Parental Advisory

¿En qué se ha convertido la crítica literaria hoy? ¿Alguien se ha percatado de que ya apenas se puede leer —no digamos escribir— entre tanto dele que suene de la “ultracorrección” y lo “políticamente correcto”?

Hace unos años, una lectora de Más respeto, que soy tu madre, de Hernán Casciari, se quejaba por la inclusión del personaje de Carmen en la historia. Para los que no hayan seguido el folletín, Carmen era enana; la lectora, evidentemente, también. Esta mujer se indignaba por los chistes ofensivos que se hacían sobre la condición física del personaje.

He leído —en el mismo tono— trabajos sobre los gordos en La marrana negra de la literatura rosa, de Carlos Velázquez (si el personaje de Tino no se droga, engorda como un tapir, una berenjena, un iguanodonte, y así sucesivamente hasta ostentar apodos refinados como “Eres una nutria chiquita con lupus”), sobre los gays en Loco afán. Crónicas de sidario, de Pedro Lemebel, y los negros en las novelas de Pedro Juan Gutiérrez o, más bien, sobre el modo en que fueron “tipificados” dentro de la historia. También he escuchado comentarios de algunas chicas que no leen a Frédéric Beigbeder porque es misógino. Otra gente no lee a Jaime Gil de Biedma porque frecuentó un prostíbulo “de niños y niñas” en Manila ni a Paul de Man por sus resbalones antisemitas ni a Jünger porque usaba el uniforme nazi. 

Más allá del problema de gusto personal, estas lecturas fundamentalistas plantean la vieja pregunta de si se pueden leer libros que te ofenden.

¿Se puede siendo judío leer a Céline, o musulmán y leer a Michel Houellebecq? 

¿Se le puede perdonar a Nicolás Guillén su oda a Stalin, y a Mo Yan, su defensa del Festival de Carne de Perro de Yulin, o se debe expurgar esa crueldad y leer solo a escritores que se llevan bien con sus mascotas?

Una amiga de una amiga, especie de activista rusa, todavía pide la cabeza de Yoss por aquel cuento titulado “Ivana Ivanovna y la peste a grajo”. 

Y el colmo: está quien no lee La polis literaria porque dice que Rafael Rojas es un escritor… ¡contrarrevolucionario!

¿Adónde vamos a parar?

Imaginemos la historia de la literatura como una historia de lo políticamente correcto, de la censura, del parental advisory. Qué espantosa resultaría la literatura si la sociocrítica —o como quiera que se hagan llamar esos resentniks— hubiera existido siempre.

Piense el lector, ahora mismo, en una historia clásica, en cualquiera que se le ocurra. Desde la Odisea hasta Alicia en el país de las maravillas, pasando por Hamlet, Las 120 jornadas de Sodoma o La familia de Pascual Duarte. No importa si el argumento es elevado o popular, no importa la época ni la geografía.

Piense el lector, ahora mismo, en una historia que conozca al dedillo.

¿Ya está?

Muy bien. Ahora meta el virus de la sociocrítica en acción.

¿Qué pasa con la historia elegida? ¿Funciona la trama ahora que los personajes deben tratarse con corrección, cuando los autores pueden ser demandados?

¿Verdad que no funciona un carajo?

Con esa idea en la cabeza, por ejemplo, Ulises es un cerdo machista que tiene a Penélope tejiendo durante 20 años.

No existiría Lolita porque Humbert Humbert sería un pedófilo de mierda.

Pinocho sería bullying.

El club de la lucha, una incitación a la violencia y un llamado a los meseros de todo el mundo a masturbarse y escupir sobre los platos ajenos.

Por qué me gustan las mujeres, de Mircea Cărtărescu, un canto al totalitarismo masculino.

La mujer de tu prójimo, de Gay Talese, un catauro de perversiones norteamericanas.

Hiroshima, de J. Hersey, un libro de mal gusto, lleno de gente muerta.

¿Una antología de poesía negra? ¿Qué diablos sería eso? (Por otra parte, ¿qué diablos es una antología de poesía negra?).

Macbeth denigra a la mujer y la pone como una perra insufrible y traicionera.

También nosotros nos cansaríamos, nos aburriríamos, con estas historias esterilizadas. Todas las intrigas, los secretos y las parafilias de la literatura (los grandes obstáculos que siempre generaron las grandes tramas) fracasarían en la era de la ultracorrección.

Todo ese maravilloso cine XXX de Gerard Damiano quedaría totalmente borrado cuando grandes gurús del feminismo como Dwarkin o MacKinon embistan con argumentos como: “el porno es la teoría, y la violación es la práctica”.

Pero igual no creo que el problema exista porque haya idiotas que se quejan de aquello que no entienden. De eso habrá siempre, me figuro. El problema surge, nace y se ramifica cuando se les hace caso. En lugar de mandar a la mierda a los padres asustadizos, a esas feministas que en todas partes ven sexismo, a los jinetes del racismo y a los idiotas que se creen en la obligación de preservar la sensibilidad de los enanos, se les hace caso como si tuvieran razón. En lugar de educarlos, de decirles que la literatura no es un calco de la realidad, un espejito vulgar, se les da luz verde. Y entonces después pasa lo que pasa.

Y como el párrafo anterior me quedó un poco gruñón, voy a poner dos ejemplos para ponernos en situación: el 13 de septiembre de 2004, el diario español El País envió un email a más de 50.000 destinatarios con una publicidad para promocionar 90 días de suscripción gratuita en su edición digital; los creativos graficaron la oferta con dos fotos panorámicas de Nueva York: una del 11 de septiembre por la mañana, con las Torres; y otra del 12 de septiembre, sin ellas. La frase remataba con “Un día da para mucho; imagínense lo que puede suceder en tres meses”. La sociedad española se desgarró las vestiduras: que si la ética periodística, que si un ultraje a los familiares de las víctimas del 11S, etc.; al día siguiente, en la portada del periódico los editores pidieron perdón y catalogaron, ellos mismo, la propia campaña como “repugnante”, quitándola de circulación.

Otro: Dave Eggers publica Zeitoun. Para los que no conocen el libro, la cosa va de un tipo, Abdulrahman Zeitoun, que durante los días del huracán Katrina, navegó por las calles empantanadas de Nueva Orleans en una canoa para salvar a sus vecinos. Una semana más tarde fue arrestado y acusado de pertenecer a Al Qaeda. Entonces, Dave Eggers recibe la carta de un lector: “Espero que nunca se encuentre en mi situación: que lo pierda todo en un huracán, que uno de sus hijos se ahogue en la crecida y que se encuentre una mala copia de su vida, y la de sus vecinos, que algún escritorzuelo, con tal de ganar unos dólares, decidió publicar”.

A lo que voy: los reclamos de la sociocrítica siempre son personales: no he visto a ningún negro diciendo, por ejemplo, que los pieles rojas en los relatos de Richard Ford son tratados como la mierda, ni a ninguna lesbiana diciendo que los hombres en las películas de Catherine Breillat sufren un trato denigrante. Vamos hacia un mundo donde todo chiste que incluya a un negro es racista y todo lo que incluya a un travesti es transfóbico.

Lo que me lleva a un standup de Ricky Gervais titulado Humanity (Netflix, 2018): resulta que el comediante inglés hace un chiste sobre una mujer alérgica a las nueces en un avión. La situación es ridiculísima. En Twitter, alguien postea: “Mi hija es alérgica a las nueces, ¿cómo te atreves?”. Lo tuitea 15 veces, etiqueta a NBC, y luego agrega: “¿Te daría risa si mi hija se hinchara como un sapo?”. 

La literatura, si algo es, es un efecto, nunca un error. Puede ser buena o mala, pero no debe juzgarse desde la tribuna de la hipersensibilidad o la moral, porque siempre habrá víctimas. Siempre. 

Yo no sé Ricky Gervais, pero yo me cagué de la risa con la imagen de niña-sapo.

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