La ficción pospandémica

Nada más parecido a un hangar que un estudio de cine. 

Imagina un hangar tipo M donde la entrada de aeronaves tiene una apertura entre 30 y 40 metros. Un hangar así sirve para construir sets cinematográficos. O al revés: un estudio (de la Sony Pictures Entertainment, por ejemplo) puede convertirse en hangar. 

Pero en la ficción pospandémica, tanto el hangar como el estudio se transforman en sala de hospital. O en sala de enfermos, simplemente.

Estás lejos de la insólita mortandad de Manhattan, pero igual sirve imaginar todo eso porque tarde o temprano la COVID-19 llegaría a Los Ángeles, a Culver City, precisamente donde F. F. Coppola filmó Bram Stoker’s Dracula.

Conjunto de camas separadas con balones de oxígeno que se conectan a respiradores artificiales. La ventilación no es mecánica, por suerte. Durante la terapia respiratoria hay un entretenimiento: el cine. En este casi silencioso hangar los pacientes (y hasta el personal médico y paramédico) siguen la programación en una pantalla de dimensiones monstruosas. 

El programador es un enfermo que evoluciona de forma satisfactoria y que no es muy disciplinado que digamos. Intenta realizar su estancia deambulando furtivamente por entre las camas y haciendo chistes mientras ofrece ayuda en lo que sea. Y como es dueño de un disco externo donde hay una colección de cine erótico de culto, el director de la sala, coronel doctor Martínez (hombre cultivado), pone a su disposición los medios necesarios para exhibir dos películas al día.

La lista, hecha por el programador, empieza con la neutra pero sediciosa Cʼest Gradiva qui vous appelle (2006), de Alain Robbe-Grillet. Sin embargo, ocurre un accidente y lo primero que aparece en la pantalla es un cortometraje titulado Redhead enjoys a sticky facial cumshot

“Usted no va a pervertir aquí a nadie”, exclama el coronel doctor e incauta el disco externo. 

Un paréntesis. Cuando Freud analiza en 1907 la estructura del personaje de Gradiva, creación del poeta alemán Wilhelm Jensen, estudia la anatomía ficcional (desde la perspectiva de la lírica del sueño y sus delirios) del “retorno de lo reprimido”. 

Años después, a inicios de la década del 30, Salvador Dalí pinta el encuentro, en una roca de uno de sus míticos desiertos, de Guillermo Tell y Gradiva: él tiene su pene en la mano y acerca su mórbido glande a la axila derecha de ella, cuyo rostro voltea hacia la izquierda. Mucho más tarde, antes de morir, el notorio Robbe-Grillet filma Cʼest Gradiva qui vous appelle.  

El coronel doctor pone orden en la sala y revisa suspicaz la lista confeccionada por el programador. Con desagrado y de mala gana accede a que los enfermos vean, por fin, la obra de Robbe-Grillet, y más tarde una película de 1974: Denʼen ni Shisu (conocida también como Death in the Country), del japonés Shüji Terayama. Pero esta resulta tan críptica que le parece sospechosa, incluso con la ventaja de no ser ni parecer levantisca.

Hay que decir que las camas tienen una separación de dos metros entre sí y que a los pies de cada una hay numerosos papeles con gráficas. Tienes la impresión de que estás visitando una colosal oficina en la que los empleados se toman un descanso acostados (en este caso ya serían oficinistas en el estilo de Franz Kafka) encima de sus mesas de trabajo. Todas las cabezas apuntan hacia el sur, a despecho de las opiniones de algunos homeópatas aficionados al uso del Péndulo del Vaticinio. 

El hangar/estudio se metamorfosea, pues, en sala de cine. Sin embargo, aun cuando hay un balón de oxígeno cada tres enfermos, se podría decir que el oxígeno empieza misteriosamente a escasear, o que su duración pronosticada disminuye. Y todo porque, según el coronel doctor, la programación cinematográfica continúa siendo incorrecta. Gradiva y el “retorno de lo reprimido” no son asuntos convenientes.

Por cada 10 enfermos hay 3 médicos, 5 enfermeras y 2 paramédicos. Estas cifras deberían bastar, deberían ser adecuadas, deberían crear un sistema en equilibrio psicodinámico. Pero, llegado el momento de enfrentar las consecuencias del “toque Gradiva”, se produce una disputa entre quienes buscan cancelar el programa de cine (sustentador en secreto del “retorno de lo reprimido”) y quienes lo apoyan.

Adviértase que en el hangar/estudio/sala de enfermos hay un total de 304 pacientes. Es un local de unos 1600 o 1700 metros cuadrados. Si por cada 10 pacientes hay 10 miembros del sistema de salud, haz el cálculo y verás que la controversia cinematográfica es complicada, más allá de las falsas simetrías.

A todo esto se suma una anomalía diaria: en las sábanas suelen aparecer manchas de colores disímiles. ¿Acaso no es fácil deducir que los pacientes se masturban? 

Dicha práctica se ve incrementada luego de la exhibición de Maladolescenza (1977), una película de Pier Giussepe Murgia donde trabaja, con 12 años, la inefable Eva Ionesco, que es una especie de Lolita europea. A continuación, y para suavizar las cosas, en la segunda noche del programa el coronel doctor pone la sanguinolenta Flesh for Frankenstein(1973), de Paul Morrissey, aunque el programador grita que pongan otra suya, Women in Revolt, de 1972.

Era de presumir que el drama se incrementara. No es lo mismo unas fábulas sobre el furor y la dispersión de los instintos sexuales, que una ristra de documentales sobre ciudades notables o sobre cómo se construyeron las pirámides de Egipto. Y en consecuencia el aburrimiento se cierne sobre la multitud, lo cual es muy malo porque el aburrimiento baja las defensas del organismo.

Por razones obvias todo esto se articula anómalamente con las consecuencias de una autorreclusión preventiva prolongada. Los autorrecluidos duplican al infinito (exageremos un poco, que nada nos cuesta) la metáfora del príncipe Próspero, aquel sagaz y vanidoso personaje de The Masque of the Red Death, el célebre relato de Edgar Allan Poe: el príncipe y sus mil amigos nobles se sepultan en el boato de un formidable castillo-ciudadela donde dejarían pasar los efectos de una plaga entre reuniones y fiestas de cariz poco menos que endogámico. 

Los enfermos, sin embargo, apenas pueden moverse. ¿Entonces cómo alcanzarían a hacer algo más para espantar el aburrimiento y la desolación que nace en la esperanza?

De ahí que un día el coronel doctor reciba, por medio de un enfermero temerario, centenares de anónimos metidos en una bolsa de plástico. Demandas al por mayor y en un único sentido: reanudar las exquisiteces del ciclo de cine según lo concibió el programador. Y son estos llamamientos a la “razón práctica” los que restauran la calma y el “retorno de lo reprimido”.

De modo que los enfermos y un buen número de médicos, paramédicos, enfermeros y enfermeras pueden ver Die Bett Hostessen (1973), sicalíptica comedia alemana de Michael Thomas, y, sobre todo, Age of Consent (1968), de Michael Powell (basada en una novela homónima de Norman Lindsay), donde una muy joven Helen Mirren (23 años) enseña sus armoniosas y equilibradas tetas a un empático James Mason de casi 60.

En el hangar las noches tienden a ser tranquilas y en las madrugadas se oyen suspiros profundos. En el aire flota una equívoca prudencia, por así llamarla. De vez en vez hay voces que las sábanas sofocan y se encienden luces lejanas. No son raros los gritos ilocalizables, los roces indefinidos, los cristales que se rompen ni el agua que cae de diversos sitios. Pero todo esto no es más que la vida transcurriendo a su manera. O una porción de ella antes de la próxima película.





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