Virgilio Piñera, el perfume de la piña

Un hombre que, apenas despierta su razón, se da cuenta de que es pobre, le gusta el arte y le gustan los hombres, es alguien para quien tal vez no estará reservada la felicidad. Sin embargo, más allá de si fue feliz o no, más allá de lo que lafelicidad pueda significar, Virgilio Piñera se lanzó por el abismo de su mundo intuido, dejando una linda constancia de esa caída libre y de los frutos que esta rindió, a pesar de ser un artista homosexual que se curtió en medio de una considerable escasez material. 

Sin rubores ni temores paralizantes, Piñera tejió su imaginario y perfiló su tono como quien baila un guaguancó zigzagueante e inigualable entre las columnas del templo canónico literario cubano, y entre algunos de sus congéneres que bailaban otra cosa al ritmo de la misma música. Se ganó su lugar sin usar las plantillas recomendadas por el establishment: cortó las suyas propias, a su modo y mirando a otra parte.

Creció en una familia lo suficientemente normal y moralista como para que la carga de la desgracia fuese repartida entre todos sus miembros. Él y sus hermanos tuvieron unos padres obreros que hacían lo posible, sin mucho éxito, para que el hambre no fuera cotidiana. Nació en Cárdenas, Matanzas, en 1912, pero vivió su adolescencia en Camagüey, desgarbado, padeciendo a ratos el desamparo textil y el sutil desprecio que los normales le regalaban por ser un muchacho rarito. En ese escenario comenzaron a germinar sus primeras inquietudes literarias.

Cuando su familia montó una fabriquita de vinagre para intentar atrapar unos pesos extra, a él le tocó salir con una enorme bolsa al hombro, cargada de botellas, a zapatear el barrio. De vez en cuando se le iba el tiempo recitando, de manera ampulosa, poemas para algunas de sus clientas, dispuestas a escucharlo e intercambiar alguna que otra complicidad femenil. Más de una vez fue requerido por su padre por esta razón. Para la poesía y todo lo sensible debía encontrar espacio en las horas extra. La supervivencia urgente no dejaba tiempo para cosas como estas. 

En ese contexto, tan poco favorable para lo creativo, se forjó un escritor durísimo, dispuesto siempre para las diez mil batallas de mantenerse trabajando y sereno en su torre de plástico reciclado a falta de marfil, por amenazantes que fueran las olas de mierda o de mermelada de guayaba.

Pensar en Virgilio Piñera es recordar los enormes huevos que hay que tener para insertarse en una genealogía creativa que no guarda demasiada relación con la que dictamina el contexto. Su valor no radica solamente en haber decidido inspirarse más en los latidos poéticos de Charles Baudelaire que en los de San Juan de la Cruz, o en apostar por la aridez y la parquedad del lenguaje en vez de por el ornamento empenachado y rector en la tradición de las letras hispanas (a riesgo de ser tildado de émulo kafkiano tropical de bajo costo), sino en haber tomado estos caminos sin cómplice, sin compañero de aventura. Se adentró en una geografía difícil y nunca dejó de lanzar señales desde ahí, a pesar de caminar solo.

Piñera se empeñó en una empresa expresionista y povera, alternativa a lo que se esperaba de un escritor cubano en su tiempo. Virgilio es como Rafael Blanco y Arístides Fernández. Ni siquiera es como Fidelio Ponce de León: más cómodo de manejar a la hora de implementar las conspiraciones acolchonadas de los lugares comunes nacionalistas. 

Los tuberculosos que ilustra un Fidelio Ponce encajaron en los algoritmos sentimentales cotidianos del statu quo: el espectador común simpatiza rápidamente con esas representaciones de lo lamentable. No pasa igual con Arístides Fernández: sus muñecones les parecen malogrados a la muchedumbre, les parecen salidos de una mano que no sabe pintar muy bien, aunque hizo lo que pudo; les parecen la expresión de quien les está hablando de otra cosa. 

Piñera también parece estar hablando de otra cosa en sus relatos, piezas teatrales, novelas y poemas; parece estar en una frecuencia no cubana. No habló de banderas de la estrella solitaria, ni de palmas reales solemnes, ni de fauna o flora autóctonas, ni de orgullos nacionales presentables como credenciales o criterios de autoridad. 

Piñera priorizó su temperamento, y las cubanías le llegan por carácter transitivo, que es el modo más orgánico de ser cubano. No habla desde un ideal nacionalista del ser, sino desde una consciencia del desastre, del abandono, del jolgorio y del choteo cubanos. Tal vez practicó un nacionalismo maldito, pero poco importa. Su escritura clasifica como literatura cubana como quiera que se mire.



Virgilio Piñera.


En mi voracidad biográfica piñeriana, siempre me llamó la atención un tema de modo particular. Leí un par de veces, en textos de Antón Arrufat, que Virgilio no había llegado a terminar sus estudios de Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana. Pero Arrufat lo deja en suspenso: no da una razón ni sugiere al lector el porqué de los estudios inconclusos. Luego pude chocar con otro texto biográfico, esta vez de Carlos Espinosa, que arroja luz sobre el asunto.

Según Espinosa, Piñera vino a la Habana a estudiar en la Universidad con una beca del gobierno, en la segunda mitad de los años 30. Existe constancia de su carta de solicitud. Cuando se encontraba en el último año de la carrera, dejó de ir a clases y por tanto no defendió una tesis ni obtuvo el título. La razón fue que la beca con la que había accedido a estudiar, libre de costos monetarios, implicaba que, luego de graduarse, debía “pagar” sus estudios trabajando durante un número determinado de años para el gobierno: como maestro o en algún puesto burocrático. Al parecer, Piñera no estaba dispuesto a realizar ese trabajo a cambio del título universitario; evidentemente, tampoco parece que el título tuviera algún tipo de valor para él, ni simbólico ni práctico. 

Virgilio Piñera tuvo claro bien pronto que al escritor lo hace la escritura. La muerte lo sorprendió con su trabajo perfectamente organizado: en cajas y fechado. Desde 1968, en la nota introductoria de su compilación poética La vida entera, dejó claro lo importante que era para él eso de “hacer en vida lo que muerto no podría hacer”. O sea: “ordenar”.

Apenas tenía libros entre su tarequera. Se mofaba del enciclopedismo de José Lezama Lima y otros. Le gustaba decir que regalaba los libros una vez que terminaba de leerlos, pues no sentía el más mínimo apego hacia ellos.

Una vez un amigo suyo encontró, entre los libros de uso en una librería, un título cuyo nombre no recuerdo ahora. En la parte superior de la página de cortesía tenía escrito: “Virgilio Piñera” y un año: mil novecientos y pico. Lo compró con entusiasmo y se lo llevó como obsequio. Para su sorpresa, Piñera se enfadó al verlo; estuvo todo el día de mal humor y despotricando sobre casi todo. Al final de la tarde le contó que el libro en cuestión lo llevaba hasta un amargo recuerdo. Le dijo que por aquellos años lo guardaba como un tesoro, pero se había tenido que deshacer de él, literalmente, para poder comer. 

Ese tipo de anécdotas ilustran al Virgilio que mejor explica al Virgilio Piñera escritor. Un hombre de escritura austera, imaginario austero y cotidianidad también austera. Vivía rodeado de una normalidad sin ornamentos y signada únicamente por lo indispensable, entre lo que se encontraba obviamente una máquina de escribir. No es extraño que su paisaje emocional fuese simple como una pintura de Giorgio Morandi, de escasos elementos compositivos. Para él, se trataba de quitar, economizar, sintetizar; para luego no extrañar, no depender. Abrazar lo imprescindible en nombre de priorizar lo importante: la literatura.

Recuerdo cómo me gustaba identificar las lecturas importantes de Piñera para luego hacerlas yo. Cosa difícil, por cierto. Contrario a Lezama, era muy poco dado a lo didáctico, a regodearse en un sistema (como hacía el gordo de Trocadero con su Curso Délfico). En Virgilio apenas se encuentran referencias a lecturas comentadas o sugeridas a algún amigo.

Una vez supe, vía Antón Arrufat (por uno de sus prólogos, seguramente), que Virgilio había elogiado las memorias de un capitán español amigo y contemporáneo de Lope de Vega. El libro me resultó tan llamativo que no paré hasta que una amiga me lo envió de regalo desde Madrid: se trataba de Discurso de mi vida, de Alonso de Contreras, una autobiografía del siglo XVII que muchos años después inspiró a Arturo Pérez-Reverte para la creación de Las aventuras del capitán Alatriste. 

¿Qué tenía de especial este libro para que llamara la atención de Virgilio Piñera? 

Parte del impacto cultural de lo que hoy llamamos Siglo de Oro, fue que puso de moda el género de la memoria. De aquella época se pueden encontrar textos autobiográficos no solo de escritores, sino de personas que tenían algún tipo de relación con el mundo intelectual o religioso, o gente más o menos pudiente que, como último proyecto de vida, llevaban a cabo la redacción de sus memorias asistidos por un ghostwriter. 

Las memorias de Alonso de Contreras son la excepción, porque estilísticamente no intentan emular la sintaxis de un escritor “de verdad”. El desenfado y desfachatez con que este hombre contó su vida (sazonada con homicidios, cárcel, servicios militares, acusaciones de espionaje, viajes, destierros y adquisición de un título nobiliario), hicieron que esta autobiografía trascendiera como algo especial, muchos años después: en 1900, José Ortega y Gasset la publicó y la elogió, llamando la atención sobre sus valores estilísticos, por no tratarse de una escritura típica del siglo XVII.

Este libro tiene que haber tenido un significado simbólico especial para Virgilio Piñera. Se trata de una rara avis del barroco. O sea: una anomalía en la parcela Lezama, una atrofia estimulante en la ubre de la vaca lechera origenista. Virgilio nunca quiso afirmarse por negación con respecto a Orígenes, sino por contraste. El Discurso… de Alonso de Contreras representaba exactamente aquello sobre lo que él quería llamar la atención: la posibilidad de apelar a un modismo del lenguaje al margen de las tiranías bienintencionadas del barroquismo. El derecho a lo simple, a la frase menos cincelada, menos gongorina y cervantina. 

Virgilio Piñera defendió con los dientes su derecho a levantar, en el templo imaginario de la literatura cubana, una columna infinita brâncuşiana en toda su parquedad, en vez de una borrominesca en toda su arrogancia clasicista. Su principal legado es ese perfume de la piña que puede detener a un pájaro en el aire. Su perfume es olor a jugo de piña ya fermentado, mezclado con arroz cocido. 

La obra de Virgilio Piñera es la garapiña de nuestras letras.




Luis Manuel Otero

Luis Manuel Otero: el trapiche

Julio Llópiz-Casal

Luis Manuel Otero es el artista más constante de mi generación. El que mejor ha sabido darle sentido a sus trabajos desde la actitud y no desde la teoría. Ahora mismo, está dispuesto a lo peor con tal de defender al artista que es, con tal de ejercer un derecho que todos tenemos y que algunos tememos.





Sin comentarios aún

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.