más grandes que su cara: Eslinda forever, Eslinda super-star. Virgen fría como de neón, delineada, labios a pincel japonés, piel transparente, talle ínfimo —voluptuosidad laxa de bailarina— y un chorrazo de asfalto en caída libre desde su pelo (eros de los combustibles fósiles). Con saya, cuando la saya era toda una declaración de erotismo —en Cuba la liberación sexual no tuvo que ver con los genitales, sino con el trabajo voluntario cada domingo sin dios—, cruzando sus piernas con una personalidad imputecible —imputrescible: es lo único que el moho del celuloide no carcomió—, sentadita como Joan Manuel Serrat manda, en un banco de parque, para ofrecerle al co-protagonista la fosforera adolescente de su corazón.

    Veo el mar de La Habana y veo que es el mar de Matanzas. Yo tenía un año de vida en noviembre de 1972. Pero lo recuerdo todo mejor que el cretinismo con que mi cabeza hoy recopila recortes de irrealidad. Oigo los testimonios de cada secuencia del filme, y sé que soy el único que sé que esta es la gran película de la soledad socialista cubana. Y que no bastó con el entusiasmo de ponernos a construir una sociedad superior, porque la tristeza es la meta de las utopías triunfantes.

    Mientras más libres, más reprimidos Eslinda y él. Mientras más jóvenes y ligeros, con ropa chea pero bailando al ding-dong de la música anglo —en esa época también prohibida—, más nos parecen dos personajes de un paleo-revolución. Nada nos consuela en noviembre. Todo es triste (como en un verso de Virgilio Piñera) y no es por el gris, sino por la grosería cubana que rodea en cada escena al amor: un amor, por supuesto, que quiere escaparse en el tiempo (decimonónico) y en el espacio (este-europeo).

    Y esa tristeza se la perdió del pí al pá el script propagandístico de una Revolución que quiso ser máscara de carnaval, que aspiró a que “nacer aquí es una fiesta innombrable” (como en un verso de Lezama Lima), ignorando las líneas de amargo augurio con que el poeta remató esa misma estrofa de la cita: “un redoble de cortejos y tritones reinando. La mar inmóvil y el aire sin sus aves, dulce horror el nacimiento de la ciudad apenas recordada. Las uvas y el caracol de escritura sombría contemplan desfilar prisioneros en sus paseos de límites siniestros, pintados efebos en su lejano ruido, ángeles mustios tras sus flautas brevemente sonando sus cadenas”.

    ¿Nacer aquí no habrá sido —más realistamente— un fiasco innombrable? Un otoño en cuya oquedad caben diez millones de toneladas de azúcar, como diez millones de sacos cargados con el eco de un horror que ninguna historia interiorizó (el socialismo como superficie; el totalitarismo como tangente tropical; en el filme todos fotografiamos como Lucías locas porque deshabitamos en una larga y estrecha cámara de gas).

    Noviembre tras noviembre —mi padre idolatraba a una producción de Hollywood llamada, creo, Dulce noviembre— me siento ante el video VHS y rezo para que el casete no tenga hongos o esté muy rígido de polvo, o de pudor de volverme a mostrar a Eslinda semidesnuda ante mí (a él apenas se le ven los hombros y los antebrazos: en la edición, Humberto Solás se reservó esos rushes en privado para sí). Le doy play al aparatoso aparato. Casi siempre reveo el filme ya pasada la medianoche, para que al dejar correr esas escenas de un mundo imaginario ninguna canallada de la calle contamine de contemporaneidad mi ilusión.

    Cada año resuenan los mismos temas del soundtrack, pero todo desvaído, cada mes más analógico, acordes crudos y queribles, y al mismo tiempo concretos, dodeca-afónicos, caídos de un pentagrama hiperreal. La música, que es de Leo Brouwer, se parece a esas camisitas paupérrimas de los personajes, a sus chistes con ganas de al menos tener ganas de romper a llorar. Como si los revolucionarios de aquella época fueran un tin náufragos. Como si intuyeran que la esperanza era un espejismo efímero, una claqueta de salvación para —a la vuelta de otro siglo y milenio (hoy)— varar la nao de la victoria en un capitalismo seguro, súbito, cínico de por vida y nunca más cinéfilo.

    Y no sé por qué, pero cuando Eslinda y Esteban cruzan sus cuerpos sin órganos, yo ya no doy para más. Cuando Lucía y Bello se funden en un primer plano de manos, tras toparse entre las rocas ríspidas de un clima de fiordo, los ojos de Orlando Luis comienzan delicadamente a gotear. Alguien tiene que hacerlo en medio de tanto resabio y tanta resequedad. Alguien tiene que hacer el recontrarridículo de llorar, porque la angustia es hoy la única patria del alma que, siendo compartida, nadie nos la podría colectivizar.

    Un día de noviembre no merece un remake. O sería un remake rodado en el exilio, como la peliculita original y su urbanística desconcertante, acronológicamente acubana. Un remake que no repita rostros, sino que los plagie. Y cuyos caracteres ya no tengan que pronunciar los parlamentos de 1972, porque en el 2015 los cubanos no podemos ni mirarnos a la cara, de tanto traicionar al amor más puro del planeta y de tanto irnos de nuestros pobres apartamentos de La Habana para envejecer en cualquier otra imposibilidad de ciudad.

    Ningún crítico de cine podría entender de qué demonios estamos hablando. Pero tú sí puedes, ¿verdad? A ti y a mí sólo nos queda disparar disparates, con tal de no dispararnos otra cosa más pertinente en la sien.

    NOVIEMBRE DE ESLINDA

    Hay un mes del mundo en que yo veo una película cubana. La veo en formato paleolítico, en VHS, el único que conserva los grises medios del film, sin esos alto-contrastes de la copia digital. Una película cubana de los años 70 y, como tal, una película cubana censurada energúmenamente en su momento. (Hasta su director la ninguneó en sus entrevistas, pero es el ICAIC quien deberá pedir públicamente perdón ―y no sólo por este caso― si es que quiere existir en la forthcoming Cuba que casi se anuncia ya.)

    El mes del mundo es noviembre. La película es, por supuesto, de Humberto Solás, el director cubano que debió ser nuestro mejor realizador, el más sensible y sutil, el de potencial político menos panfletario (un tic defectuoso de Titón), hasta que el Síndrome de las Megaproducciones histórico-novelísticas lo sedujo y lo fulminó. Mala compañía para el cine son la historia y la literatura cubanas, con millones de peso pero en moneda nacional (sólo de interés numismático).

    Hablo, casi ya en otro de día de noviembre, del filme Un Día de Noviembre que nunca se estrenara en 1972. De hecho, a pesar de sus exhibiciones póstumas muy de vez en cuando, técnicamente Un Día de Noviembre todavía no se estrenó. Además, no me da la gana que se estrene jamás. Ese hueco negro la protege de la burocracia y el vulgo.

    Lucía, un nombre que arrastramos desde Lezama Lima (acaso por la aliteración de la L), rebota aquí mejor que en las tres Lucías de unos años atrás, en la década prodigiosa de los 60. Pero esta Lucía linda tiene más musarañas en la cabeza y mucho menos que hacer dentro del argumento. Eslinda Núñez ríe. Se “supera” como mujer, supura scent of mujeridad. Flota, fuma, fornica (la escena de sexo es maravillosa a pesar de haber sido pacata y perversamente picoteada por quién sabe cuál Premio Nacional de Cinetijeras).

    El actor protagónico no actúa ni protagoniza nada. De hecho, era un amateur. Un hombre bello del que se enamoró el ojo intuitivo de Humberto Solás, aunque después se arrepintiera por los pasillos (el amor en la Isla es desmemoriado desde antes del verso de José Martí). Para mí, un papelazo perfecto, precioso. Casi un conductor que se mueve entre actores de verdad, presentándonos una Cuba proletaria que parece europea mientras él espera su fin. Se muere, no come nada. Y el clima otoñal como hace décadas no ocurre en Cuba. Y los recuerdos revueltos de la guerra en el clandestinaje. Y una infancia de arenas. Y el sonido que recoge más bulla de barrio que los diálogos de la diégesis. Y los pinos (alguien tendrá que explicar la aversión de la Revolución cubana hacia los pinos, que ya sabemos que ni siquiera lo son). Y otra vez Eslinda Núñez, Eslinda forever, Eslinda superstar, fría como de neón, delineada, labios a pincel japonés, piel transparente y un chorro de asfalto libre su pelo, con saya (cuando la saya era toda una declaración de erotismo), una Eslinda Nunca a quien desde 1972 espero sentado en un banco de parque para ofrecerle la fosforera adolescentaria de mi corazón.

    Veo el mar de La Habana y veo el mar de Matanzas. Yo tenía un año en noviembre de 1972. Pero lo recuerdo todo mejor que el cretinismo que recopilo lo mismo en las guaguas que en los cines de hoy. Esta es la película cubana de la soledad socialista. No bastó con el entusiasmo de ponerse a construir la sociedad mejor. La tristeza se queda. Es pegajosa como un slogan. Mientras más libres, mientras más reprimidos, mientras más jóvenes y saltarines con música anglo (entonces también prohibida), peor. Nada nos consuela. Todo es triste (es un verso de Virgilio Piñera). Y esa tristeza se la perdió de punta a punta el relato propagandístico de una Revolución con vocación de carnaval, donde “la fiesta innombrable” de Lezama Lima, es rematada por los siguientes versos de esa misma estrofa: “un redoble de cortejos y tritones reinando. La mar inmóvil y el aire sin sus aves, dulce horror el nacimiento de la ciudad apenas recordada. Las uvas y el caracol de escritura sombría contemplan desfilar prisioneros en sus paseos de límites siniestros, pintados efebos en su lejano ruido, ángeles mustios tras sus flautas brevemente sonando sus cadenas”. (¿Nacer aquí es un fiasco innombrable?)

    Noviembre tras noviembre (a mi padre le gustaba un film yanqui creo llamado Dulce Noviembre), me siento ante el video VHS y rezo para que el cassettón no tenga hongos o esté muy rígido de polvo y olvido. Doy Play. Casi siempre pasada la medianoche, como ahora, y dejo correr esas escenas de un mundo perdido pero nunca podrido en mi imaginación. Los mismos temas, pero todo desvaído, suave, y a la vez hiperreal. La música que es de Leo Brouwer y del universo en pleno. Las camisitas paupérrimas, la corrección como último resquicio de civilidad. Como si los revolucionarios de aquella época (porque se asume tácitamente que todo ser en pantalla lo tiene que ser) fueran un tin náufragos todavía con la esperanza de recalar en un puerto seguro. Como si la vida, detenida momentáneamente por el vértigo de la Revolución, estuviera a punto de comenzar de verdad.

    No sé. Cuando Eslinda y Esteban cruzan sus cuerpos yo ya no doy más. Cuando Lucía y Bello se funden en primer plano de manos tras toparse entre las rocas violentas de un clima de fiordo, Orlando Luis comienza delicadamente a llorar. Alguien tiene que hacerlo en medio de tanto resabio y tanta resequedad. Que se burlen ahora los patrioteros de la guardia web siempre en alto (la guarida de Lagarde y sus lameguardias). Que vociferen (sólo yo los escucho) que los mercenarios no tienen memoria ni derecho a un pañuelito de holán fino por la Libreta. Y que se jodan también, por supuesto. Porque el dolor es la única patria que nadie me podría comunizar.

    Un Día de Noviembre merece un remake. Un remake rodado en el exilio, se entiende (la original también fue rodada desde el exilio de una urbanística desconcertante, modernamente acubana). Una película que no repita rostros, sino que los descubra. Cuyos caracteres tal vez no tengan que repetir los parlamentos de 1972, sino simplemente mirarse a la cara (otra virtud de Humberto Solás), saber que el tiempo corre y es desesperante seguir estando en la misma escena ya obscena, angustiarse de que todo sea tan simple y sin embargo siempre nos sale al revés, y recordar además esos rostros que abandonamos en un apartamento de Cuba para irnos a envejecer a ninguna parte en especial.

    Ningún crítico de cine podría entender de qué se trata. Ningún espectador profano o erudito coincidiría conmigo. Ningún tirador de sala oscura dejaría de acosar cuerpos por esta película en blanco y negro cuyo original en celuloide acaso ya se fermentó (como medio archivo del ICAIC en los ex-estudios de Cubanacán). Esta columna es entonces privada. Un secreto con esencia de sándralo que sólo tú sabes a qué sabe.

    NOCHES NUEVAS DE NOVIEMBRE

    Todos los noviembres escribo esta misma columna. Sin notarlo, sin fijarme, sin necesidad de parodiarme o plagiarme a mí mismo.

    Noviembre asoma y asusta. Los días son breves, el sol amable como nunca en Cuba. El gris comienza a colorear bellamente los tonos chillones y chatos de nuestra realidad. La Isla luce un poquitín más nórdica, menos despótica y más democrática. Cubislandia, Habaneijavick.

    Pienso, por supuesto, en la Eslinda Núñez de finales de 1971, el año en que yo nací. Su pelo negro tan negro, casi azul digital antes de la era digital: chorrazos de luz líquida que caen en cascada sobre sus ojos desconsolados en primer plano de la pantalla. Su talle, ínfimo. Su voluptuosidad híperlaxa de ballerina. Sus manos de pájaro abandonado en un parquecito habanero entre la muerte y el amor. Su seriedad al besar, su talante para hacer el amor sin caer en un solo lugar común. Su maravilla, su milagro.

    Estoy hablando de una música filmada por Humberto Solás y compuesta por Leo Brouwer: Un día de noviembre, obra que muy pocos en Cuba han visto y menos aún recuerdan (una película traicionada hasta por las entrevistas en que la ninguneó su director). Estoy hablando, también, de todos los sucesivos noviembres que vinieron mientras se dilataba el tiempo anacrónico de la Revolución, hasta llegar, por supuesto, a este del 2012, cuando ya no queda nadie vivo en Cuba, pero el milagro y la maravilla vuelven a retoñar con una voracidad atroz, de vida que reverdece en invierno, aunque sea sólo se trate de una muchacha en escena por medio mes, o por medio año, antes de saltar al jardín vacío del más allá.

    Trato y trato, pero yo tampoco consigo evitar vivir a tope en noviembre. Me torno amable, adorable, y veo las cosas con una transparencia total, aterradora. Como la mirada de un mesías, que le toma prestado los prismáticos a un ángel o al propio dios. Y espero no cometer una herejía con esto. La verdad del alma nunca debiera constituir herejía de cara al Ser Superior.

    Estamos ya a 27 y para mí es como si fuera principios de mes. Se acerca mi cumpleaños, en diciembre 10. Se acerca el 2013 y tornará muy pronto el verano, acaso desde marzo o abril. Es ahora o ahora. Estoy decidido, quiero ser yo. Quiero devolverle la sonrisa mutilada a la Eslinda Núñez del 2012. Quiero que se atreva a romper las trampas de cualquier época y a caminar de mi mano por las avenidas de esta ciudad con H (letra muda, mortífera). Quiero que la libertad no sea un derecho a reivindicar, sino un estado eterno de ánimo.

    Miente del pí al pá el Eclesiastés. O tal vez no, pero casi. No habrá nuevo bajo el sol, es cierto. Pero bajo la luna de noviembre, hasta las ruinas resplandecen de estreno. No hay nada viejo bajo el cielo de esta noche única. Es inútil ahora intentar no amarte. Ni siquiera recuerdo el nombre de mi ciudad y país. ¿Cubislandia, Habaneijavick?

    http://orlandoluispardolazo.blogspot.com/2019/05/eslinda-de-olpl.html

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