Vindicación del amante obsceno

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Lo peor de la guerra es que mucha gente sufre y muere, o sufre y sobrevive, y lo mejor es que todo se sanea (en el estilo de esa pierna podrida que, por si las moscas, se corta por encima de la rodilla) y también todo se modifica, para bien o para mal: desde los espacios físicos hasta los espacios mentales, desde el origen de los sentimientos hasta la velocidad con que ellos influyen en los actos.

H. Lawrence llama a lo que viene después de la guerra (no a la guerra en sí, en este caso la Primera Guerra Mundial) el “mundo del caos”. Al inicio de su novela más famosa, Lady Chatterley’s Lover, que miles de lectores celebran hoy en su noventa aniversario, Lawrence nos cuenta cómo Constance Reid llega a transmutarse en Lady Connie Chatterley. Sin embargo, la guerra lo mueve todo: su marido, un glamoroso aristócrata con tropas bajo su mando, regresa con los huesos aplastados. Y aun así este hombre, Sir Clifford Chatterley, le hace ver que casi nada ha cambiado. Porque la vida (una vida señorial llena de detalles deslumbrantes, ninguno de los cuales se relaciona, según él, con la transitoriedad del sexo) es mucho más que un hombre inválido encima de una silla de ruedas. Mucho más que un pobre lisiado cuyo cuerpo está vivo solo de la cintura hacia arriba.

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Hace muchos años, en el invierno de 1984, leí por primera vez Lady Chatterley‘s Lover en inglés, con un diccionario, empeñado en saber qué decía y qué no decía la novela.

Traducciones hay muchas, y mutiladas, y llenas de mixtificaciones. Quise saber cuál era (y es todavía) el grado de obscenidad de un libro que tardó más de treinta años en publicarse en Inglaterra (la primera edición se hizo en Florencia, en 1928). Un libro salaz y espontáneo, un libro de estilo suntuoso que narra la infidelidad de una mujer, su inmersión en el sexo profundo, su declaración de euforia y optimismo al hallarse en brazos de un amante (Olivier Mellors) tan sincero como procaz, tan natural como impúdico.

Un libro que, en fin, justifica los actos de una mujer en ignición.

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El joven señor Mellors había sido minero y ahora, tras la guerra, se convierte en guardabosques. Trabaja para Sir Clifford. Vive en una cabaña, en la periferia de la propiedad. La cabaña donde Connie y él celebran sus encuentros, descritos por Lawrence con una meticulosidad lexical casi laberíntica.

El contraste entre el cuerpo de Sir Clifford y el cuerpo de Mellors es enorme. Y predecible. Pero Lawrence quiere que lo veamos a través de la mirada de Connie, no por intermedio de la suya. En este punto fracasa. Sus palabras son las de un hombre fascinado. Ninguna mujer comparece allí, excepto cuando la omnisciencia de la tercera persona permite que veamos la mente de Connie.

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El discurso de la obscenidad tiende aquí (y en otras geografías) a lo dialectal, pero deja un poderoso efecto de hipnosis. Lawrence es un poeta. No hay que pedirle que ponga su lirismo a disposición de lo obsceno, aunque en verdad no habría podido hacerlo excepto en los diálogos. La obscenidad brota, pues, de esos diálogos en los umbrales del sexo (repartidos en varias secuencias) de Mellors con Connie.

Como diríamos hoy, se trata de una materia muy morbosa. Y como Lawrence lo sabe todo sobre ella, no deja de decirnos que la joven Lady era impregnada por una pesantez invencible, capaz de obligarla a quedarse quieta y separar lentamente sus muslos para que Mellors se incrustara en ella hasta eyacular.

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Mientras leía, moroso, el texto de Lawrence, mi entusiasmo creció más de lo que esperaba. Comenté con algunos amigos lo que estaba ocurriéndome, y uno de ellos me preguntó si de veras esas conversaciones de Mellors y Connie, antes o después de tener sexo, eran tan sucias, tan escabrosas.

“Fueron esas conversaciones la causa del veto que se impuso a la novela”, dije. “¿Pero realmente son así?”, insistió. Y traduje para él algunas partes.

Quedó lelo, mirando el libro.

“Tengo un problema con eso”, advirtió. “¿Qué problema?”, dije. “Precisamente antes de tener sexo con mi novia, o cuando estamos fantaseando, se me ocurren ciertas frases, las digo, y ella se espanta y me indica que no sea tan directo”, me explicó.

“A mí me gustan las mujeres de verdad, mujeres espontáneas, mujeres que meen y caguen y que acepten eso y no se avergüencen”, solté. Mi amigo abrió los ojos. “Vaya, pero tú sí no tienes pelos en la lengua”, afirmó. “Eso que acabo de decirte se lo dijo Mellors a Lady Chatterley, mientras acariciaba sus nalgas y calibraba el tono rosado oscuro de su ano”, recordé. “Hmm, ya veo”, resopló mi amigo y se despidió antes de añadir: “Mi novia no puede decir ni la palabra pinga”.

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En una entrevista que tuve no hace mucho con un escritor un tanto más joven que yo, salió el tema de los chats eróticos (o los chats a secas, que devienen eróticos). Mi colega me dijo que cuando podía acceder a algún chat de ese tipo, solía buscar, sin éxito, alguna mujer. A todas les preguntaba lo mismo: “¿Te interesa el morbo con un hombre soltero y heterosexual de mente amplia?” La pregunta, preludio de un juego verbal con máscaras, caía en el vacío la mayor parte de las veces. Pero si alguna mujer respondía que sí, entonces tenía él que andarse con cuidado. No quería arriesgarse a que le escribieran otra vez una frase que recordaba demasiado bien: “Lo siento, eres demasiado concreto, chao”.

En ese momento la curiosidad me picó. “¿Le escribiste algo ofensivo?”, pregunté. “Ahora mismo no sabría decirte”, dudó. “¿Qué le escribiste?”, reclamé. “Le puse que me gustaría que se abriera para mí y me dejara lamer su clítoris”, contestó. Me encogí de hombros. Hay formas peores de decir eso. Me acordé de un viejo relato experimental donde se lee: “Esas zorras lamiendo culos y mamando pingas, y cuando viene el bufet te dicen, con la mayor frescura, que son vegetarianas”.

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Una mujer debe ser atendida como merece. El padre de Connie le dice una tarde, durante una visita: “Espero que no permitas que las circunstancias te conviertan en una semivirgen… a menos que te guste serlo”. Un momento después, sin paños tibios, le suelta a Sir Clifford cuando ambos están a solas: “Me temo que a Connie no le queda bien eso de ser una semivirgen”.

Por otra parte, ¿fue Mellors demasiado directo con Connie? No. Mellors es como un pequeño universo en equilibrio. Mellors sabe quién es él, qué le gusta, qué le disgusta. Y tiene una idea simple, pero equilibrada, de la vida que ansía vivir. Connie descubre a Mellors y resplandece. Es un tipo raro que se aparta de los fingimientos y que no le mentiría jamás. Y tiene la gracia de decirle, sin un átomo de sarcasmo, tras gozar de su cuerpo extensamente, un cuerpo que necesita con urgencia: “Tenga cuidado, recuerde que Su Señoría está enredándose con un guardabosques, no con un caballero”.

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Tener o no pelos en la lengua es una condición meramente circunstancial, pero mi amigo-descubridor-atónito-de-Lawrence me pidió consejo sobre cómo enseñar a su novia a perderle el miedo a la obscenidad. Al principio se me ocurrió que un buen consejo sería reunirnos y leer entre todos algunas partes de la novela, en especial los diálogos de Mellors con Connie, pero sin desdeñar ciertas audaces descripciones. Me di cuenta, sin embargo, de que semejante proceder terminaría transfigurándose en un agujero de gusano que nos arrojaría de lleno hacia una realidad harto morbosa.

“Dile que repita esas frases contigo, como las alumnas que aprenden un idioma nuevo”, indiqué. “La verdad es que no estoy seguro de que ella acepte hacer eso”, respondió. “Suplica, ruega, sé tierno, sé lento en las caricias mientras le imploras… transfórmate en el desesperado mendigo de su cuerpo”, susurré.

Ya para entonces mi amigo había avanzado mucho en la lectura de Lawrence. “Hay un momento maravilloso en el que Mellors le dice a Lady Chatterley que podría morir a cambio de acariciar a una mujer como ella”, citó entusiasmado. “Enunciado memorable: úsalo”, propuse. Y le deseé la mejor de las suertes.

1 Comment
  1. El eufemismo puede ser tan excitante como un juego de pantaleta y ajustador de Victoria Secret. Baudelaire, como Garrandés ha leído, dijo en varias ocasiones que el erotismo estaba en la ropa, no en el desnudo. También en las palabras arropadas, contra los obscenos pájaros de la noche. El borde no está en lo expreso, salvo para ignorantes.

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