Una mulatica de salir

TALLA cm: 163
PESO: 50
OJOS: P
PIEL: B

En mi carné de identidad yo no soy yo. Al menos no aparezco tipificada como la construcción que me define en cualquier descripción, a la que solo se antepone esa otra construcción, el género: Mujer M (mestiza). Y digo me define porque en Cuba, piel= raza= privilegios (o no).

Recuerdo el día. Estoy en la oficina del carné de identidad del Cerro con mi madre (Mujer B). Tengo 16 años. Entre las manos una ristra de la foto carné del photoservice lista para ser pegada en el documento que me identificará como ciudadana.

La compañera que nos atiende (Mujer M) sigue todos los protocolos. Toma huellas, mediciones, firmas. Me parece divertidísimo, un juego. A mediodía volvemos a casa con el nuevo documento. Miro mi cara de teenager descaradamente feliz, flotando en un fondo azul desteñido. Por el camino me siento adulta. Mi madre gusanea: “Ahora ya puedes votar”.

En la noche llamo a mi padre (Hombre N) para contarle del momento en que me convertí en una ciudadana de mi país. Con voz y voto, una ciudadana. Damos chucho, as usual.

“TALLA cm: 163. PESO: 50… ” Le voy leyendo a mi padre cada pedacito del documento. “PIEL: Blanca”, me sorprendo diciendo llegado ese punto. Silencio largo solo roto por la risa estentórea de mi padre: “¡De pinga, asere! Si hubieras ido conmigo ahí hubieran puesto otra cosa”. Escucho el humo del partepecho escapar de su voz entre risas que mueren en fade.

Mi familia se divide en dos partes. Una, blancos todos poripallá hasta el inicio de los días. La otra más sinuosa, con más misterio, pocas certezas, pero que defino como negra. Imperio patatero canario, venido a menos con la Revolución, la una. Pequeña burguesía negra muy a pesar de la Revolución, la otra. Y yo en el medio de todo. Color cartucho. Indefinida.

Mi abuela materna (Mujer B) casi hizo una fiesta cuando nací: “¡Es blanca! ¡La niña es blanca!”, exclamaba en éxtasis mientras me mostraba a to’ el vivo. Pasaron par de años y, con cada nuevo rizo, el pary se le enredaba más a mi abuela. A los tres años yo era un full afro de decepción pa’ la señora.

Mi abuelo paterno (Hombre M) me descargaba un mundo. Pasaba horas con él en su habitación leyendo revistas Sputnik y jugando con la prótesis de su pierna. “Tú eres como yo”, me decía. “Ellos no, ellos son blancos”, mascullaba bajito refiriéndose a mis primos que, aunque son mestizos también, tienen el pelo lacio y “pasan”. Mi abuelo era mi espejo, desde los rizos hasta el sentido del humor fuera de sincro.




Así, en el medio, en la indefinición, seguí mataperreando por la vida. Ajena. Feliz la mayor parte del tiempo. Solo alguna frase aquí o allá me hacía tensar el cuerpo. Frases, casi siempre de halago, hacían que mis ojos se clavaran en algún hueco del suelo y allí se quedaban por buen rato. “¿Viste qué linda mi niña? Es una mulatica de salir”. La tierra abriéndose bajo mis mocasines marineros blancos y yo cayendo, cayendo. Durante mucho tiempo lo atribuí a mi timidez. Ahora veo era otra cosa.

Esa necesidad de mi madre de explicarme a los demás, como si yo fuera una anomalía, como algo a lo que hay que hacerle una introducción con fanfarrias. Esa necesidad suya, inconsciente quizá, de llenarme de adjetivos positivos constantemente, habla de dos cosas: su orgullo inmenso hacia mí y el igualmente inmenso racismo que intuía en sus interlocutores, cayendo ella misma en la trampa del lenguaje. El parche antes que la gotera. Mecanismos de defensa.

Hay una parte de mi familia blanca que rara vez o nunca se mezclaba con la parte negra. Los 24 de diciembre, cumpleaños de mi abuelo paterno y excusa perfecta para celebrar la Nochebuena, las únicas personas blancas del pary eran mi madre, mi tía política y mis primos, los que “pasaban”. En los bonches de esa parte blanca de la familia de mi madre que estaba comprometida con la Revoluchon al punto de vacaciones con delfines, yates y mariscadas en altamar, nunca vi a nadie del otro bando. A la mulatica bonita y bien portada le damos el chance. Al resto de la tribu, niet.

A pesar de todo, siempre me sentí en casa en mi casa. Es la percepción prejuiciada del que mira desde afuera lo que me ha hecho en ocasiones no pertenecer. Como si despertara confundida de una siesta demasiado larga y no supiera qué día es ni quién soy.

“¿Quién es la mulatica que vive en casa de Dania?”, preguntaba alguna vez uno de los actores (Hombre B) que se reunían en el patio de mi madre a farandulear y a llenar de frijoles negros dormidos sus estómagos propensos a la gastritis, hija del hambre endémica cubana. Ese epíteto, “la mulatica que vive en casa de…”, me persigue hasta hoy.

“¿Le gustaré a él?” o, mejor planteada la pregunta, “¿le gustarán ‘las como yo’ a él?”. Por la misma época empecé a tener esa preocupación antes de acercarme a mis crushes del momento. “Las como yo” meaning mestiza. Mestiza meaning varios puntos menos en la escala de lo deseable. Normal. Hoy sé que una Mujer B nunca se ha hecho esa pregunta en su vida. Al menos no desde el lugar que me la hacía yo.

Durante mucho tiempo normalicé las micro y macroagresiones ejercidas sobre mí. No fue hasta que la Policía Nacional Revolucionaria me paró en la calle en un par de ocasiones por acoso al turista que empecé a entender cómo era percibida por la machocracia cubana. La primera vez, la supuesta acosada era mi madre (Repito: Mujer B) mientras dábamos un paseo de domingo por Obispo. La segunda, el presunto jineteado era mi exmarido (Hombre B, cubano), en la esquina de la que fue nuestra casa en Centro Habana.

Cuando le abrí fuego a una influencer cubana (Mujer B) por postear una foto de su rostro pintado de negro, la mulatica de salir, la jinetera de su propia madre era la que vociferaba: “Da igual cuántas manos de betún te des, mimi. Da igual lo conectada que te sientas con África y los tambores, tu experiencia nunca será la nuestra. El betún se cae con el primer aguacero. Yo vivo en esta piel. La representatividad de lo negro, la mejor manera de hacerlo, es fotografiando a un negro, beibi. Fotografiando su lucha, su realidad. La división existe. Es fukin triste. La manera de empezar a derrumbarla desde el arte es acercarse a las personas racializadas y, aprovechando tu privilegio, darles las herramientas, la visibilidad, para que cuenten su historia. Pintarse de negro es apropiarte de esa realidad. Es algo muy distinto. Porque tú nunca lo has vivido en tu carne blanca. Ni lo vivirás”.

Yo (Mujer M) he tardado un perro en empezar a entenderme en tanto persona racializada. Es tricky vivir en la indefinición del papel cartucho. Puede llegar a ser confuso pero, sobre todo, trae consigo un bulto de privilegios. PIEL: B escrito con tinta negra sobre un fondo azul clarito. Talking ’bout mi propio privilegio escupiéndome en la cara desde los 16.

“Tú te has criado como blanca, asere”. Mi padre tenía razón. Y desde ese lugar, desde ese conocimiento del mundo blanco, desde ese poder estar sin llamar demasiado la atención, he llegado a sitios de visibilidad a los que mi propio padre nunca pudo acceder. Es duro admitir esta diferencia, esta separación. Pero solo desde ahí puedo reconocer mi propio privilegio y hacer algo para poner el foco donde va.




La evitable muerte de Herminio Pérez

Claudia Muñiz

Mi tío, Herminio Pérez, lo dio todo por la Revolución, hasta la vida. En realidad, si me da por ponerme específica, la Revolución le reventó la vida a patadas.






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