My Beatles Heart

Dentro de todo exiliado hay un cubanoamericano en ciernes; y dentro de todo cubanoamericano hay un exiliado que se niega a desaparecer.

Gustavo Pérez Firmat

En algún momento de la pasada Feria Internacional del Libro de Miami me encontré con Gustavo Pérez Firmat. Él salía de una sala a la que yo entraba. Le comenté entonces del interés de Hypermedia en reeditar en papel (ya lo habíamos hecho en digital) su libro Vidas en vilo. La cultura cubanoamericana.

Gustavo me miraba condescendiente, como si le estuviese hablando de un asunto del que no terminaba de comprender las razones.

—¿Crees que vale la pena?

—Sí, me parece un libro con futuro —dije enfatizando la última palabra.

—¿Estás seguro?

—Sin duda alguna.

—Ya veo. Pero ten en cuenta de que eso que yo llamo “cultura cubanoamericana” es algo que terminará desapareciendo en unos pocos años. Esa generación intermedia, es decir, los que llegaron en su infancia a los Estados Unidos y que, por tanto, no tuvieron tiempo de vivir en Cuba ni de nacer acá, por fuerza, terminará borrada tras la americanización de sus hijos y nietos. Estos sí, ya plenos estadounidenses.

—No creas —le dije.

—Bueno —Gustavo sonrió—, piensa en eso.

No solo había pensado en ello, sino que, para la fecha de nuestro encuentro, daba por hecho que la “cubanoamericanización” lejos estar a punto de culminar, recién comenzaba. De ahí nuestro interés editorial en su libro.

Pero la posición de Gustavo Pérez Firmat con respecto a la actualidad de su texto era comprensible. Y le agradecí su honestidad al hablarme de ella. Para el momento que él escribía Life on the Hyphen. The Cuban-American Way (la versión original y en inglés de Vidas en vilo. La cultura cubanoamericana) era imposible prever que la “cubanoamericanización” pudiera no contar con Miami como ciudad de referencia o, incluso, aún más improbable, que llegara a producirse fuera del territorio de los Estados Unidos.

El suceso, fruto del asentamiento al sur de Florida de sucesivas oleadas de emigrantes cubanos, habría de concluir —daba por hecho Gustavo—, una vez que se detuviera este flujo y las generaciones ya nacidas fuera de Cuba se asimilaran dentro del país que había acogido a sus padres y abuelos. Esto, en teoría.

Pero con lo que no podía contar Gustavo Pérez Firmat mientras escribía su libro, ni el gobierno cubano mientras convertía en su pulmón económico a millones de exiliados cubanos, es que el fenómeno podía revertirse y, lo que era aún más inverosímil, cambiar de rumbo, como uno de esos ciclones que asuelan por igual a Cuba y a Miami.

Tras la llegada al poder, el castrismo hizo del exilio una vía efectiva para sanear el país de enemigos, adversarios y desafectos. Cualquier índice de desagrado con la situación del país podía terminar con las maletas en las manos. A veces por elección propia; otras, por imposición gubernamental; algunas, incluso, por elección paterna. Entonces, se dejaba Cuba para no volver y la emigración se pretendía en familia, como un destino que nadie sabía cuánto habría de durar y que era preferible soportar juntos.

Los negocios con el bloque socialista liderado por la Unión Soviética hacían rentable aquella purga de enemigos. La ideología ponía remedio económico a la despoblación y la desestructuración familiar.

Del otro lado del estrecho de la Florida, en tanto, los recién expulsados pisaban la nueva tierra con la esperanza de que la espera por el final de Castro no les ocupara a ellos la vida entera. Habían elegido para establecerse un terreno de poco firme, cenagoso, conocido como Miami, que, a falta de otro lugar, se avenía para ir construyendo en él algo parecido a un país de sustitución, y, sobre todo —se daban ánimos—, provisional.

Pero la política no suele ser una ciencia de resultados a largo plazo y para 1991, de la Unión Soviética solo quedaban los restos. Los aliados se habían pasado ya a otros bandos y el castrismo era un barco que hacía aguas. O eso parecía. 

Sin el soporte económico de los soviéticos, la situación en la isla se volvió desesperante. Todo el mundo quería irse. Pero no todos lo conseguían. A lo lejos, el exilio cobró entonces el tinte dorado de los grandes sueños y Miami, de pronto, comenzó a refulgir en el horizonte con una intensidad inédita. 

Miami. 

Allá estaban los enemigos, los vendepatria, los gusanos, la escoria, la mafia anticubana, los lumpen. 

Miami.

El nuevo skyline de la ciudad borraba con una poderosa línea de edificios la memoria del pantano que aún yacía bajo ellos.

Miami.

El gobierno cubano aceptó de pronto el valor de aquella palabra. La más odiada. Y en un despropósito humanitario dejó escapar por mar, en cualquier artefacto capaz de flotar, a miles de cubanos. 

Muchos no consiguieron alcanzar la tierra al otro lado, o las escalas de los botes de salvamento. Pero los que sí lo consiguieron, en apenas tres semanas colapsaron los servicios de refugio de los Estados Unidos en Guantánamo, Panamá y Venezuela. 

En la isla quedaban amigos, familiares, ex parejas, y futuros matrimonios.

La nueva generación de emigrantes entró a Miami como quien toma por asalto un campamento enemigo. 

Venían hambreados, ideologizados a su pesar, y resueltos a empezar de cero eso que todos llamaban una nueva vida. 

Sueños, que, en definitiva, se parecían demasiado a los de las oleadas anteriores. Los mismos emigrantes que para entonces se habían acostumbrado ya al uso de los pronombres posesivos y miraban con estupor y desconfianza a sus nuevos vecinos.

Había sucedido en los 80, cuando el éxodo del Mariel dejó en las costas de la ciudad a una enorme franja social a la que el castrismo había ignorado y reprimido —a partes iguales— durante veinte años. Y allí estaban, para escándalo de los viejos exiliados, en carpas, bajo el techo de cemento de la I-95. Igual de hambreados, ideologizados a su pesar, y resueltos a empezar de cero eso que todos llamaban una nueva vida.

La historia volvía a repetirse. Y lo haría una vez más, 12 años después. 

Para entonces, fue la mala salud de Fidel Castro, quien reordenó el ciclo de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Pues supuso, no solo una transferencia de mandos entre él y su hermano, sino, también, de prioridades.

La casta militar afín a Raúl Castro —y él mismo— estaba dispuesta a mantener la importancia de la ideología dentro del estado cubano, pero, sobre todo, como telón de fondo. Lo esencial —de lo que se había tratado siempre— era de garantizar el flujo de divisas hacia la isla. Hacia ellos.

Por tanto, se imponía un cambio de método, un aumento del flujo migratorio, unas mejores relaciones entre ambos países, y, en esencia, un interés en el crecimiento de las remesas familiares y el consumo y la inversión —incluso empresarial, aunque a pequeña escala— dentro de Cuba.

A diferencia de las primeras oleadas de exiliados, el éxodo posterior a 1994 comenzó a poner en tela de juicio, posturas que hasta entonces habían sido consideradas por ambos bandos, imposibles.

¿Vivir en los Estados Unidos y vacacionar en Cuba?

¿Trabajar en los Estados Unidos y vivir en Cuba?

¿Vivir en Cuba e ir al médico o de tiendas a los Estados Unidos?

La Nochevieja del año pasado la esperamos en la casa de mi hermano, en pleno corazón del South West. La fiesta comenzó aún de día. En el edificio de enfrente los vecinos habían tomado el jardín comunitario y levantado una carpa de plástico y dispuesto una nevera, un par de altavoces y una mesa de dominó. Gente de Zona se dejaba oír a lo largo de la calle.

Mi hermano y yo esperábamos por unos invitados acodados en la barandilla de su terraza. En algún momento, mi cuñada se acercó a nosotros.

—¿Quieren boruguitas de leche?

Los dos dijimos que no.

—¿De verdad? Están buenísimas, las acaba de traer Noemí, una vecina, de Cuba.

—¿De Cuba? —dije.

—¡Claro! Con la leche de aquí no sale el dulce…

Mi cuñada parecía feliz.

—¿Y qué más trajo? —dije.

—Ay, niño —ella sonrió—, turrón y maní tostado, casquitos de guayaba, ¡queso blanco! ¿Le pido?

Mientras la escuchaba, mi primer pensamiento fue para la planilla azul que las aerolíneas reparten a los pasajeros antes de aterrizar en los Estados Unidos. En ella, además de consignar los artículos de valor, dinero en efectivo, etc., se advierte sobre la obligación de declarar si se transportan productos sensibles como plantas, semillas, alimentos, animales, los cuales o están sujetos a reglas estrictas de importación o, sencillamente, prohibidos.

—¿Y la gente qué más trae?

—¡De todo! —mi cuñada volvió a sonreírme, esta vez con mucha lástima.

—¿Como qué?

—Lo que les gusta. Mira, cuando nosotros vamos, yo traigo: puré de tomate, ajo, ají cacucha, ¡buñuelos! Y siempre, siempre, siempre: naranja agria.

—¡De verdad!

Mi hermano entonces me echó el brazo por el hombro.

—Deja eso, brother, vamos a echarnos un laguer, a ti qué más te da.

¿Y qué más traen?

¡De todo! Lo que a la gente le gusta.

La conversación con mi cuñada aún me seguía dando vueltas.

¿Y si la vida doméstica y privada cubana actual estaba tomando posesión de Miami?

Al principio del exilio, lo hizo en forma de nostalgia, con réplicas de ciudades, publicaciones, festividades. Ahora lo hacía de forma real, transportando a la ciudad fragmentos de algo tangible, y, sin dudas, necesario para que la nueva vida esté completa. Como si el irse no llegara a completarse jamás y formara parte de un continuo volver, aunque solo fuera por unos tupperwares con comida casera.

¿Podría terminar Miami, este exilio con dos vidas, dos bocas, dos casas, dos familias, “cubanoamericanizando” Cuba?

¿Y si la cultura cubanoamericana —la misma que Gustavo Pérez Firmat me dibujaba como un fenómeno finito, que habría de concluir una vez que el exilio desembocara en hijos y nietos fundidos ya dentro de la cultura estadounidense— estaba siendo capaz de mutar, de girar 180º, de imponerse como una nueva identidad nacional?

De alguna manera, aún imperfecta, el comercio minorista desde Florida abastece buena parte de las necesidades de la isla. Al margen de las autoridades, en forma de un mercado invisible, a través de arrias de mulas, este comercio se ha vuelto imprescindible para el alivio a la carestía nacional. Y ya sabemos, el comercio no deja de ser, también, un producto ideológico, una forma de dominación y de manifestarse un país dentro de otro.

Ahora, al mismo tiempo, el tráfico comenzaba también a llegar desde otro lado. Como una manera de equiparar las partidas, aunque estas aún fueran tan elementales como unos cucuruchos de maní o un pozuelo de boruguitas de leche…


My Beatles Heart, de Willy Chirino:

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