Alfredo Bikondoa: Son diurno

Madrid, domingo 17 de marzo de 2019
El desánimo hace mella, pero la voluntad escritural es firme

Ahora que ya tu calidad es ardiente y dura,
como el órgano que se rodea de un fuego
húmedo y redondo hasta el amanecer
y hasta un ancho volumen de fuego respetado.
Ahora que tu voz no es la importuna caricia
que presume o desordena la fijeza de un estío
reclinado en la hoja breve y difícil
o en un sueño que la memoria feliz
combaba exactamente en sus recuerdos,
en sus últimas playas desoídas.

¿Dónde está lo que tu mano prevenía
y tu respiración aconsejaba?
Huida en sus desdenes calcinados
son ya otra concha,
otra palabra de difícil sombra.
Una oscuridad suave pervierte
aquella luna prolongada en sesgo
de la gaviota y de la línea errante.

Ya en tus oídos y en sus golpes duros
golpea de nuevo una larga playa
que va a sus recuerdos y a la feliz
cita de Apolo y la memoria mustia.
Una memoria que enconaba el fuego
y respetaba el festón de las hojas al nombrarlas
el discurso del fuego acariciado.
Lezama Lima, Son diurno

Mi querido Alfredo Bikondoa:

Observo tu obra y pienso en un verso de Lezama que reza: «¿dónde está lo que tu mano prevenía y tu respiración aconsejaba?». Entonces, en la espesura de esa abstracción poética, advierto las señales de las que podrían ser algunas de las tantas lecturas respecto de ese cuerpo narrativo que tu trabajo dispensa. Esa mano (la tuya) y esa respiración (la tuya) —sin atender a prevenciones ni consejos—, han dado forma a un universo muy singular en el que se mezclan, como en la zarzuela vasca, disímiles referencias e infinitos campos de saberes.

Tu obra se presenta como un cuerpo autónomo y portentoso en el que la voz de la abstracción adquiere protagonismo y dominancia. Se advierte en esa anatomía tan afacetada y tan prolija, aunque ello parezca una paradoja, una suerte de resguardo frente a los impulsos anárquicos de la desintegración y de la enajenación. Tu obra refracta, en estructura y en lenguaje, la visión de algo cósmico, una perspectiva holística que al mismo tiempo está sujeta a las exigencias de un principio de unicidad, de orden y de mesura.

El caos Bikondoa pertenece al ser, pero no a la obra: es parte esencial de su ontología. La obra de Bikondoa, por el contrario, se traduce en el horizonte de una cordura y de una racionalidad poco menos que envidiable. Curiosamente, ese despego o distancia entre la obra y el artista se revaloriza en el mismo proceso de semantización que esa brecha estimula.

Te escribo esto último porque en verdad no creo que exista tal distancia. Es más bien una distancia ficticia la que se somete a prueba al comprender que entre tu voz y la obra solo habita esa respiración del inicio. Me resulta difícil, luego de la experiencia de Tomorrowland, nombrar cualquier tipo de distancia o de separación entre obra y autor.

En esta instalación, no exagero, casi dejas la vida. Descubrí, así, la tenacidad de un hombre (de un cuerpo) que se burla de toda limitación —temporal y física— en aras de satisfacer la impertinencia de su voluntad creativa. En ese punto, me temo, nos parecemos bastante, más, incluso, de lo que tú puedas presumir al leer estas líneas.

Tras esa apariencia tuya, si se quiere frágil y elegante, se agazapa el espíritu de una bestia parda que no conoce la fatiga ni el tedio. Tu hacer debe mucho al régimen de una férrea disciplina no exenta de pasión y de arrebatos. Cuando se te conoce más, se te quiere más. Y, por ende, se te entiende más. La cercanía a ti deshace todo distanciamiento posible (muchas veces deseado) entre obra y signos, entre formalizaciones estéticas y enunciados que la rigen, entre sujeto y pensamiento.

Un hombre con destino, podría ser, sin duda, el título de un ensayo sobre tu poética. La agudeza con la que —a ratos— intento mirarte, me revelan la identidad de un artista que, zambullido en su monólogo interior, no abandona nunca eso que llamamos la consecución de una meta, el cumplimiento de un destino. Tu obra parece estar destinada a contar algo a este raro mundo. Es como si ella intentara frenar la aspereza que se dibuja entre la realidad y el espacio ficcional del arte. Ese tejido formado por obras pictóricas, serigrafías, objetos, estructuras, instalaciones y hormas de zapatos multiplicadas ad infinitum, se me antoja como un gran texto narrativo que —por capítulos bien diferenciados— va dando cuenta de tu andar por la vida.

Diría, siendo osado y atrevido, ya lo soy mucho, que tu cosmos deviene más en un sistema axiológico que en un esquema taxonómico. Sin embargo, será la clasificación y el discernimiento del paisaje que se organiza en torno a tu repertorio lo que introduzca un poco de orden y de mesura a este fervor mío por la palabra escrita. Es la disección de ese mapa lo que auxiliaría a su comprensión y razonamiento.

Así, por ejemplo, desde la elocuencia del pensamiento abstracto, logro señalar tres ámbitos de actuación de la obra que reclamarían una aproximación exegética pormenorizada y oportuna. De una parte, el espacio autónomo de la pintura-pintura; seguido de este, la existencia de un contexto específico para el objeto suficiente; por último, el escenario de la promiscuidad y el mestizaje, es decir: ese momento en el que la pintura y el objeto se dan cita en un coitus interruptus con el ánimo de alimentar las más refinadas y sórdidas de las elucubraciones.

Creo, sin duda alguna, que estos tres espacios bastarían para precisar las especificaciones estéticas, los rasgos conceptuales y los asideros morfológicos del corpus central de toda tu obra. Podría elaborarse aún más este planteamiento en la medida de una lectura más amplia que satisfaga todos y cada uno de estos espacios de actuación/modulación del signo.

Tocará a la crítica posterior ahondar en la propuesta —en virtud de esta mirada— y probar o refutar, según convenga, mi argumento. Sería en la dinámica del correlato donde «la interpretación» crítica alcanzaría niveles insospechados de relaciones y de cópula manifiesta entre estos ámbitos nombrados aquí.

Y no hablo, claro, de los sentidos o de las derivaciones narrativas que se consumen en ellos como un fuego que no se apaga nunca. Sabemos, bien lo sabes tú mejor que yo, que esos otros sentidos, los que resultan del hecho en sí, poco o nada podemos controlarlos, menos aún comprometerlos con nuestro punto de vista o con nuestro juicio.

Hace muy poco rizabas el rizo en una entrevista en la que, me satisfizo leer, señalabas: «Las obras de arte, al igual que los cuentos de hadas, tienen distintos niveles de interpretación. Estos se completan en el inconsciente del espectador y su infinitud sorprende al propio autor.

El artista tan solo es un vehículo de transmisión de algo superior a él mismo. Una gran obra tiene que poseer centro magnético y posibilitar contener y abrazar toda clase de interpretaciones, así como lo hace la vida misma. Una obra explícita, que lo cuenta todo, es una obra muerta.

Hay obras que nacen y mueren es sí mismas, no transmitiendo nada. He ahí la diferencia entre artesano y creador, como bien lo describe el cuento de Pinocho. Geppetto es un artesano que crea el muñeco de madera, y en el transcurso del cuento y tras un proceso espiritual, este se transforma en un niño de carne y hueso. Una alegoría de la búsqueda del ser humano, de sí mismo, de su verdadera identidad […]»

La tendencia al absoluto siempre ha sido del gusto de los críticos cartesianos o de los rancios académicos que se apoltronan en la comodidad del búnker institucional o en la esterilidad de las tradiciones estilísticas e historiográficas al uso.

Seguramente muchos de ellos (algunos ya lo han hecho) se apresuren a intensificar —sin claridad y con torpeza— tu pertenencia a una corriente o lenguaje específico dentro del paraguas de la abstracción o en los derroteros de cierta historia del arte español. Es siempre un comodín para ese tipo de críticos el cotejo de una obra y de un artista (el que sea o la que sea) en unas coordenadas tempo-espaciales, como si fuera tan fácil o previsible desentrañar la gramática de la misteriosa horizontalidad del agua.

Nada se parece más al hombre que su propia sombra. Y esta, ya sabes, resulta siempre engañosa, distorsionante, barroca, impetuosa. Por lo que nombrarla, restringirla a la palabra, doblegarla al sintagma, hace que el «ejercicio de interpretación» peregrine entre el deseo de conquista y el extravío díscolo de la verdad.

Bien otras deberían ser las motivaciones de esas lecturas y no las que retozan en el esquema pervertido y perverso de las escuelas, las tendencias y los estilos. Las obras, antes y después, son las que tendrían que alimentar la especulación retórico-ensayística y no ilustrar conceptos ajenos a ellas o satisfacer declinaciones teóricas que se descubren dentro del consumo último del crítico.

La militancia de las categorías y de los preceptos académicos suelen suscitar hallazgos interpretativos que muchas veces responden más a la noción de panfleto que a la pulsión del ensayo auténtico y liberador.

Me queda claro que tu obra invita a muchas floraciones recurrentes del verbo, a intrincadas y felices asociaciones que quedan lejos de los reduccionismos y de los escepticismos (como el mío propio) y que seguramente sean la razón de un ensayo mayor que habrá que escribir en breve. 

Hasta entonces y con un fuerte abrazo, me despido de ti. 

Tu amigo, 

Andrés Isaac


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