Arturo Infante y la quinta pata del gato

Entrevistar a Arturo Infante no es nada fácil. Arturo es un tipo raro, escurridizo, al que no le gusta hablar mucho de sí mismo. Alrededor de su persona hay un montón de leyendas urbanas y misterios sin solución. Por mucho tiempo he tratado de conversar con él y me evita, pero finalmente lo tenemos acá.

Arturo es el autor de Utopía, un cortometraje que sí o sí tiene que estar en las listas de lo mejor del cine cubano. Ha escrito varios largometrajes; entre ellos, La edad de la pesetaLa cara ocultaCamino al EdénHabana Eva.

Ha escrito una novela gráfica, Bim Bom, centrada en el mundo de la noche y la prostitución masculina; y además ha dirigido el largometraje El viaje extraordinario de Celeste García y una serie de cortos como Gozar, Comer, Partir y Comité 666. En El intruso puso a Eslinda Núñez a bailar con una caca gigantesca. 

Arturo, o Arturito, como le dicen sus amigos más cercanos, me recuerda a aquellos guionistas de la edad de oro de Hollywood. Con una capacidad especial para escribir bien, correcto, medido; sus guiones son impecables. Parecen escritos por un clásico.


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Arturo Infante.


Cuando empecé en esto, mi cortometraje Cuca y el Pollo resultó en la segunda posición de un concurso donde Arturito había ganado el mejor premio. Yo, en la distancia, lo miraba con admiración; Infante, burlón, no entendía qué era lo que le pasaba a este muchacho que lo miraba raro.

Mi primer guion pagado fue un trabajo que me cedió él. Mis primeras historias de casas embrujadas, incesto y tonadas macabras de piano vienen de estar a su alrededor.

Hace unos años le regalé un Anthony Perkins vestido como Norman Bates en Psicosis. Así a veces me imagino a Arturo, parado, detrás de una puerta, mirando la realidad. Su cuchillo es la burla, el poder de desacralizar cualquier cosa.

¿Dónde naces?

Nací en Santiago, en la calle Gallo, que está en la parte antigua de la ciudad. 

¿Cómo fueron esos primeros años?  

Mis primeros años los pasé en la casa —desde el siglo XIX— de mi familia materna. Como nunca fueron muy proclives a botar cosas, de niño lo mismo me encontraba algún daguerrotipo de un desconocido, que cómics de los años 50. También mucha gente veía fantasmas. Yo la verdad nunca vi ninguno, pero la sola posibilidad de que pudiese verlos, hacía la existencia mucho más interesante. 

Gran parte de mi tiempo me lo pasaba explorando y encontrando cosas nuevas, y había tal cantidad de cajas, muebles, gaveteros y armarios, que nunca terminé de revisar todo. Mi abuela era una mujer con mucho talento e imaginación. Además de tocar el piano y el violín, era la fotógrafa del barrio. Tenía un cuarto oscuro en el fondo de la casa, donde a veces pasaba tiempo con ella, ayudándola a imprimir fotos.  


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Arturo Infante.


Claro, algo de eso está en una de tus historias…

En mi abuela me inspiré cuando escribí La edad de la peseta, aunque mezclado con muchos elementos de ficción.

Ya más tarde me mudé con mis padres y mi hermana a un apartamento nuevo en un reparto de fabricación soviética, más apartado del centro. Fuimos de las primeras familias en llegar. Todo el lugar era muy virgen, rodeado de montes y lomas. En esa etapa jugaba con los otros niños de mi edad, explorando toda aquella zona.  

¿Qué recuerdas de este nuevo hogar? 

Por aquellos años mi madre comenzó a impartir clases de Historia del Arte en la Universidad de Oriente y, mientras ella preparaba su asignatura, yo veía sus libros y diapositivas de las obras maestras de la pintura. Así que tuve mucha suerte, porque casi sin querer iba recibiendo una formación visual que luego también me iba a servir de mucho.

Estudié toda la primaria en el célebre cuartel Moncada. Recuerdo que todos los viernes nos llevaban al museo de la escuela a ver los mismos armamentos y uniformes ensangrentados. Encima, cualquier día podía llegar la maestra al aula y decirnos: “Un día como hoy, en este mismo lugar donde están ahora sentados, fue salvajemente torturado hasta morir el héroe Fulanito de Tal, al que le sacaron los ojos y cortaron los testículos”. Bueno, te cuento porque supongo que de todo esto me viene el gusto por lo siniestro y lo raro. De la infancia creo que conservo la misma curiosidad intacta hasta hoy.


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Arturo Infante.


¿Cuándo te acercas a la lectura?

Tuve interés por la lectura desde muy temprano porque crecí en una casa llena de libros y porque, antes de aprender a leer,mis padres me leían algún cuento para dormir. Preguntando cómo se llamaban las letras y cómo sonaban, terminé por aprender a leer yo solo. Recuerdo la primera frase que leí en mi vida, estaba en una guagua de algún centro de trabajo y decía “Movimiento de los Destacados”. Todo el mundo se quedó sorprendido. Como siempre, fue la curiosidad lo que me impulsó a hacer las cosas, no creo tampoco que fuera ni más ni menos inteligente que el resto de los niños. 

Volviendo a tu pregunta, no me considero un lector metódico ni constante. Tampoco cinéfilo, de esos que conocen toda la filmografía de tal o más cual director, o el nombre de alguna película rara. Soy más bien desordenado. Leo y veo películas por puro placer, lo que va cayendo en mis manos. Como pierdo el interés con facilidad, no tengo ningún problema en dejar un libro o una película a la mitad cuando me aburre. 

¿Qué libros te marcaron?

La adolescencia fue el período donde quizás más he leído. De esa época me impactaron clásicos como El guardián en el trigalCumbres borrascosas y Otra vuelta de tuerca. Y también El nombre de la rosa, de Eco, o Cementerio de animales, de Stephen King.

¿En qué momento te das cuenta que lo tuyo era el cine?

Lo del cine lo tuve claro desde muy pronto. En esa época no sabía muy bien si quería ser actor o director o qué cosa, pero la convicción ya estaba. Recuerdo que lo supe cuando terminé de ver una de las películas de Indiana Jones que pasaban en un cine de barrio. Pero estando en Santiago eso era algo casi inalcanzable. Así que también tenía claro que probablemente debería mudarme de ciudad. Primero pensé fugazmente dedicarme a la pintura o al diseño. Pero me enteré de las convocatorias en el ISA, agarré una guagua y vine a La Habana a hacer las pruebas. Afortunadamente pasé.


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¿Qué sentiste cuando te mudaste a La Habana?  

Fue una etapa muy excitante, salir de tu entorno siendo todavía un adolescente y abrirte a una realidad mucho más rica, culturalmente hablando. A La Habana había venido solo una vez de niño con mi familia hacía muchos años, así que fue como llegar a un mundo nuevo. Estuve varios años becado, todavía en el Período Especial, y no fue fácil en ese sentido. Pero los incentivos eran mucho más fuertes y realmente no sufrí demasiado las carencias materiales que todos vivimos durante esos años.

¿Qué recuerdas de esa época en el ISA?

Lo más grato de esa época fueron los amigos que hice y el grupo que me tocó. Y muchos profesores que recuerdo con gran cariño. Muchos de nosotros mantenemos contacto hasta el día de hoy. El primer año fue muy divertido, pues se daba un taller de polivalencia y todos hacíamos de todo. En ese primer año actué y supe lo que es estar parado frente a un público. De esas breves pero intensas experiencias guardo un gran respeto por la profesión de los actores. Incluso por algún tiempo fantaseé con la idea de seguir por ese camino y cambiar de carrera. Pero ahora que lo pienso, no recuerdo a nadie felicitándome después de alguna función. Lo más que me decían eran frases del tipo: “Se nota que trabajaron mucho” o “Qué bien el vestuario”. Así que hice bien en no seguir ese camino. 

¿Tú estudiabas Dramaturgia?

Estudié Teatrología, la especialidad por la que aprobé las pruebas. Pero para serte franco, nunca me gustó. Si veía una obra de teatro sabía que al día siguiente tenía que llevar una crítica a la clase y ya eso me impedía disfrutar la función. Supongo que no tengo una inteligencia muy teórica, sino más bien intuitiva. Pero la carrera en general sí me aportó una base cultural en relación a la dramaturgia y al teatro que me ha sido ha sido muy útil después. Como lo que me interesaba era el cine, en los últimos años de la carrera hice unas prácticas (prácticas preprofesionales, le decían) en el Centro de Información del ICAIC y mi tesis sobre la crítica cinematográfica de Guillermo Cabrera Infante. Por suerte, nada más graduarme, conseguí entrar a la EICTV, en Guion, y finalmente sentí que había llegado a mi verdadera vocación.


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Allí en la Escuela te pasaron muchas cosas buenas y se hablaba mucho de que el Gabo te estaba apadrinando. ¿Cómo fue ese taller con García Márquez?

Era un taller mítico que impartía Gabo todos los años en la Escuela. Cuando yo asistí, creo que llevaba varios años sin darlo y era la primera vez que lo retomaba después de mucho tiempo. Siempre disfruté la literatura de García Márquez, así que imagina lo emocionante que era estar ahí compartiendo anécdotas e historias con él.  Ese taller estaba moderado,además, por Lola Salvador, una veterana guionista española, y Jorge Franco, novelista colombiano, que aportaron mucho y también fue fascinante conocer. 

En un momento, no recuerdo muy bien por qué, empezamos a hablar de nuestras abuelas. Yo conté varias historias con mi abuela fotógrafa. A Gabo le resultaron muy interesantes, al punto de que me animó a escribir todas esas historias y reunirlas en una película. A raíz de ese taller permanecí en la Escuela un tiempo más, escribiendo lo que luego sería La edad de la peseta. Gabo seguía el progreso a través de Julio García Espinosa, amigo suyo y director de la Escuela en aquel momento. Julio también me daba su feedback. Aprender de esos maestros fue una gran experiencia que le agradezco a ese guion.

¿Tienes algún ritual para ponerte a escribir?

Ninguno. Al menos no en plan supersticioso o esotérico. Cuando empiezo un proyecto tengo siempre una libreta donde voy apuntando a mano las ideas que me surgen. Lo curioso es que consulto esa libreta muy poco, casi nunca. Creo que por el solo hecho de escribir las cosas en el papel, de algún modo las va fijando en la mente, más que si las escribiese en la máquina.  

Siempre escribir me resulta muy difícil. Me distraigo con mucha facilidad; es una lucha conmigo mismo para permanecer frente a la computadora. Al cabo de varias horas de dar vueltas y vueltas, consigo sentarme y escribir algo, pero a esas alturas estoy tan cansado que ya prefiero seguir al día siguiente. Y al otro día lo mismo. Y al siguiente, igual. Pero después de superar esta parte agónica, llega un momento, al que supongo llaman inspiración, donde los elementos de la historia parecen conectarse por sí solos y todo adquiere un sentido natural y orgánico. Entonces escribo muy rápido, como si una voz me estuviese dictando desde el interior. Es por supuesto el momento que más disfruto de la escritura, pero siempre llegar ahí me cuesta mucho.


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Arturo Infante.


Para los que te conocemos y admiramos tu obra es muy difícil pensar en un Arturo con un sentido del humor blanco. Tus películas, tus chistes, siempre tienen una lucidez amarga. ¿Por qué crees que pasa esto?

Yo creo que es el mismo tipo de humor que tengo en la vida, aunque no soy nada amargado. Es simplemente el hábito de buscarle “la quinta pata al gato”. Dar una vuelta a las cosas y verlas con otra perspectiva, solamente por el hecho de divertirse. Supongo que es algo natural que ha estado ahí desde siempre. Nada que me proponga o planifique. 

Comedia oscura, relaciones retorcidas, burla, cinismo; todo esto está en tus historias.  ¿Podrías definir qué tipo de historias son las que más te motivan?

Es difícil pensar sobre uno mismo e intentar teorizar y descubrir qué cosas te impulsan a escribir. Es algo que nunca hago, pero ya que me lo preguntas, voy a intentarlo. Creo que, de forma muy general, me llama la atención lo extraordinario, lo maravilloso, sobre todo si surge desde la cotidianeidad. Me gustan las historias de individuos que de pronto se ven atrapados en situaciones que los sobrepasan y que apenas pueden comprender. Y ver cómo reaccionan ante esas situaciones.

¿Cuál de tus cortos es el que más te gusta?

En general no me gusta volver a ver nada de lo que hago. Casi todos los cortos están en Internet, así que ni siquiera los tengo. El proyecto que más me interesa es siempre el que aún no he realizado. Siempre que veo un corto mío, tengo la rara sensación de que no me pertenece, que los ha hecho otra persona distinta.

Realmente no tengo ninguno favorito. Hay escenas que me gustan o me parecen más logradas y otras que no puedo ni ver. 

¿Cómo surge la idea de Utopía?

Fue el momento en que surgieron los canales educativos y en la televisión impartían clases de idioma, de apreciación de la ópera, de ajedrez, de historia del arte y de temas muy sofisticados. Era la “Batalla por la Cultura” y Fidel aseguraba que dentro de muy poco llegaríamos a ser el pueblo más culto del planeta. Eso me puso a pensar, a jugar con esa idea tan encartonada de “cultura” y a imaginar qué cosa significaría exactamente eso, llevándolo al contexto nuestro. Lo hicimos entre amigos con el apoyo de la EICTV. Fue uno de los rodajes más divertidos en los que he estado nunca.

¿Cómo fue el trabajo con María Isabel Díaz en Celeste?

No nos conocíamos personalmente y comenzamos a trabajar por Internet, mandándonos correos y mensajes de WhatsApp. Yo le comentaba mi visión sobre el personaje y ella me devolvía la suya, y las formas en que iría concretando esas ideas. No tuvimos demasiado tiempo de ensayo antes de comenzar a rodar, pero desde el primer plano ya María Isabel era Celeste. Para mí fue realmente sorprendente asistir a esa encarnación tan natural y completa. Desde Una novia para David, María Isabel posee una cualidad tierna y cómica al mismo tiempo que genera una empatía inmediata en el espectador. Esto era vital en el personaje, que además sostiene la película todo el tiempo. Creo que fue la decisión correcta. Me siento muy orgulloso por haberla seleccionado y muy afortunado de que accediese a participar.



María Isabel Díaz y Arturo Infante.


Sin orden de preferencia, mencióname diez películas que te gusten mucho.

  • Sunset Boulevard (Billy Wilder, 1950).
  • La Strada (Federico Fellini, 1954).
  • Querelle (R. W. Fassbinder, 1982).
  • ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (Pedro Almodovar, 1984).
  • Vértigo (Alfred Hitchcok, 1958).
  • Mulholland Drive (David Lynch, 2001).
  • La edad de la inocencia (Martin Scorsese, 1993).
  • Manhattan (Woody Allen, 1979).
  • In the Mood for Love (Wong Kar-wai, 2000).
  • ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (Robert Zemeckis, 1988).

¿Cómo llegó Bim Bom? ¿Por qué acercarse a la novela gráfica?

Surgió durante uno de los tantos períodos en los que uno espera que se concrete algún proyecto. Me resultaba fastidioso el hecho de que para hacer una película se necesite tanto tiempo y tantos recursos, y esperar por la aprobación de tanta gente. Pensé que era más sencillo hacer una obra con dos personas nada más, yo escribiendo y otro dibujando. De niño escribía y dibujaba mis propios cómics, que andan por ahí guardados en casa de mis padres aún. Por lo que volver a ese mundo no fue demasiado ajeno. 

Por otro lado, me llamaba la atención el mundo de la prostitución masculina en La Habana, pero no quería hacer ni un documental ni una ficción. Preferí optar por esta especie de documental dibujado. Le comenté mis ideas a Renier Quer, que es un dibujante excepcional, y por suerte se entusiasmó con el proyecto desde el primer día. 

Logramos terminar el libro después de un proceso mucho más largo del que había imaginado, pero finalmente conseguimos que lo publicase una editorial de española de cómics y novelas gráficas.

¿En qué estás trabajando ahora?

Suelo trabajar en proyectos por encargo y, si no tengo ninguno, aprovecho para poner ideas mías sobre el papel y darles forma. Tengo varias ideas de series en las que estoy trabajando. Durante la primera fase de la pandemia también escribí un guion sobre un personaje que ya aparece esbozado en Celeste. Un cantante del mundo de las peñas artísticas de La Habana. 

¿Un sueño por cumplir?

El más difícil de lograr era este, poder dedicarme al cine que es lo que me gusta. Así que espero seguir haciéndolo y poder seguir viviendo de eso. Ese es mi sueño: seguir haciendo películas. 

¿Dónde te ves de aquí a diez años?

No tengo ni la menor idea.




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Fin de año de victorias

Carlos Lechuga

Permitimos que acabaran con la familia cubana, que pudiéramos o no entrar a un hotel, tener un celular, comprar esto, con este dinero o el otro…






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1 Comentario
  1. Admiro la obra de Arturo Infante por su contenido y estética. Y aquí va una anécdota: desde los años 70 del pasado siglo compartí actividades de investigación científica con el padre de Arturo, persona de merecido y reconocido prestigio profesional. Yo había visto, en una memoria flash, el cortometraje Utopía y el nombre del director en los créditos hizo suponer el parentezco con el Profesor conocido. Un tiempo después, en uno de mis viajes a Santiago, le comenté sobre el asunto y, aunque él no acostumbraba a ser muy expresivo, me pareció percibir un gesto de satisfacción en su rostro. Desde esta anécdota ha transcurrido más de un cuarto de siglo. Lleguen por este medio mis saludos y respetos al Profesor y su familia.

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