Mene mene, Miami

Miami me encantaba. Era como si estuviera en el mismo relajo de Cuba, pero con dinero, con cosas ricas, con tremenda farándula. Enseguida que llegaba, el hermano de mi esposa o mi socia J. pasaban a recogerme en perros carros. Música americana. Calor, pero edificios buenos, perfumón dándote en el rostro. Cosa gorda. 

Es verdad que la vida del que va de turismo no es la misma que la de quien vive allí. Pero yo no estaba para darle coco a aquello, ni para ponerme a pensar. Si me ponía a pensar, me perdía el disfrute y me ponía entre la espada y la pared.

Todo el mundo preguntándome: “¿Por qué no te quedas?” 

¿Qué sé yo por qué no me quedo? 

Pastelitos de guayaba de los de antes. Café dulzón. El Palacio de los Jugos. Perras hamburguesas. Pizzas a lo cubano. 

Visitando a este, que se fue en el 62; a aquel que llegó en el Mariel; a este otro, que es de los llamados “balseros”. Llamados así por los cubanos que llegaron antes.

Coral Gables. Coconut Grove. ¿Por esta calle habrá pasado Lydia Cabrera? ¿Esta es la parada donde filmó Guillén Landrián? ¿La matica a la que Rey Arenas le dio una vuelta? 

Un día no hubo carro para movernos, y la jeva y yo nos fuimos por ahí por Flagler o por la 70, no recuerdo bien, a coger una guagua. En la parada había un viejito que parecía un batistiano; era la viva imagen de lo que en Cuba nos metían en la cabeza como “el enemigo” (la Loba Feroz, Mas Canosa, Calle 8, dominó…).

El viejito, con tremenda buena onda, nos vio perdidos y nos soltó: “La guagua cuesta dos pesos”. 

¿O era uno? No sé. Lo que sí es seguro es que habló en pesos. No en dólares. 



Enseguida llegó la guagua y nos sentamos. Parada tras parada, fui mirando el entorno. La calle y los carros. Un cementerio. ¿Cuántos cubanos habían enterrados allí? ¿Algún poeta? ¿Algún poeta desconocido? 

La guagua con una pila de viejitos, algunos con guayaberas; sacaban su peine del bolsillo y tiraban para atrás. La guagua con alta tecnología, para que subiera una silla de ruedas. Una silla de ruedas con un transexual viejo con cara de latino. Unas mujeres negras, que no hablaban español, empezaron a discutir.

¿Quién coge guaguas en Miami? Tampoco le di coco a aquello. Nos bajamos y caminamos un rato. Vimos La Torre de La Libertad. Unos policías. Un lugar de ensaladas y jugos. Unos pocos americanos blancos.

Una callecita llena de tiendas de oro. Compraventa de oro. ¿Esto es la Little Havana de Eddy Campa? Qué lujo esa gente que lo vio. Que lo conoció. Historias lindas que no me enseñaron en la escuela.

Abrazos, besos, apretones con gente que no veía hace rato. Amigos que estaban bien. Amigos que estaban mejor. Amigos que en dos años se habían hecho los dientes nuevos y tenían perro Mercedes Benz. Amigos que vivían en efficencies. Picamos una pizza rica y vimos un buen juego de básquet en la televisión. 

Papi, cómo me regalaron ropa. Bolsas y bolsas de zapatos y telas. Compramos los pañales de viejo para el abuelo de la jeva. Nos bañamos en la playa. Un paraíso. ¿Así sería Cuba antes del 59? 

Y qué linda la Virgencita de la Caridad… 

Llegamos al aeropuerto temprano, varias horas antes. Cargados de bolsas.

Unos días antes tuvimos que ir, después de llamar por teléfono, a la agencia que nos había vendido los pasajes del chárter. La gordita que nos atendió tenía en el buró un vaso con una cuchara dentro, como en Cuba. ¿Por qué? El vasito con la cuchara dentro, como en el MINAGRI, como en la OFICODA… Why?

Nada, resolvimos. Como era un chárter, no American Airlines ni Delta, fuimos hasta el fondo del aeropuerto. Las familias se abrazaban y se despedían. En un buró había un tipo que se acababa de hacer santo. Por ningún lado había una tablilla con los precios para las maletas.

Después de la supercola, los que nos atendían empezaron a tratarnos mal. A cobrarnos con cojones. Tal vez porque éramos cubanos de la Isla. El dinero lo era todo. Traté de quejarme y el que estaba vestido de blanco, un cubano, me dijo que esas eran las reglas porque los cubanos éramos tremendos descarados. Traté de que me pusiera el papelito para el bolso de mano, pero el santero no quería darme nada. 

Mano, ese tipo no era buena gente. Ese tipo no podía ser buen religioso. 

Nada, que de ahí caminamos rumbo a la entrada de embarque; yo cargado, frustrado, y al llegar, una vieja bárbara de Nicaragua no nos dejó pasar. No teníamos el papelito. El papelito que yo había pedido para tener equipaje de mano.

Volvimos para allá y acabamos fajados con el tipo. No quería darme el papelito porque, según él, los cubanos éramos unos descarados. Él no. Él, que también era cubano, no era un descarado. Yo lo era. 

Le dije que yo era un artista, que necesitaba… Y se burló de mí. En ese momento me empingué. Le dije que aquello parecía la aerolínea de Fidel Castro. Él, y los demás detrás del buró, se echaron a reír. Y sí, acabé gritando “¡Viva Fidel!” y “¡Viva Raúl!” en el aeropuerto de Miami. 

Mi mujer me miraba como diciendo: ¿te volviste loco? Estábamos en Miami y yo gritando mierda. Cuando volvimos a la entrada, la nicaragüense no nos dejó entrar. Again. Volvimos para atrás, y ahí yo estaba ya a punto de golpearlos. El tipo de blanco nos acompañó hasta la puerta. Se hizo el largo. Recibió una llamada y se reía. Podíamos perder el vuelo mientras él se hacía el gracioso.

No aguanté más y le empecé a gritar. Me cagué en su madre. Me cagué en su padre. Me cagué en su abuela materna y en su abuela paterna. El tipo me fue arriba y la nicaragüense nos separó. Nos dejó pasar. Mi mujer estaba muy nerviosa y me dejó de hablar. Me quería matar, la pobre. 

Una cubana de unos 70 años, que se había echado el play, me dijo que eso era Estados Unidos y que allí la policía era del carajo. Que eso no lo podía hacer. Mi mujer, con los ojos aguados, le dio la razón. 

La señora sacó un paquete de chocolates M&M y me dijo: “¿Quieres mene mene? Estos son para aquí. A mi nieto le llevo más”. 

Pensé en esa frase: mene mene. En el altavoz, escuché mi nombre y el de mi esposa. Teníamos que regresar. Los singaos esos no nos iban a dejar montar en el avión. 

Para no hacer largo el cuento: fuimos para allá, tuvimos que tocar tercera y casi llorar. Nunca en la vida me había sentido así fuera de Cuba. Solo me sentía así aquí dentro. Acá ya estaba acostumbrado a que me cogieran el culo. ¿Pero allá?

Pudimos volar. 

Me comí unos cuantos mene mene que me dio aquella bella persona. La miraba en el avión, con todos esos años, luchando para sus hijos, luchando para sus nietos.

Al llegar a la Isla, me deprimí. 

Una niña de 19 años con un uniforme mal puesto, que nunca en su puta vida se había leído un libro, me registró todo y se quedó con un queso en polvo.

La ciudad estaba oscura. Un país desolado. Destruido. Un país que no existe.

Por la avenida Boyeros, un viejo empujaba un carretón lleno de pomos plásticos vacíos.

Pensé en aquello que una vez me dijo una santera: 

“Tú nunca vas a tener casa. Vas a andar con una maleta de allá para acá. No hay espacio para ti”. 

La lengua tocó la muela y sacó un pedacito de mene mene

Esa noche fui más cubano que nunca. Oprimido aquí. Oprimido allá. Con ganas de más. Pero no me tocaba.

Confórmate, Carlitos, con el mene mene de la muela. 

Llegué a casa. Llamé a mi madre, le dije que todo bien, que todo bello allá. Me di una ducha. Bajo el agua, pensé en el culpable. ¿Quién me había hecho creer que merecía más?

¿Cuánto tiempo faltaba para tener 70 años? 

Busqué en el librero aquel librito de Guillermo Rosales. Lo puse al lado de la cama. La jeva no quería ni verme. 

¿De verdad, Carlos? 

¿Viva Fidel?

Me moví para la esquina de la cama. Traté de dormir. Buscando el sueño, se me apareció un noruego abrigado. Un cazador de focas o de ballenas. Tenía un punzón largo en la mano.

Ganas de desaparecer. Mene mene. Ganas de ser viejo ya. Mene mene. Para no pensar. Mene mene

Cerré los ojos: Una pila burda de cubanos cargados de bolsos, siendo azotados por otra pila de cubanos. 




Orson Welles y Dennis Hopper se fajan en el Gato Tuerto - Carlos Lechuga

Orson Welles y Dennis Hopper se fajan en el Gato Tuerto

Carlos Lechuga

Esto pasó de verdad, pero Cuba estaba en la talla de la zafra y nadie le prestó mucha atención. La historia está un poquito fula, pero al final creo que los dos protagonistas de este cuento se reconciliaron. Filmaron juntos. Compartieron tiempos menos tormentosos… ¿Menos tormentosos?


1 Comentario
  1. El deleite de leer esta historia de Lechuga fue igual al sufrimiento de saber que esas cosas pasan y duelen mucho, yo puedo ser la madre de Lechuga pero todavía mis reacciones son las de una mujer joven, a mi me paso algo parecido pero regresando a Cuba con Delta y fue tremendo! no grité ningún Viva pq allí en Miami dejaba a mi hija más chiquita que me suplicaba con los ojos y la boca que no me explotara y no quería perjudicarla pero lo más malo q puede pasarle a un cubano es encontrar a otro cubano hijodeputa de los que viven en Miami, le deseo éxitos a Lechuga y que nos siga regalando su talento.

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.