Ojo por ojo: imaginar y ver pornografía

1. 

Digamos que puedes abolir los usos y costumbres del paso del tiempo y te entregas a una sincronicidad post-Jung. Esto hace que la visitación de ciertas obras maestras de la pintura produzca una suerte de bucle inductivo-deductivo que anhela referirse (sobre todo porque eliges creer en eso) a la relación entre el cine pornográficola mirada pornográfica y los “posibles narrativos” encapsulados en dichas obras.

2.

Cuando escribo la palabra “razones” es igual que si escribiera la palabra “obras”. Obras que se convierten en razones o motivos para ver/imaginar porno, lo mismo que el porno nos devuelve a esas obras-razones. Ir del porno a sus semillas en el “gran arte” consolida, de cierta manera, la hipótesis de que el cine porno no puede escapar de la gestualidad incoativa de determinadas obras. Y esa gestualidad es tan canónica como los personajes que la ejecutan. 

3.

Una mímica preambulatoria, vestibular, donde la imaginación salta y empieza a fomentar las erecciones. El umbral de las cosas es siempre la mejor parte de las cosas.

4.

Pero (ya sabemos eso) el cine porno nació con el cine como invención. El cine aparece y aparece, también, la pornografía cinematográfica. Ella estaba esperando, en concreto, por el cine, pues ya tenía una tradición gráfica de enormes dimensiones. 

¿Por qué aparece el cine porno con el cine? Por las mismas razones por las que, cuando le regalas un teléfono celular a un joven, enseguida ya está queriendo probar la eficacia de la cámara y filmar sus desempeños sexuales. 

5.

Saber cómo se ve la representación. O más bien: saber cómo se representa eso que se ve. Dos magnitudes del deseo en las que se afinca la entrega a la imagen como una de las pruebas más rotundas de la felicidad.   

6.

No estaría mal, ahora que la existencia se transforma cada vez más en un asunto de George Berkeley (solo la percepción da cuenta de la existencia de algo), hacer porno tomando como proyecto creativo esta lucubración acerca de las formas de inducir y deducir el sexo y su representación en el bucle arte-porno-arte. 

Digamos que atrapas y usurpas el referente (bastante obvio) de “La belle Morphise”, la amante de catorce años de edad que alguna vez tuvo Louis XV. No hay más que ver su retrato, pintado en 1751 por François Boucher: ella está bocabajo en un diván con las nalgas descubiertas. 

7.

Lo dicho: sexo e inducciones. De la pintura al cine porno y de este a la pintura. Pero no se trata de la corriente donde cabe reunir los ideales gráficos de Giulio Romano, Marcantonio Raimondi o Agostino Carracci. Tampoco aludo al desnudo per se. La frontalidad de la vulva (del reposo ginecológico a la insinuación levantisca) de Gustave Courbet, o las evidencias realistas y llenas de humor de Pablo Picasso, o la epicidad lírica del deseo que impregna los cuerpos de Servando Cabrera Moreno serían certificados palmarios (casi elementales) de actividad sexual. 

8.

Momentos del arte que devienen obras maestras. Pero, insisto, no serían obras donde se revele el sexual intercourse o la desnudez lujuriosa, sino los intervalos significativos de lo que podría ocurrir sexualmente allí. Un regreso culto y lascivo a esas obras maestras. Entrar por alguna puerta de servicio, colarse en el museo y añadir lo que sería un merecimiento lógico e incontestable.

9.

¿Comprendes mejor lo que indican esas grandes obras porque has visto buen cine pornográfico, o valoras mejor ese cine porque has mirado dentro de esas grandes obras y has visto allí, en el presente de ese pretérito, la forma de las cosas que vendrán? 

10.

Ver porno para comprender mejor tal cuadro, tal sinfonía, tal poema. Sin embargo, el acto de ver se esfuma del primer plano y sus personajes, y regresa a él velozmente en un vaivén que no tiene nada de simétrico. 

Imagínate un péndulo que se mueve a lo loco. Intenta trazar el camino que hace. Ahí se esconde (como en tantos nichos de la cultura no literaria) una novela. Una novela húmeda, “ereccionaria”, vulvar, anal, seminífera, muy bucal y vocal. 

11.

Lugar común: ver porno para persuadirnos, una vez más, de que una parte de lo mejor de la pornografía sale del erotismo pictórico (insinuado con mayor o menos intensidad) de los siglos XVII, XVIII, XIX. Y un poco del XX. 

También complace otra vez evidenciar que algo de lo más atrayente de la pornografía brota, con parecida intensidad, de lo mejor de la literatura erótica (de cualquier época).

12.

Pero miren al Rubens de El jardín del amor, pintado en los años 30 del siglo XVII. Todo está dispuesto como para una orgía aristocrática. Buenas maneras, galantería, máscaras psicológicas, sensualidad. No hay prisa. Todos los personajes están vestidos. Nada autoriza a presuponer los atrevimientos de un Boucher, y, sin embargo, hay una distancia muy corta entre el boudoir y la hierba.

13.

En Conversación galante las cosas son más sugestivas. Cuadro conocido en otra época como La amonestación paterna, su autor (Gerard ter Borch) representa con notable ambigüedad un diálogo entre un hombre vestido de militar, una anciana y una jovencita. Se trata de una composición también del siglo XVII, pero de los años 50. 

Lo curioso es que las lecturas se superponen dominadas, todas, por una morbosidad extraordinaria. Hay un disimulo incestuoso (primera lectura) que se metamorfosea en negociación (segunda lectura). El militar puede ser el padre ausente de la muchacha a quien está reprendiendo. La anciana, una especie de tutora. Después el militar se mete en el papel de un cliente que discute el precio de ella, prostituta disimulada, mientras que la anciana (una colchonera, una alcahueta) intercede y modera.

14.

El atrevimiento de Jean-Honoré Fragonard es bien conocido. A fines de los años 60 del siglo XVIII pinta El columpio (el título original es Los felices azares del columpio). Un marido, cornudo feliz, empuja a su esposa en el columpio. La falda sube y sube y sube y abajo, entre las frondas, el futuro amante ve las delicias que lo esperan. 

Poco después Fragonard da a conocer El cerrojo, escena-umbral de una violación (consensuada o no), o de un épico encuentro de sexo. El amante pasa pestillo a la puerta por donde su amada pretende huir, y le impide que lo alcance. El pestillo está muy alto, además, y ella nada podrá hacer. El cuadro también ha sido nombrado La resistencia inútil.   

15.

Al célebre periodista Victor Noir, abatido a tiros en 1870 en un duelo de honor, el escultor Jules Dalou le dedicó una escultura en bronce que está fijada a la tapa de su tumba en el cementerio Père-Lachaise. Allí Noir aparece muerto, totalmente bocarriba. Un detalle entre necrofílico y chocarrero, intencional o no, ha sido la consecuencia de que la estatua sea muy famosa: el bulto del sexo se destaca de un modo tremendo. 

Tan evidente es, que a lo largo del tiempo cantidades ingentes de mujeres (y de hombres, no hay ni que decirlo) han pasado por la tumba y acariciado esa espléndida turgencia con extraño fervor hasta pulirla con una brillantez que no se ve en ningún otro sitio de la estatua. 

16.

¿Y La merienda campestre o Almuerzo sobre la hierba, de Edouard Manet, una escena rechazada en 1863 por el salón oficial de París a causa de su escondida vulgaridad? El punto de polémica, ya se ha dicho, no era el desnudo de la muchacha en aquel claro de bosque, sino el hecho de que sus acompañantes, dos caballeros, estuvieran vestidos por completo. 

Sospechoso contraste. Muy pornográfico y muy voyeurista, como diríamos hoy.

17.

Umbrales de la pornografía, aprovechables por la mirada contemporánea como puntos de inflexión del sexo representado y como zonas en las que germinan diversos predicados artísticos (intervenciones, homenajes, apropiaciones) que el cine pornográfico podría hacer suyos si no incurre en las malas versiones (de la famosa Lolita de Nabokov a los piratas del Caribe, pasando por Drácula y otros especímenes).

18.

Más allá de sus efectos para cierta moralidad y cierta ética del cuerpo, uno de los problemas básicos del cine porno consiste en la paralización y decadencia del relato justo en los segmentos que son más importantes para la industria de la pornografía: allí donde se privilegia la visualidad del intercambio sexual. 

Habría que repensarlo todo, por ejemplo, en los términos de la pintura de Lucian Freud, donde el desvestimiento (no así el acto de desnudarse) “alude” al porno home-made y las películas de la categoría MILF. 

O ir a los gestos de Francis Bacon. 

O reactivar el sedimento erótico que está en las piscinas y las duchas homoeróticas de David Hockney.

19.

Por lo pronto, el cisne que visita a Leda para tener sexo con ella es un tema (mil veces representado por la pintura) que, por muy mitológico que sea, no ha perdido sus connotaciones dentro de la historia del poderío fálico. 

Como dijo Ben Rich, director de la Lockheed Skunkworks al hablar de cómo funciona la percepción extrasensorial: todos los puntos del tiempo y el espacio están interconectados.    




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Alberto Garrandés

Fake‘ no relata, sino deja ver los detalles de una impostación. Frank Shade, uno de los más exquisitos personajes de la última literatura cubana, desea ser poseído por la personalidad, la turbación erótica y literaria, y el peso histriónico del mito que rondan a la figura de Lord Byron.





  

1 Comentario
  1. Alberto Garrandés, en cada artículo deberíamos identificar quien escribe – Jekyll o Hyde-

    Me gusta la tira de tu columna ‘Jekyll y Hyde se hacen amigos..’

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