El año que leyó el Quijote

Finalmente El Lector leyó el Quijote de corrido, de punta a cabo y de inicio a fin. 

Siempre lo había leído a saltos, capítulos recogidos en textos escolares o una lectura ligera de varias páginas en busca de una frase, un pasaje o una cita, corroborar algo leído en otro lugar.

Lo hizo siguiendo un challenge internacional por twitter, aunque acabó rompiéndolo e imponiéndose reglas propias. 

Había que leer un capítulo por día desde el 1 de junio hasta mediados de octubre. 

La disciplina que eso entrañaba era al principio lo más atractivo, pero a medida que iba leyendo se entusiasmaba más y consumía de corrido dos y tres capítulos. 

La irregularidad en la extensión de estos contribuyó a quebrar el pacto.

Lo acabó a inicios de septiembre. 

En esos meses ocurrieron cosas: trabajó, tuvo vacaciones, escribió, se mudó, desmontó y volvió a armar la biblioteca, viajó, comenzó otra vez a trabajar. 

Cervantes siguió escribiendo para él, Don Quijote hablando, Sancho escuchando, muchas veces al revés.

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Andrés Trapiello ha completado la ingente tarea de traducir el Quijote a un registro actual, es decir, más pobre.

Vaya por delante que un autor puede hacer con los textos clásicos lo que le venga en ganas. De hecho, los hemos estado plagiando durante siglos.

El problema está en el equívoco de creer que gracias a una traducción los textos clásicos volverán a ser leídos. Leer a Góngora y Cervantes, por poner dos ejemplos, entraña una dificultad que los hace más estimulantes. La dificultad nos obliga a volver a ellos.

De modo que lo que ha hecho Trapiello es apenas un acto de traducción muy distinto del que vierte en nuestro idioma obras literarias de otras lenguas que no dominamos. El idioma de Cervantes es nuestro idioma, y es lo que tendríamos que reclamar, solo que el nuestro es infinitamente más precario e indigente, como si se hubiera abaratado, y nos coloca en la posición de creer que no estamos preparados para sesiones de lectura de tal envergadura.

El Quijote es un todo que está integrado por lenguaje y peripecia. Ni más ni menos que la literatura misma. No puedes aniquilar una sin herir el conjunto. 

el año que el lector leyó el Quijote

Lector en otoño

Michael H. Miranda

Volvieron a hacerle la pregunta, no escuchada en mucho tiempo, de si la inspiración regía sus trabajos poéticos. 

Creer que más personas leerán el Quijote a partir de ahora es evadir la centralidad del asunto: las personas no leen el Quijote por la misma razón por la que no escuchan a Bach —y si lo hacen por unos segundos le dejan miles de dislikes en Spotify—, no debido a su dificultad, sino al exceso de contemporaneidad, lo cual no quiere decir que grabar El arte de la fuga en tiempo de trap y reguetón lo va a volver (de nuevo) popular. 

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Han dicho que el Quijote está en el inicio mismo de todas nuestras percepciones lectoras, que de él nace la novela moderna y que su existencia fue tan definitiva que por tres siglos la literatura española no supo muy bien cómo administrar esa cumbre. 

Han dicho que todo está ahí.

Lo cierto es que desde hace mucho tiempo su lectura nos define como lectores: lo somos desde una lengua en la que se escribió el Quijote y sus aportes no se dejan de lado porque la novela haya sido escrita en un idioma extraño. 

¿Cómo nos condiciona, en tanto lectores, el hecho de que en nuestra tradición estén Sancho y el Quijote (y no el Tristram Shandy) hablando en una lengua en la que nos podemos reconocer, a pesar de que hoy se diga que es incomprensible, que ese sepulcro está vacío?

Y todavía más: escribiendo el Quijote, Cervantes se vengó de todos, del tiempo y de sus circunstancias en primer lugar, y le cabe la responsabilidad de que a cada autor se le pida que escriba su Gran Obra Maestra, su Artefacto Aniquilador. 

Hay notables reflexiones en este sentido en Escribir con caca, el ensayo de Luis Felipe Fabre sobre Salvador Novo. Al poeta mexicano en su momento, como a César Aira hoy, se le reclamaba eso: la ausencia del gran monumento en beneficio de poéticas cominerías. “Cuando los dioses no están —escribe Fabre—, el sacrificio es una ofrenda a la nada. A ofrendar a la nada se le llama desperdiciar. En la ostentación del desperdicio de su talento, Novo sacrifica la Gran Poesía en el poema trivial tal y como corresponde a un tiempo sin dioses”.

Todo está ahí, como tantas veces hemos escuchado decir del Quijote

Y nada está ahí. 

Así cierra Fabre su ensayo.

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El sueño de la Ilustración produjo monstruos y, como dijera Auden en un célebre ensayo, los intereses de un escritor y los de sus lectores cada vez coinciden menos. 

Es del todo cierto que leemos traduciendo y que quien lee mal, traduce mal. El aforismo de Lichtenberg: si un asno se mira en el espejo de un libro, con toda seguridad no verá en él a un apóstol. 

el año en el que el lector leyó el Quijote

Para una definición del lector huraño

Michael H. Miranda

Un hombre taciturno con manos de goma. Se le veía pasar sin amigo, sin pareja. Jamás lo escuchó hablar. Tenía el consuelo de un diente de oro.

Como lectores, otra vez Auden, la mayoría somos como esos granujas que les pintan bigotes a las chicas que salen en los anuncios. 

Lo que hizo Duchamp con la Gioconda.

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Érase que se era un escritor en twitter que era muy combativo y muy anticapitalista y antioccidental, all inclusive package, y que decía que no lo había radicalizado el Corán, sino el Quijote. Se llevó una buena beca del gobierno del turno y cerró su trinchera antimperialista.

¿Te parece que eso es muy viejo?

No.

Eso acaba de suceder.

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Un ejercicio sencillo: detectar autores que se “esfuerzan” por escribir bien. Y el esfuerzo se nota. Terminamos todos extenuados, el autor y sus lectores.

Autores que no pueden terminar un párrafo si no es con una idea que creen inteligente. O que les suena bien.

Hay autores, como ese Juan Villoro que receta cheguevaras como solución para los barrios pobres de México, que lo hacen hasta cuando hablan. 

Otros no lo hacen en sus novelas, pero sí en sus libros de crónicas o crítica o columnas en sus periódicos.

La diferencia entre un escritor y aquel que será siempre un eterno aspirante es esta: la visibilidad de ese esfuerzo. Oquedad o cámara de aire, todo queda definido ahí, por esa densidad o la ausencia de ella.

Para ciertas sensibilidades, es intolerable la idea de escribir “mal”. Solo que no pueden explicar su definición de la “mala escritura” sin que el esfuerzo los devore.

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Había tenido este sueño:

Un encorvado Francisco Rico hablaba sobre una continuación del Quijote escrita por Felipe V y en el que el Rey repetía: “mis castos oídos, mis castos oídos”.

Al despertar, recordó una frase de Cervantes en el prólogo del Quijote: “donde todo triste ruido hace su habitación”.

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El tipo de titular que nos mata hoy: “Siete datos de la vida de Virginia Woolf para presumir en la sobremesa”.

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Lo primero que la lectura debería operar en nosotros podría resumirse en tomar distancia de la sarta de lugares comunes con que algunos intentan definirla.

el año en que el lector leyó el Quijote

Espirales de Lorenzo García Vega (I)

Michael H. Miranda

Jorge Luis Arcos conversa sobre las principales coordenadas de la obra de Lorenzo García Vega.

Que si ennoblece, dice una. (También el trabajo, decía cierta propaganda).

Que si abrir un libro antes de irnos a la cama nos permite dormir mejor. 

Todo lo que aleja a los lectores de los libros es lo que acomoda y repiten las páginas culturales de los periódicos. 

No se lee para dormir mejor

No se lee para tener dulces sueños.

El insomnio puede ser muy rebelde.

Leer no reduce el estrés

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Siempre que alguien repite que su patria es un idioma, queda en el aire la pregunta de si se puede entonces ser un apátrida del idioma.

Un apátrida total sería también un apátrida hasta del idioma, si es que va a ser cierto eso de que idioma y patria son al cabo la misma cosa. 

Uno no elige el lugar donde nace, lo cual es ya un bulto bastante pesado de llevar. También lo es que ese hecho lo corrobore un documento avalado y custodiado por burócratas de todas las épocas. 

Pero sí puede elegir en qué idioma desea escribir y comunicarse.

Uno puede desprenderse de un idioma para siempre, uno puede adquirir otro y morirse con ese. 

El idioma y el pedazo de tierra donde ahora se vive, quién lo avala, quién lo certifica

Dejémosle toda esa retórica de tabloide a los totalitarismos de siempre.

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Volviendo a Trapiello, en Solo eran sombras incluye una breve nota sobre un libro preparado por Julio Ortega que recoge unas cuarenta aproximaciones a la vida y obra de Cervantes. Cierra su nota recordando que muchos autores modernos hacen con el Quijote lo que Duchamp con la Gioconda: pintarle bigotes. O afeitárselos. Pero que Cervantes es un clásico porque siempre sobrevive a las malas parodias y a los plagios, incluso a los asesinatos.

Pues eso. 

Incluso a las traducciones.


el año en el que el lector leyó el Quijote

Notas de un mal voyeur (I)

Michael H. Miranda

Mi definición de la libertad es poder comprar los libros que quiero.

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