November Rain

Atrás al casete (con permiso de Julio C. Llópiz)

Llega la recta final del año y, como ya es costumbre, La Habana promete un epílogo entretenido en materia de artes visuales. El caso es que, tras la sorna veraniega, se descorre el telón de un escenario diseñado en función de ambientar los matices de la “temporada alta”. Turismo y arte se abrazan, pernoctan en el mismo hostal. Eso sí: el primero dispone, lleva las riendas de la relación, decide el monto de la propina.   


Miami reloaded

Desde que Art Basel —para muchos la feria de más glamur internacional— extendió su sede e influencia cultural a Miami, a comienzos de los años 2000, se abrió —aunque no tan marcadamente como en los últimos tiempos— un express way para el contexto artístico cubano.

Suiza era un eco lejano que, si bien acariciaba el oído, no engordaba la expectativa de nuestros productores. Miami, en cambio, vino a ser la nueva capital, el puerto seguro donde echar ancla y desplegar un stand, rentar un piso, intervenir un mall. Miami es el lobby ideal.

Hacia allí se van todos, dizque a “saldar compromisos”. Aunque en muchos casos, más bien se trata de comparecer: perseguir las fiestas, entrarle por los ojos a algún coleccionista de medio pelo o galería de perfil emergente.   

El oasis que dibuja Miami redime la picardía entre los nuestros. Embriaga a sus conocedores de un deseo de emprendimiento relativo a los días que dura el ensueño de Art Miami. Una vez ahí, luego de dos copas y un ácido, cualquiera figura como el próximo Kcho o la próxima Ana Mendieta.  


Un último bombillo parpadea en el túnel

Havana Art Weekend apareció súbitamente hace cuatro años, cuando La Habana parecía no importarle ya a nadie y el deshielo adoptaba la forma de otro espejismo en el desierto insular. La “era Obama” había terminado, y con ella se esfumó también el idilio que, por un instante, fue capaz de conciliar un intercambio provechoso entre americanos y cubanos. Era una lenta recaída, la sensación de ir penetrando en un túnel que se oscurece a cada paso.

Sin embargo, el nombre del evento de marras activa una última esperanza: si había decrecido el impacto americano en nuestro contexto, ¿a quién se dirigía ese sintagma anglo?

¿Acaso pretendía Havana Art Weekend reanimar los restos de un paisaje efímero, escindido por la diferencia política? ¿O el título era apenas un ardid para edulcorar la depresión en que comenzaba a caer el contexto artístico cubano?

Direlia Lazo, cubana radicada en los Estados Unidos y comisaria a cargo del proyecto, convino con la posibilidad de reunir una generación de artistas repartida entre el espacio local y la diáspora. Reaparecieron así, luego de algunos años de silencio, nombres como Irving Vera y Jeannette Chávez, junto a otros permanentes como Orestes Hernández, Humberto Díaz, Reynier Leyva Novo, Levi Orta, y otras incorporaciones emergentes como José Manuel Mesías y Luis Enrique López-Chávez.  

En un ambiente experimental, abierto a toda clase de gesto, cada artista pudo desmarcarse de sus cuotas habituales. Así, fueron bien recibidas un grupo de intervenciones muy sutiles que, bajo su empaque sobrio, potenciaban la virtud de imaginar burlando cualquier motivo específico. Recordemos si no las propuestas de Orestes Hernández —situación creada en un espacio indiferente, crudo, exento de atractivo, que recibía la carga de simbólica de unas modelos haciéndose retratar en él—, Irving Vera —invadiendo con moderados rastros de su obra el hangar de Chullima— o Humberto Díaz —diseccionando la psicología de la vigilancia en medio de una agitada noche en Fábrica de Arte Cubano.     

Además, Art Weekend fue categórico al poner su mira en el tejido alternativo que se esparce por la ciudad, legado de esa apertura que transformó las dinámicas de nuestro circuito artístico. Acaso esto último despertó cierta sospecha dentro del poder institucional, que se manifestó incómodo al saberse relegado, situado en el rol de un espectador exento de privilegios.  

Direlia, por su parte, firmó otro afortunado capítulo de autogestión en las narices de la oficialidad, y esa “osadía” no iba a pasar desapercibida. De inmediato, se tejió la posibilidad de un descrédito al que nadie puso asunto: el origen de sus fondos se tornó oscuro, “mercenario”. Sin embargo, al margen de esa suspicacia infundada, el evento dejó un saldo positivo, orgánico, que validó la posibilidad de repetir su experiencia.  


Sobre el último noviembre que recuerdo…

Es la última semana de noviembre y parece que se avecina una revolución. Por todos lados se suscitan eventos, exhibiciones que oscilan entre espacios oficiales y alternativos. Noviembre pareciera emular la mística que suponemos le pertenece al binomio abril-mayo, pero con algo a favor: la paranoia del Consejo Nacional de Artes Plásticas ocupa un segundo plano y en la tele ya no aparece esa fea promoción hecha para no aficionados. Algo que certifica, entre otras cosas, el auténtico fiasco que fue la reciente Bienal de La Habana.   

Ante esta secuencia de exposiciones suponemos una estrategia gremial, a todas luces, enfocada en lo que puede arrastrar hacia nosotros un episodio por venir: Art Basel Miami. Así, entretanto Miami dispone la escena para una nueva edición de su feria, La Habana, un segmento específico de la ciudad equivalente a lo más visible del circuito artístico, acomoda cadenetas, prepara caldosa y brindis, y todo ello a propósito de un “after” no descartado aunque impredecible.  

Algo me queda claro: esta ciudad ya no motiva por sí sola; en cierto modo, ha perdido su paradójica e inexplicable seducción.  

Desde hace un tiempo asistimos al retorno de la versión ordinaria de La Habana, confundida por el espejismo que la ilusionó y lo que en realidad acabó teniendo. Fue cosa de tomar un ligero aire, una bocanada de oxígeno neoliberal, para volver a la deriva de siempre; habiendo extraviado, de paso, el deseo de vanguardia, la propuesta de una revolución excluyente con la avejentada mentalidad oficial.

La Habana, mal que nos pese, se devuelve ahora a su habitual y empobrecido flujo.


Actually, is november

Este noviembre, sin dudas, pasará a la historia. La cuestión es cómo será narrado cuando nos caigan encima un par de años más. Y otra cosa, acaso esencial, es la forma en que ha roto, desde todo sentido, la gramática que ha signado cada fin de año del último lustro en la isla. 

Algo se ha roto, y sin embargo, no hay nada que lamentar.


Un noviembre otro, de un año otro…

Lo que venía siendo una incomodidad permanente, aliviada con el respiro que suelen tomarse los artistas cubanos en otros contextos, acabó siendo un estallido de razón, rebeldía, compromiso e inmolación que el encierro se encargó de precipitar.

El cosmopolitismo —ya lo sabemos— segrega y acaba anulando las narrativas locales; de ahí que sea este y no otro el año de mayor catarsis que se recuerde dentro del gremio cultural cubano en varias décadas. Al encierro, más que a otra cosa, le debemos cuanto ha ocurrido. Al encierro literal, que es el que produce la más severa asfixia.

Desde que participo de la movida del arte no recuerdo semejante consecución de polémicas culturales. Ya en marzo de este año la situación alcanzaba un pico notable con el encarcelamiento arbitrario del artista Luis Manuel Otero Alcántara. Si entonces considerábamos que las relaciones entre arte y Estado, artistas e Institución, se habían tensado de modo superlativo, hoy sabemos que aquella movilización intelectual fue apenas el prólogo de algo verdaderamente mayor, algo sin precedentes para cualquier generación nacida bajo la égida de la Revolución Cubana.

Este noviembre, su repentino accionar y su colapso, bien podría resumir el espíritu de un año de continuos disentimientos y escarceos al seno del movimiento cultural de la isla. El 27N es el clamor de una comunidad que ha renunciado ya para siempre al servilismo y la inconsecuencia con sus ideales de libertad.

Es un hecho que estar varados en el contexto nos hizo reencontrarnos en él, calibrar nuestra postura ante una realidad que se torna adversa a despecho de quienes la padecemos. Estar aquí se volvió, como nunca antes, un motivo para discutir sobre todo lo que se puede discutir, la voluntad de encontrar en ese “aquí” la representación más fiel a esa complejidad que somos “nosotros”.

Desactivados los determinismos, las verdades a medio hacer, las falsas e hipotéticas construcciones que sustentan un contexto viciado de sectarismo, elitismo y otras hierbas perniciosas, el terreno del pensamiento se volvió un espacio árido, convulso. Revolucionario, en definitiva.  

En cierto modo, la carencia de promesas alentadoras arreció en nosotros el insomnio de un año sumido en la depresión. De ahí que la carga histórica se volviera demasiado terca y pesada para resistirla por separado: la utopía colectiva nos convidaba nuevamente.  

El 27N podría leerse como la eclosión de tantas frustraciones individuales en un único cuerpo, que no en una masa. La masa es un genérico sin identidad, sin cuerpo, y nada puede estar más lejos del 27N.  

Este noviembre ya inolvidable, sin ferias ni lobbies de ocasión, ha sido el más triste y agonizante que recuerde, pero también lo más cojonudo e impetuoso que le ha sucedido a la cultura cubana en décadas.  


November rain

El eco de este noviembre se dejará sentir un tiempo más antes que la negociación estatal logre apaciguar sus formas y pactar las libertades exigidas por el gremio mediante cuotas específicas. El Estado, ahora mismo, gestiona la estrategia de esa domesticación.  

Los artistas cubanos han tenido en este 2020 un año para olvidar, puesto que no les ha ido ni medianamente bien en términos de producción, visibilidad y mercadeo. Esto es un hecho. Ahora, no dejo de pensar en la suerte de experimentar semejante stand by, capaz de sacudirnos la ligereza y el descompromiso ante las arbitrariedades que atraviesan nuestro contexto, sin que decidamos hacer algo como gremio para invalidarlas.  

Creo que no me equivoco al suponer que el Estado prefiere esos noviembres convencionales —de visas, idas y vueltas, trapicheos comerciales en estudios, etc.—, a este otro que ha sido una consigna, un compromiso, un plantón, una imagen desbordada de reclamos y un despertar a la libertad.  

En los noviembres del Estado cubano, el solo apocalíptico de Slash está proscrito.


A Henry Eric Hernández, profesor y colega.




Jorge Peré

Revolucionarios sin Revolución

Jorge Peré

Luis Manuel Otero Alcántara es un revolucionario. Tania Bruguera es una revolucionaria. Anamely Ramos es, toda ella, un pensamiento revolucionario. Katherine Bisquet es una revolucionaria. Julio César Llópiz-Casal es un revolucionario sin enmienda. Carlos Manuel Álvarez es un gran escritor y un revolucionario. Reynier Leyva Novo es un revolucionario de temer. Yunior García es un revolucionario. Julio Antonio Fernández Estrada es un revolucionario.


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