Formas de llamar desde la manigua

Un Grupo Empresarial me prestó en usufructo un cuartico en las cercanías de Boyeros. En un lugar llamado Embil

En el Reparto Embil todavía es 1994. Los vecinos son buena gente, pero no se han enterado de que Fidel murió. Leen el Palante. Cuando ven pasar a una muchacha vestida de negro le gritan: Niña, ¿tú eres friqui? 

Embil es una zona de silencio. Poca cobertura. Pero a mí ya todo me da igual. Estoy tranquilo. Veo como una gran victoria no haber tenido que tomar pastillas.

Tengo 30 dólares y no dejo de pensar en una mujer. 

Ella es complicada. 

Yo entiendo que las mujeres se hagan las duras en Suecia, en Seattle… Te metes en la historia de Bergman o de Nirvana, no sé. ¿Pero aquí? ¿Aquí? ¿En 2019? 

No, mami, no. ¡Si aquí no hay nada! Aquí a las siete de la noche todo el mundo está encuevado. No hay nadie en la calle. No hay nada que hacer.

En el momento en que tú estás en la casa que compartes con tu mamá, o con tu papá, o con el primito, caminando para el baño con el jarro de agua caliente en la mano, y escuchas a un ministro hablando del precio de una batidora en la televisión…, ya te jodiste. No puedes hacerte la dura nunca más.

En ese momento, mi amor, así sucia como estás, te tienes que poner los tacos y salir corriendo para acá. Para mi camita. Para darnos besitos de piquito. Caricias. Los dos bajo el mosquitero. En medio del matorral. 

Pero no. 

M no está para eso. 

Llevo días detrás de ella. Llevo días persiguiendo a M. Le digo que venga a dormir conmigo. La espero. Le compro cigarros, cervezas, refrescos. El ron oscuro que a ella le gusta. Pero siempre me deja en eso. Me embarca una y otra vez. 

Para ella es un juego. Para mí es un asunto de vida o muerte. Se me corta la respiración. Me conecto cada tres minutos esperando noticias. Pero nada. 

Sé que estoy perdiendo el tiempo. No soy un adolescente, aunque lo parezca. Soy consciente y he tomado medidas. Por ejemplo, ayer le seguí la conversación a una desconocida de Marianao. Pensé que así podía olvidar a M. 

La desconocida es una muchacha de 22 años. Después de un rato hablando, me mandó una foto desnuda. Le dije que estaba buena y que tenía tremenda cara de enferma. Se puso brava y, con muchas faltas de ortografía, me aclaró lo que permite y lo que no permite que le pongan en un chat. 

No entiendo nada. Es como si todos los aviones del Aeropuerto Internacional José Martí se hubieran llenado con la gente inteligente y se hubieran ido bien lejos. Lo que ha quedado en Cuba es la merma. 

M sí tiene cabeza. Lo que pasa es que la tiene en otro lugar. Para ella, yo soy un entretenimiento más. 

Mientras espero que aparezca, fumo y toco el techo con la palma de la mano. Me contemplo en el espejo. ¿Qué tipo de entretenimiento soy? Peludo, barbudo, barrigón, solo, pobre… No sé. 

Ella sabrá.

La última vez que hicimos el amor, M me leyó unas tallas lindas, hermosas, del poeta Javier Marimón. Algo de un libro titulado Formas de llamar desde Los Pinos.

La última vez que vi a Javier Marimón fue en Miami. Era mi cumpleaños 35; yo estaba en una de mis crisis y no pude tratarlo bien. En mi columna anterior me puso un comentario. Aprovecho esta para mandarle un beso. Él me perdonará.

Una socia, que ya murió, me diría: “Estás igualito a Javier”. 

Nada, que M tiene la cabeza bien amueblada. Es fría, y eso está bien. Le tengo envidia. 

Hace tanto que no me embullo con nada… 

Mi última alegría fue hace par de semanas, cuando estuve en casa del artista Ezequiel Suárez

Llegué con cuatro refrescos de lata. Ezequiel empezó a sacar cajas con sus pinchas hechas a mano. Cosas chiquiticas. Y hablamos. Hablamos de la vida, de las mujeres, de los artistas… Me dijo que tenía que dejar la paranoia. Me quiso regalar unas obras. Yo no acepté. No quise ser invasivo. Pero sí le pedí permiso para hacerme un tatuaje con uno de sus textos. 

Y me lo voy a hacer. 

El encuentro duró poco. En medio de la conversación llegó la gente del Ministerio de Salud Pública con una bazuca para fumigar. 

La casita de Ezequiel Suárez se llenó de humo. Fumigaron sus obras. Fumigaron sus cartones, sus maderas y sus porcelanas. 

Ese encuentro me dio energía. Energía para seguir escribiendo. Para irme tranquilo de vuelta a Embil. Para olvidar a M durante un rato. 

Pero solo fue un encuentro. Es difícil mantener ese estado de ánimo. 

Llego a mi zona. A la manigua. Saco la llave. Bajo la cabeza. No me queda otra que entrar y encuevarme en mi cuartico del Grupo Empresarial. Corre la brisa. Escucho un sonido. A lo lejos vuela un avión. 

¿Irá M en ese avión? ¿Se fue ya de este país, como toda la gente inteligente? 

Miro la manigua y pienso: hay otra opción. No tengo que encuevarme. 

Entonces camino y me pierdo en el monte. 

Cojo matorral. 

Manigua. 

Monte. 

Y pienso en el futuro. Lo único que quiero es el amor de una mujer. No tiene que ser M, pero se le debe parecer un poco. Tiene que ser una tipa que me aguante y a la que yo aguante. No es fácil. 

Camino entre las hierbas altas. Huelo caca de caballo flaco. A lo lejos, se escucha “Pakumba”, de Chocolate MC. Me dejo llevar por el ritmo y muevo los hombros.

¿Qué diría Marta Zatonyi, mi profesora polaca de estética (en paz descanse) si me viera ahora en este matorral? 

De pronto me sorprende un mensaje. 

Es M. 

Apareció. 

Hoy viene a singar. 

Sonrío y salgo corriendo con las medias llenas de guisasos.




Ya no juego más

Ya no juego más

Carlos Lechuga

El día que me tire de un edificio, disfrutaré el aire dándome en el pelo. Y voy a caer, pero voy a caer con la pinga parada. Porque, como un niño, en un juego de parque, yo he decidido no participarNo juegoGanen ustedes. Nadie está cuidando la base. Sean los reyes. Con sus coronas de cartón.


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