Monstruos para asustar a niños comunistas (III)

La vigilante

Su canción preferida era “Visa para un sueño”, de Juan Luis Guerra y La 440. En su centro de trabajo, la editorial Pueblo y Educación, cada fin de mes hacían una fiestecita, un motivito, y ella pedía y volvía a pedir la misma canción. Con su pantalón apretado, movía las caderas de allá para acá sin parar.

“Buscando visa, la necesidad…”.

“Buscando visa, la razón de ser…”.

Sus compañeras de trabajo siempre la trataron con distancia. La veían como si fuera una rara, una loca. A ella le daba igual. Lo de ella era hacer bien su trabajo. Aunque le estuvieran pagando 100 míseros pesos, ella atendía el teléfono con tremendo amor. Su cuartel general, su puesto de mando, era ese: el buró de la recepción.

Una noche llegó a su cuartico de 10 de Octubre y se encontró con que su esposo la estaba dejando y su hijo se iba a vivir con él. Así, de la noche a la mañana, perdía a su marido y a su pequeño.

Eso fue lo primero que la desestabilizó, o por lo menos eso es lo que dicen sus vecinos. A partir de entonces, todo fue cuesta abajo.

A los pocos días, en el trabajo, su jefe la descubrió maltratando a una colega y como castigo la mandó para el fondo, para que se ocupara de la vigilancia del papel del almacén. En su silla sentaron a una jovencita bonita que no tenía idea de lo que había que hacer, pero tenía buena presencia.

En dos minutos se olvidaron de ella.

La dejaron fuera cuando repartieron los “módulos de aseo”, los regalitos de fin de mes. Del evento que iba a tener lugar en el campismo, con todos los trabajadores, también la dejaron fuera. No contaron con ella para la rifa de los ventiladores, ni para los premios de calzados y blusas.

Así, pasito a pasito, se fue desencantado.

Ya no podía ni cantar “Visa para un sueño”.

Una tarde cualquiera, aparentemente sin ningún detonante, la vigilante juntó todos los paquetes de papel del almacén y prendió un fósforo. Le dio candela a toda la mierda esa. Por suerte para ella nadie salió herido, pero el lugar se quemó hasta los cimientos.

La policía la recogió. Después de cuatro días de interrogatorios, se dieron cuenta de que la vigilante lo que necesitaba era un psiquiatra. La mandaron para el hospital, para Mazorra, y el comandante Ordaz la puso a recoger las hojitas secas del patio. Así estuvo un tiempo, hasta que una madrugada, cuando la vigilancia era más suave, agarró sus cuatro trapos y escapó.

Nadie sabe bien en qué momento se hizo del traje. Pero los que la han visto aseguran que lleva una capa, un antifaz y unos guantes.

En las películas de superhéroes hay una escena que es así: el momento de la transformación. El momento en que la rubia se empodera y se convierte en Catwoman.

Nuestra vigilante agarró calle. Nadie tenía la menor idea de dónde encontrarla. Lo que sí se fue haciendo más presente en la ciudad era el chisme. El cuentecito, la leyenda urbana. La gente contaba que en las noches de apagón la vigilante se aparecía en las casas en busca de justicia.

Su motivación era solo una: lograr que Cuba fuera un país más justo.

En medio de la madrugada, cuando todos dormían, la vigilante se colaba por la ventana, agarraba una almohada y se subía encima de alguno de los corruptos que sobraban en el ambiente: un viceministro, un director de empresa… Y los dejaba sin aire. Los ahogaba.

En las noticias empezaron a decir que todo lo que estaba pasando se debía a una patraña del imperialismo yanqui para acabar con los trabajadores cubanos y empañar los logros de la Revolución. Pero la gente, el pueblo, sabía bien qué era lo que estaba pasando.

Por primera vez había una superheroína cubana.

La mayoría de la población, los más oprimidos, empezaron a dormir más tranquilos. Los que mandaban, los más corruptos, empezaron a perder el sueño. Y con ellos, sus hijos, los pioneritos comunistas, empezaron a temer también.

Temían por sus padres. Temían por que una loca cualquiera ahí, una desconocida, se les fuera a aparecer. Temían que se acabara el estatus social que habían alcanzado, las comodidades, las cositas lindas.

La policía empezó a hacerle la vida imposible a los allegados de la vigilante. Molestaban constantemente a su exesposo y a su hijo. Ambos tuvieron que salir huyendo del país.

Ella seguía con su plan de limpieza general por toda Cuba. En occidente, en el centro de la isla, en oriente… En todos lados. Sabía que su labor era cada vez más necesaria.

Pero mientras más avanzaba, más sola se sentía. Tenía que dormir con un ojo abierto, escondida, bajo una agitación tremenda. Su labor no era nada fácil. La policía, sus excompañeras de trabajo, las vecinas, los que la conocían, sabían que en algún momento tenía que parar. Nadie dormía tranquilo. Y se empezó a mencionar la teoría de que si el marido no la hubiera dejado, o si en el trabajo la hubieran tratado mejor, nada de esto hubiera pasado.

La vigilante seguro lloraba bastante cuando estaba sola. Su panorama había cambiado. Y lo peor de todo es que ya no había vuelta atrás.

Así fueron pasando los años, y poco a poco dejamos de saber de ella.

Pasaban cosas más importantes, fueron apareciendo otro tipo de “vengadores”, la vida se fue haciendo más dura… Y en fade, como si nunca hubiera existido, no supimos más de ella.

Algunos dicen que la mataron. Otros dicen que se fue del país, que la cogieron presa…

No sé si fue real o un cuento. Lo que sí es verídico es que el año en que la vigilante le dio candela a todo el papel de la editorial Pueblo y Educación, ese año, empezaron a faltar los libros y los cuadernos de caligrafía…

Con ese gesto, también nos ahorró un montón de tabloides de adoctrinamiento.

Cuando yo no me quería comer la comida, o me orinaba en la cama, mi madre me metía miedo con la vigilante. “Pórtate bien, que la vigilante va a venir con su almohada”, me decía.



Dibujo de Camila Lobón. Imagen de portada.




Carlos Lechuga

Monstruos para asustar a niños comunistas (II)

Carlos Lechuga

Para un pionerito de pañoleta roja, esas historias de gusanos eran bien aterradoras. En ellas había una violencia que un niño no podía descifrar. ¿Quién era la víctima? ¿El Estado? ¿Quiénes eran los violentos? A cada rato tenía pesadillas. Veía a un equipo de fumigadores que iba casa por casa, barrio por barrio, buscando a algún gusano.





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