Obsesiones ciertas (I)

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Entre las acrobacias de Frederic Fontenoy y la conceptualización del bokeh en las imágenes de Mona Kuhn hay lazos secretos que, con endiablada persistencia, nos remiten al territorio de la obscenidad. 

Fontenoy fotografía instantes de un cine pornográfico inexistente, imaginable solo como estetización muy extremada de los rendimientos del sexo, mientras que Kuhn desenfoca la tensión sexual y la convierte en marco, en trasfondo controlado, sin salirse de los ambientes de familia, de reunión de amigos, de pícnic nudista, de salutación solar en casas de campo donde la desnudez es sabia, por así decir.

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¿Es dable pensar en una novela sexualizada en cuya escritura los apogeos del cuerpo tengan un esplendor poco visible a causa del brillo de las imágenes? Sí. Y que esas imágenes obnubilen al espectador (al lector-espectador) hasta el límite de pasar casi inadvertidas, o quedar bajo una sospecha difícilmente soluble, puesto que no habría nada con qué ordenar y fijar lo que sucede. 

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Y, por supuesto, pensar en una película sexualizada en cuyo hacerse esos apogeos estén indicados, sugeridos, y que lo observable resplandezca con una nitidez suprema, como en Une femme mariée (1964), de Jean-Luc Godard. O sea, la novela existe ya: en una película más o menos remota de un director de prestigio. Una película que no podría ser más novelesca y que no descree de su deuda con los orígenes de la fotografía. “La diferencia entre Tarantino y yo consiste en que él vive dentro del cine, mientras que el cine vive dentro de mí”, dicen que sugirió Godard hace unos años.

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La extinción del espacio y la virtualidad del sexo. La persistencia del sexo reside en su virtualidad, su recordación, su memoria ficcional. Pero todo eso es ahora, también, propiedad del ciberespacio y de Internet, y si la memoria de la intimidad sexual encuentra referencias allí, ello querrá decir que, a la larga, existe un grado de intervención provechoso.

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Ningún estadista ligado a la investigación sicosocial del sexo sabe con precisión cuáles ni cuán fieles son los datos (caso de que existan) acerca de la práctica del sexo en Cuba. Estadísticas y encuestas de esa índole son ya la ficción. Lo más probable es que dicha práctica y sus límites estén determinados por la extinción progresiva del espacio físico del sexo, cuya metamorfosis es poco o nada mensurable en las condiciones de severa virtualidad que padecemos (o disfrutamos) hoy.

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La novela a que hago alusión debería ser el resultado de un cruce genético: entre la prosa de Henry Miller y la prosa de W. G. Sebald. De un estilo probarroco, interesado en la creación de detalles en torno al cuerpo y el goce sexual, a un estilo peripatético y posbarroco, interesado en la creación de pequeñas atmósferas donde el cuerpo estuvo, vivió, gozó y murió en medio de un inevitable proceso de destrucción.

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Algo de Miller y de Sebald, pero además de Godard y hasta de David Lynch, tenía el reparador de teléfonos públicos que, una tarde opaca de 2013, llamó a mi casa para preguntarme cómo podía obtener algunas películas sobre las que escribí en Sexo de cine (Ediciones ICAIC, 2012). En la situación, tan novelesca como la más novelesca, se hospedaba una dosis de esa materia rara que se detecta de inmediato en algunos diálogos de Beckett.

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El bokeh de las fotografías de Mona Kuhn contra la ausencia de bokeh en las fotografías de Frederic Fontenoy. Este usa espejos hiperlascivos que revelan zonas del sexo arbitradas por el trastorno y la extravagancia. Aquella, en apariencia contemplativa, difumina la tensión, logra saturar el deseo, rebosarlo, derramarlo casi.  Cuando alguien habla del cuerpo en el cine, acerca de películas que se ejercitan en la lengua del erotismo, ¿la violencia de la pasión sexual y de los cálculos del goce no edifica acaso esa dimensión del bokeh en cuyos rasgos algo estalla con ímpetu? Ese algo suele ser la relación personalísima que tenemos con lo “invisible”.

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El reparador de teléfonos públicos se excusa débilmente y aclara que ha hallado mi número en la guía de la ciudad. “Estoy en la guía, cierto”, digo como quien acepta su destino. “Compré su libro hace un mes… estoy interesado en ver esas películas que usted cita”, protesta. “Algunas son difíciles de conseguir”, explico. “Perdone que lo haya llamado a su casa”, repite. “Le aconsejo que no lea en orden, busque en el índice y entonces, si encuentra un título atractivo, vaya al texto correspondiente”, le aconsejo.

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Pero yo no debía quejarme de nada. Disfrutaba de la inmensa suerte de recibir extrañas llamadas (como la del hombre de los teléfonos públicos), lo cual tenía que ver con la idea de que un estilo que fuera digno del nombre de literatura no debía identificarse con las “correcciones” del realismo.

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¿Y dónde cabría aquí el nudismo barely legal de Jock Sturges, ahora que, según el Decreto 349, no podré leer en público fragmentos sexualizados de mi texto, mi work in progress? Las librerías cubanas están abiertas a todo tipo de personas, desde niños que buscan cómics hasta ancianos desmemoriados. ¿Le pondrán un smiley al libro (Mar de invierno y otros delirios) cuya cubierta acaba de censurar Facebook, de acuerdo con su hipócrita política sobre desnudos?   

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Este hombre que remienda aparatos de telefonía pública es una especie de fantasma. Su jefe le dice: “El municipio Diez de Octubre tiene 32 aparatos defectuosos, en su plan de trabajo entre enero y abril usted deberá arreglarlos todos… tómese su tiempo”. Y entonces el tipo me explica que va de un aparato a otro, siempre a pie, siguiendo los atajos que el plano municipal le brinda, y cuando se aburre realiza una parada y saca una libretica y hace algunas llamadas, o lee con apasionamiento sombrío dos o tres páginas de algún libro. 

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