El pornógrafo entre rejas

Para Rupert Everett

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En el lugar donde enterraron al Gran Mariscal de Francia Gilles de Rais (1405-1440), protector de Juana de Arco, algunas damas pertenecientes a su familia erigieron un túmulo. A pesar de que el tribunal eclesiástico que lo condenó y lo ejecutó pudo divulgar las acusaciones (asesinatos sangrientos de mujeres y niños e intentos de dialogar con Satanás), el túmulo se convirtió al poco tiempo, inexplicablemente, en un sitio adonde iban las mujeres a pedir, entre otras cosas, que se les concediera leche para amamantar bien a sus hijos.

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Dos meses antes de cumplir una condena de dos años de trabajos forzados por sodomita e impúdico, Oscar Wilde escribe De profundis (una carta-ensayo), y con amarga ironía le dice al destinatario, Alfred Douglas, que seguramente su sitio final estará entre Gilles de Rais y el Marqués de Sade, mientras que Douglas sería tan inocente como el niño Samuel, futuro patriarca y profeta.

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Escribir pornografía siempre ha sido un lujo práctico controlado, una ocupación discreta en la que a menudo intervienen varias personas. Otra cosa es la literatura pornográfica, por lo general asociada a una mente que intentaría siempre avasallarnos con su poder creativo y la suntuosidad de sus referencias culturales, anudadas por el lazo del placer y el éxtasis. Escribir pornografía significa reunir los ingredientes de una receta, mientras que escribir literatura pornográfica es como armonizar esos ingredientes con cuidado en busca de un sabor notable y significativo.

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La carta-ensayo de Wilde es un documento tan largo que pudo reflejar, en su estilo, los vaivenes del estado de ánimo de su autor. Ese es uno de los grandes peligros de la literatura sentimental: que el ánimo influya en el colorido, la brillantez y el tono de la escritura. Que el ánimo provoque desigualdades. Preso y todo, apaleado y todo, escupido y zarandeado, Wilde jamás dejó de ser un escritor. Ni siquiera cuando escribía esa carta donde unas veces es tierno con Douglas y otras arremete contra él para, tres páginas más adelante, regresar a las mimoserías y las muestras de estoicismo.

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Se sostiene con firmeza que Oscar Wilde abrazó el credo cristiano por la vía dolorosa. Nada mal como ejemplo de pensamiento complejo en uno de los escritores más exuberantes e inseminadores de la historia.

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Teleny, noveleta, empezó a circular anónimamente a inicios de la década de los noventa del siglo XIX en Londres, y, en un escenario francés, cuenta cómo fueron las relaciones entre el joven Camille de Grieux y el pianista húngaro René Teleny. Tras muchas ediciones, incluida la que hizo el famoso Maurice Girodias a fines de los años cincuenta del siglo XX, la autoría de Oscar Wilde queda siempre como una movediza sombra indeleble, pues no ha podido probarse, pero tampoco desaprobarse.

La segunda venida Alberto Garrandés

La Segunda Venida

Alberto Garrandés

Hay un mensaje horrible de los extraterrestres, y también un hecho curioso: hacia el final del libro, los protagonistas se refugian en una Cuba poscomunista, llena de millonarios y mafiosos…

El Wilde pornógrafo, ni con mucho un retoño exquisito y lejano de Gilles de Rais, estuvo a punto de aflorar en varias insinuaciones que uno puede apreciar en las andanzas de su Dorian Gray, en especial cuando Wilde alude a los solitarios paseos nocturnos del personaje por ciertas dársenas del puerto de Londres. Ni Wilde ni nadie (ni sus detractores de entonces ni sus amigos) podían anticipar la caída del escritor, su violenta proscripción y su encarcelamiento en 1895.

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La evidente sofisticación moderna de los excesos de Gilles de Rais, uno de los hombres más cultos y ricos de Europa a fines del Medioevo, nacía y moría en su sentido del espectáculo. Hacía representaciones costosísimas, con cientos de actores y una tramoya colosal (por ejemplo, de la batalla y victoria de Orleans, donde Juana de Arco triunfó sobre los ingleses). Después de la muerte de esta, triste y profundamente desconcertado, se transformó en un demonio. Pensó que Satanás le había ganado a Dios. A los crímenes de Gilles de Rais alude Oscar Wilde, lleno de sarcasmo, cuando se coloca a sí mismo, como dije, entre el oscuro engendrador del mito de Barba Azul y el Marqués de Sade.

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Gilles de Rais coleccionaba órganos y se hacía acompañar por ellos en las batallas. Los órganos se oían (música religiosa, claro) en medio del fragor de las armas y los gritos de los moribundos. Los ejecutantes eran bien protegidos. Gilles de Rais: iniciador de una extraña modalidad del tableau vivant casi como performance o happening.

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Susan Sontag no vacila en concederle más crédito literario al George Bataille pornográfico (el de Madame Edwarda, por ejemplo) que al Oscar Wilde pornográfico (el de Teleny). Y tiene razón. Pero el punto es que en la composición de Teleny parecen haber intervenido él y, al menos, dos escritores más. En Teleny los varios estilos, sutilmente superpuestos y entretejidos, intentan comunicar un aroma impar. Y, sin embargo, hay desniveles que acusan eso: la presencia de varias manos dentro de la escritura. Por ejemplo, un autor X describe los conciertos de Teleny. Un autor Y narra cómo es el primer encuentro sexual de Teleny con Camille. Y un autor Z se encarga de las descripciones, lo mismo en los teatros que en la residencia del pianista.

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¿Quién es Oscar Wilde allí? ¿Todos (por medio de máscaras) o ninguno? Al parecer, el autor de De profundis fue el barnizador, el estilista que puso acentos, quitó énfasis, mejoró adjetivos, cambió frases, saturó o desaturó colores y ensambló pasajes de distintos tipos. Posiblemente haya sido Wilde el jefe de un pequeño equipo de pornógrafos. Por otra parte, hay que decir que las descripciones del sexo gay en Teleny poseen una vigencia tal que su visualidad ni siquiera queda por debajo de lo que enseñan hoy, por ejemplo, Lucas Entertainment o Raging Stallion, o películas ya notorias, desde Boys in the Sand (1971) hasta Wrong Side of the Tracks (2006).

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Pero, por supuesto, no es lo mismo el sexo en Teleny, que en Los ojos del Neanderthal (James Tiptree, Jr.), o en Historia del ojo (Bataille). En esas tres novelas (curiosamente todos son textos breves) sus autores procuran comunicar una experiencia única del placer. El “nominalismo sexual” se pone a prueba, en cuanto a la aparición de un singular rendimiento, en la historia de James Tiptree, Jr., donde un astronauta examina un planeta desconocido y se enamora de una bella criatura anfibia y telépata (tan inocente como curiosa) con la que acaba teniendo sexo. Él no sabe por qué se siente tan atraído por ella, pero lo cierto es que su excitación es poco menos que formidable. Bataille, por su lado, propone e instaura un refinamiento de la tradición galante francesa, e inyecta en el sexo una dosis sustancial de reflexión acerca de sus contactos con lo sagrado, el lenguaje y la muerte.

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Entre algunos investigadores literarios suele comentarse que en Cuba, al menos de los años veinte a los cincuenta, escritores de reputaciones desiguales, pero conocidos, escribieron de modo anónimo, para ganar algún dinero, ficciones pornográficas que circulaban casi sin encuadernar (pliegos de cordel), pues tenían demanda inmediata.

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La larga secuencia de la masturbación mutua, donde Camille y Teleny están en la residencia de este, es exaltada y potente (voluptuosa), pero nunca grosera. Ostenta un equilibrio que se nutre de los detalles y de su verosímil lirismo. ¿La escribió Oscar Wilde, entre Gilles de Rais y el Marqués de Sade, o es obra de un amanuense de tercera categoría? 

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