‘Fallout’

Lo próximo que va a explotar es mi cabeza. Siento el latido partidor de la migraña detrás del ojo izquierdo mientras escroleo por mi muro, prendido en fuego. Todas las imágenes: fuego. Todos los posts: fuego. Las palabras: fuego.


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Una isla on faya.

¿Por qué será que todo ocurre en la noche? La regla, que me toma por sorpresa, empapa de sangre hasta mis pensamientos. Mi sueño se tiñe de un rojo casi irreal. Me despierta en medio de la oscuridad ese primer dolor, agudo, punzante, como pichones de tiburón mordiéndome los ovarios con alevosía. 

¿Por qué es que abro los ojos y ya está la llamarada andando, el país ardiendo, el humo denso llegando al cielo, que ya no es, ni será por un buen tiempo, azul?

¿Por qué todo ocurre en la noche? 

Miro los stories de IG. Lo mismo, el fukin infierno. Es abrumador. Respondo un story de M. “No puedo dejar de pensar en Chernobyl”, le digo. Desde que vi ese primer tanque ardiendo, las fotos como viñetas de un cómic distópico, no logro pensar en otra cosa.

Chateo con mi prima que vive en La Habana. Me manda fotos. Una nube gris negruzca, como un mal presagio, cubre el barrio de la infancia. 

Mi prima planea unas vacaciones para sus hijos. Me enseña fotos de la casa en la playa en Boca Ciega. Ha guardado el dinero que hace cosiendo para que este anhelo chiquito pueda dejar de serlo. Reza porque el incendio no se extienda más para que se le dé. 

Yo rezo porque mi prima y sus hijos puedan salir de ahí lo antes posible.

Un amigo me confirma que hay 14 desaparecidos. Pienso en cuántos de ellos serán muchachos del Servicio Militar Obligatorio: 19-20 años e ir a morir en la densidad del petróleo ardiendo; 19-20 años e ir a morir porque alguien decidió que tu vida es menos valiosa que la suya, que la de los suyos.

El dolor por la muerte ajena, evitable, es tan real, tan físico como el perrísimo dolor de ovarios. Ambos horadan mi cuerpo. Un taladro rompecalles. Hacen que me retuerza, que patee sobre la cama. 

Día dos. Mi toto sigue sangrando. Un torrente. Mi muro sigue ardiendo. La candela ahora se ha extendido a otro de los tanques. Me meto en la caliente. Leo, devoro cada post, cada pedazo de información, pero no me pronuncio. No sé qué decir ante tanto horror. 

Chernobyl como idea fija. Hago una lista mental. Una que no me lleva a ningún sitio bueno. Una que me hace querer quemar el fuego:

  • En Chernobyl, como en Matanzas, la gente dejó atrás a sus perros. 
  • En Chernobyl, como en Matanzas, el “accidente” fue causado por un desperfecto.
  • En Chernobyl, como en Matanzas, murió gente que no tenían nada que ver con esa película.
  • En Chernobyl, como en Matanzas, la manipulación de la información y el secretismo fueron tan graves como la explosión misma.
  • Chernobyl, como probablemente lo será Matanzas, fue un punto de quiebre en el oxidado sistema bolo.

Después de Chernobyl/Matanzas, ¿qué?

Lunes, tercer día. El horror insiste en ocurrir de noche. Al menos en mi noche aquí en Madrid. 

En Chernobyl/Matanzas, a pesar de la ayuda de los “países amigos”, arde el tercer tanque. Estampida humana que decide autoevacuarse como respuesta a la necedad, al abandono de los que deberían velar por la seguridad de todos. 

En La Habana los niños juegan bajo un aguacero tóxico. Si los 14 desaparecieron debido a la indolencia de una dictadura adoradora del martirologio, estos otros niños van a sufrir las consecuencias de la desinformación. Lo dicho: la vida, si no es la suya, o la de los suyos, no vale nada.

Me duermo. Sueño que estoy allí, en la isla en llamas. Sueño que saco los cuerpos de los 14 desaparecidos. Son fósiles ya. Un mural a relieve escupiéndole en la cara a la dictadura su ineptitud, su soberbia, esta y todas las veces. 

Despierto. Solo me he ido por unos minutos, pocos. Lo sé porque mi tablet sigue encendido en la misma imagen donde lo dejé. En la pantalla, un hombre negro sentado frente al mar de Matanzas se agarra la cabeza con las manos. De fondo, una columna de humo impenetrable devora el cielo. 

Entro mentalmente en la foto. Me siento al lado del hombre negro y le hago compañía en silencio. Miramos el humo subir, empañar todo. Miramos las llamas, demasiado vivas aún. Las escuchamos rugir, dueñas de todo. Lloro, también, en Madrid.

Sobre el cielo cubano
brillarán otras lunas,
pero nunca ninguna
me gustó como tú…

La canción de Celia abandona mi mente y se materializa en mi voz. Una nana.

Sé que el hombre negro, como yo, está pensando en el después. En lo que viene. Como yo, sabe que serán tiempos muy oscuros.

Después de Chernobyl/Matanzas, cuando todo esté reducido a cenizas y solo quede el dolor en su estado más puro. Después de que el fuego haya convertido la tierra de la isla en suelo fértil para más desesperanza. Después de tanto, solo puede venir el fallout.


© Imagen de portada: Yimit Ramírez.




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Papel cartucho

Claudia Muñiz

En mi historia personal, el hecho de ser “color cartucho” ha supuesto un gran privilegio. Al mismo tiempo es una fukin maldición. Entrar en esa bolsa me ha ubicado en una posición de indefinición. Una suerte de inopia racial.






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