Roxana Brizuela: metáfora y narración

Es siempre un honor tratar con la escritura y el pensamiento de quienes un día fueron responsables de tu formación intelectual y académica. Aprovecho esta nueva entrega de Lenguaje Sucio para publicar un texto de Marta Rosa Cardoso Ferrer, quien fue, hace ya muchos años, una de mis profesoras de Historia de Arte en La Universidad de La Habana, y ahora profesora en la Escuela de Arte y Comunicación Visual de la Universidad de Nacional de Costa Rica. 

Se trata de un texto crítico sobre la obra de la artista cubana, afincada en Costa Rica, Roxana Brizuela. La autora, despliega la exégesis sobre el cuerpo general de la obra y los principales momentos del proceso creativo de la artista, haciendo énfasis en los álbumes escultóricos-ilustrados. 

Refiriéndose al trabajo y a su lugar en el mapa de creaciones femeninas en el contexto centroamericano, sentencia Marta Rosa: “Quedan los libros, queda el relato, se expande la metáfora, pero la historia, en cambio, continúa”.

Andrés Isaac Santana




La búsqueda perenne del ser humano por conocerse a sí mismo, suele conducirlo por caminos inciertos desde los que va tejiendo la urdimbre de su propia vida. En ese permanente andar se abren y se cierran los ciclos que configuran “la trama de la existencia”. Pareciera que la vida es un gran lienzo en blanco, infinito y abierto a todo lo que seamos capaces de imaginar. Un espacio insondable convertido, por fuerza, en el gran espejo de las dudas y las certidumbres. 

Roxana Brizuela, economista de profesión y artista de vocación, tomó hace varios años la decisión de compartir sus andares por la vida imaginando y dibujando su propio lienzo, convirtiendo sus búsquedas, sus encuentros y desencuentros, en un argumento que ha conducido, hasta hoy, un prolífico ejercicio creativo caracterizado por su dimensión experimental y por un esfuerzo denodado que la inspira a aprender y aprehender desde muy diferentes ámbitos. 

Además de economía, Roxana Brizuela ha estudiado pintura, escultura, grabado, escritura creativa, ilustración y neurolingüística, y ha ejercido como coach para el desarrollo personal y organizacional utilizando técnicas y herramientas de creatividad. Lo que la revela, sin duda, como una mujer con una clara predisposición humanista. 

Lo anterior puede explicar que sus primeros trabajos pictóricos se desarrollen a partir de la mancha. La mancha asumida y emprendida como un gesto espontáneo y libre que termina convirtiéndose en imagen, en forma, como resultado de la observación pertinaz y de la insistencia. Así, surgen manchas-mujeres, manchas-paisajes, manchas-arlequines, manchas-mariposa, manchas-música; apariencias siempre dinámicas que revelan el valor de sus esencias, en particular del boceto, y que relatan los avatares de un proceso frecuentemente inacabado pero susceptible, tal vez, de volver a convertirse en mancha. 

Son varias las series que (a modo de expiación exploratoria) modelan este acercamiento a lo pictórico y documentan, más que un resultado triunfante, un desvelo permanente por encontrar un camino de autoexpresión que se origina a partir de motivaciones diversas. La mujer economista que disfruta de la belleza (de la imagen y de la palabra) y que participa en varias exposiciones impulsadas por entornos no siempre relacionados con la institucionalidad del arte. 

HuracanesTifonesLluvia ácida, se convierten entonces en paisajes de gran formato algo inquietantes, premonitorios, muchas veces inconclusos que, desde su interés circunstancial por mostrar el impacto del cambio climático, revelan la presencia inmanente de fuerzas en pugna. Más allá de las emergencias técnicas, e inclusive de los propios temas o encargos, estos paisajes resultan una suerte de pretexto para las primeras exploraciones del espacio infinito, con una particularidad en su génesis: convertir en poesía visual datos estadísticos o imágenes satelitales que anticipan potenciales desastres humanos, hurgando en los invisibles riesgos del desequilibrio. 

No es casual que la artista acuda tempranamente al uso de la fotografía, con una franca inquietud por adjudicarle carácter y contenido a sus piezas, en especial a sus series de retratos (preferencialmente femeninos y familiares). Pareciera que le resulta insuficiente y ambigua la mancha como génesis de su hacer. Pero también se advierte en esa elección un evidente interés por hilvanar una narrativa que se apoye en el documento, en la vivencia, incluso en la memoria. 

Acudir a la fotografía, a la exploración matérica a través de los ensamblajes, muestra su vocación explícita por transgredir la superficie bidimensional (atada a la pintura académica) y comprender las potencialidades expresivas del objeto desde su materialidad tridimensional. Estas exploraciones, que coexisten con una aproximación profesional a las herramientas de la neurolingüística (con el propósito de escudriñar las incógnitas de la creatividad), la conducen a un ejercicio sin dudas prominente en su trayectoria creativa: el libro-arte.

Es un hecho que para Roxana Brizuela la relación entre dato, soporte e imagen, es indisoluble. De ahí que su fascinación por la escritura sea parte fundamental en su ejercicio creativo, y que el álbum ilustrado, cuya particularidad distintiva es la articulación imagen -texto, resulte el medio expedito que hace posible una convivencia versátil y equitativa entre sus inquietudes como ser humano, su capacidad organizativa (siempre en deuda con su formación de economista), su pasión por la experimentación y la investigación, su universo imaginativo y su don para la escritura. 

Un género literario del siglo XIX que llega casi intacto al siglo XXI, en la plenitud de su retórica, convirtiéndose en el depositario ideal para las travesías múltiples de la artista, el medio con el que construye y reconstruye su realidad, el relato con el que hilvana su memoria. El álbum ilustrado, convertido en libro-arte a través de su enfoque y de su argumento discursivo, no es solo el mayor y más poderoso hallazgo en la producción artística de Roxana Brizuela, sino también el fundamento más sólido sobre el que se sientan las bases de una obra prominente, en pleno proceso de afianzamiento, especulación e impulso creativo. 

Estas extraordinarias piezas, que ya suman más de seis en su continuo hacer, son el resultado de un minucioso estudio del género literario original, que su autora resignifica a través de la nueva dimensión que le adjudica: álbum ilustrado en formato tridimensional (pleno de una materialidad cotidiana reconocible en todos sus componentes), la experiencia catártica procesual en la construcción de la narrativa textual (relatos de su propia autoría) y un extraordinario oficio para abordar, con técnicas híbridas, el ejercicio de la ilustración.

La exquisitez de los “acabados-inacabados” que se descubre en estos volúmenes, que bien pudiéramos llamar álbumesescultóricos-ilustrados, se evidencia al mostrar la autenticidad de un proceso vivo y continuo, en el que conviven recursos múltiples de ilustración como discurso textual y textos convertidos en poesía visual, generando espacios infinitos de diálogo que desafían el intelecto para dar espacio a la curiosidad emotiva. 

La ingeniosidad que supone la metaforización de la narrativa se convierte en una experiencia lúdica, toda vez que no existe una estructura lineal: los formatos dispares, los marcadores o llamados de atención sobre las páginas, las sospechas de complejidades interiores que se revelan desde el exterior, invitan todo el tiempo a participar de una lectura basada en el efecto sorpresa. Dondequiera que comience la experiencia de lectura, motivada más por la curiosidad que por la instrucción, habrá un hallazgo, una identificación posible, una nueva e inesperada puesta en escena que, de modo muy sutil, remite al hilo dramático que le da sentido al álbum. 

Encuentro la mayor virtud de estas propuestas en la poética que define su narrativa y que protagoniza un particular sentido del espacio abordado en su dimensión más abstracta (el vacío) y en su connotación más simbólica (el dato que lo intercepta). El espacio es también el relator de las transgresiones, el mayor desafío ante los presuntos límites. 

No interesa la diagramación atada a un diseño editorial; no interesa la definición de un recorrido. Con total libertad y desapego de las estructuras rígidas, lo de adentro se visibiliza desde afuera y lo de afuera invita a explorar el adentro (sin llegar a revelar sus secretos). Tampoco interesa el tiempo de elaboración de estas piezas: pueden ser semanas, meses, años, porque se trata de un proceso experiencial que se va nutriendo de su propio transcurrir 

Detrás de la sensación emotiva que suscita un peculiar objeto escultórico escudriñable a través de sus páginas, hay siempre una historia escrita por la artista-autora que, una vez convertida en imagen, contiene múltiples historias. Cada retazo, cada recorte, cada conexión, en su conjunto, permiten descubrir un lenguaje híbrido en el que coexisten manchas, hilos (muchos hilos), fragmentos de textos, fragmentos de imágenes, bocetos, trazos inconclusos y espacios vacíos. 

Todo converge, todo se mezcla, todo adquiere sentido: los collages, las acuarelas, los dibujos, los materiales, las fotografías van generando estructuras casi escenográficas que dan cabida a personajes múltiples representados por referencias figurativas o por objetos (comunes) que los identifican y los acompañan. Objetos reales, aquellos que de una vez vinculan el arte con la vida y que confieren a estos álbumes una sensación de cercanía que invita a explorar lo táctil. 

El uso de técnicas mixtas para construir estos libros-arte es realmente meritorio, una clara evidencia del domino de herramientas prácticas que incentivan los procesos creativos. Revelan permanente experimentación al tiempo que construyen discurso. 

“Aprendo, lo decido, me equivoco, lo intento, lo encuentro”, relata la artista, desdibujando fronteras entre su arte y su vida. Desde ese lugar comparte su experiencia acompañada de una sonoridad que incluye profundos silencios. La sonoridad de los álbumes escultóricos es inherente a su estructura: cada objeto relata un sonido, cada hilo conductor ayuda a percibir su secuencia o su ausencia. Se percibe música y también ruidos. 

En los álbumes ilustrados, como en todo el acontecer de su trabajo, se descubre una pausada metamorfosis de la literalidad a la metaforización, siendo esta última punto de llegada y de partida a la vez, de ahí su enorme valor. Ilustrar álbumes, para Roxana Brizuela, es como auto-descubrirse y de algún modo liberarse (y liberar) sus historias. 

LLA/ves y el Libro-Autorretrato son ejemplos magníficos de los álbumes escultóricos ilustrados, en tanto muestran el modo ingenioso en el que la artista establece la mencionada relación entre espacio físico, espacio simbólico, tiempos y técnicas. Ambos, relatos autobiográficos metaforizados a partir de la materialidad objetual con la que se construyen; ambos inspirados en la metamorfosis de la vida, profundos y meticulosos, visual y psicológicamente hablando; ambos universales e inquisitoriales en su postura crítica frente a las estructuras patriarcales, las relaciones familiares disfuncionales, los deseos insatisfechos, las culpas, las contradicciones, las aspiraciones, los sueños… 

Una llave que es apertura y clausura, una bruja que es negra y que es blanca, una puntada que es pasado y es presente, un lazo rojo que es niñez y es adultez, tiras de encajes que son adornos o señales… Una mujer que vuela. En los objetos, símbolos y personajes de Roxana Brizuela, se descubre un universo infinito en el que conviven fantasía y realidad, alegría y dolor, prisión y libertad. En ellos (y entre ellos) ocurre la vida. 

Si bien la exploración en técnicas diversas y el aprendizaje permanente rigen la vida de la artista, hay que decir que el mayor aporte de su ejercicio creativo gira en torno a la ilustración. 

Entendida como arte menor en los albores de su historia, la ilustración rápidamente adquiere carácter autónomo por autoría, aunque la interconexión con el texto funcione como premisa para un juicio de valor. Ni en los relatos bíblicos medievales (manuscritos iluminados) prescindió la ilustración de sus libertades creativas; más bien todo lo contrario: mientras más ortodoxas las reglas, más imaginativos y fantasiosos los modos de representarlas. Como cómplice de la literatura en el Renacimiento, y hasta principios del siglo XX, fue expresión del ingenio, la experimentación técnica y las libertades lingüísticas a las que las denominadas “artes mayores” no podían aspirar. 

La dimensión autoral de la ilustración como ejercicio creativo se reconoce en los nombres de figuras emblemáticas de la historia del arte, desde su origen hasta hoy. Y en el contexto costarricense, no cabe duda de Roxana Brizuela es una figura de referencia. 

Su reconocimiento como ilustradora le valió una invitación para integrarse al proyecto Colección Figueroa (iniciativa de la Editorial Costa Rica) e ilustrar un relato corto de la serie Bananos y hombres, escrito por una figura emblemática de las letras costarricences, Carmen Lyra. “Estefanía”publicado por la Revista Repertorio Americano en 1931 e ilustrado en 2017 por Roxana Brizuela, muestra la incuestionable sensibilidad de la artista y su capacidad de diálogo con un texto ajeno a partir asumir la ilustración como ejercicio creativo. 

En este caso en particular, la artista adjudica relativa independencia a la imagen, incluyendo en el relato visual anécdotas, personajes, e incluso un final que no corresponde exactamente a la narración original pero que le aporta al texto escrito una importante reflexión sobre la continuidad inevitable de la dolorosa experiencia que narra. 

Para abordar la ilustración de “Estefanía” Roxana Brizuela desarrolla una investigación minuciosa sobre imágenes de la época, para incluirlas en su creación, respetando de este modo los rasgos lingüístico-conceptuales del realismo social, corriente en la que se inscribe el relato literario. La dimensión autoral de la artista se advierte en el uso de técnicas mixtas, en particular la fotografía intervenida, el grabado y el dibujo: estructuras visuales fluidas que se contraponen al rigor de la diagramación editorial y que le confieren al conjunto un dinamismo muy acertado.

La escogencia del relato (la historia de una joven humilde, violada y permanentemente violentada, que muere anónimamente en una finca de banano) y el modo creativo de abordarlo, descubren el interés visible y permanente en toda la trayectoria creativa de Roxana Brizuela por acercarse al tema de la mujer. Este trabajo, como ocurre también en sus álbumes, manifiesta su inquietud por explorar las relaciones dicotómicas entre apariencias y esencias, entre mitos y realidades, sondeando perfiles y profundidades de una lucha, frecuentemente infructuosa, entre el ser y el deber ser, entre el reconocimiento social y la invisibilidad que acompaña la historia del género femenino. 

En su interacción, las propuestas creativas de Roxana Brizuela, caracterizadas por el uso de la ilustración como oficio y como discurso, devienen un acto de exorcismo, una experiencia casi terapéutica para la artista, pero también para sus interlocutoras e interlocutores. De una u otra forma, nos reconocemos en las experiencias y visiones que ella comparte. 

Creo que, en su devenir, el trabajo de Roxana Brizuela ha encontrado diferentes alternativas para comenzar a pronunciar palabras propias frente la condición social impuesta a la mujer. Creo que sus proyectos aportan nuevas estrategias para enfrentar una lucha que pareciera no terminar nunca, y cuya finalidad es la transgresión de ataduras restrictivas y coercitivas. 

Desde su espacio como mujer, madre, profesional y emigrante, la artista ha construido (y continúa construyendo) un relato diverso como creadora que ilustra los derroteros de su propio viaje y que, con esa virtud siempre sorprendente que posee el arte entendido como experiencia de comunicación, abre caminos infinitos que nos conducen a explorar de dónde venimos, quiénes somos, hacia dónde vamos o dónde quisiéramos estar. 

Quedan los libros, queda el relato, se expande la metáfora, pero la historia, en cambio, continúa.


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Un lugar para el Iceberg de Luciana Abait - Andrés Isaac Santana

Un lugar para el Iceberg de Luciana Abait

Andrés Isaac Santana

La serie Iceberg, de Luciana Abait, es una declaración de principios y un trazado semiótico con infinitas ramificaciones de sentidos.


3 Comentarios
  1. Gracias Hypermedia Magazine por la publicación del Texto de Marta Rosa sobre mi trabajo.
    Gracias querida Marta Rosa por tomarte el tiempo para ver mi trabajo y por hacerlo en el momento en que lo hiciste, a las puertas del “aislamiento”; gracias por escribir un texto desde una mirada sensible, femenina, profesional y noble. Es un privilegio tener delante de mi tu análisis y verme desde tu mirada, aprender desde tu reflexión.
    Gracias Andres Isaac Santana porque tuve la suerte de conocer a Marta Rosa a través de ti, y porque tú has sido en este momento tan peculiar en el que vivimos todos, un generador de propósito, un mago tejiendo relaciones, ideas, y análisis crítico que viene a empujar el proceso de creación de muchos artistas, y que en mi caso reclama y responde a un deseo, una necesidad de fusión del trabaja de muchos años, de profundidad, de conceptualización. Los tres tenemos raíces comunes que le dan un carácter muy particular al trabajo que hacemos juntos, y que sobre todo nos augura una amistad profunda.

  2. Hermoso comentario. Muy certero e inteligente. Sin duda el arte solo puede ser abordado desde el arte. Quedé encantado por la profunda vocación poética de Marta Rosa. Vocación que hace del comentario un arte. Otro arte. El único e imprescindible para escudriñar la vida y los objetos que nos interpelan desde su milagrosa y enigmática complejidad. Un abrazo enorme para las dos verbonautas del laberinto.

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