Ensalada fría y LSD

Todo el mundo quiere opinar. Todo el personal tiene algo para decirme. Pero no, a nadie le sale del culo pararse delante del espejo, mirarse y decir: papi, qué mal estoy yo.

La chamacona está sentada en mi cama, borracha, con un plato de ensalada fría en la mano y hablando tremenda pinga.

No coordina, y como no coordina, el cubierto en su mano va de allá para acá mientras habla, y ya me ha llenado la cama de papa, pasta y piña. 

La chamacona me cuenta que ella y su amiguita tienen una frase para mí: “El man consume demasiado drama”. 

O sea, que soy un drámatico, drama queen.

Le digo que coma y que atienda a la puercá que está armando. Pero no, ella solo habla de que su amiguita Patri se pone del carajo con Luisi, y que si Pedro no sabe nada de lo de Emma, y yo la miro y me pregunto quiénes son toda esa gente.

De repente da un manotazo, y un pedacito de ensalada fría termina en la pared. Pegado entre los garabatos que me han dejado las niñas. 

Del carajo tener cuarenta años y pernoctar en un cuarto que parece de un adolescente.

Ahora, además de los grafitis, ensalada fría. 

No estoy para darle coco a esta situación. Me levanto y me visto: 

—Por favor, Irene, revísame el antivirus y orgánizame un poco el escritorio de la laptop.

—¿Y adónde tú vas? —me dice. 

—Voy a coger calle que tengo que refrescar la cabeza.

Camino por 23 y llegando a la Cinemateca me encuentro a MN. (Realmente se llama Luaces, pero todo el mundo le dice Moneda Nacional, no sé por qué). 

MN me dice que tiene ácido, que nos lo metamos y cojamos un carro para Santa Fe. Hay una fiesta. Un party.

Me quedo pensando. La primera y última vez que me metí un ácido no la pasé nada bien. La talla duró ocho horas y acabé descongelado, descongelado como un perro de aguas. Derretidito a la vista de todo el mundo, en la fuente central del Hotel Nacional, en el medio del Festival de Cine.

En aquella ocasión un director de cine gordito, sin decirme nada, me metió una cosa en la boca y me dijo: 

—Chupa, chupa hasta que se desgaste. 

Nos montamos en un carro rumbo a la fiesta del estreno de una película, y como a los veinte minutos el gordito me miró y me dijo: 

—No chupes más que ya no tienes nada en la lengua.

Llegamos a Don Cangrejo y se me fue la memoria por un buen rato. 

Cuando volví en mí, lo primero que vi fue a un tipo alto, muy alto, bailando con una muchacha muy pequeñita. Los pies del tipo se deformaban como un rastro de leche en una taza de café.

En el medio de la pista estaba el director de cine y unos amigos. Uno de ellos se había metido una raya y estaba en otro canal, pero tenía un problema porque andaba con dos rubias modelos y no podía con las dos. Me llamaba con sus manitos de Tiranosaurio Rex, pero cuando yo me acercaba él me alejaba. En fin, que no sabía si me quería cerca, para que lo ayudara, o si me quería lejos.

En un momento, una de las rubias hizo como si tuviera un celular en las manos, pidiendo que nos tiráramos una foto. Pero yo no veía ningún teléfono, solo el gesto vacío. Tremendo susto me llevé cuando vi que del teléfono trasparente salió un flash de luz.

Estaba bastante drogado.

Una amiga me dijo: 

—Por nada del mundo mires la foto ni te mires a un espejo. Estás sin párpados.

Me reí. 

En eso pasó la mamá de Juani y me dijo algo que no entendí. Fue a unirse a un grupo de personas en el borde de la piscina. Quedé conflictuado. Fui tras ella para despejar las dudas y, como buen hombre educado que soy, saludé al grupo: 

—Permiso. Buenas noches. Mamá de Juani, ¿usted me acaba de preguntar si quiero que me saque la lechita? 

La mujer se quedó de una pieza y luego se echó a reir. 

La mujer juraba que solo me había saludado con un “Buenas noches, Lechuga”.

No sé. 

MN está esperando una respuesta: o me voy con él o me pierdo el mejor party de la semana. 

—Dale, pipo. 

No sé. 

Al final le digo que no. 

No estoy en un buen momento como para perderme en un viaje de ocho horas en myself. No dejo de pensar en: “El man consume demasiado drama”.

Me despido de MN y sigo caminando hasta 23 y 26. La esquina está desolada. Sigo caminando hasta el puente Almendares. 

Claro que Irene Manantial no puede entender lo que me pasa: es demasiado joven y demasiado comunista. Para ella todo está “genial”. 

La obra de teatro de X: genial. 

El concierto de la Filarmónica: genial. 

Buena Fe y Adrián No-sé-qué: genial.

No tengo ánimo para eso, ni para nada. Extraño a la innombrable. Con ella las cosas eran más verdaderas: al pan, pan; al vino, vino. 

Debo regresar. Me doy cuenta de que no soy un pillo, tengo tremendo miedo a que Irene encuentre en la computadora unas cuantas cosas personales… 

Meto la mano en el bolsillo y no me alcanza el dinero para el taxi.

¿Y si pasa un rutero?

Bueno, nada: camino apurado de regreso, rezando porque Irene no encuentre las fotos de la carpeta roja.

Camino y al llegar a 23 y 12 veo que MN todavía está ahí. Embarajo. Bajo por 12 hasta 21.

La calle 21 está muy oscura. La camino como si estuviera en Bogotá. Apuro el paso con miedo. Sudo. Voy por el medio de la calle. Una persona viene en sentido contrario. Saco mis llaves y las hago sonar. Me pongo la llave entre los dedos como si fuera un arma. 

Cuando el desconocido se acerca me quedo frío: es igual a mí.

Soy yo, viniendo de regreso. 

De regreso de algún lado que no conozco.

Me cago y empiezo a correr. 

¿Qué tipo de hechicería es esta?

Llego a la puerta de la casa. Meto la llave. Entro corriendo y me encuentro a Irene encuera, en la cama, viendo unos muñequitos para adultos. Los del caballo alcóholico: Bojack Horseman.

Me mira: 

—¿Estás bien? 

Asiento. 

Me quito la ropa y meto mi nariz en su axila. 

—Te quiero mucho —le digo y miro a la pantalla. Me siento tranquilo.

En la pared, un trozo de ensalada fría nos mira y canta: “No quiero que más nadie me hable de amor, ya me cansé, todos esos trucos ya me los sé, esos dolores ya los pasé”. 

Canta con la voz de Bad Bunny. 

El conejo malo. El caballo alcóholico. La lechuga triste. 

Perdón: la lechuga que consume demasiado drama.

“Tienes que dejar de ser tan ególatra, no puedes seguir hablando de ti en tercera persona, ni que fueras un músico de timba”.

Huelo a Irene Manantial. Le miro la raíz del pelo. Las sienes. 

Quisiera volver a ser inocente. 

Como ella. 





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