Orson Welles y Dennis Hopper se fajan en el Gato Tuerto

Esto pasó de verdad. Pasó, pero Cuba estaba en la talla de la zafra y nadie le prestó mucha atención. Era en abril. En abril o en mayo. La historia está un poquito fula, pero al final creo que los dos protagonistas de este cuento se reconciliaron. Filmaron juntos. Compartieron tiempos menos tormentosos… ¿Menos tormentosos?

Orson Welles hace rato que no ponía una. No ponía una a los ojos de los mandamases de la industria, los que picaban el bacalao, gente que no sabían mucho de cine. Gente de billete. Pero la verdad que todos sabemos, la verdad verdadera, era que Orson era el tipo. Desde los dos años era el bárbaro, el que más meaba. 

Dennis Hopper había tirado un montón de buenas fotos y había hecho la película aquella de las motos y la carretera con el delincuente ese de Jack, el innombrable. De ese ya hablaré en otro momento. La cosa es que Dennis estaba en su momento de gracia, era un niño mamey, un caramelito, y Orson estaba en desventaja porque era un genio, pero era un genio al que todo el mundo quería batir.

Pepe H. había invitado a Míster Kane a la Isla, para tratar de embullarlo: Máster, mira los paisajes, las mulatas, los cocoteros. Aquí puedes meter un buen filme. 

Orson había aceptado la invitación, y de regreso de España se vino a la Isla acompañado por Ricardo Franco (el director de La buena estrella y amante de Jean Seberg, que acabaría poniéndole Orson a su hijo).

Orson llegó por el aeropuerto de Baracoa y se hospedó en el Vedado. Fue a Varadero, comió en casa de Domi y hasta bailó un día con Juana Bacallao (no hay pruebas, pero la diva asegura eso).

La cuestión es que nadie, ni Pepe H. ni la gente del ministerio, sabía que Dennis Hopper estaba también en la Isla. Dennis había venido en busca de un personaje perdido. Estaba obsesionado con el Pelú de Mayajigua, y quería ver si podía producir una historia con esa leyenda misteriosa, de la que todavía no se ha hecho una buena película histórica.

La noche en cuestión: Orson Welles acaba en el Gato Tuerto, solo, ya que Franco era un poco depresivo y se había quedado en cama; y ahí, pegadito al escenario, estaba sentado en una banqueta, con su barba y su sombrero, el chama Dennis. Había una diferencia de edad tremenda. Hopper estaba arriba de la bola en ese momento, y Orson estaba mal, en caída (a los ojos de la industria, ojo).



Orson lo vio primero, y trató de evitarlo. Sabía que el muchacho lo iba a querer retar. Cosas de jóvenes impetuosos. Por lo que Míster Kane se quedó en la barrita que daba a la antigua cocina, escuchando a la bolerista. La camarera se encargaría de traerle los chupitos de ron, ya que el Campari estaba en falta.

En el medio de “A mi manera”, Dennis, haciéndose el entretenido, pero con la intención de encontrar jeva, miró alrededor y descubrió al caballote. No se lo creía. Entre todas las partes del mundo, se encontraba con el tipo aquí, en La Capital de Todos los Cubanos. Era una onda rara, ya que en Los Ángeles habían estado tan solo a unos pasos de distancia en el Beverly Hills Hotel, y no se habían dicho ni mu. Mucho ego, mucha pena, mucho todo.

El Hopper saltó de la banqueta y fue para allá a hablar con Welles. El maestro lo saludó con frialdad y se hizo el que estaba mirando al escenario para no tener que prestarle mucha atención. Pero el Dennis empezó a alabarlo, que si Ciudadano…, que si Sed de mal, y así. Todo para llegar al punto: tratar de ablandarlo.

Laura María Ramírez era una guitarrista de clásico, empeñada en lo flamenco, que a veces tocaba en el Gato Tuerto. El día en cuestión no estaba trabajando, pero andaba en cuestiones de cobro. La cosa es que la muchachona, casi por mandato de Dios, acabó entre ellos dos. Orson se creía que tenía balas para llevársela a la habitación 202 del Vedado; Dennis se sabía con la juventud y la moña como para llevársela a su casa particular en la Avenida Kohly. 

A partir de la aparición de Laurita, los dos gallos empezaron a probarse. Ella era el detonante, el catalizador, para que todo el buen rollito y la diplomacia se fueran a la mierda. Una mujer hermosa, una tipa inteligente y chévere, era lo que faltaba para que cayeran las máscaras y los dos leones se enfrentaran.

Dennis la tocaba en el hombro y le daba otra copa. Orson prendía su tabaco con insistencia, a pesar de que ya estaba encendido, y le hablaba en un español macarrónico acerca de su parecido con Lana Marla Sophie. 

La cosa se fue calentando. Creo que Dennis estaba un poco drogado. Y en un momento aquello se puso bien feo. Imagínense: dos genios del cine en esa bobería, y en un país tercermundista donde la gente ni sabía quiénes eran ellos.

Humo. Bolero. Putería. Raspadura. Demasiadas tallitas locas como para entender. 

Si el director de la escena hubiese sido yo, los hubiera sentado en una mesa a hablar de planos, de posiciones de cámara. Hubiera puesto en boca de Dennis aquel sueño extraño que tuve, en el que yo era Orson y llegaba al set y nadie sabía decirme qué era lo que había que filmar. En fin. 

Pero un par de senos femeninos jalan más que una carreta de caballos o de bueyes.

Y nada, que ya cuando los dos machos alfas se jalaban a la chica para un lado y para el otro, llegó el novio de la guitarrista en su moto, y se la llevó. Los dos quedaron mal, en pausa, detenidos, sintiéndose muy ridículos. A fin de cuentas, ellos se tenían que volver a encontrar en el futuro, en la realidad, en el Primer Mundo, en Venice Beach o en Muholland Drive, ¿y qué se iban a decir?

“Ño, mano, verdad que me puse letal en La Habana”.

No. Mucho orgullo. Mucha fuerza machista. La noche avanzó y los dos americanitos se quedaron uno al lado del otro como estatuas de cera.

Cerca de las dos de la mañana llegó la Señora Sentimiento y puso aquello a gozar. Orson se olvidó de la guitarrista y empezó a imaginar una escena de playa, como aquellas que tiró en Brasil, en aquella peli que no le dejaron acabar. Dennis se imaginó a la Burke desnuda en su cama: la llenaba de besos de anfetaminas. La imaginación pudo más que la realidad.

Dicen las malas bocas que, al amanecer, como dos amiguitos romanos, el maestro y el pupilo salieron del Gato Tuerto tomados de la mano. Hablaban de Rita Hayworth, de Elvis Presley y de Samara Manta. La Habana no era lugar para peleas.

Muchos años después, en casa de Chinolope, Peter Bogdanovich me enseñaría en su móvil las fotos del guion original de F For Favor, la penúltima película de Welles en Italia. Tuve la suerte de montar un minuto de esa película, que ahora la pueden encontrar en YouTube.



A Dennis no lo pude conocer. Yo era muy chico. Pero su señora viuda sí que me escribió una dedicatoria bella en su libro de fotos, titulado Havana 33. Nunca entendí de qué iba ese 33. Nadie lo explicó. Ni él mismo.

En 1984, Hopper vino al Festival de La Habana. Dice la gente que estaba muy tranquilito. No retaba. No se drogaba. No se fumó ni un puro. En una ocasión, el ángel que lo atendía, lo llevó hasta la puerta del Gato Tuerto. Hopper preguntó por Elena, por Laura. La voluntaria no sabía que decirle. Hopper desistió y caminó solo hasta el mar. Miro a Yemayá y le tiró un beso.

Tremenda guapería. 

La Habana ya no era la misma.

Iború Iboyé Ibochiché




Nelson Jalil: confundiendo el lunes con el domingo - Carlos Lechuga

Nelson Jalil: confundiendo el lunes con el domingo

Carlos Lechuga

En la Galería Servando, el artista Nelson Jalilpresentaba Confundir el lunes con el domingo. Los cuadros y las pequeñas instalaciones me trasladaron a una sensación de seguridad tremenda. Todo estaba bien. No existía ningún virus. No había problemas. Lo que tenía al frente era lo más importante.


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