Oleaje de la memoria (II)

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En 1987, en su discurso de recepción del Premio Nobel, el poeta Joseph Brodsky dijo que mientras el poder siguiera juzgando lícito meterse en los asuntos de la literatura, la literatura tendría todo el derecho de meterse en los asuntos de la política y el poder.

Por sí solas, estas palabras forman parte de las que Vladimir Nabokov llamó strong opinions, pero el caso es que unas líneas más adelante Brodsky añade que el verdadero peligro, para un escritor, no se halla en la persecución que pueda sufrir por sus declaraciones (no así por sus “resguardables” pensamientos), sino en la posibilidad de verse hipnotizado por las caras del poder, que, como quiera que se mire, es siempre temporal.

2

Uno piensa en el papel del escritor, en su cometido, y una sensación abrumadora viene a complicarlo todo. Hasta que uno comprende que cada época tiene un semblante particular en lo que toca a los vínculos entre el escritor, el mundo inmediato, el poder, la política y la tradición donde su obra y su escritura se afincan (o no se afincan).

3

Al frente de su novela The Picture of Dorian Gray, en una especie de prólogo, Oscar Wilde realiza ciertas declaraciones urgentes con la mayor seriedad. Una de ellas es la que se refiere a un hecho tan radical, tan desconcertante y terrible que nunca he dejado de considerarlo incierto: “Todo arte es bastante inútil”.

¿Tendrá eso que ver con el ambiguo punto de vista que, sobre la utilidad/inutilidad del arte, ha estado en la mente del poder durante siglo y siglos, y que mueve al poder a meterse en los asuntos de la literatura como si tal cosa? ¿O será que, en determinados momentos, el poder le concede toda la importancia del mundo a esa “inutilidad” de las palabras contra la “utilidad” de los hechos, pero siempre en favor de los hechos?

4

Escribo estas cosas porque a inicios de los años noventa los escritores cubanos residentes en la isla estábamos testificando, en diversos grados, un momento de crisis. Si mi entrenamiento filológico sigue acudiendo en mi auxilio, la palabra crisis viene de un concepto helénico relacionado con el enjuiciamiento. Y en aquellos años el enjuiciamiento era total. Las causas, los orígenes profundos y las consecuencias de todo eso han sido analizados de diversas maneras y en distintos momentos.

5

El Palacio del Segundo Cabo, antigua sede del Instituto Cubano del Libro, es un sitio agradable. Hubo un tiempo en que había, en el patio, junto al antiguo aljibe, unas mesas de metal pintadas de verde donde uno podía beber una taza de café sin problemas. Llegabas, pedías un café y ya. O, si el servicio fallaba, ibas a la barra de café de lo que era el vestíbulo del cibercafé (allí nos sentábamos algunos escritores a discutir nuestros asuntos) y agarrabas tu taza y regresabas al patio. O te quedabas en las mesas del cibercafé, junto al foso del palacio, en medio de una luz azulosa que entraba con la brisa. Entonces te levantabas y entrabas a consultar tu correo electrónico.

6

Un día, sentado a solas en el patio, durante algún intervalo de meditación en medio de mi trabajo, vi entrar a un hombrecito (era de baja estatura) que estaba obviamente desorientado. Vestía con cierto correcto desaliño, si cabe decirlo así, y miraba hacia el mezzanini, que era donde estaban las oficinas de la editorial Letras Cubanas. Noté que se había puesto al habla con una de las recepcionistas y regresé a mi café. De pronto lo vi a mi lado, tan cerca que habría podido tocarlo. Permanecí sentado.

“¿Usted es Garrandés?”, preguntó. Contesté que sí, me levanté y le di la mano. “Buenos días”, dije. “Vine a entregar una novela”, me explicó. En verdad no recuerdo el título del libro. Casi estoy seguro de que salió publicado en las Ediciones Verde Olivo dos o tres años más tarde. Pero sí leí el nombre del autor y me estremecí: Luis Pavón.

7

En 1998, el mismo año en que renuncié a mi cargo en la editorial Letras Cubanas, gané el premio UNEAC de ensayo por Síntomas, un libro centrado en la inmediatez de la narrativa cubana de entonces y que, acaso por ese motivo, tuvo la suerte de ser leído por estudiantes y escritores.

Ese año no tenía otra cosa que hacer salvo renunciar a seguir ejerciendo mis funciones en la editorial, pues ya la atmósfera que me rodeaba se había enrarecido demasiado en lo tocante a mi posición. Además, desde la presidencia del Instituto Cubano del Libro me enviaron un emisario prudente y respetuoso, pero que estaba allí, junto a mí, con el propósito de avisarme: el poder decía que yo navegaba por aguas turbias.

8

Pavón subió conmigo la muy piñeriana escalinata del Palacio del Segundo Cabo y entramos en mi oficina, que tenía ventanas hacia el portal. Se sentó frente a mí. La luz le daba en el rostro.

Su libro, me explicó, era una novela policíaca. Conversar con él fue una experiencia extrañísima. Era el hombre que todos odiaban, el que había presidido una época (llamada El Pavonato) en la cultura, y el que, años más tarde, saldría en la televisión en un programa-homenaje que desató (por correo electrónico) las protestas de centenares de intelectuales. Yo miraba su rostro y no podía creer que tuviera allí, delante de mí, al hombre que todos repudiaban. De inmediato me puse a indagar, hice preguntas, hablé con testigos.

9

En su libro Reader’s Block (traducido como La soledad del lector), David Markson dice que en 1944 Anna Ajmátova hizo una lectura de poemas tras la cual fue aplaudida de pie por varios minutos, y que Stalin, al enterarse, preguntó quién había organizado esa reacción. Es decir, quién había calculado esos aplausos. Supongo que Luis Pavón se preguntaba quién había organizado aquella reacción en su contra.

10

Uno de los escritores a quienes les conté mi entrevista con Pavón (en aquel tiempo yo era un aprendiz urgido por varios estímulos) me miró boquiabierto y me dijo que un día, en la UNEAC, Pavón le refirió molesto, o indignado, o triste, que casi nadie lo trataba socialmente.

“Pero usted hizo cosas terribles”, le contestó el escritor. “Yo cumplía órdenes”, se defendió Pavón. “Los oficiales de las SS también cumplían órdenes, y fueron juzgados”, concluyó el escritor.

¿Pavón cumplía órdenes? Cierto. ¿Había un margen de creatividad (de afinación de los detalles, digamos) en el cumplimiento de esas órdenes? Cierto.

11

Mis aguas turbias de aquella época se reducían a dos cuestiones complementarias: mi negativa total a la censura y mis colaboraciones literarias en la revista Encuentro de la Cultura Cubana, dirigida entonces por el narrador y cineasta Jesús Díaz. Al margen del puesto que ocuparía hoy la obra de Jesús Díaz, es imposible esquivar su labor en esa revista plural donde colaboraron escritores cubanos de prácticamente todo el mundo. En rigor, y tan sólo con la aparición de sus diez primeros números, ya se había creado allí un sitio cubano muy crítico y lleno de confluencias culturales.

Parte I, III, IV, V (final).

40 Comments
  1. Alberto Garrandés, que aquí habla de “mi [por suya] negativa a la censura” en sus tiempos de editor en Letras Cubanas, fue responsable, junto a Basilia Papastamatiu de la censura de una novela de Atilio Caballero, como él intenta ahora hacer olvidar.
    Entonces le escribí una carta (teníamos cierto trato) y otra a Basilia Papastamatiu, a propósito de esa censura. Y luego, en una reunión de la sección de Literatura de la UNEAC celebrada en el teatro del Ministerio de Comercio Exterior, en La Rampa, denuncié también la censura de esa novela de Atilio Caballero, mencionando el nombre de los censores Garrandés y Papastamatiu, sin que ninguno de los dos replicara.
    Ahora, puesto que su memoria empieza a hacer oleajes, me gustaría dejar en claro esta mendacidad suya, aunque, por supuesto, para la cultura cubana hayan existido Pavón y otros censores mayores que él.
    Agradezco a los redactores de esta página la publicación de este comentario,

    Antonio José Ponte

  2. A propósito de la (des)memoria de Alberto Garrandés. Cito a Imre Kértesz:

    La conclusión que puede sacarse es la siguiente: estos hombres basaron sus vidas en un falso uso del lenguaje. Y, lo que es peor, dieron a este mal uso del lenguaje el rango de un consenso válido para todos. […] obligados a recurrir ahora a los primeros auxilios morales, como si las palabras, que han perdido su valor debido al mal uso y que han quedado como trozos de papel deshilachados, hicieran aflorar de pronto sus heridas morales. Adondequiera que mire, crujen las prótesis morales, traquetean las muletas morales, transitan las sillas de ruedas morales. No es cuestión de que olviden una época como si fuera una pesadilla: pues la pesadilla eran ellos.

    Esto se pone bueno…

  3. Dos recuerdos de gratitud -para empezar: a Salvador Pedro Redonet Cook y a ti, respectivamente. En 1994, en Madrid, recibo desde La Habana una carta del negro pidiéndome con urgencia algún relato para incluirlo en su antología (no lo hice por temor a perjudicarle, me equivoqué); hace unos años, ya en el nuevo siglo, descubro en la red un artículo tuyo, Alberto, sobre autores holguineros donde te detienes a hablar de mi poemario premio de la ciudad 1989 y de mí… desaparecido por los avatares de la Historia. De nuevo: gracias. El año 1998, si la memoria no me falla, la revista ENCUENTRO publicó mi reseña sobre el libro póstumo de Reinaldo Arenas, “Adiós a mamá”. Hace solo unos años de este siglo XXI, el señor Antonio José Ponte (que ya había tenido a bien publicar mi “Poema de Martí”) se negó sin darme explicación a publicar alguno de los dos capítulos de mi libro “Asilo y Refugio”, publicado en Miami posteriormente, que envié a Diario de Cuba. “Asilo y Refugio” también fue rechazado (en carta firmada por Sergio Andricaín) para ser presentado en la Feria Internacional del Libro de Miami, hace unos años, pocos, atrás. Dios sabe si tú, querido Alberto (o san Redonet desde el Paraíso) me puedan un día echar una mano. Abrazos.

    1. Sr. Coré, su comentario obedece principalmente a orgullo malherido de autor, pero si su intención ha sido también la de sugerir que también yo he practicado, y contra usted, la censura, me gustaría aclarar que publiqué en DDC un texto suyo que me pareció publicable y no publiqué otro que me pareció de mala calidad. Censurar, según una de las acepciones del término, es dictaminar sobre una obra. Eso fue lo que hice con esas dos obras suyas. La censura política de la literatura, que es de la que habla Alberto Garrandés cuando se refiere a Luis Pavón y yo en mi comentario cuando me refiero a Alberto Garrandés, es cosa bien distinta y que no he practicado. Por último, en mi trabajo en DDC no estoy obligado a dar explicaciones sobre textos que no haya solicitado.

      1. Señor Ponte, a estas alturas, visto y revisto su criterio de selección y su soberbia, más allá de la supuesta mala calidad de mis textos (aunque comparándolos con otros textos que usted no tiene a mal publicar, incluidos su propia escuálida y anémica poesía de los últimos años, no creo que sea peor) no me queda la más mínima duda de que usted es un censor.

        1. Sr. Coré, viéndolo cómo es capaz usted de intentar congraciarse con alguien que practicó la censura política —Alberto Garrandés— con tal de que le consiga publicar sus textos, no tengo a mal que me considere un censor. Usted deja bien claro cuán poco le preocupan estos asuntos de ética intelectual con tal de sacar a flote sus libros. Y, tratándose de un lector de su categoría, le agradezco el cumplido sobre mi poesía.

          1. Sr. Ponte, no se lo tome tan a pecho, el oficio de Censor es tan antiguo como la Literatura: a derecha e izquierda, intra y extra-muros, en fin, el mar… Sobre ética mejor no meneemos el asunto, que usted publica con evidente preferencia a escritores (específicamente en el género Poesía) que han respondido siempre y siguen respondiendo al estándar del establishment cultural de la Isla. Por caballerosidad no escribiré nombre y apellido.
            Alberto Garrandés y yo fuimos compañeros en la Facultad de Filología de La Universidad de La Habana desde 1977 hasta 1980 cuando fui expulsado con un acto de repudio por pedir mi baja para abandoner el país, lo que finalmente no pude realizar hasta 1994 cuando salí a España con una invitación de la Universidad de Educación a Distancia de Madrid como escritor y conferencista. Me fue denegada la petición de Asilo y Refugio por el gobierno de España donde sí obtuve la ciudadanía. Desde 2004 resido en el sur de La Florida.
            No tengo entre mis planes inmediatos lo que usted afirma, pero si un día mis libros pudieran publicarse en Cuba -sin censura- quién mejor que mi amigo Garrandés para echarme un cable?
            Por último, le deseo lo mejor, Ponte.
            Orlando Coré Fernández

          2. Sr. Coré, creáme que no pensé que usted estuviera rogándole a Alberto Garrandés que lo publique en Cuba, pero sí que alguna vez le eche una mano, sea donde sea. Suerte con eso porque, hablando de tomarse las cosas a pecho, es usted el que no ha quedado muy bien después de recibir una negativa de publicación, y por ello se ha visto obligado a aludir a mi poesía, a los autores publicados en DDC, a las relaciones de esos autores con el establishment, etc. Todo ello bien alejado del tema de mi comentario inicial y del texto de Alberto Garrandés: pura causa suya, despecho… Yo, en cambio, lo que me tomo a pecho aquí no es la suerte que pudo tener un libro mío, sino un libro de otro, de un colega, y el intento de desvirtuar los hechos de que hace gala el sr. Garrandés. Gracias por sus buenos deseos que le reciproco.

          3. señor Ponte sí es mejor poner como punto final la Paz. Porque, escritores ambos, no tendríamos para cuando acabar con alusiones y doble sentidos -para no caer en cosas peores, que siempre se puede…
            “Rogar” solo a Dios (no quiero tirar piedras al cielo… Nunca se sabe) pero ésa es mi intención. Rogar solo a Dios.
            Le sugiero que para “no quedar mal” (usted que tiene fama de justo) no se autojustifique. El tiempo pone las cosas en su justísimo lugar.
            Eso sí, es verdad, me sigue indignando cómo algunos siguen comportándose acá ahora mismo de la manera que allá entonces nos quejábamos…
            Qué vergüenza usar los poderes e influencias para ningunear y marginar. Qué vergüenza el tráfico moral a cambio de un cierto poder y reconocimiento.
            Vanidad de vanidades.

  4. Con este comentario respondo a Orlando Coré su comentario de las 6:28 pm, y lo hago fuera del hilo de comentarios habitual, en aras de que resulte legible:
    Sr. Coré, me gustaría también terminar en paz esta discusión, pero eso sí, sin tener que aguantarle su “indignación” y su “vergüenza”, y mucho menos esa alusión a un “tráfico moral”.
    Quiero dejar clara mi posición como editor, que usted se empeña en enturbiar. Yo publico en Diario de Cuba a autores con el único baremo de la literatura, no de la política. Así en DDC aparecen autores del “exilio histórico”, autores exiliados más recientemente, autores residentes en Cuba, algunos de ellos con importantes premios oficiales cubanos, Premios Nacionales de Literatura, etc.
    A diferencia de Alberto Garrandés en el caso de aquella novela de Atilio Caballero (al menos en ese caso) o de Luis Pavón, las únicas objeciones que pongo a los textos que me llegan son literarias, equivocadas o no, pero nunca políticas. Dictamino sobre texto, es decir, censuro, pero no políticamente. Y me precio de publicar, cuando me han llegado por terceras personas, incluso a autores con los que había roto el trato personal.
    Todo esto, no hay que decirlo, es exactamente lo contrario de lo que suele hacerse “allá”.
    No tengo que justificar mis juicios o prejuicios políticos, que no ejerzo cuando leo como editor de literatura. Así que sobre ética podemos meneallo cuanto quiera, y puede usted citar los nombres que quiera, pasando por encima de la caballerosidad que alega.
    En cuanto a tráficos, de nosotros dos el único que ha entrado a este sitio para traficar es usted: intentar resarcirse de una negativa (mía) y encomendarse a los favores de un amigo suyo de los años universitarios.
    ¿Va a poder discutir la acusación que he hecho contra él ese viejo amigo suyo? Porque de eso es de lo que se trata aquí.

  5. Ponte, como siempre, metiéndose conmigo… Si estuviera concentrado en su obra, no tendría tiempo que perder, porque, en verdad, el tiempo escasea y ya él debería tener (que no la tiene) una obra sólida (larga y sólida), y no esos libritos medio enclenques y llenos de aire… En su momento, Ponte nunca se atrevió a emplazar el verdadero censor. ¿Quién censuró y por qué fue censurada Naturaleza muerta con abejas, la novela de Atilio Caballero? Sencillo: desde la presidencia del Instituto Cubano del Libro, en 1997, creció la censura. La novela tenía ya una edición española y la revista Encuentro, en uno de sus números, incluyó una promoción que decía: “Una novela de riesgo”. Ahí empezó todo. Temeroso, el director de la editorial Letras Cubanas puso la novela, sin consultarme, a disposición de la Presidencia. Y fue censurada… al menos por uno o dos años, hasta que la propia editorial la publicó. Claro, por aquel tiempo Ponte intentaba engañar a todo el mundo procurando crearse un expediente de escritor aristocrático y perseguido (de hecho, creo que intentaba conseguir una especie de beca en alguna de las llamadas ciudades-refugio), y aprovechó la oportunidad y me atacó. Atacó al supuesto censor. ¿Por qué no se metió con los censores auténticos? Porque necesitaba crear un debate que le diera masa y relleno a lo que por entonces (ni ahora, por cierto) no tenía ni masa ni relleno: su obra. Y porque, cuando Dios hizo el mundo, a unos les dio entereza y a otros, no. Mi historia en la editorial Letras Cubanas es la de alguien que tuvo frente a sí dos opciones: o salirse o capitular en favor de la censura. Por eso me fui, hará 20 años, de ese lugar, el Palacio del Segundo Cabo, y me convertí en un bibliotecario en el Centro Cultural de España. Pero esa es otra historia, que será escrita.

    1. Me alegra que tanto tiempo después, Alberto Garrandés responda sobre este tema. ¿Por qué no lo hizo cuando lo cuestioné en mi carta? ¿Por qué no lo hizo tampoco ante aquella asamblea de escritores? Sencillamente porque entre las responsabilidades de su puesto, a cargo de la edición de narrativa en Letras Cubanas, estaba la de hacer aquello mismo que yo le echaba en cara, y él no podía disculparse, delante de sus jefes, de haberlo hecho.
      Ahora para justificarse apela al mismo recurso que él describe a propósito de Luis Pavón: fueron los jefes y él sólo cumplía órdenes… Luis Pavón ha sido (recuérdese la Guerrita de los Emails) una pieza muy efectiva para disolver culpas y responsabilidades. Porque hay quienes se sienten menos canallas desde que existe un canalla tan grande.
      ¿Cumplía órdenes Garrandés cuando censuraba? Resulta ahora que la censura le venía de arriba y él no podía menos que aceptarla y fue así que “Naturaleza muerta con abejas” de Atilio Caballero (y es de suponer que algunos otros títulos) resultó prohibida bajo su mando. Me pregunto entonces cómo pudo ser tan “total” su negativa a la censura. Evidentemente, estas memorias mienten.
      Pregunta Garrandés por qué no me metí con los censores auténticos. Bueno, él era un censor auténtico o se portó como tal. Basilia Papastamatiu era una censora auténtica o se portó como tal. Eran ellos dos los que estaban a cargo en Letras Cubanas de decidir qué se publicaba y qué no se publicaba. Y no tuve entonces conocimiento de cuáles autoridades superiores eran los verdaderos responsables. Sin embargo, Garrandés no habrá tenido más remedio que conocer de mis encontronazos (alguno hecho en público) con Abel Prieto u Omar González, y en las hemerotecas pueden encontrarse, publicadas en periódicos extranjeros, mis opiniones de entonces, no sobre un jefe de Letras Cubanas, sino sobre Fidel Castro metido en la cultura. En “El Nuevo Herald”, por más señas. De manera que no fue temor alguno el que me hizo ocuparme de él y no de comisarios más altos.
      Garrandés, que quiere parecer heroico en estas memorias, ha sido, incluso como crítico literario, alguien muy alejado de mostrarse incómodo ante autoridades políticas o literarias. Y lo curioso es que ahora quiera hacer pasar su oportunismo por integridad. ¿Acaso intenta engañar a los escritores más jóvenes?
      Es telenovelesco su intento de hacerse pasar por víctima (“Ponte, como siempre metiéndose conmigo…”) cuando nunca, salvo aquella carta y aquella increpación en asamblea, me he “metido” con él. No he escrito una palabra sobre él. Los teleológicos Cintio Vitier o Fina García Marruz podrían decir, y desde varios años antes a mi denuncia del censor Garrandés, que estaba metiéndome con ellos. También lo podría decir el novelista Abel Prieto desde su primera novela, viviendo yo en Cuba. O Leonardo Padura, a quien he criticado sucesivamente en tanto intelectual público traicionado. Pero Garrandés, persona o escritor, me ha resultado siempre ininteresante: gris en el peor sentido del término, sumamente aburrido.
      Perder el tiempo, como puede aprenderse en las novelas de Proust, puede ser ganarlo de la mejor de las maneras: a la larga. De manera que no voy a ponerme a discutir su intento de pulgarizar lo que he escrito, y lo dejo en apuesta para el futuro.
      Por último, me intriga su apelación a Dios. Suena como la mala interpretación de una comedia de honra, como dicha por un pésimo actor. Garrandés recurre a Dios como autoridad suprema para fabular que Dios le otorgó entereza. Puro melindre religioso, pero si hubiera que buscar muestra de esa entereza suya no será en estas memorias hechas para el blanqueamiento, sino en la que mostró hace ya tantos años en el Palacio del Segundo Cabo, matándola o aguantándole la pata a la vaca. Al no abandonar aquel puesto hasta tiempo después, Garrandés mostró una tremenda entereza de comisario político. Y, dado su arraigado oportunismo, me pregunto para qué nuevas circunstancias se toma ahora el trabajo de maquillar aquellas experiencias.

  6. Las acusaciones de Ponte son tan insensatas y ridículas (llegan a ese extremo) que, la verdad, no vale la pena. Su grisura sí que espanta. Cada quién sabe de sus imposturas y Ponte es muy consciente de toda su tramoya y sus ardorosos hanky panky. Es un mal actor. Siempre supo que yo no era el censor. Siempre supo quién había arremetido contra la novela de Atilio Caballero. Pero necesitaba (y necesita todavía) que sea yo el blanco de su difamación. ¿Por qué se ha obstinado siempre en lo mismo? Porque cambiar sus puntos de vista le resulta inconveniente. Calla unas cosas y reafirma otras como si tal cosa. La oscuridad de su psiquis, si pudiera expresarme así, se conjuga muy bien con la oscuridad de su presunta ética. Hace 20 años orquestó su “protesta” contra la censura de un modo tan mezquino que siempre me dio pena. ¿Quería ser todo un personaje de la literatura, un escritor empuñando una especie de Excalibur? Resultó, eso sí, poco menos que un saltimbanqui. Pero ya sabemos que su espuria notoriedad se origina no en sus libros, sino en cositas como estos textos de ir y venir. De modo que pondré punto final. No quiero contribuir a encumbrar a ese actorcillo al que, ya me doy cuenta, ha de faltarle un tornillo.

    1. Bueno, dije que ponía punto final… pero agregaré algo: Ponte, 20 años después, no hace más que constituirse en un penoso absurdo, un absurdo de escritor, un remedo de escritor. Dice que ni yo ni mi obra son interesantes… ¿Y eso qué? ¿Su opinión? Me tiene sin cuidado. Lo suyo es pelear, difamar e intentar imponer mentiras como verdades para que su circo crezca y se oiga. A mí jamás me gustó el circo, ni cuando era niño. Lo mío es hacer lo que me toca como escritor. Tengo pruebas de que lo que he hecho, lo he hecho bien, y en ocasiones muy bien, y no necesito decir por qué. En cambio, repito, 20 años más tarde Ponte continúa armando su tramoya para ocultar ese vacío de fiereza artística que hay en su obra, o el desinflamiento que ella padece. Yo, en cambio, no experimento nada de eso. Su inseguridad es vocinglera. Y no hay que hacerle el menor caso a alguien que sobrevive, como escritor, de manera tan penosa.

      1. Compruebo que Alberto Garrandés no es capaz de quitarse de encima su pasado de comisario político. Lo intenta aduciendo que habían comisarios más altos y que yo la emprendí con él sin tocar a los más altos. Suponiendo que hubiera sido así, eso no disminuye su responsabilidad: jefe de las colecciones de narrativa del Palacio de Segundo Cabo y responsable directo de que la novela de Atilio Caballero (y es de suponer que otras) fuera censurada políticamente. Dado su cargo y dado que continuara todavía un tiempo más en ese cargo, la acusación contra él tiene fundamento y no es difamación, como á él le gustaría hacerse creer.
        Su trabajo memorialístico me ha hecho acordarme de los trabajos memorialísticos de otro oportunista, Lisandro Otero, que fabricó una versión de sus memorias para consumo interno cubano y otra versión para su difusión en el extranjero. Alberto Garrandés es un nuevo Lisandro Otero: en sus memorias alardea de su celo total contra la censura y en estos comentarios ha recordado (dada mi insistencia) que, en efecto, existió aquel caso de censura bajo su mando, aunque… Y aquí pone las mismas razones que Luis Pavón y otros pavones y pavoncitos han puesto siempre para exculparse.
        En cuanto a sus juicios sobre mi trabajo literario (intento suyo de matar al mensajero para borrar el mensaje), también encuentro dos versiones: la acerba de estos comentarios y la elogiosa de la primera parte de sus memorias, publicadas en este mismo sitio. ¿Por qué, si tan poco vale mi trabajo, tuvo que elogiarlo, junto al de Rolando Sánchez Mejías, apenas iniciada estas memorias suyas? En cualquier caso, confieso que sus críticas me conmueven tanto como sus elogios.
        Yo no he escrito nunca ni contra ni a favor ni sobre él en tanto escritor. No he traído a colación obra suya alguna. Aquí he querido ocuparme del antiguo comisario político que intenta travestirse en héroe de la resistencia contra los censores.

  7. Va ganando Ponte 2-0. Resumen:
    Garrandés decide una mañana escribir cosas lindas sobre él mismo, pero Ponte responde que él no es tan lindo, invalidando momentáneamente esta y próximas memorias suyas, y satisfaciendo a algunas personas del público que no tienen a bien (desde el punto de vista literario) el modo en que Garrandés se pavonea frente al espejo del yo en estos escritos. Garrandés no puede creerlo y cae en un mutis de varias jornadas, casi podemos seguir imaginando su cara de asombro, o el por qué no acaba de contestar, y cada vez nos parece menos probable la débil teoría de que aún no ha leído el comentario, cuando en eso llega un tercero que altera un poco el orden lógico de la historia pues anda tratando de que le publiquen un libro que nadie parece querer publicarle, se desespera al recibir nuevas negativas (esta vez negativas en general) y rápidamente envía a Ponte a la mierda, aunque justo al hacerlo desaparece y nadie nos advierte ya más nada sobre esta salida abrupta. Tal vez el escenario sea muy pequeño para tres, la cosa es es que finalmente Garrandés aparece y esta vez pelea con Ponte sobre el aire, ese elemento, e intenta decir con más aire que el más aire es el otro. En este proceso emite como quejas escolares, lo cual, sumado al modo de argumentar incorrecto de validarse como buen escritor al decir que tiene “pruebas” que nunca muestra, promesas de falso petróleo, y sumado también al conocimiento popular de que Ponte escribe mil veces mejor que Garrandés, hace que la audiencia reafirme precisamente esta última idea, resolviendo el segundo punto en el marcador…

  8. Al final uno cuenta sólo con aquellas personas que confían en uno y que son esas mismas en las que, a su vez, uno confía. No respondí la extraña carta (parecía escrita como para que también la leyeran otras personas, ¿como si se tratara de una pieza significativa dentro de esa trayectoria que él estaba fabricando para ponérsela como un disfraz?) que Ponte dejó encima de mi escritorio porque no merecía el esfuerzo. Y no respondí su ataque público porque no hizo falta. No había pasado ni media hora del suceso y ya recibía yo muestras de confusión y perplejidad y hasta de indignación por parte de escritores que se hacían una pregunta: ¿de dónde saca Ponte todo eso? Los días pasaron y mi compromiso contra la censura se acentuó (porque los intentos de censurar continuaron). Me da risa eso de que me llame comisario político, ¿quién se cree semejante tontería? Y no he elogiado la obra de Ponte (qué presunción más absurda), sólo indiqué que su intervención aquel día sobre Orígenes (una mera intervención), en el homenaje a la revista por sus 50 años, me parecía positiva… La capacidad de Ponte para desvirtuar hechos, mentir y disfrazar la realidad y armar conclusiones inverosímiles es, ciertamente, enorme. En esta serie de trabajos míos que, bajo el título “Oleaje de la memoria”, publica Hypermediamagazine, jamás me he disculpado. ¿Por qué? Porque no tengo que hacerlo. Hay que estar loco, o ser un murmurador siempre en escena (y sin salirse de su papel) para decir que censuré la novela de Atilio Caballero (y algunas otras, como sugiere Ponte), y que fui o soy aún un comisario político.

  9. Viendo la cuestión más generalmente, como problema cultural, este texto de Alberto Garrandés incurre en un fenómeno bastante frecuente: la lectura poco seria de una literatura sapiencial como son (para nosotros, cubanos, con un Estado controlador de la cultura) la de Brodski y Ajmátova.
    Garrandés cita aquí un texto de Brodski y un episodio biográfico de Ajmátova (vía Markson), pero evidentemente ha leído texto y biografía banalmente, sin sacar lección de ello, sin hacerlo (para decirlo biblícamente, ya que hablamos de literatura sapiencial) carne de su carne.
    Brodski y Ajmátova son, en este fragmento de sus memorias, bisutería con la cual adornarse él mismo. Leer a Brodski y Ajmátova, o leer sobre Brodski y Ajmátova, para antes haber sido censor político y luego intentar borrarlo, es leerlos para nada, para no sacar de la lectura sabiduría alguna.
    Si Pavón y Stalin aparecen aquí para descargo de culpas propias de quien escribe, Brodski y Ajmátova han sido citados como figuras tutelares. Sin embargo, Garrandés, está o estuvo alguna vez (salvando las distancias, y no hablando de calidad literaria) más cercano a Pavón y Stalin que a Brodski y Ajmátova.
    Podrá decirse que esta es una interpretación exagerada mía, pero yo creo en lo significativo de cada nombre que se cita en la literatura memorialística, que suele ser en la mayoría de los casos y lo es en este, ejercicios de autodeificación.
    Brodski y Ajmátova son aquí el detergente y el suavizante con que Garrandés pretende lavar sus conflictos de imagen. Y la aparición de estos dos autores rusos dice mucho de la clase de lector que es él. Me pregunto por qué si va a leer tan trivialmente literatura sapiencial no se dedica a leer autores más ligeros, que se correspondan mejor con su tesitura moral.

  10. Bueno, ya me aburrí de todo esto… se acabó el circo de Ponte, al menos en lo que a mí concierne. ¿Acaso demostró alguna vez, de veras, lo que dice de mí? Tengo cosas más importantes que hacer comparadas con esa bisutería efectista llamada A. J. Ponte, y, además, no quiero que él alimente su fuego con estas candelitas de andar por casa. Que se ponga a escribir de verdad, si es un escritor. Y solavaya: el día que yo escriba como él, me cuelgo de un árbol. Esperen dos o tres olas más, mientras el verano pasa… Chao.

  11. Recapitulación contra la ceguera o conjuntivitis:

    ¿Fue censurada por razones políticas la novela “Naturaleza muerta con abejas” de Atilio Caballero en la editorial Letras Cubanas en 1997?
    Verdadero, y Garrandés no lo ha negado.

    ¿Fungía entonces Alberto Garrandés como director de narrativa de Letras Cubanas, a cargo de la edición de novelas, cuando fue censurada la de Atilio Caballero?
    Verdadero, y Garrandés no lo ha negado.

    ¿Siguió todavía en ese puesto Alberto Garrandés después de haber sido censurada la novela de Atilio Caballero?
    Verdadero, y Garrandés no lo ha negado.

    ¿Pudo ser “total” la negativa a la censura de Garrandés, como él ha escrito al final de este texto?
    Falso, a la luz de las anteriores respuestas.

    Lo cual supone una de estas 4 hipótesis:

    1) Garrandés no entiende lo que es totalidad
    2) Garrandés no entiende lo que es censura
    3) Garrandés no entiende lo que es negativa
    o
    4) Garrandés no entiende quién era él ese año de 1997…

    En cuanto a la calidad de mi trabajo literario, no es tema de esta entrega de sus memorias, sino más bien de la entrega anterior, donde he tenido el honor de que haya sido recordado por Alberto Garrandés de esta manera:

    “Fue en ese escenario donde Rolando Sánchez Mejías y Antonio José Ponte leyeron unos textos etimológicamente heterodoxos (otras verdades, otro logos) que les causaron irritación a algunos intelectuales presentes en el encuentro. El resultado fue muy estimulante, pese a todo. Eran, en definitiva, textos de esos que ponen los puntos sobre las íes, desautomatizan el conocimiento y hacen preguntas que no por incómodas (para ciertos amigos o admiradores del Grupo Orígenes) dejaban de ser necesarias”.

    Como puede apreciarse por el fragmento antes citado, entonces el “circo” de las “verdades incómodas” y “necesarias” era “muy estimulante”. Si ahora le resulta aburrido, es explicable: los puntos caen sobre sus pobres íes.

  12. Me consta que Garrandés, con quien tuve cierto trato entonces, defendió esa novela y hasta se peleó por ella, como hizo después con otro escritor, y casi lo botan de allí o lo invitaron a irse. Me imagino quién es ese emisario que le mandaron, y me enteré de que Garrandés le dijo al tipo que le dijera al presidente que lo botara. Lo que no sé es si el emisario llegó a trasmitir el mensaje. Después se fue y la novela se publicó.

  13. Señor Gálata, no sé quién es usted. Pero, en fin, eso carece de importancia ahora. Para ganar en precisión: no me invitaron a irme de la editorial. El entonces director me advirtió, a propósito de la novela de Atilio Caballero y otro libro (si no recuerdo mal, era mi antología Aire de Luz, donde está un cuento de Amir Valle que me negué a excluir), de esta manera: “Yo no voy a hacer tu trabajo”. Aquello me pareció demasiado. La cita es textual. Contesté que mi trabajo no era el de censurar. Y las cosas se pusieron feas. Amir Valle ha contado el hecho en varias ocasiones, no necesito insistir.

  14. Estas polémicas hacen falta porque animan el cotarro. Aunque aquí las poses están un poco exageradas: ni Ponte es tan disidente (perteneció un buen tiempo a la misma UNEAC a la que renunció cuando convino) ni Garrandés es tan censor (hay testimonios de que hizo lo que se podía para publicar libros vetados). Ambos, por otra parte, son escritores bastante dignos, y es un poco ridículo entrar en el charco de bilis del rebajamiento mutuo. Lo obvio: trabajar en el Segundo Cabo tenía un precio. Tratar de pactar con el poder, en sus múltiples encarnaciones y por muy varias razones, siempre lo tiene.

    1. Sr. Leng, sin tratar de disentir en el pasado más allá de lo que lo hice, yo no renuncié a la UNEAC, fui expulsado. O dicho en la jerga oficial, fui “desactivado”. Y coincido con usted en lo útil de las polémicas. Gracias.

  15. Pactar con el poder, ciertamente… porque fui testigo de cómo el poder vetó y prohibió… negociar para que ciertos libros fueran publicados, pero que conste: negociar con dignidad en favor de un escritor y de su libro. Eso lo hice varias veces. Gracias por su comentario.

    1. Ah, no. Esa no me la creo. ¿Qué tú ‘negociabas’ con el poder? Negociar es dar algo a cambio. O ‘pactar’ como bien dices. Pero la pregunta entonces es: ¿qué dabas tú a cambio?

  16. IV

    -¡Ven a ver!- vino corriendo a susurrarme el pequeño Iraní contento y, agarrándome la mano, me llevó hasta el muro de la cocina, ahora cerrada, del Refugio.
    Recostado a la pared, con las piernas flexionadas, juntó sus manos entrelazando los dedos y me indicó que subiera.
    En equilibrio sobre mi compañero y con las últimas falanges de los dedos sujeto al borde de la claraboya que se extendía prácticamente a lo largo del muro exterior de la cocina, alcancé a ver cómo por una puertecilla, disimulada entre los enseres culinarios, se metían la Cocinera y el niño Ghanés.
    Tras la puertecita encantada, un pasadizo conducía a la habitación que tenía la Cocinera dentro de la casona señorial del Director. Ante mis ojos de narrador omnisciente sucedió una escena digna de figurar, con mejor pluma, en el Paradiso del Eros Cognoscente.
    Sacudiendo las manos como en una travesura -el sofoco en la carona de buzón habanero- la Cocinera condujo al Ghanés por el túnel de un viaje iniciático a la sangre de un guerrero que al ritmo de un toque ancestral tensa la flecha de cabeza de jabalí cetrino con la brujería priápica que conjura el transterramiento.
    Al llegar a la habitación, el Ama sacó del armario una muda de ropa, una cajetilla de cigarros y un encendedor, ofreciéndolo todo al muchacho que, instruido por la tradición oral de la Casa, cogió el regalo, lo colocó sobre la silla y se desnudó.
    La Hipnotizada se sentó al borde de la cama. La Máscara apuntada por la flecha. Entonces, como una metáfora de la transculturación, las blancas manos ajadas por la lejía y la edad tocaron la tensa piel oscura del guerrero. Y el asombro aristofanesco de la boca como una flor machacada dio asilo al fetiche del precoz hechicero.
    Boqueaba atragantada la Castellana a los golpes rituales del pitón Ghanés, acariciando, con sus manos platerescas, la rica tela de su pesadumbre futura: la suavidad testicular de la seda africana y, con sus labios, la calidad salvaje del tapiz pelviano, respirando embriagada el olor a sabana del animal extranjero más poderoso aún que la tufarada del macho español.
    Con instinto tribal el iniciado extrajo su falo reluciente de la boca de la falsa Madraza y suspendiéndola por las rodillas destapó la caverna menos platónica de la Guisadora fingida tapándole al Monstruo la cabeza colgante con la oportuna campana de su faldón. Alrededor de la vulva el cazador contempló la cetrina vellosidad que faltaba a la cabeza de Braulio.
    Poseído de un vigor que sobrepasaba su juventud acostó con cuidado a Gorgona en la cama y, acomodándose en medio de los muslos como colmillos de jabalí de la Decapitada, le clavó gozando su caliente cuerno.

  17. VI

    Cuando la Cocinera salió por la enorme puerta de hierro negra a la calle, no se fue directamente a su casa, donde sus tres hermanos solterones la esperaban; al fin y al cabo les había dejado hecho el primer plato de la cena y el segundo (unas rodajas del lomo que había llegado esta semana desde la Cruz Roja de Madrid al Refugio) podían freírlo ellos mismos, varones culinarios que fungían de maitres -al decir del más afrancesado del trío- tutelares para la prunelle de sex yeux.
    Por la enorme puerta -sin número- del Refugio, el Ama salió a la Calle de la Estrella y, dando la vuelta a la manzana, bajó por la Calle de Lis hasta llegar frente a la fachada principal de la maison del Director; separó del mazo la llave más larga y abrió la hermosa puerta de cedro libanés, sobre cuyo dintel, en el centro de un escudo mutilado al parecer por la erosión, una estrella de estela corniforme sobrevolaba un devastado linaje de águilas en sotuer. Entró y cerró.
    Dentro ya, la Pupille aprovechó el fantasma de luz que pestañeaba en la oscuridad, para subir a tientas la escalinata. La claridad limosnera salía de la puerta entreabierta de la habitación de Braulio. Ella empujó suavemente la puerta (ah, de las puertas), entró, volvió a empujar muy suavemente la hoja de madera tras de sí y se fue a prosternar ante Él, quien, envuelto en un blanco batón, la esperaba tendido en el vasto lecho. En esa posición, sin despegar los ojos del artesonado de ébano, Braulio escuchó a la penitente el relato de su más reciente safari sexual.
    Sin remedo de las resonancias lezamianas ni el nominar de Sarduy, sino en un castellano sin erotizar en que follar es singar y la polla y el coño ellos mismos, Braulio vio, como en una gran pantalla de televisión suspendida sobre su cama, las tres corridas del Ghanés y la Cocinera follada de vuelta y media: por alante, por atrás y por delante otra vez.
    -Rossini- musitó Braulio, escuchando, para la secuencia del túnel, la cabalgada de Guillermo Tell.
    En uno de los ángulos de la habitación, discretamente iluminada por una lámpara de banquero colocada sobre un escritorio, la Alemana hacía la versión taquigráfica de la confesión, que pasaría a engrosar el códice africano de la Cocinera, manuscrito e ilustrado por el Tapicero argelino y el Dibujante iraní (refugiados a perpetuidad del Director), respectivamente. Junto a la Alemana de ojos amarillos, casi invisible, el Mosquetero se tapaba la boca con las manos para no soltar la risita peculiar con que pretendía disimular su ineptitud y su malicia.
    -Ravel- susurró Braulio, queriendo, con unos compases del Bolero, “rallentare il tempo” del encueramiento, demasiado de prisa, del muchacho.
    La visión de la pinga nada infantil del Ghanés destapó la boca perpleja de la Trabajadora Social (el Mosquetero), haciéndole pensar en el Guineano de la lánguida sonrisa, el que terminaría traicionando a sus compañeros del Refugio por ella (o él). El Mosquetero (la Trabajadora Social del Refugio) hablaba un extremeño cerrado del todo a la comprensión de los refugiados árabes y sub-saharianos, cuya única posibilidad de hablar con él (o ella) habría sido en francés o en inglés, que la extremeña ignoraba.
    Por otra parte, en los seis meses que tardaban como máximo en denegar el asilo a los refugiados, éstos no llegaban a dominar el castellano que les enseñaba la profesora de ojos vitriviscosos contratada por Braulio. La única posibilidad entonces que le quedaba al Mosquetero de comunicación con estos hombres era pasear su hermoso culo apretado en sus vaqueros de color negro ante la mirada hipnotizada de la mayoría de ellos al tiempo que soltaba su peculiar risita que tan bien aprendería a imitar el Kurdo sastre. Los eslavos en cambio parecían tener mejor disposición para aprender el español.
    -Chaicovski- murmuró entusiasmado Braulio proponiendo el tema del cisne negro mientras buscaba el mejor encuadre para la imagen de la Cocinera sentada en la cama con la polla morena apuntándole la cara de muerta.
    Los ojos amarillos de la Voluntaria Alemana espiaron el instante de la penetración del rabo en la boca, calculando su extensión a lo largo de la garganta y el dominio del fiato de la Matrona. Pero antes de bajarlos, los ojos, a su labor jeroglífica, su mirada amarilla se posó en los labios resecos de la que estaba a su lado y su lengua amarilla acarició sus labios delineando con la vista los labios de la extremeña.
    Justo en el momento en que la boca rejuvenecida se come la pinga, Braulio pensó en la posibilidad de mezclar el tema del Lago de los cisnes con el del Concierto # 1 del propio compositor ruso, pero no tuvo tiempo de decidir, porque, como una iluminación, el alegre ritmo pélvico del joven Ghanés singándose la bocaza de la Cocinera, le hizo exhalar:
    -Mozart- y el cuerpo del Director, milagrosamente, comenzó a rebotar como manteado por el allegro de la Sinfonía # 40, aportando a la orquestación el atravesa’o quejido gallego de la cama vapuleada.
    Los ojos, no sólo de Braulio, los amarillos y los extremeños también, quedaron suspendidos del primer plano de la cabeza de la pinga yoruba salida de la boca decrépita. La Alemana casi pudo respirar el olor ensalivado del glande pulido. Y el Mosquetero hasta llegó a considerar que una polla semejante unida a la mansedumbre yeguar de su admirador Guineano podía complementar sus necesidades primordiales de hembra ibérica: follar y mandar.
    -Verdi- jadeó sin parar de subir y bajar Braulio, sintiendo en sus entrañas resonar los timbales y la trompa cuando, en ralentí, el adolescente agarra las rodillas abotargadas y, en ralentí, pone de cabeza a la Vieja tapada por su faldón que cae en ralentí y, en ralentí, le abre las patas descubriendo el bollo que borbolla haciendo pucheros.
    Entonces, desencajada, cae la mandíbula de Braulio y su boca desmesuradamente abierta, sin dejar de jadear y sin parar de subir y bajar, hace el play back del «¡Allerta!» grave de Il Trovatore en el momento de la Anagnórisis: de sí mismo, de su cara que es la vulva, el coño, el bollo cetrino de la Celestina.
    Casi ahogado, flotando casi, Braulio sintió cómo las notas que pugnaban, de borbotón a espuma, sin llegar aún a melodía, como una ola por fin eyaculaba el tema de su gozo y agonía:
    -¡Wagner!- lloró, clavado, Braulio, mirando a Tristán fundirse en Isolda.
    Desvanecido escuchó el remate:
    -Después me la metió por el culo y otra vez me folló el chocho-
    Y se hundió, roncando, en el mar.
    La Alemana apagó la lámpara de banquero y, en silencio, salió de la habitación llevando de la mano a la Extremeña.
    Aún de rodillas, la Cocinera levantó, por primera vez, los ojos hasta el durmiente, y sonrió agradecida. Después se paró –como se dice en Cuba- y caminó hasta la puerta. Entonces, respirando hondamente, antes de desaparecer, se volvió declamando:
    -«Cuando se perdió en el agua
    comprendí. Pero no explico.»-
    Y se marchó por donde había entrado, siguiendo el riachuelo de luz azulada que derramaban las dos lámparas de noche a ambos lados de la cabecera de la enorme cama del dormido melómano.

  18. Estimado Alberto: aquí te dejo los dos capítulos de mi libro Asilo y Refugio (el IV y el VI) que no fueron publicados en Diario de Cuba,
    Confío no sean eliminados de tu blog.
    Un abrazo.

  19. Alberto, el capítulo IV, que juega a recrear el inimitable lenguaje lezamiano, describe una escena que, más adelante, en el capítulo VI, se vuelve a narrar con otra voz y un lenguaje, siempre supuestamente, sin erotizar… Por cierto, al copiar este capítulo, el VI, lo hice de un documento viejo que guardaba y donde hay una frase en francés corregida en la edición final: “la prunelle de leurs yeux” (ten en cuenta que no aprendí buen francés en aquellas clases en Dihigo con madame (…?)

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