Virgilio Piñera: las fábulas, la tumba, los graznidos (I)

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Hace 40 años a Virgilio Piñera le dio un infarto y se murió un día como hoy: 18 de octubre. Estábamos en 1979, a un paso del Gran Éxodo. El Viejo Papagayo Graznador, la criatura enjuiciadora de “Grafomanía”, emitió, como aquel personaje de Samuel Beckett en Cómo es, su último cuac. Dijo cuac-cuac y dejó de respirar en el acto.

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Salvo José Lezama Lima, no existe otro escritor cubano que haya dejado un reguero de huellas tan dilatado y en permanente expansión. Huellas contaminantes que perviven ahí mismo, en el contén de las aceras, en la cola del pollo de población, en las fiestas de cumpleaños, en el tumulto de las guaguas. Donde sea.

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Nunca se aludirá bastante a las condiciones en que Piñera hizo su obra en los últimos diez años de su vida. Algunas personas se incomodan al escuchar eso, no porque sea incierto sino porque se repite mucho, como un perfume sin fijador: que fue silenciado, que le impidieron publicar, que solo podía ejercer como traductor, que lo vigilaron y que vigilaron a quienes se reunían con él

Pero cuando ocurre algo de ese calibre, donde un escritor queda aplastado por el Peso del Poder (y no cualquier poder sino un Poder-en-Revolución), y el fenómeno ni se ventila ni se discute ni se examina a fondo, y tampoco se piden disculpas (como las disculpas que aún se esperan por las UMAP), de cierta manera el suceso empieza a parecerse a ese fantasma intemporal que “perfecciona” su imagen en la reiteración, como el padre de Hamlet, armado hasta los dientes en las almenas del castillo de Elsinor.

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El Virgilio Piñera que muere en 1979 es, me parece, el mismo que en 1942, con solo treinta años, le dice a Jorge Mañach: “No pactar, no capitular, meterse de lleno en la obra es nuestra misión. La posteridad se encargará de confirmar o desmentir”.

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En ese espíritu se halla el Piñera de “La isla en peso”, su más célebre poema, y el Piñera de Cuentos fríos, ese libro solitario y de estética insobornable que aparece en 1956 y donde, por primera vez en la literatura cubana, hay una (auto)revelación acerca del hecho de que escribir es un acto de construcción y presentación y no de edificación subsidiaria y representativa.

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Acabo de hacer una distinción propia de los estudios de poética. De hecho, se trata de un principio de poética, la poética del Viejo Papagayo Graznador. La literatura no refleja nada ni quiere hacerlo. Tampoco se ata a nada. Ella, la literatura de verdad, preferiría no hacerlo. Un escritor es, entre otras cosas, una tumba anticipada y sin sosiego, para decirlo con las palabras de Cyril Connolly. 

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En 1964 Virgilio Piñera publica una importante compilación de sus relatos. Ahí los graznidos son más altos. Y en 1963 y 1967, sus novelas Pequeñas maniobras y Presiones y diamantes, precedidas ambas por un libro rarísimo, La carne de René, aparecido en 1952, donde sin duda hay un diálogo (yo diría que ventajoso) con el tono y el timbre de la novela Ferdydurke, de Witold Gombrowicz, mientras era traducida, a fines de los años cuarenta, por Piñera y otros escritores en Buenos Aires.

Después de 1967 no pasó mucho tiempo antes de que llegaran, juntos, el Silencio y los Caballeros Oscuros, escoltados por una opinión oficial, tan despreciativa como censora, sobre Dos viejos pánicos, la pieza de teatro con que Piñera ganó el premio Casa de las Américas en 1968. 

Dice el enigmático Leopoldo Ávila en un número de la revista Verde Olivo de octubre de 1968: “Nada más lejos de la Revolución que esa atmósfera, sin salida posible, en que Virgilio Piñera ha volcado sus pánicos. La nueva sociedad no ha influido en la obra, no ha sido, por lo menos, entendida por un autor que se aferra a viejas frustraciones que carecen de razón”. 

Una sentencia de muerte.

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Pero volveré atrás: por aquella misma época, mediados de la década del cuarenta, cuando al poeta Gastón Baquero se le concede el Premio Nacional de Periodismo “Justo de Lara”, Piñera alude, irritado, y dirigiéndose en carta a Baquero, a una “vida muy recta, muy ciudadana, llena de cívicas virtudes […], pero en todo diferente a aquella vida llena de exilio, silencio y astucia con que Joyce se fortificaba”. 

Baquero: el hombre que participaba en la creación de revistas como Espuela de plata y Clavileño.

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Exilio, silencio y astucia. He aquí tres patas para una mesa que no cojea. 

Que Piñera haya invocado al Joyce del exilio, el silencio y la astucia (y esas palabras son del propio Joyce, puestas en boca de aquel personaje tremendo: Stephen Dedalus), tiene que ver, creo, con esa condición de pez peleador de quien defiende su escritura por encima de todo, a pesar del exilio o gracias a él (el exilio es un estado que también puede ser muy ondulante y muy metafórico), a pesar o gracias al silencio (la invisibilidad civil, por ejemplo, en medio de la construcción de una literatura), y gracias a la astucia de ser un sobreviviente de la penuria, de la homosexualidad y de la riesgosa entrega al arte. 

Se trata justamente de eso: un escritor fortificado, amurallado, reforzado en esa idea. 

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En realidad, el Viejo Papagayo Graznador estaba, sin saberlo a derechas, preparándose para el futuro. Para pronunciar el último cuac-cuac. Eso era, en definitiva, lo que oían sus censores, incapaces de percibir otra cosa: un cuac-cuac tan ininteligible que resultaba indecente en tiempos de heroísmo. 

Citaré con corrección las palabras de Joyce, que están en Retrato del artista adolescente y que siempre le vienen bien a cualquier escritor que lo sea de veras: 

“No serviré por más tiempo a aquello en lo que no creo, llámese mi hogar, mi patria o mi religión. Y trataré de expresarme de algún modo, en vida y en arte, tan libremente como me sea posible, tan plenamente como me sea posible, usando para mi defensa las únicas armas que me permito usar: silencio, exilio y astucia”.




Sexting: una introducción

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Alberto Garrandés

En Cuba, hoy, el sexting es una contingencia estupenda. Para cualquiera que se dedique en a la literatura y posea una mente astuta y le interese la comunión entre el sexo y el lenguaje, el sexting es la oportunidad de entrar en un mundo dominado por la libertad. No es que el sexting de buenas a primeras sea literario, pero sí hay literatura en él.


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