Lector en otoño

Volvieron a hacerle la pregunta, no escuchada en mucho tiempo, de si la inspiración regía sus trabajos poéticos. Más bien los rigen mis demonios, estuvo demasiado tentado a decir. 

Pero entonces miró por la ventana de cristal. Vio un estanque a media mañana, unos cuantos patos, dos cisnes, unos niños y un cartel que alertaba a los conductores del posible cruce de patos y cisnes por la calle. 

Y concedió: las musas, o como se llamen, rigen la mirada sobre esa escena de simple bucolismo, pero el ruido de una máquina rodante, una señal de tránsito y un humano al timón nos devuelven a una realidad sin inspiraciones ni musas. Así que seamos todo lo racionales que podamos. Y a veces tanto como aquel loro de Céline.

A partir de esa visión sin fractura de un instante que no ha sido desenfocado todavía por la mirada del que escribe. 

A partir de ahí escribe.

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Dicen que en 1963, Borges visitó París invitado a un homenaje a Shakespeare organizado por la Unesco. Borges deslumbró, entre otras cosas, por su dominio del francés, que había sido el idioma de su infancia en Ginebra. Se dice que a partir de ese momento dejó de ser un autor de culto para erigirse en una de las principales voces de la literatura en lengua española, acaso la mayor, a pesar de Arthur Lundkvist y la Academia Sueca. 

De esto se ha hablado a raíz de la reciente visita del presidente de Francia a María Kodama en Buenos Aires, otra vez la historia interviniendo en la caverna del escritor, aireando el espacio de la biblioteca, sacándola a la intemperie. Macron lee a Borges en francés en un café y a seguidas la prensa habla con lacrimógeno descaro “del amor del presidente francés por Borges”.

Lo que no ha salido a la luz son estas líneas del diario de Bioy Casares donde Borges, a propósito del éxito que estaba alcanzando allí Severo Sarduy, dice: “Un éxito en París equivale al fracaso. ¿Qué significa tener éxito en París? Nada. Todo el mundo sabe que allí las cosas ocurren por moda. Lo que hoy aplauden mañana olvidan. La moda de hoy no es más inteligente que la de ayer; triunfa por estar de moda”.

Me ha contado Alonso Cueto que le tocó estar en Austin, Texas, cuando Borges visitó la Universidad y que estuvo cerca de él en más de una oportunidad. Y que lo recuerda acompañándolo a una conferencia, un Borges ya muy mayor, sentado a su lado en el asiento trasero de un auto. Borges iba repitiendo “Ladies and gentlemen” una y otra vez. Le preguntó por qué y le respondió: “Si eso me sale bien, todo lo otro vendrá solo”.

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Llegó el verano y tocó desmontar la biblioteca. La mudó a un espacio más pequeño donde ahora conviven libros, muebles, una lámpara, un televisor. 

Cuando la biblioteca se mueve de lugar surge la idea de la biblioteca itinerante. Pero no. La condición itinerante anula la biblioteca, la aniquila como lo que era antes de la mudanza, un espacio propio, privado, de desconexión con el mundo y de aislamiento más o menos consciente.

Ahora la biblioteca pertenece a un paisaje que le resulta extraño. Si antes expulsaba, ahora permanece abierta: debe admitir y tolerar. Ello transforma la relación misma del lector con la biblioteca.

La biblioteca como mero depósito de libros es un espacio mudo, incapaz de dialogar. 

¿Hay algún dueño de biblioteca que no piense en todo esto?

El problema real no es el acomodo de esos estantes, el reacomodo de libros, pensar la biblioteca. Los piensa no por editoriales, como hacen muchos, sino por países, lenguas o zonas geográficas.

El problema no es ese. El problema es repensarla. Es articular los nuevos espacios y hacerlos crecer de manera vertical, ya que horizontal será difícil. Es que dos estantes han sido expulsados al garaje a convivir con herramientas, guantes de béisbol, bicicletas y provisiones diversas. Los libros de historia cubana, a los que el frío otra vez pondrá a tiritar.

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Todo lo que vivimos es el pasado de nuestros hijos. 

Lo que no construimos. Las vueltas que no dimos. Lo no leído.

Con cierta fortuna y una vida prolongada, acaso sepamos cuál es la relación que los hijos establecerán con ese pasado.

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En Ronda nocturna, la breve novela de Mijaíl Kuráyev, la represión estalinista es contada con humor y toca al lector aportar el paisaje moral. El terror policial viste ropajes de quien sale a por pescado y ha sido despojado de la tensa mirada del horror que aportan los documentos y testimonios históricos. 

Salir a detener a alguien es como ir a la plaza a hacer amigos con los que conversar, como quien cumple un rito parecido al de todos los días. Eso, en la narrativa de Kuráyev, también forma parte de la máquina de borrar humanidades.

Hasta qué punto la narrativa rusa ha condicionado la manera en que leemos el relato de la gran represión bajo regímenes comunistas. Esta es otra versión del apocalipsis, solo que con una sonrisa diabólica como trasfondo del terror, sin imperativos morales y una absoluta certidumbre de cuál debe ser el papel del escritor ante la sociedad.

La novela transcurre en una noche de 1966 durante una ronda de vigilancia nocturna. El narrador, antiguo miembro “de los órganos”, como él mismo dice, comienza a recordar escenas de su vida como agente y en varias de ellas presta oído a las historias que le cuentan los detenidos. Gran parte del atractivo de esta novela reside precisamente en esas historias: un experimentado banquero caído en desgracia, un joven soldado que molestó a la hija de un alto jefe y sabe todo sobre ruiseñores, un juez que conoce bien cómo opera el mecanismo represivo…

No hay atisbo de arrepentimiento sino hasta el final y levemente, sin declaraciones ni mea culpas, cuando el narrador cree escuchar, en el silencio de las noches blancas, y como un rumor de olas que se estrellan en las piedras, “las oraciones de ciertas personas, en concreto las de aquellas que habían sido privadas de toda esperanza de conseguir justicia y caridad en este mundo”. 

De la manera en que Kuráyev lo ha contado, ¿cómo puede alguien arrepentirse de haber participado en una broma enorme, la más macabra de la historia de la humanidad, en un sainete que arrastró a millones de personas a la muerte, al encierro, al exilio? No hay indicio de gravedad alguna en lo que ha sido apenas un “este fue el pasado que nos tocó en nuestra corta vida, camaradas, mirémoslo con humor”. 

El soldado raso que cumple órdenes no se arrepiente. Cabría entonces preguntarle: si te lo ordenan de nuevo, ¿volverás a hacerlo?

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Las redes sociales nos hacen descender a un caos primitivo, que Wittgenstein veía asociado al filosofar. 

Pero no abunda el buen filosofar ahí, sino más bien las miserias humanas. La hiperconectividad le da otro aire al rencor, otro rodeo. No destensa la cuerda, ni reduce la pulsión negativa. Por el contrario, la sobreexpone, la saca de las sombras, la pone ante nosotros como si formara parte del paisaje de cada día. 

En un post una persona se esconde tras un seudónimo para dejar un comentario ponzoñoso y luego manda saludos con un conocido común.

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Disclaimer de El Lector: La renuncia, más que la incapacidad, a tratar de dar coherencia o consistencia a un discurso crítico es lo que anima estas notas, que se quieren más como instantes o fracciones de una conversación escuchada tras un biombo que como serenos fragmentos de unas disquisiciones sobre la imposibilidad de articulación de un arte de leer.

Toda escritura es siempre arbitraria y apunta al caos. Es inútil aspirar a un ordenamiento desde la escritura, dado que esta es por naturaleza implosiva, sistematiza el absurdo de dar coherencia a universos ficcionales e incide en la imposibilidad de anhelar comunicar algo.

Por eso es que, tras concluir La invención de la soledad, cree que ese libro merece una mejor posteridad, no por la historia del padre, que no pasa de ser una ficción vulgar más, aunque contada con frialdad y distancia, sino por su segunda parte, “El libro de la memoria”, donde Paul Auster revela sus lecturas y se muestra como el escritor que es, más cercano a la percepción actual que el Lector tiene de la escritura. 

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Se pregunta por aquellos lugares, áreas de campo, por donde pasaban camino al sur en Texas y que ya no frecuentan. 

El hito era pasar bajo el viejo puente del ferrocarril, de hierro y concreto. La carretera hacía una onda y al aproximarse al puente una cuerda con tiras de algún material parecido al cuero avisaba de la altura. “If you hit this you will hit the bridge”, decía. Era un pueblito ni tan grande ni tan pequeño atravesado por la autopista interestatal 10. Varias veces se detuvieron allí a comer algo para seguir viaje. 

Lo más curioso era ese viejo puente, como uno de esos lugares que durante la infancia se toman como punto de referencia en los viajes y luego se buscan porque forman parte de una memoria visual que ya preparábamos para el futuro.

Al poco tiempo, cuando ya no pasaban más por allí pues no era más su ruta, se enteraron: pedazos del puente se desprendieron y mataron a una adolescente que viajaba en un auto con su madre. 

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Un día en un pequeño patio interior en el Hospicio Cabañas descubrió un naranjo y supo que a ese lugar volvería cada vez que pudiera. Entiende que muchos vuelvan a Versalles, a El Escorial o a un palacio de Florencia o Venecia a los que le cuesta un ojo de la cara viajar desde América. 

Desde cualquier aeropuerto de Texas, en cambio, viaja a Guadalajara en menos de dos horas. De modo que su palacio es ese hospicio de paredes de piedra con techos abovedados y murales de Orozco donde puede pararse a mirar un naranjo mientras unos empleados reparan algo, unas bisagras o una ventana, o pintan un marco, y se vuelven como extrañados cuando notan la presencia de un extraño. 

Afuera del Hospicio hay siempre estudiantes que imagina son llevados allí de alguna manera obligados. No les debe importar mucho, pues el Hospicio forma parte de su paisaje más o menos cotidiano, no reparan en ese naranjo que para un viandante lector es el resumen, el aroma de algo que lo sobrepasa y lo provoca y lo anula. 

Cada regreso al Hospicio termina en la librería, donde nunca hay nadie además que sus dos empleados. Ha pensado que quizás sin librería no habría naranjo en un patio interior. 

Y el Hospicio no sería lo mismo.

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