La aristocracia del clítoris

En una extraordinaria secuencia de Penny Dreadful (2014-2016), serie creada por John Logan para Showtime, el doctor Victor Frankenstein, desesperado por los celos y abatido por quebrantos sin fin, va en busca de Lily, una especie de amada inmortal que él fabrica en contra de su voluntad, obligado por John Clare, el Monstruo original. 

Lily, sin embargo, ha sido seducida por Dorian Gray y baila con este un vals. El enamorado doctor entra en el salón de los retratos y les dispara a ambos. Ninguno muere, por supuesto, y entonces ella dice ciertas cosas que la transforman de inmediato en una wonderwoman gótica cuya principalía matriarcal reside en la posibilidad de vengarse de los hombres. 

Este vulvocentrismo homicida se complementa en una secuencia anterior, cuando, inventando un pretérito común, John Clare le dice a Lily que ellos habían sido amigos, casi novios (en realidad Lily, mujer resucitada, era una prostituta tísica llamaba Brona, amante de Mr. Talbot, alias Ethan Chandler: ni más ni menos que un hombre lobo), y ella, airada, con una crueldad insólita, le muestra su innegable superioridad.

Los amantes siguen bailando con las ropas cada vez más ensangrentadas y manchando, con cada vuelta, el piso del salón. Estas piruetas macabras, entre lo bestial y lo lírico, nos devuelven al momento donde Brona/Lily, “prometida” de John Clare, le hace ver a este, gran lector de poesía, su supremacía vulvar: es ella quien va a amarlo, es ella quien va a poseerlo, es ella quien usaría su pene inimaginable.

Aludo a estos detalles de Penny Dreadful porque, tal vez sin pretenderlo, John Logan alcanza a dibujar, encumbrar y esclarecer los orígenes románticos de la resurrección matriarcal, pero desde el reino de las sombras y al amparo de una atmósfera llena de prodigios, que, aun así, se afinca en la liberación femenina: primero en lo somático y después en lo psicológico. 

Por supuesto, se trata de una emancipación matizada por lo erótico y cosida a algo muy tangible y que me gusta llamar el polígono tenebroso. El vellón que se riza casi hasta las caderas, como subrayó Baudelaire pensando en su Jeanne Duval. La vulva es aquí mucho más enérgica, resuelta y drástica que el pene. 

El discurso crítico de Lily, una bella mujer engendro que no olvida su ayer como puta maltratada hasta la muerte, es el de la inversión de un predominio. La raza que representa, ¡tiene tanto poder! Ella condescendería, desde la perspectiva de la sumisión que impone, a aceptar y acoger a una criatura atípica: el hombre lesbiano.

Siguiendo a un puñado de escritores que se transforman en legión de adeptos estremecidos por el fervor, notamos que la vulva tiene y no tiene esa primacía estética que el pene ofrece cuando de phalós (imagen más o menos fiel de un órgano) pasa a ser fascinus (el órgano en sí, erecto y capaz de fascinar). 

El asunto problemático de la vulva consiste, al parecer (siguiendo, repito, a un montón de poetas y de anatomistas), en que no se mueve, ni cimbrea, ni crece (al menos a ojos vista), pues seduce en reposo o cuando se abre y el clítoris aparece.

Brona/Lily no se desnuda excepto cuando sale de la tina portentosa (y electrificada) de Victor Frankenstein. Su vello púbico es obvio, pero discreto. John Logan debió incrementarlo decimonónicamente. Y, a pesar de ello, sus alegatos inducen a imaginar una vulva originaria, al natural, enmarañada, con una severa expresión propia y con un clítoris incomparable.

Baudelaire y las cajitas de comida. Alberto Garrandés.

Baudelaire y las cajitas de comida

Alberto Garrandés

Del desfile del primero de mayo brotaban gritos. La mujer vestida de cocinera me había descorrido el zíper del pantalón y acariciaba mi pene con lenta voracidad. ¿Eres un tipo?, le pregunté.

Me refiero a un tipo de imaginación que cabalga entre el deseo y la espera, entre un anhelo de formas y una preceptiva de lo insólito. 

El caso de Guillaume Apollinaire es ejemplar. Su metáfora es tan de la salacidad como de la poesía. Nos habla de la vulva de Madeleine, una amiga por correspondencia (una amiga como se hacen amigos hoy en Facebook), y nos la describe así: “un jardín submarino de algas, corales, erizos y deseos arborescentes”.

En una carta a Nelson Algren, la desembarazada Simone de Beauvoir escribe desde una óptica que podría aproximarnos a la mente de Brona/Lily. Dice que si ella fuera un hombre, sería un malvado que tomaría “por la fuerza” a muy jóvenes amantes. Y añade que cuando era profesora, a menudo ciertas chicas se enamoraban de su personalidad y ella disfrutaba portándose muy mal.

Brona/Lily llega a crear en la mansión de Dorian Gray, para disgusto de este (el sucedáneo de Oscar Wilde es un bisexual muy activo), una asamblea androfóbica de mujeres en pro de la violencia. Una mente-colmena cuyos ensueños quizás proponen congruencias con una imagen de la poeta uruguaya Marosa di Giorgio. Para ella los órganos femeninos se asemejan a “una gran enagua sexual, toda hecha de clítoris como pimpollos de rosas rojas en hilera’’. Un desvarío de la imaginación pornográfica en su variante gótica.

Me he enterado de que, muy a inicios del siglo XVIII, un tal John Marten dio a conocer un extraño y lujurioso tratado sobre enfermedades venéreas bajo este título latino: Gonosologium novum. Pero donde Marten se extrema es en un libro hiperbólico, novelesco e inclasificable, donde las mujeres de Brona/Lily podrían acendrar o aliviar su odio y sus deseos: Onania, or, The Heinous Sin of Self-Pollution, and All its Frightful Consequences in Both Sexes

O sea: Onania (por Onán, supongo) o el pecado nefando de la auto-polución y todas sus espantosas consecuencias para ambos sexos.

La prosa de Marten está plagada de fantasías sobre la vulva y el clítoris, y nos refiere la anécdota de un viajero investigador que un día conoció a una dama cuyo clítoris eran tan grande y largo como el cuello de un ganso, luego de lo cual asegura que el clítoris puede manifestarse con tanto señorío y corpulencia como el pene, tras lo cual añade que el clítoris hace una grandiosa aparición en el instante de furor del deseo amoroso, estado que propicia la emisión de una “materia serosa” (“a serous matter the woman sheds in the act”). 

Nos habla, ¡atención, pornógrafos de hoy!, de la eyaculación femenina. 

Marten, sin embargo, no condena el intercambio sexual, sino que lo aplaude como la más elevada expresión de nuestros sentidos. Más bien censura la autosatisfacción estéril.

Pero los caprichos en torno al clítoris son virtualmente infinitos. Es de recordar al personaje de Júbilo, de la mexicana Laura Esquivel, en su libro Tan veloz como el deseo. Cuando Júbilo tiene sexo con su esposa, el diálogo verbal queda omitido, pues él toca su clítoris usando el Código Morse y así ocurre (éxtasis) un intercambio sexual telegráfico. 

Tan delirante como las prácticas de una raza (los ludis) inventada por Patrick Grainville en su novela Les Flamboyants, en la que los míticos ludis, seres intersexuales, desarrollan hasta lo quimérico su androginia en busca de una suerte de mundo edénico perdido, y dan libre curso a una sexualidad donde el órgano fundacional es el clítoris protuberante y penetrador, pues al parecer no hay ni se necesitan penes.

En el hiperfeminizado escenario de Penny Dreadful una prostituta aquejada de consunción y sangramientos renace en las manos de Victor Frankenstein, luego en las de Dorian Gray y, por último, en los desengaños de John Clare, el monstruo que ansía ser poeta. Brona/Lily se enfrenta a todos y los vence. En el fondo subyacen, como aparejando un gorgoneion, la vulva y el clítoris. 

Gelatina querer Alberto Garrandés

Gelatina ‘queer’ hidrosoluble

Alberto Garrandés

Suspiria contiene una de las secuencias de brujería más impactantes del cine de hoy, lo femenino es el arma que se empuña contra los hombres y su milenaria culpabilidad.

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