El nasobolluco: del deseo a la intoxicación

Uno de los lugares comunes más perfectos es ese que certifica, con pruebas de más o de menos, que todo el mundo se involucra en el sexo oral. Sin embargo, decirlo así, en medio de circunstancias proclives al absoluto del desparpajo, no siempre conduce al cero del asombro, pues siempre hay uno o varios modos de percibir ese acto como extrañeza, como singularidad, como otredad. En definitiva, forma parte de una pulsión arcaica sujeta a perennes renovaciones.

Quizás sea porque el sexo oral es una cuestión tan de la historia como de la imaginación, tan del momento preciso como del momento en que la imaginación y el deseo se saludan con respeto y vehemencia. Por otra parte, los costos (de todo tipo) del sexo oral son mucho menores que los del sexo habitual, como observa Tim Harford en La lógica oculta de la vida.

Hace muchos años me dijeron que yo era (o soy) un “desparpajoso”. Desde entonces la palabra me gusta, cuadre o no a mi temperamento y mi condición. Me lo dijo una vecina después de leer una de mis novelas. Cito con exactitud: “Me gustó cantidad, pero no entendí ni pinga”. Y agregó: “No sabía que tú fueras un desparpajoso”. 

Es el elogio más sincero e inocente que me han regalado nunca. Las vecinas (y los vecinos) que sacan tiempo para leer a pesar del despelote ruinoso en que vivimos desde hace tiempo en Cuba, son heroínas del sentido común más allá del estilo y las estructuras novelescas.

Ser un “desparpajoso” puede tener que ver con la persistente circularidad que domina el mundo de los instintos. Pero serlo con las palabras es ya otro asunto, porque te pone de frente a la perversidad y la insinuación, y fomenta la nitidez de una imagen donde sales casi como un tirador oculto, un adicto al sexo, un libidinoso ofuscado por las alucinaciones. Al final, uno es un escritor elegíaco.     

Hace unos días, navegando por los tempestuosos remolinos de un chat erótico, hallé un nick extraño y burlón: “Busco_nasoboyuco”. Era tan original que la intrusión incómoda de la ‘y’ me pareció graciosa. El nasobolluco (con ll) es, ya se sabe, un sucedáneo multiforme de eso que nos asfixia como un facehugger de Ridley Scott y H. R. Giger. Asfixia deleitable, atragantamiento, vapor de simas donde el tiempo se detiene.

Pero estas cosas no son parte de la inmundicia (que se encubre y hasta se atesora) del mundo, sino del sedimento cultural de una tradición infinita. Un nasobolluco es un objeto imaginario y a ratos real. Es una broma pandémica ereccionaria, una alusión a la principalía de lo femenino, un talismán contra las enfermedades ontológicas del mundo exterior, un distintivo que te coloca en las filas de los amantes del clítoris. La literatura está ahí para demostrarlo.

Más allá de Frank Harris, Pierre Klossowski, Pierre Louÿs, Alberto Lattuada, el Marqués de Sade y otros muchos, la literatura que merodea por el pubis de una mujer antes de intentar abrirlo, posee una especie de atemporalidad que el sexo, o su presunción, corroboran de continuo

El nefandario y morboso Georges Bataille observa que “el cuarto de una enferma que no abandona el lecho durante todo el día, es un lugar adecuado para retroceder paulatinamente hasta la obscenidad”. Más adelante se percata de una “incandescencia geométrica” al ver la vulva sobreexpuesta de Marcela cuando orina, en un libro que siempre sorprende: Historia del ojo.

Henry Miller, narrador barroco, habla en Nexus del cuerpo melodioso de Mona e inventa un universo donde el esplendor impulsivo del sexo oral lo metamorfosea ya en cosa mentale

Pero donde el nasobolluco se hace un estandarte en sí mismo, es en una novela anónima: El relato de la lujuria, o las experiencias tempranas, en cuyas páginas el protagonista-aprendiz, Charlie Roberts, se maravilla ante coño maduro de Miss Evelyn.

Más de cien años separan, a ese anónimo recopilador de aventuras precoces, del incisivo Norman Mailer. En su novela Los tipos duros no bailan, la metáfora del nasobolluco adquiere una solidez tremenda y deviene símbolo de una prenda que está ahí, invisibilizada por su impar tenacidad en el imaginario sexual.

Según Mailer, el bollo del personaje de Madeleine Falco tiende a ser inefable. Y entonces, en su entusiasmo, salta de la ficción al ensayo para remitirnos a la prosa de John Updike, quien, en su opinión, es el autor de la mejor descripción jamás hecha de una vulva (en su relato “La mujer de tu vecino”).

Otra coyuntura curiosa: Irène, narradora-protagonista de Mujer desnuda, mujer negra, de la franco-camerunesa Calixthe Beyala, expresa qué y cómo es el poder de una vulva, y cuánto mide. El escenario es por completo anticanónico: un trío entre Ousmane, su esposa (Fatou) y la propia Irène. Las imágenes que uno, como lector, puede adivinar en las metáforas de Beyala, alcanzarían a encontrar un complemento en las prácticas de Helen, narradora-protagonista de Zonas húmedas, de Charlotte Roche, quien habla sin tapujos de su esmegma, de su crica siempre abierta y de cómo usa sus fluidos y mucosidades como eficaces toques de perfume tras sus orejas.

“Cómo me gusta ver reanimarse un coño”, dice Louis Aragon en El coño de Irene. Se trata de la focalización macroscópica de un conjunto de formas donde el lenguaje naufraga. Dice Aragon: “Aparto suavemente los hermosos labios con dos pulgares acariciadores. Y ahora te saludo, palacio rosa, plácido estuche, alcoba un poco deshecha por la alegría grave del amor, vulva entrevista un instante en su amplitud. Bajo el satén arañado de la aurora, el color del verano cuando cerramos los ojos”.

Hans Bellmer, maravilloso pervertido intercambiador de miembros de muñecas troceadas, alguna vez fue acusado de pedofilia con arbitrariedad e inclemencia. Hizo, en su día, un dibujo para el frontispicio de la primera edición de La imagen, de Jean de Berg. Libro clásico, de fineza lésbica (muy francesa, diríamos), que tiene frases como esta: “El corto vellón dorado del sexo aparecía bajo una graciosa arcada, bordeada por un estrechísimo volante fruncido. También el pubis sobresalía, rollizo, mullido, pequeño pero confortable”. 

A punto de convertirse en un nasobolluco, ese pubis resiste los embates de cualquier pandemia: “La indiscreta mano subió hasta el sexo. La punta de los dedos pasó y volvió a pasar dos o tres veces, de adelante hacia atrás, a lo largo de la hendidura. Mientras tanto, la mano que sostenía el látigo acariciaba las nalgas”.

En la dieciochesca Fanny Hill, de John Cleland, la narradora escribe: “Un amplio matorral de ásperos rizos denunciaba a la mujeradulta y completa. Y luego, la cavidad a la que guio mis dedos los recibió fácilmente. En cuanto los sintió en su interior, se movió con una fricción tan rápida que terminé por retirar mi mano, mojada y pegajosa. Sus muslos estaban separados al máximo y descubrían en su centro la roja grieta, una dulce miniatura”.

El capitán Charles Devereaux, personaje y novelista con seudónimo, escribe un extraordinario memorial erótico titulado Venus en India (Aventuras amorosas en el Indostán). Allí leemos algo más sobre lo que él llama la “dulce grieta” y el “voluptuoso trofeo”. Por su lado, Adolf Muschg da a conocer Desnudarse era lo que ella no quería, y escribe: “Ante los ojos de todo el mundo el sexo como una almendra, enmarcado por el liguero negro. La raja marrón y rosácea despojada hasta del último vello, en una desbordante sencillez que tenía algo de indefenso y de conmovedor”. 

Vale la pena, en tiempos de COVID-19, leer a Li Yu, autor de La alfombrilla de los goces y los rezos, que se publicó a mediados del siglo diecisiete: “Utilizando su lengua igual que un pene, avanzaba y retrocedía, empujaba y se retiraba como en el coito. Cuando notó que llegaban los flujos de ella, los atrajo a su boca tragándolos sin perder una sola gota”.

Modulaciones del sabor, mengua del oxígeno, fade out del contexto pandémico. Quiero creer que en toda Cuba esta modalidad del sexo oral termina siendo una estocada exultante. Y dado que el nasobolluco es la poiesis linguoestilística (pongámonos serios) de una pretensión al par que se distingue por su viabilidad material, me gustaría someter mis nasobucos (tengo varios, como cualquier prudente mortal de hoy) a diversas intervenciones devotas del pop art

Ahora que vamos a entrar en el desierto, vendría bien jugar un poco.




Trendy color, blacking y George Floyd - Alberto Garrandés

Trendy colorblacking y George Floyd

Alberto Garrandés

Hace unos días vi la extensa y escalofriante nota de Wikipedia sobre los hechos en torno a la muerte de George Floyd. Entre mil y un detalles había una foto del policía que le causó la muerte, y otra del propio Floyd. De pronto, más allá del obvio asunto del odio de estirpe racial, el rostro de Floyd tiene una antigüedad cultural de 3000 años.


Sin comentarios aún

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.