Axilas femeninas en el Festival de Cine

No fue hasta el primero de junio de este año que tuve la autorización para hablar de la dichosa reunión. Casi seis meses después de que ocurriera. 

No sé si tiene sentido contar la historia si no puedo mencionar el nombre de los directores, fotógrafos y guionistas cubanos que participaron. Pero bueno, sí me dejaron mencionar a los cineastas y a las estrellas extranjeras. 

A fin de cuentas, nadie me va a creer. Igual no es tan importante. 

Cada año, en diciembre, en el marco del Festival de Cine de La Habana, transcurren varias actividades o reuniones colaterales. Los egresados de la Escuela Internacional de Cine se reúnen. Los estudiantes de la Escuela Nacional de Cine hacen un motivito. Hay fiestas. Comidas. Homenajes. 

El año pasado yo estaba concursando en guion inédito y tenía mi credencial, invitaciones; tenía de todo. Entonces, en los últimos días de noviembre, tocan al apartamento que comparto con mi bella madre y le abro la puerta a un muchacho joven, asistente de producción, al que conocía por haber compartido un par de rodajes con él. Rodajes ajenos. 

No sé por qué nunca trabajé con él; ni en Melaza ni en Santa y Andrés. El muchacho es de esa gente que uno ve en todas partes: en las fiestas, en la calle, y lo saludas con buena onda, pero al final no te sabes ni su nombre. Una persona que puede ser confundida con otra. Que me perdone. 

En fin, el asistente de producción traía una invitación para mí, para una reunión que iba a ocurrir una sola vez en la vida, una reunión de la que no se podía hablar, y que iba a tener lugar el día 8 de diciembre, a las 9 p.m., en el apartamento 11 del #458 de la calle J, entre 21 y 23. 

¿Quién me invita? ¿Es una broma esto? Parece El club de la lucha

El muchacho sonrió, como si supiera algo de mí, algo oscuro. Onda: “Carlos, no te hagas”. Y me pasó la invitación, que era una tarjeta pequeña, color carne, completamente impresa con la foto de una axila femenina a medio afeitar.

“Por supuesto, es personal e intransferible”, me dijo antes de perderse por el pasillo. 

Con el paso de los días, sin poder hablar mucho del tema, investigué un poco acerca del muchacho. Pregunté a amigos productores y siempre respondían cosas que no eran ni importantes ni llamativas. Una tarde pasé por delante del # 458 de la calle J y no vi nada del otro mundo.

Le quité el pensamiento a aquello y en los primeros días del Festival me reuní con amigos que vinieron a Cuba, tuve un par de reuniones de trabajo, un par de fiestas, y poco más. Por el patio del Hotel Nacional rondaban estrellas como Benicio del Toro, Julia Stiles, Tara Reid, Harvey Keitel, Laura Walldon, Jacques de Bont, Danny Trejo, Samuel de Trot, Brett Rattner…

También estaban grandes cineastas latinoamericanos como Miguel Littín, Jorge Bolado, Luis Llosa, Natalia Smirnoff, Braulio Marino… Y un amigo fotógrafo me contó que había visto a un grupo de gente famosa, que andaban en un viaje privado, no por el Festival, entre las que estaban Marion Cotillard, Lea Séydoux y Laura Rodríguez-Pérez. 

El día 7 cogí una borrachera tremenda con un tequila que trajo un amigo de Monterrey, y todo el día 8 me lo pasé en cama bastante pachucho, tirando a mal. Pero algo, una fuerza externa, me arrastró. Como susurrándome al oído: hay que saltar del lecho. Me bañé, me perfumé, me vestí y salí, con la invitación en la mano, rumbo a la misteriosa reunión. 

La calle estaba muy oscura, y un poco más allá habían puesto una parada nueva en donde había par de personas esperando la guagua. Subí por J y 21 rumbo a 23. Vi el 454, el 456 y ahí estaba el 458: un edificio oscuro que tenía una escalera iluminada con un bombillito amarillo. Miré la invitación, me cercioré (por gusto, ya que estaba seguro que iba a ser ahí) y entré. 

En la planta baja estaban los apartamentos 1 y 2. Me encaminé hacia la escalera y comencé a subir lentamente. Primer piso. Segundo piso. Poco a poco empecé a escuchar una música suave, oscura, envolvente. ¿Michael Kiwanuka? No sé. Llegué al piso tercero y escuché, tras una puerta, a unos niños llorando. Seguí subiendo y la música se iba haciendo más presente. En el quinto piso no me quedaba duda: era “Love and Hate” de Michael Kiwanuka. 

Me llené de valor y llegué al sexto piso, donde solo había una puerta: el apartamento 11. ¿Y qué pasó con el 12? No existía. ¿Aquello era un penthouse? Ni idea. Llegué a la puerta y, antes de tocar, una guionista cubana, muy conocida, amiga de años (no puedo decir su nombre, qué bobería, pero bueno) abre y me mira sonriendo: “sabía que no podías faltar”. 

Yo le pregunto: “X, ¿qué cojones es esto?”. 

La guionista se echó a reír y levantó los dos brazos enseñándome las axilas. Miré sus axilas y miré la invitación, que era una axila también. 

“Pasa, pasa”, me dice. 

Cuando entré al apartamento, me di cuenta de que era un penthouse decorado al estilo de los años 50, con una luz tenue, amarilla, y esa música suave y rica. Al primero que vi en la terraza fue al asistente de producción que me llevó la invitación. Chocamos miradas por dos segundos y luego empecé a panear el lugar. 

Y sí, de pinga queridos amiguitos: allí estaba la crema y nata de la gente que más admiro en el mundo del cine y de las artes: Hervé de Luze, editor de Polanski; Marion Cotillard, Bruno Saffadi, Juan Salgado, en fin. Una mezcla de gente.

Léa Seydoux no estaba. 

Todos conversaban relajados, con copas o vasos en las manos, dispersos, a pierna suelta…

Cerca de la cocina, esperando las bandejas de picaditos, estaba el grupo de cubanos cuyos nombres no puedo mencionar. No me dejan. Podría hacerlo, pero el pecado al final de esa noche no fue tan grave como para ganarme la molestia de gente a la que admiro y con la que trabajaré en el futuro. 

Me reúno con el grupo. Me miran con cara de “Tú también”. Y uno de ellos, llamémosle Y, me dice: “Así que tú también”. Y a mí me sale una sonrisa nerviosa. Pregunto: “Caballero, ¿esto qué cosa es? ¿Quién lo organiza?”. 

Llega una bandeja y nadie me hace caso. Todos se van a comer. 

A lo lejos veo a Matthew Libatique con una Leica, tirándole fotos a una chica que parece modelo y que levanta los brazos. El fotógrafo se acerca a sus axilas y tira fotos. La guionista cubana me mira y me dice: 

“Ya sabes de qué va la cosa, ¿no? Todos los que estamos acá somos amantes de las axilas femeninas. Todos somos fetichistas. Algunos somos amantes de las axilas afeitadas; otros, como Pedro, de las a medio afeitar, y la mayoría de las peludas”.

Sonreí, en una mezcla de pena y placer.

Y aquí voy a hacer un paréntesis. 

Desde que tengo uso de razón, desde muy pequeño, no sé por qué, empecé a desarrollar una atracción por las axilas de las mujeres. Primero me pareció muy normal, como si todos en el mundo tuvieran el mismo gusto. Luego me di cuenta de que podía ser algo raro. 

Mis primeras novias me dejaron claro que yo era el primero de sus novios que tenía ese gusto excéntrico. Y me avergoncé. Eso de ir caminando por cualquier lugar o estar en un ómnibus y ver a una mujer levantar los brazos y sentir un calor, un cosquilleo… me daba vergüenza. 

Con los años lo fui asumiendo, y salí del clóset de los amantes de axilas. Investigué. Descubrí que había un sitio porno brasileño que se especializaba en axilas. Las chicas se comían las axilas unas a las otras. 

Pero de ahí a asistir a una reunión donde todos tenían el mismo fetiche… 

Ya más o menos me imaginaba como iba a terminar aquello. 

¿Cómo era posible que alguien, o todos, supieran que a mí me gustaba eso? Alguna chica con la que estuve me habría chivateado… No sé.

De repente, de una de las habitaciones salió Ethan Hawke hablando con un productor de cine cubano, que me saludó sin mucho interés, o haciéndose el importante. Y tras ellos apareció el tipo, el duro de verdad, el que más mea: Léos Carax. Y tras él, otro que bien canta: don Harmony Korine…

Léos llevaba un inmenso álbum de papel entre las manos. Lo seguí con mi mirada en cámara lenta hasta que se sentó en un sofá entre Vincent Gallo y Christina Ricci. Léos abrió el álbum y la música paró. ¿Por arte de magia? No, la música la había apagado Chloë. Chloë Sevigny. 

Yo, sin tomar nada, ya estaba en una borrachera que en mi interior decía “Chloë”. Como si fuera socia mía. Coño, y que no tengo un DVD o una USB acá con mis películas… 

Qué comemierda, me dije, esta gente no va a ver tus películas.

Agarré una copa de un camarero que pasaba y bebí. Me voy a relajar. Entonces todo el mundo, everybody, se fue acercando al sofá. Yo también me acerqué. 

El álbum de Léos Carax estaba lleno de fotos de axilas. Fotos de las axilas de las actrices más bellas del mundo, las actrices con las que todos soñamos, con las que todos lloramos… Y no era nada sexual: era sensual. Pero ni siquiera eso: era como cuando un niño cubano te enseñaba su libro de papelitos de caramelos en medio del Período Especial

Era una imagen triste. Aquel hombre, adulto, genial, con su álbum de fotos de axilas. Y todos callados, como en una misa, mirábamos. 

Cuando Léos llegó a la página de las axilas de una joven Catherine Deneuve, la guionista cubana empezó a llorar. Luego llegó la página en blanco y negro de Juliette Binoche con veinte años y las axilas sin depilar; en ese momento Augusto Sinay se cubrió el rostro: era demasiada belleza para sus ojos. Entonces Léos levantó la vista, nos miró a todos y cerró de sopetón su preciado secreto. 

Todos comenzaron a aplaudir. La luz de un proyector nos cortó la cabeza, nos volteamos y, en una pared, Libatique empezó a mostrar fotos de axilas de Requiem for a Dream. Y ahí estaba ella: pelo negro, ojos claros, Jennifer Conelly. 

Recordé aquella tarde en el hotel Reina Cristina de San Sebastián, a punto de estrenar Santa y Andrés, cuando Claudia, Lola, Eduardo y yo, coincidimos con ella. Y en serio, modestia aparte: Jennifer Connelly murió de amor por mí. Muerta en la carretera. Aunque esa tarde no le vi las axilas, y yo estaba casado. Pero Claudia, Lola y Eduardo son testigos. 

En fin. Así transcurrió la noche. Aquellas vacas sagradas empezaron a mostrar sus colecciones de axilas. Fotos e imágenes en movimiento, con la autorización de las dueñas de las axilas. Se empezaron a intercambiar e incluso a comprar algunas de ellas. Pero algunas no tenían precio, y no podían ser entregadas a terceros… 

Me consta que un director de cine cubano abrió su laptop y tenía 8 gigas de axilas de cubanas. Y todos los yumas se volvieron locos con los tonos, los cortes, los músculos, las formas… El director tenía buen gusto para las axilas, pero ninguno para el cine. Esa noche, el muy desgraciado, se fue de la fiesta con 2000 dólares. Qué falta de tacto. Qué falta de sensibilidad.

A las 12 en punto sacaron una olla de caldosa y empezamos a recuperar las formas. El grupo se fue dispersando. Yo me quedé solo. Un poco excitado, un poco decepcionado. 

Regresé a casa y no pude masturbarme. Aquello que había visto era la Capilla Sixtina de las axilas, de los grajitos, de los sobacos… Y no podía profanar esas imágenes. No. Traté de dormirme. No pude. Abrí mi laptop y me puse a ver GranTorino. Clint Eastwood con su cara de hombre duro. ¿A Clint le gustarán las axilas?

Qué dura es la vida. Tanta gente talentosa, tanto dinero, y nadie interesado en el cine cubano. Todos con un hobby, un fetiche que me encantaba, es cierto, pero yo necesitaba dinero para mi película. 

El día 9 me levanté temprano y me fui al Hotel Nacional. Félix Beatón me invitó a un café y a una charla que estaba dando Renecito de La Cruz.

El día 10 tuve que llevar a la pura al médico y me perdí el Festival. 

Los días 11, 12 y 14, ni me acuerdo a qué fiestas fui o qué películas vi. Rojo, esa la recuerdo; esa me gustó. Y Zama. ¿O era de otro Festival?

A punto de acabarse el Festival de Cine me encontraba un poco abatido, no sé por qué, y al salir del Hotel Nacional, en vez de coger para mi casa, agarré en la dirección contraria y terminé caminando por el Malecón. 

El sol se estaba poniendo, el mar estaba un poco cortado y el viento creaba una especie de neblina con el salitre. Una neblina naranja. Miré a Yemayá y le pedí para mis adentros: “Bella, sálvame”. 

Entonces la vi venir. 

¿Era ella? 

No. No puede ser. 

Sí. Era ella. 

La misma Léa Seydoux, con una camiseta blanca sin mangas y un short rosa.

¿Iba en chancletas? No lo sé. No podía mirar para abajo. No podía perderme el momento. 

Entonces, antes de pasar por mi lado, Léa levantó los brazos para arreglarse el pelo, que estaba intranquilo por el viento. En ese momento Léa me mostró sus axilas. Debajo de sus brazos, el color era blanco como la porcelana. 

Léa me miró, se dio cuenta, sonrió apenada y bajó los brazos. Yo no pude sentirme mal, pero le mentí y logré decir: “Sorrydesolé”.

Esa imagen, nadie me la puede quitar. Me la llevo a la tumba. 

Y cuando tiren sobre mi ataúd las tres paletadas de tierra, allí estaré yo, pensando en la francesa esa. 







La naranja de Felipe Dulzaides

La naranja de Felipe Dulzaides

Carlos Lechuga

Felipe Dulzaides vive en La Habana y acepta responderme un cuestionario: “Yo trabajaba para la cámara. Un trabajo que, irónicamente, refleja el drama existencial de ser un individuo culturalmente fuera de lugar. No puedo dejar de reírme: creo que siempre lo he sido, no importa el contexto”.


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