Cincuenta metros con Ena Lucía Portela

La calle I entre 21 y 23 tiene unos cien metros (como todas las cuadras, creo). Mi casa queda como a mitad de cuadra y este texto ocurre en los cincuenta metros que van desde la puerta de mi casa hasta la esquina de 21: en este espacio en el que acompaño a Ena Lucía Portela y hablamos (aparentemente) de cine. 

Ella tiene 11 años más que yo; yo soy un muchacho de 15 o 16. Cualquier otra persona de 16 años puede parecer ya una persona grande, pero yo no. Nací y me crie en una casa llena de mujeres, bien mimado por mi madre y mi abuela y eso, sumado a muchas enfermedades, me hace ver más chico, más débil, más femenino.

Ena Lucía, sin embargo, es una mujer fuerte que me saca un tramo de altura. Tiene que mirar hacia abajo para hablarme. Tiene unos ojos inmensos, claros, hermosos. Y una piel blanca, de porcelana. Y el pelo negro. Camina lentamente. Tiene un aire de misterio que envuelve.

Es la mujer de cincuenta metros al lado del hombre menguante. 

No recuerdo bien qué ropa lleva. Diría que una camiseta y encima de ella una camisa; algo le cuelga del cuello. Abajo: una saya de colores marrones. 

Trato de visualizar los tobillos… ¿Lleva las piernas afeitadas o a medio afeitar? Una piel tan blanca y un cabello tan oscuro… Seguro que los pelitos, cuando vuelven a salir poco a poco después del afeitado, le salen negritos. Unos cañoncitos mínimos que van apareciendo en una piel de leche. Imagino mi mano pasando a contrapelo, tropezando, siendo pinchada…

¿Tendrá unos pelitos más suaves entre la pelvis y el ombligo? 

Una especie de gamuza… Tres o cuatro…

No puedo ni pensar en sus axilas, porque me excitaría demasiado. 

Ena Lucía no me quita los ojos de arriba, a lo mejor se está haciendo la interesada para no hacerme sentir mal.

La quiero impresionar. Sé que es escritora. Que es buena. Pero aún no he leído nada de ella. Le hablo del cine que me gusta. El europeo, por supuesto. Ella me atiende y, sabiéndose superior, no repara en mi bobería y asiente: “A mí también me gusta el cine europeo”.

Quizás menciona a Bergman o a Rohmer, pero yo estoy en otra onda, en una onda más light. Le hablo de El marido de la peluquera y de Tango: la maté porque era mía, las dos de Patrice Leconte. Ella trata de abrirme el espectro y me habla de una película francesa que ha sonado mucho. ¿Techiné? ¿Corneau?

Nos acercamos a la esquina. Cuando lleguemos, allá vendrá la separación. Y con Ena Lucía casi nunca he tenido esta oportunidad: la oportunidad de estar los dos solos.

Quiero aprovechar cada segundo.

Hoy fue una casualidad: ella se estaba yendo y yo iba de salida. 

Como les decía, mi casa siempre ha estado llena de mujeres. Mi madre y mi abuela reciben a muchas vecinas, amigas, conocidas, enviadas (mi abuela es cartomántica y atiende a sus clientas en mi cuarto). Yo estaba acostumbrado a ver a muchas mujeres, de diferentes físicos y actitudes… Me resultaba normal. 

Pero el día que vi a Ena Lucía Portela algo se me revolvió bien adentro.

Ena Lucía y mi madre estaban pasando un curso o taller de edición juntas, y al final del día acababan en la casa para tomar algo y merendar. Cuando las escuchaba llegar yo salía de mi cuarto, casi siempre sin camisa, y avanzaba por el pasillo. 

Ena Lucía siempre estaba sentada en el mismo lugar del sofá, y me quedaba de frente. 

Yo me acercaba, saludaba y me quedaba por ahí escuchando lo que conversaban las mujeres (aparte de mi mamá y ella, había otra señora que no ahora recuerdo).

La conversación iba desde temas de edición hasta cosas más íntimas. A veces hablaban de hombres, y se reían. Recuerdo que se burlaban mucho de algo que tenía que ver con la pantera rosa. Se referían mucho a algo que se llamaba Pink Panther.

¿Era un trago? ¿Era un hombre? ¿O era la regla? No lo sé, pero eso de Pink Panther era un tema recurrente.

Creo haber visto a Ena Lucía tomando alguna pastilla. Comiendo con lentitud. Le pasaba algo. Pero no me quedaba claro. Todo era parte de un misterio mayor: algo que aún no había sido invitado a descubrir. 

La iluminación era escasa y la luz amarilla hacía que el salón pareciera un antro del medio oriente. A veces, cuando no estaba tratando de captarlo todo con la mirada, Ena Lucía se relajaba y se reía. 

La risa de Ena Lucía lo iluminaba todo.  

Cuando se iba de casa, yo regresaba a mi habitación y me ponía a soñar. Pasaba el pestillo de la puerta. Soñaba despierto y me tocaba el rabo suavemente, con la punta de los dedos de la mano derecha (lo que algunos llaman la paja capuchino). Suavecito. Me tocaba y pensaba.

Pensaba en que una tarde cualquiera Ena Lucía pasaba por la casa y tocaba. Yo, sin camisa, le abría la puerta. 

Ella entraba preguntando por mi mamá. 

“No está”, le digo yo, y como quien no quiere le cosa me percato de que tiene un huequito en el pantalón, a la altura del muslo, y allí le meto el dedo. Inocente. Y le digo: “Tienes un huequito”.

A partir de ahí: vamos para mi habitación. La tiro en le cama, le quito la ropa y me arrodillo frente a ella para verla. Le pido que suba los brazos para ver sus axilas y que abra un poco sus piernas para sentir su humedad. 

Y entonces empiezo a hacer todo lo que me da la gana. 

Poco a poco. 

Sin apuro.

Un cuerpo blanco, con pelos negros y ojos claros… 

Contrastes… Olores… Sabores…

Pero nada de eso va a pasar.

De vuelta a la realidad: seguimos caminando y hablando de cine. Noto que soy muy chico para ella, no me ve de la misma manera que yo la veo. Me pongo nervioso. No paro de hablar. Apurado, atropellado. No quiero que llegue la esquina. No quiero separarme. 

No puedo invitarla a salir. Soy un niño. Soy el hijo de su compañera. No hay un espacio en que esto suceda con normalidad. 

Me acerco un poco a ella, como quien no quiere la cosa, y la huelo. Los pelitos negros de sus patillas se le pegan a la cara por el sudor. Estoy excitado y no sé cómo manejar la situación. Entonces Ena Lucía me mira y creo que se da cuenta. 

Se aleja un poco.

Respira hondo. 

Llegamos a la esquina y me da un beso en el cachete. 

“No dejes el cine”me dice.

Me despido y la veo alejarse. 

Por la calle 21 se va, sola. 

La veo irse y solo pido tener 10 años más. Para poder dispararle. Sacarla a pasear. Hablar más. Saber más.

En ese momento, no pienso que nunca más la veré.

Muchos años después, como si fuese una tarea pendiente, la llamaría para preguntarle si podía ir a su casa. Tenía una historia que quería trabajar con ella. Pero para entonces ya iba a ser muy tarde: Ena Lucía Portela me batearía. 

Tenía muchas cosas que hacer: su nueva novela, artículos, muchos textos…

No tenía tiempo para mí. 

Quedé en mandarle mis películas. Se las mandé con un amigo común. No sé si las ha visto o no. 

Hay veces que la gente está tan cerca, y a la vez tan lejos. 

Ojalá este texto mío le llegue. 

O mejor no. 

¿Qué podría pasar?




Legna Rodríguez Iglesias habla de cine en la cama

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Carlos Lechuga

“Me quedé tiesa cuando vi tu mensaje preguntándome si aceptaba conversar contigo sobre cine. Acepté porque te admiro, y porque cuando te vi desnudo en una de tus columnas de Hypermedia lo primero que me vino a la mente fue: ¡tiene prepucio, como mi hijo! He pensado escribir un libro de poemas sobre prepucios perfectos y ausencias perfectas de prepucios…”.


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