Sombras de mi nueva normalidad

Son las nueve de la noche y Chavela está cantando “Sombras”:

“Cuando tú te hayas ido, me envolverán las sombras… Cuando tu te hayas ido, con mi dolor a solas, evocaré el recuerdo de las felices horas. Cuando tú te hayas ido, amor, me envolverán las sombras. En la penumbra vaga de la pequeña alcoba, cuando una tibia tarde me acariciabas toda…”.

Son las nueve de la noche y llueve con fuerza.

Estoy sentado en el sofá de la casa de mi madre, con un tabaco entre los dedos, tecleando en un ordenador que está apoyado en mis piernas.

Solo llevo unos calzoncillos rotos. Trato de empezar este texto sin saber por dónde cogerlo. Voy a hacer el intento.

Una amiga, con la que quiero tener algo más, me invita a un paseo por La Habana y luego a una pequeña fiesta en una azotea.

El paseo fue algo especial. La ciudad estaba un poco vacía, y entre los locos y los pordioseros faltaban mascarillas, pero por lo general todo parecía bastante higiénico.

Caminar La Habana Vieja estos días es algo raro. Parece el escenario de una película de zombis. Hace poco, en la Mesa Redonda de la televisión estatal, estaban hablando de nuevas medidas para tratar de salvar un país que se hunde en el mar; al mismo tiempo, yo tenía a un amigo en el teléfono diciéndome: “Asere, somos sobrevivientes”.

Y es verdad. Los que estamos vivos hoy. Todos. Somos sobrevivientes.

Chavela cambia:

“Qué me importa que quieras a otra y a mí me desprecies… No me importa que sola me dejes llorando tu amor. Eres libre de amar en la vida y yo no te culpo. Si tu alma no supo querer como te quiero yo…”.

Y como sobrevivientes de esta nueva “normalidad”, deberíamos haber aprendido algo. No sé. Tomarnos la vida más suave. Sin tantos enredos.

A lo que iba. Estoy con la chiquita paseando por la ciudad olvidada y la tipa se me abre. Me habla de una situación laboral complicada que tiene con uno de los choferes de la empresa donde trabaja. Yo me siento con ganas de escuchar, de ayudar. Le empiezo hablar de la relatividad de las cosas, le digo que debe ser comprensiva, tolerante. La gente ha tenido un año muy jodido. Hay que tomarse las cosas suaves.

Parece que a mi amiga le gusta lo que le digo y esto hace que me agarre la mano. Su mano pequeña entre mis garras.

Chavela:

“Uno se despide, insensiblemente, de pequeñas cosas. Lo mismo que un árbol, que en tiempos de otoño se queda sin hojas. Al fin la tristeza es la muerte lenta de las simples cosas. Esas cosas simples que quedan doliendo en el corazón. Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida, y entonces comprende como están de ausentes las cosas queridas”.

Enseguida cambio la postura. Ya no solo me siento un sobreviviente, sino que me siento un vencedor. Un sobreviviente vencedor. Vencí al virus, y salí con novia y todo.

Avanzamos por la calle OʼReilly y llegando al bar me encuentro con unos viejos conocidos. Entre bromas y saludos, me dicen: “Te veo bien”.

Me hincho aún más. 

Nos tomamos unas copas. Ayudo a mi amiga en unas compras. Nos montamos en un taxi rumbo a Santa Fe. Llegamos a su casa. Un apartamento pequeño que, por algún milagro arquitectónico, detrás de la cocina tiene una salida al mar. 

Nos ponemos a hacer un jugo de piña con jengibre, y hablamos de libros. Ella tiene muchos libros de Polanski. Me parece algo raro. Lo suyo son los tubos plásticos, las tallas de los acueductos. Le comento que me causa curiosidad, y me dice que no debo olvidar que su exmarido era aquel famoso realizador de videoclips. Un muchacho que ya había dejado el mundo musical y ahora mismo estaba preparando su primera película… 

“Por cierto, ¿cuándo tú vuelves a filmar?”, me pregunta.

Me cambia el ánimo enseguida. Como un piñazo por la cara. Me sienta mal todo. Me empiezo a sentir mareado. Se me aguan los ojos. Pienso que soy un perdedor. Me doy otro buche de jugo y pienso en mi amigo: somos unos sobrevivientes. Con eso tiene que bastar.

“¡Playa, playa!”, grita la chica, y nos ponemos en función de ir al mar. En esa zona hay erizos, por eso me tiro con mis zapatillas puestas. Ella me da tremendo chucho, se burla: soy un burguesito con los pies muy delicados.

Nadamos un poco. Ya no me siento tan cercano a mi amiga. Me alejo. Me meto un buche de agua salada en la boca y nado mirando al sol. En ese instante, no sé por qué, empiezo a pensar como ella. Bueno, creo que estoy pensando como ella, pero en verdad lo que hago es imaginarme lo que ella está pensando de mí.

Me imagino que, desde el momento en que nos encontramos, ella empezó a verme como un gordito blanconazo que vive con su madre y que ya está lo suficientemente viejo como para poder salir de su zona de confort.

Trato de ayudarme. Nado hacia ella y cuando la tengo de frente le pido disculpas. Ella me pregunta por qué. Le acaricio el pelo. El sol le da detrás de la orejita. Sonríe, la agarro y la beso. 

En ese instante, en vez de disfrutar sus labios, pienso en lo susceptible que me he vuelto. Me viene la imagen de un bebé viejo. Una especie de Benjamin Button. Llegando a los cuarenta, los hombres y las mujeres nos hacemos más difíciles. Es más difícil dejarse llevar. Silenciar la cabeza. Enseguida nos damos por vencidos. No estamos para eso.

Ella me sigue besando y se me pega al cuerpo.

Poco a poco, sin soltarnos, nadamos hasta el murito. Subimos. Me conduce hasta el cuarto. Nos tiramos en la cama. Estamos salados. En su ombligo hay un pequeño grano de arena. Le paso la lengua y bajo. La trusa en su entrepierna tiene un olor especial. Así debe oler el cielo. El paraíso. La gloria. Empiezo a chupar por encima de la tela. Poco a poco me mojo los dedos, el dorso de la mano. La empiezo a tocar con suavidad con la mano y la lengua.

Ella sola, desesperada, se quita la tanga y me regala su carne.

Cafecito. Un roncito. Duchita. Y a prepararnos para la fiesta. Tiene ganas de presentarme a sus amigas. Se ríe. Me confiesa que en alguna que otra borrachera han hablado de mí. Se han burlado de lo que escribo

Agarramos un taxi de vuelta a la ciudad. Y en ese momento todo se empieza a joder.

Se empieza a joder de verdad, en la realidad, o mi sensiblería me juega una mala pasada y creo que todo es más malo de lo que realmente es.

Llegamos a la azotea y en la fiesta había solo cinco personas. Ella se va enseguida a hablar con las amigas y me deja atrás. No me presenta. Me quedo mirándolas con cara de bobo. Sonrío. Me llevo las manos a los bolsillos, esperando a que se acuerde de mí, a que se vire y diga: “Miren, este es mi amigo Carlos”. Vaya, ni siquiera quiero que diga que soy su cita o su novio. 

Pero no. Nada de eso pasa.

Multiplicado por cero y con cara de comemierda, empiezo a mirar las vigas del techo metálico como si fuera algo muy especial, como si fuera la Capilla Sixtina. Estoy a punto de cansarme. Nadie viene a salvarme.

Todo empeora. Ella va adentro a buscar un trago, y ni me brinda. Estoy solo. Siento la mirada de gente sobre mi cuerpo. Saco el celular. Miro la pantalla.

Nadie viene por mí. 

Doy media vuelta y me mando a correr.

No sé por qué corro. Corro en la noche y empiezo a llorar. Y como en Blade Runner, empieza a llover. No puedo ni siquiera alegrarme de que la lluvia les va a joder la fiesta.

Lloro y corro. Toda la vida. 

Perdón: toda la vida de adulto. Acercándome a los achaques. 

He trabajado para no sentirme solo en una noche cubana, en una capital oscura y vacía. La Habana zombi. Mi plan siempre ha sido buscarme a alguien.

Sin embargo, hoy me he dado cuenta de que incluso con alguien, teniendo a alguien, a uno le puede pasar esto o algo peor.

Corro y lloro. Pienso en el dicho ese de mejor solo que mal acompañado. 

En una esquina veo a Hubert: está borracho, solo.

En la parada, una persona espera un transporte.

Feelings. Fucking Feelings.

La nueva “normalidad” es tremenda mierda. 

Sin dejarme vencer, siento que tengo el cuerpo como para ponerme a escribir. A lo mejor a esto se le puede sacar algo. No me puedo dejar caer.

Optimismo.

Lo importante no es caer, sino aprender a levantarse.

Chavela en “Paloma Negra”:

“Ya me canso de llorar y no amanece, ya no sé si maldecirte o por ti rezar. Tengo miedo de buscarte y encontrarte. Donde me aseguran mis amigos que te vas. Hay momentos en que quisiera mejor rajarme y arrancarme ya los clavos de mi penar, pero mis ojos se mueren sin mirar tus ojos, y mi cariño, con la aurora, te vuelve a esperar…”.

Dejo de escribir. Cojo la tablilla con el papel en blanco y me hago una lista: 

  1. Buscarme un gato o un perro.
  2. Aprender a estar solo.
  3. No salir de la casa.
  4. Tirar par de textos buenos con escenas de sexo, leche y mujeres multiorgásmicas, que eso vende.
  5. Tratar de recuperar todos los libros que he regalado y ponerme a releer.
  6. No oír más a Chavela.
  7. Tratar de comprarme calzoncillos nuevos (para mi goce personal).
  8. Hacerme un ciclo de todo Kurosawa o Woody Allen (algo largo, que dure todo el verano).
  9. Hacer una lista para ver qué he estado haciendo mal.
  10. Conseguir 500 gigas de porno. 

El tabaco se me está acabando. 

Pienso en mis amigos del preuniversitario; me los imagino diciendo: “Maricón, si por lo menos singaste, deja la blandenguería y ponte duro”.

Apago las luces. Me tiro en la cama. 

Oscuridad total. 

Sonido de lluvia que cae.




Carlos Lechuga: “No hay Ley ni Decreto que me pare” - Martica Minipunto & Jorge Enrique Lage

Carlos Lechuga: “No hay Ley ni Decreto que me pare”

Martica Minipunto & Jorge Enrique Lage

A propósito de su libro debut: En brazos de la mujer casada (Editorial Hypermedia, 2020), provocamos al cineasta Carlos Lechuga: “Me siento como un turista en este mundo, y me gusta, porque el cine me tenía agotado. Entiendo que muchos escritores no me vean como un escritor, a pesar de que les gusten algunos de mis textos”.


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