Diario de una cyberclaria

Me merezco un descanso. Lo repito cada jueves. Pero a quién quiero engañar. No tengo planes desde que Marilín me botó. Aunque, a decir verdad, rara vez hacíamos algo los fines de semana. Cómo no iba a dejarme, si mis fines de semana con ella se redujeron a las tardes de domingo: hace años que ni los sábados me pertenecen. 

Me ha sido arrebatado el derecho al júbilo. Mi póliza de estímulos expone que, en dependencia de mis logros, debo ir a Villa Guajaibón (Artemisa) o Costa Verde (Varadero) una vez al año. Solo una vez, durante seis días. Me ofrecen los meses de noviembre o diciembre, o sea, debo escoger entre la temporada ciclónica y la de invierno. 

Se fue tirando la puerta: “¡Carlos Alberto, tú eres un pinga!”, me dijo. “¡Eres una pinga que solo se menea con la computadora!”. 

Supongo que Marilín tiene razón. 

Soy un comepinga que pierde el tiempo delante de la computadora, con la mano derecha entumecida, el culo congelado, la espalda jorobá… y aquí estoy otro jueves, repitiendo esa misma fórmula: siervo de esta PC de mierda, monitoreando al “enemigo” por/para “ellos”. 

En fin… La hipocresía: traicionando el principio de Edward Snowden.

Mira que he intentado variar esta rutina. ¡Pero qué va! Estoy metido en un embalse, de esos donde crían tilapias y langostinos, nadando en las mismas aguas, sin posibilidad de avanzar, de sobrepasar sus fronteras. Me siento desahuciado. No encuentro un desagüe que me escupa de esta cloaca, que me libere de sus canales. Soy un adefesio. 

Cada semana me encuentro menos lozano y más temba, cretinizado frente a la pantalla. Tengo el cerebro atrofiado, en mi cuerpito de 35 años. 

Desde que me gradué, soy el especialista principal del departamento de Seguridad Informática de mi empresa; así reza mi plantilla. Soy quien actualiza los sistemas operativos y antivirus, el muchachón de la conexión inalámbrica, el que restablece la caída del sistema, el que pasa películas y videojuegos a los chamas de los trabajadores… Aparentemente, soy un tipo imprescindible. 


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“¡Qué nos haríamos sin ti, Carlitos!”, me dice siempre Pedro, mi superior, dándome palmaditas en la espalda. Pero pocos entienden que, en la especialidad de Informática, soy el último en el escalafón. 

Para que quede claro: yo soy un operador de micro. La deshonra laboral de un ingeniero informático. La mofa de los colegas.  

Un chamaco como yo, que en cuarto año de la carrera tenía desarrollada su primera aplicación independiente: Vigilarte (software 2.0, 2012). Que se entere La Habana: la generé yo solito, sin ayuda de nadie, delante de esta misma PC. Pero todo el mundo prefirió AlaMesa App, porque lo de la gente es la farándula. Sí, esa farándula de mierda me arrebató el premio Cajarta 2014 de la Oficina de Diseño de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). 

Pero “ellos” aparecieron. Me captaron. Le dieron valor a mi software y me sentí, por primera vez, apreciado. 

“Ellos” reconocieron mi intelecto y me trajeron a este escenario empresarial como operador de micro. Pero me asignaron, en secreto, una tarea mucho más valiosa: me convirtieron en un ciberagente de la Seguridad del Estado, un funcionario millennial, un combatiente de las redes sociales. Es mi trabajo part-time

Simple, como el proceder de Clark Kent y Superman. 

Administro tres perfiles falsos. Tomé, del sitio thispersondoesnotexist.com, la foto de una rubia riquísima (siempre he querido estar con una hembra de esas), otra de un negrón fornido con pintas de sexy boy amanerado (para ser inclusivo) y, por último, la de un viejo albino (me llamó la atención porque nunca he conocido a uno). 

Según Pedro, mi jefe, este personaje es el más activo de los tres, el menos sospechoso, el más eficiente. Desde su cuenta tiro dos o tres pifias en publicaciones de artistas y periodistas protestones, de esos que se creen con espuelas para hacer frente a la maquinaria de la Revolución…

Al principio trato de ser locuaz, pero después me voy loma abajo con cualquier dicharacho hediondo. ¡Qué más da! La cosa es joder. Que se empinguen los gusanos contestatarios. 


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Con las otras cuentas no me va muy bien. Pedro, mi jefe, dice que los perfiles son interesantes, pero si no les “saco partido” deberé eliminarlos o sustituirlos por otros más convincentes. 

“Carlitos, esto puede afectar tu evaluación del mes, te puedes quedar sin estímulo”, es el estribillo de Pedro. 

Evidentemente, yo no quiero que se me prive de estímulos, pero mi evaluación es de las más bajas. Siempre quedo el último en las listas. Juan Gabriel siempre es el primero. Ese hijo de puta administra diez cuentas (no sé cómo coño lo hace). Es el favorito de Pedro, nuestro jefe: JuanGa para aquí, JuanGa para allá; JuanGa esto, JuanGa lo otro. 

Recientemente me enteré de que sus diez cuentas encabezan el registro de lasciberclarias.com, un sitio web realizado por el enemigo para delatar nuestras identidades y así menguar nuestros esfuerzos. 

Conclusión: aquel hecho, lejos de entenderse como una derrota, increíblemente le valió a Juan Gabriel una moto eléctrica, y, para colmo, un ascenso en el departamento del Guerrero Cubano. Ahí se está en otro nivel. Es la cuenta nodriza de los ciberagentes. Cada lunes y viernes le rendimos tributo compartiendo sus publicaciones, generando tráfico de ideales revolucionarios. 

Me rehúso a despedirme de la rubia buenorra y el negrón afeminado. La primera me trae mucho conflicto, sufre de acoso desmedido. Invierto demasiado tiempo azorando a [email protected] [email protected] sexuales que se le tiran. En la cuenta del negrón, por otra parte, si bien es un tipo cuya musculatura intimida, a ratos debo evadir a sus stalkers homosexuales. Muchos de sus admiradores coinciden con cuentas de ciberagentes. Nos mandamos mensajitos entre nosotros mismos en los horarios de aburrimiento: entre las 3:00 p.m. y las 4:00 p.m. Jugamos a ser otros, y a todos nos encanta. Excepto al singao del JuanGa. Ese es un correctico-Domínguez cualquiera.

Debo confesar que disfruto el flirteo que me facilitan esas dos cuentas. Es una forma de amenizar el trabajo, ponerle picante, suprimir el hastío. Me “rastrillo la Makarov” fantaseando con los encuentros furtivos de la rubia y con las hipotéticas embestidas que le darían al negrón. 

Deliro. 

Estoy muy solo desde que Marilín se fue. A veces hasta se me antoja un ménage à trois: la rubianca, el negrón y yo. 


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“No sé, piénsalo Carlitos”, me repito. “¡Qué feliz fueras, compadre!”. 

Llevo años con esta rutina. 

Es un trabajo mal remunerado, la verdad. No hay metas definidas, exceptuando los planes de estímulos. Ya me da lo mismo chicha que limoná. ¿Qué se piensa el Pedro este? Después del picadillo y los chícharos del almuerzo, en pleno proceso posprandial, cuando ya empiezo a cancanear con mis respuestas al enemigo opresor, yo no estoy para que se me paralice la digestión. No estoy para fajarme con los gusanitos de Facebook y Twitter por dos jabas de aseo mensuales, un paquete de datos de 10 gigas quincenal, un concierto de Arnaldo y su Talismán y/o Raúl Torres cada tres meses, y una casa anual en la playa.

Al principio me pareció un subterfugio perfecto, pero es una verdadera condena. Estoy fundido de observar, investigar, detectar, informar, atacar, provocar… Demasiados verbos autoritarios. 

No tengo vida. No se quién soy. No sé qué hago, ni por qué. Me he convertido en un robot o, como nos llaman los opositores, una cyberclaria. Un bicho de alcantarilla colándose sigilosamente en el ecosistema de la virtualidad, intentando amedrentar a las especies de la fauna autóctona con un panfleto de cyber-bullying sugerido por los superiores; con tácticas intimidatorias que degradan, aún más, el repertorio defectuoso de consignas y propagandas comunistas de este país.

La vigilancia es parte de la idiosincrasia, pero ahora mismo me resbala. El día menos pensado voy a mandar para la pinga a todo el mundo en la empresa (así como hizo Marilín conmigo). Voy a tirar la casa por la ventana y voy a quemar la computadora pinguera esta, y la del trabajo también. Que coja candela todo el departamento, vaya. 

Pero espérate… Relájate, Carlitos. 

Justo antes de hacerlo, tienes que cagarte públicamente en la madre del maricón de Pedro. Que se entere José Miguel, el jefe de Pedro, que él acosa a tu negrón con su perfil de cyberclaria desfondada, que quiere comerte porque no le basta con pasarse por la piedra al singao del JuanGa. No le basta, no. 

Qué se enteren todos qué clase de lacra es el Pedro este, que te captó estando en la Universidad de Ciencias Informáticas (UCI), porque estaba puesto para tu cartón. Que no ha hecho una mierda con tu software, porque no le importa. Solo le interesa tu culo de joven combatiente. Que te invitó a la villa de Varadero en pleno agosto, con el sol que rajaba las piedras, y por tú decirle que no, te reasignó (y te resingó) las vacaciones con la fase ciclónica. 

Sí, Carlitos, sí. Publícalo todo en Twitter y en Facebook, justo antes de decírselo en sus caras. No tienes nada que perder. A ti ya te lo han quitado todo. 

Pero, coño, un poco de dignidad te debe quedar, Carlitos.


Diario de una cyberclaria, video de Paolo De Aguacate, en Hypermedia YouTube:






Hackear a Magela Garcés: esto nunca ocurrió - Lesstúpida Cubana & Paolo De Aguacate

Hackear a Magela Garcés: esto nunca ocurrió

Lesstúpida Cubana & Paolo De Aguacate

Todo fue una tretaHacking No. 2, de Lil Puñeta, fue un ensayo llevado a la praxis. Un experimento similar al de Hacking No. 1, su antecedente inmediato en El octavo círculo, curada por Magela Garcés. Participa, como todos los ensayos de esta columna, de diferentes hipótesis sobre algunos fenómenos corrosivos de Internet.


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